CAPÍTULO 28 #4
—¿Qué? —interrogó.
—Chihuahua ladrador —repitió Malachi, con una sonrisa que era mitad dolor y mitad algo más cálido—. Poco mordedor. Eso eres tú. Ladras mucho. Muerdes poco. Y al final, no importa cuánto ladres, porque el mundo sigue girando y la cerveza sigue siendo mala y los elfos siguen siendo viejos.
Selthar apretó las garras. El dolor fue blanco, absoluto. Pero Malachi no dejó de sonreír.
—Y sabe qué es lo más gracioso de todo esto —dijo Malachi, con una voz que ya era apenas un susurro—.
Que me voy a morir riendo. Porque eso es lo que hago.
Me río. Me río cuando el dolor es demasiado grande.
Me río cuando la muerte viene a buscarme.
Me río porque la risa es la única arma que nadie puede quitarme.
Ni tú. Ni el Conquistador. Ni cuatrocientos años de soledad.
Y entonces Malachi se rio.
Una risa que salió de lo más profundo de su pecho, que le llenó la boca de sangre y de aire y de algo que se parecía peligrosamente a la alegría.
Una risa que resonó en el campo de batalla como un trueno, que hizo que los soldados retrocedieran, que hizo que Selthar soltara el cuerpo con un gesto de repugnancia.
Malachi cayó al suelo.
No se desplomó. Se dejó caer. Con la elegancia de alguien que ha decidido que la caída es la última danza y que, por lo tanto, merece ser bella.
El cuerpo golpeó la tierra con un sonido que era mitad impacto y mitad suspiro.
La sangre se extendió bajo él como un manto rojo.
La llama dorada se apagó en sus manos como una vela que alguien ha soplado por última vez.
La risa se detuvo.
Los ojos de carbón se cerraron.
La sonrisa torcida se quedó en su sitio, clavada en su cara como un clavo en una pared.
Y entonces se fue.
Malachi. Emeric. El perro de fuego. El niño bajo el puente. El mejor amigo de cuatrocientos años.
Se fue.
Había ganado tiempo y es lo único que importaba.
Kaeros llegó primero.
No porque corriera más rápido que nadie. Porque las sombras lo llevaron. Las sombras que siempre lo precedían, que siempre abrían camino y sabían adónde ir antes de que él lo supiera, lo arrastraron a través del campo de batalla con una urgencia que era más instinto que poder.
Lo encontraron antes que él. Se enrollaron alrededor del cuerpo como un manto protector, cubriéndolo, ocultándolo. Como si quisieran protegerlo de algo que ya no podían protegerlo.
Cuando Kaeros llegó, se detuvo.
No porque quisiera. Porque el cuerpo se lo impidió. Porque cada músculo, cada hueso, cada célula de su ser se negó a avanzar más. Lo que tenía delante era algo que ningún ser vivo debería ver.
El cuerpo de su mejor amigo. Tumbado en el suelo de un campo de batalla. Con la sangre seca en el pecho. Con la sonrisa torcida todavía en la cara. Con los ojos de carbón cerrados para siempre.
—No —dijo Kaeros.
La palabra le salió de la boca como sangre de una herida. No fue un grito. No fue un lamento. Fue un no que contenía cuatrocientos años de amistad, cuatrocientos años de risas y de cerveza y de bromas inapropiadas, cuatrocientos años de alguien que se quedó cuando todo el mundo se fue.
Se arrodilló. Tocó la cara de Malachi. La piel estaba fría. Más fría de lo que debería estar. No era el frío de la piedra ni el frío del agua. Era el frío de algo que ha dejado de vivir.
—Emeric —susurró Kaeros, usando el nombre real de Malachi—. Emeric, abre los ojos. Di algo estúpido. Di algo inapropiado. Di cualquier cosa.
Los ojos de carbón no se abrieron.
—Chihuahua ladrador —susurró Kaeros contra la piel fría de Malachi—. Poco mordedor.
Y lloró.
No fue un llanto ruidoso. No fue un llanto que pidiera atención. Fue el llanto silencioso de alguien que ha perdido lo único que le quedaba. Que había estado ahí a su lado en la oscuridad.
Las lágrimas le cayeron por las mejillas sin ruido, mezclándose con la sangre de Malachi y el polvo del campo de batalla.
Jen llegó después. Corría por el campo de batalla con los pies descalzos y el pelo enmarañado y los ojos muy abiertos.
Cuando vio el cuerpo de Malachi, se detuvo.
Cuando vio la sonrisa torcida todavía en su cara, se llevó las manos a la boca.
Cuando vio a Kaeros de pie junto al cuerpo con los ojos grises vacíos, supo.
Se arrodilló y Kaeros con ella, rindiéndose. Lo rodeó con los brazos. Le acarició el pelo oscuro.
—Llora —susurró Jen contra su pelo—. Llora todo lo que necesites. Pero cuando termines, levántate. Porque Malachi no querría que te quedaras en el suelo. Malachi querría que te levantaras. Que lucharas y acabases con esos cerdos.
Kaeros lloró.
Y Jen lo sostuvo.
Y en algún lugar del cielo, una chispa dorada se elevó hacia las estrellas, brillando con una intensidad que era más luz que calor, más vida que muerte, más recuerdo que olvido.
En algún lugar de la memoria de Kaeros, la risa de Malachi resonó como un eco lejano, como el sonido de un río que fluye bajo la tierra, como el latido de algo que se niega a morir.
*Adiós, Emeric *.
*Adiós, amigo mío *.
*Adiós *.