EPÍLOGO 2
"Lo que crece en la ceniza"
Diez años después, Drakheim olía a pan y a algo que nadie había olido antes: a infancia.
No era un olor que pudiera describirse con palabras precisas.
Era algo más vago, más difuso, como la mezcla de leche derramada y risas que se escapan por las ventanas y pasos pequeños corriendo por pasillos que habían sido silenciosos durante cuatro siglos.
Era el olor de un lugar que ha dejado de ser una fortaleza para convertirse en algo que nadie esperaba: un hogar.
La torre de cristal negro seguía en pie, con sus sombras moviéndose por los muros como serpientes perezosas y su balcón asomado al horizonte como un ojo que nunca se cierra.
Pero dentro, dentro de la torre, todo había cambiado.
Los tapices que Jen había elegido hacía una década seguían colgados, aunque ahora tenían manchas de jugo de manzana y dedos pequeños marcados en los bordes donde alguien había intentado trepar.
Las velas de los candelabros estaban llenas de cera de formas caprichosas porque alguien soplaba las llamas antes de que fuera hora de apagarlas.
Y la chimenea, la chimenea que había tardado cuatrocientos años en funcionar, ahora crepitaba con el fuego de Emeric y con tres pares de botas infantiles dejados delante para secarse después de que sus dueños hubieran saltado en charcos que no deberían existir en una torre de piedra.
Jen estaba de pie en la cocina de la torre, que era una habitación pequeña en el segundo piso con un horno de piedra y una mesa larga llena de marcas de cuchillo porque alguien había decidido que la mesa era un barco y que los cuchillos eran los remos.
Llevaba un delantal de lino blanco manchado de harina y las manos llenas de masa porque estaba haciendo pan, el pan que olía a esperanza y a mañanas mejores y porque cada vez que intentaba hacer pan, algo interrumpía el proceso.
Hoy no era diferente.
—¡Mamá!
La voz llegó desde el patio interior, seguida de un ruido que era mitad chapoteo y mitad grito de victoria. Jen cerró los ojos. Contó hasta tres. Luego abrió los ojos y siguió amasando.
—¡Mamá, lo conseguí! ¡Estoy en la rama más alta!
Jen asomó la cabeza por la ventana. El patio interior de la torre tenía un árbol, un solo árbol, un roble retorcido que había crecido entre las piedras con la terquedad de quien no acepta que el suelo no es adecuado.
El árbol llevaba ahí desde antes de la guerra.
Ahora tenía algo nuevo: un niño de cinco años colgado de la rama más alta como un mono que ha decidido que la gravedad es una sugerencia.
El niño se llamaba Rian. Tenía el pelo oscuro de su padre, pero los ojos de su madre: ese color intermedio que no era azul ni gris sino algo que cambiaba según la luz.
Cinco años y la energía de un volcán pequeño que ha decidido que la erupción es su estado natural.
Su particular talento consistía en usar el agua que corría por sus venas —heredada de Jen, aunque nadie sabía aún qué forma tomaría cuando creciera— para impulsarse hacia arriba como un cohete de carne y hueso, propulsándose con chorros que salían de sus manos y que lo lanzaban a las ramas más altas del roble con una velocidad que le quitaba el aliento a cualquiera que lo mirara.
En este momento, Rian estaba colgado de la rama más alta del roble, con las piernas balanceándose en el vacío y una sonrisa que le ocupaba la mitad de la cara.
—¡Mira, mamá! ¡Estoy más alto que la muralla! —exclamó el niño, balanceándose con la confianza de quien ignora las leyes de la física.
Jen miró la muralla. No, no estaba más alto que la muralla. Pero estaba lo suficientemente alto como para que una caída fuera problemática.
—Rian —llamó Jen, con la voz que había perfeccionado durante cinco años de maternidad: firme pero sin alarma, seria pero sin miedo—. Baja de ahí.
—¡No puedo! ¡Estoy atascado! —gritó Rian, aunque su tono sugería más diversión que preocupación.
—¿Atascado cómo? —inquirió Jen, cruzándose de brazos.
—¡Atascado arriba! ¡No puedo bajar porque abajo está padre y me va a regañar! —confesó el pequeño, como si revelara un secreto de estado.
Jen miró hacia abajo. Thalion estaba de pie bajo el roble, con los brazos cruzados y la expresión de alguien que ha visto tanto en cuatrocientos cuarenta y ocho años que un niño de cinco años colgado de un árbol debería ser incapaz de sorprenderlo, pero que sin embargo descubre que la paternidad es un territorio donde nada de lo que aprendiste antes sirve.
Thalion llevaba la túnica negra de siempre, aunque ahora tenía una mancha de algo verde en la manga izquierda que podía ser jugo de hierba o podía ser pintura, porque Rian había descubierto hacía dos semanas que mezclar agua con las bayas del jardín producía colores y desde entonces cada superficie de la torre tenía manchas que iban del rojo al azul según el día.
Las sombras se movían a su alrededor como siempre, pero ahora lo hacían con una suavidad diferente, como si hubieran aprendido que había cosas frágiles cerca y que debían moverse con cuidado para no tropezar con pasos pequeños.
—Rian —advirtió Thalion, con esa voz grave que había hecho temblar a ejércitos pero que ahora solo conseguía que su hijo de cinco años le sacara la lengua.
—¡Padre! ¡No me regañes! ¡Estoy experimentando! —se defendió el niño, cruzando los brazos imitando la postura de su padre.
—Experimentar es para los laboratorios. Los árboles son para trepar con cuidado —sentenció Thalion, manteniendo la mirada firme.
—¡Pero si trepo con cuidado no llego a las ramas altas! ¡Y las ramas altas son las mejores! —argumentó Rian, con la lógica impecable de la infancia.
Thalion lo miró. Los ojos grises encontraron a su hijo colgado de la rama como un fruto maduro que se niega a caer y por un instante, solo un instante, algo cruzó por su rostro que no era preocupación ni enfado.
Era algo más cercano a la admiración. A la admiración de alguien que ha pasado cuatrocientos años sin ver a nadie lanzarse al vacío con la confianza absoluta de que alguien lo va a atrapar.
—Si te caes —amenazó Thalion, con una voz que pretendía ser firme y sonaba a cualquier cosa menos firme—, no te voy a atrapar.
—¡Sí que me vas a atrapar! —desafió Rian, con los ojos brillando.
—No.
—¡Sí!
—No.
—¡Me vas a atrapar porque me quieres! —declaró el niño, con la certeza absoluta de quien ha descubierto una verdad universal.
El silencio que siguió fue tan profundo que Jen pudo oír el crepitar de la chimenea desde la cocina. Thalion se quedó mirando a su hijo con los brazos cruzados y las sombras moviéndose a su alrededor y la expresión de alguien que acaba de recibir un golpe que no esperaba.
Luego, sin decir nada, extendió los brazos.
—Baja —ordenó Thalion—. Te atrapo.
Rian se dejó caer.
No con gracia. No con elegancia. Se dejó caer como se dejan caer los niños de cinco años: con la confianza absoluta de que el mundo es un lugar seguro porque alguien te ha prometido que no vas a chocar contra el suelo.
Cayó desde la rama más alta del roble, con el pelo oscuro volando y los brazos abiertos y una risa que resonó en el patio como una campana y Thalion lo atrapó con las manos grandes y callosas y las sombras que se movieron para amortiguar el impacto y lo sostuvo contra su pecho con una fuerza que habría roto huesos humanos pero que con un niño de cinco años era solo un abrazo apretado.
—Te atrapé —murmuró Thalion, apretando al pequeño contra él.
—¡Porque me quieres! —concluyó Rian, con la evidencia de alguien que ha ganado un debate científico.
—No. Porque si te caes, tu madre me mata —rectificó Thalion, aunque su tono decía otra cosa.
—¡Mentira! ¡Porque me quieres! —insistió Rian, revolviéndose para mirarlo de frente.
Thalion no respondió. Se limitó a sostener a su hijo contra el pecho y a caminar hacia la puerta de la torre con las sombras moviéndose a su alrededor y una expresión que, si alguien la hubiera mirado con atención, habría reconocido como algo que no tenía nombre en cuatrocientos cuarenta y ocho años de existencia pero que se parecía peligrosamente a la felicidad.
Jen los vio entrar por la puerta de la cocina y sonrió. La misma sonrisa que había aprendido a poner durante diez años de maternidad: mitad orgullo y mitad exasperación, mitad amor y mitad deseo de mandarlos a todos a la cama sin cena.
—Rian —saludó Jen, mirando a su hijo que estaba cubierto de hojas y tierra y tenía una rama pequeña atrapada en el pelo—. Has vuelto a trepar al roble.
—¡Estaba experimentando! —repitió el niño, como si eso lo excusara de todo.
—Experimentar es para los laboratorios —reprodujo Jen, cruzándose de brazos.
—¡Eso mismo ha dicho padre! —exclamó Rian, señalando a Thalion como un testigo clave.
—Tu padre y yo coincidimos en algunas cosas —comentó Jen, devolviendo la atención a la masa.
Rian la miró con esos ojos que cambiaban de color según la luz y que ahora brillaban con la inocencia de alguien que no entiende por qué los adultos se preocupan tanto por las caídas cuando volar es mucho más divertido.
—Mamá —preguntó Rian, acercándose con paso cauteloso—. ¿Puedo ir a la muralla a practicar?
—No —denegó Jen, sin levantar la vista.
—¿Por qué? —protestó el niño, golpeando el suelo con el pie.
—Porque la última vez que practicaste en la muralla, mojaste a tres embajadores de Valcorin —recordó Jen, amasando con más fuerza de la necesaria.
—¡Fue un accidente! —se justificó Rian, levantando las manos.
—Les diste un chorro directo a la cara —puntualizó Jen.
—¡Estaban en el camino! —argumentó el pequeño, como si la lógica estuviera de su lado.
Jen suspiró. El suspiro de una madre que ha descubierto que la guerra fue más fácil que la crianza.
—Ve a lavarte las manos —indicó Jen—. El almuerzo está casi listo.