Lords de los cielos CAPÍTULO 29
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CAPÍTULO 29

"Cenizas y sangre"

Selthar se había reconstituido.

Kaeros lo supo antes de verlo. Lo supo por las sombras, que se movían en su interior con más agitación de lo normal, como animales que han olfateado algo que les produce repulsión.

El olor se lo confirmó, era un aroma a hueso viejo y a niebla muerta que llenaba el aire del campo de batalla como el recuerdo de algo que debería haber desaparecido hace mucho tiempo pero que se niega a irse.

Selthar estaba de pie en el centro del campo, con el cuerpo de cristal y hueso reconstruido, como si nadie lo hubiera roto.

Como si la última vez que Malachi lo había destrozado no hubiera ocurrido.

Como si el Conquistador lo hubiera vuelto a armar con las mismas piezas y le hubiera dicho: "Ve.

Haz lo que tienes que hacer. Y si te vuelven a romper yo te vuelvo a armar. "

Kaeros lo vio desde la distancia y algo dentro de él se encendió.

No era rabia. No era odio. Era algo más antiguo, más profundo, más suyo que cualquier emoción que hubiera sentido en cuatrocientos años.

Era el dolor de haber perdido a Emeric. El dolor de haber visto a su mejor amigo morir con una sonrisa torcida en la cara y un chiste en los labios. El dolor de saber que Malachi se fue riendo porque eso era lo único que sabía hacer: reír cuando todo lo demás se caía a pedazos.

Y ahora Selthar estaba ahí. De pie. Completo. Como si nada hubiera pasado.

Como si la muerte de Emeric no importara.

*Eso*, pensó Kaeros y la palabra le supo a sangre, *es lo que no puedo perdonar *.

Las sombras se movieron.

No como antes. No con el temple de quien camina por un parque.

No con la calma de alguien que ha aprendido a controlar su poder durante cuatrocientos años.

Las sombras se movieron con la violencia de alguien que ha perdido todo y que ya no tiene nada que perder.

Con la furia de alguien que ha visto morir a su mejor amigo y que ha decidido que el mundo entero va a pagar por ello.

Las sombras del campo de batalla se levantaron del suelo como una marea de oscuridad.

Las sombras de los cadáveres, de la sangre seca, de la tierra removida, de los restos de los gigantes de piedra.

Todas se movieron al mismo tiempo, como un animal gigante que se despierta después de una larga siesta y convergieron hacia Selthar como una ola de noche.

Kaeros llevaba siglos siendo un villano, pues lo sería con razón.

Selthar no retrocedió. No podía retroceder: su cuerpo de cristal no estaba diseñado para la cobardía. Pero algo cambió en su expresión, si es que un ser de cristal y hueso podía tener expresión. Los ojos rojos parpadearon con una intensidad que era más evaluación que amenaza.

—Kaeros —dijo Selthar, con una voz que sonaba como metal rompiéndose—. El Conquistador me ha enviado de vuelta. Para recordarte tu lugar.

—Mi lugar —repitió Kaeros y la voz le salió rota, como piedras rompiéndose.

—Tu lugar —confirmó Selthar—. A su lado. Como su perro. Como su herramienta. Como lo que siempre has sido.

Kaeros no respondió. Las sombras se movían alrededor de él con más agitación, como un animal herido que busca refugio. Las grietas en sus hombros se abrieron, más grandes, más oscuras, con sombras moviéndose dentro como animales heridos que buscan salida.

—¿Sabes lo que más me duele? —preguntó Kaeros.

—No me interesa lo que te duele —respondió Selthar—. Me interesa que obedezcas.

—No me duele que hayas matado a mi amigo —continuó Kaeros, como si Selthar no hubiera hablado—. No me duele que lo hayas destrozado. No me duele que hayas arrancado su corazón de su pecho y lo hayas tirado al suelo como si fuera un hueso de pollo.

Selthar no se movió.

—Lo que me duele —continuó Kaeros y la voz se le quebró como una rama bajo el peso de la nieve— es que él se fue riendo.

Se fue riendo porque eso era lo único que sabía hacer.

Reír cuando todo lo demás se caía a pedazos.

Reír cuando el dolor era demasiado grande.

Reír cuando la muerte venía a buscarlo. Y tú...

tú no entendiste el chiste. Tú lo mataste sin entender que estaba bromeando.

Tomaste su vida sin entender que la risa era su última defensa. Tú lo mataste sin entender nada.

Selthar se quedó inmóvil unos instántes. Luego, con una lentitud deliberada, habló.

—El humor es una debilidad. Y las debilidades se pagan.

Kaeros cerró los ojos.

*Emeric*, pensó y el nombre le supo a algo que no sabía nombrar. *Emeric, perdóname. Perdóname por no protegerte. Perdóname por dejarte morir. Perdóname por no haber llegado a tiempo *.

*Pero ahora voy a hacer algo que debería haber hecho hace mucho tiempo *.

Abrió los ojos.

Las sombras se movieron.

No con la violencia de antes. No con la furia de alguien que ha perdido el control. Se movieron con una precisión quirúrgica, con la determinación de alguien que ha decidido exactamente lo que quiere hacer y que no va a detenerse hasta que esté hecho.

Las sombras se lanzaron sobre Selthar como una marea de oscuridad.

El cuerpo de cristal y hueso se tensó, intentando resistir, pero las sombras eran más fuertes.

Más antiguas. Más hambrientas. Se enredaron en los brazos de cristal, en las piernas de hueso, en el torso de metal y carne, apretando, comprimiendo, buscando los puntos débiles.

Selthar luchó. Las garras de cristal se abalanzaron sobre las sombras, intentando cortarlas, pero las sombras no se cortan. Son oscuridad. Son vacío. Son la ausencia de luz. No se pueden romper porque no tienen sustancia.

—No puedes destruirme —gritó Selthar, con una voz que sonaba como cristal rompiéndose—. El Conquistador me volverá a armar. Me volverá a enviar. Me volverá...

—No —dijo Kaeros, con una voz que cortó el aire como un cuchillo—. Esta vez no.

Las sombras se apretaron.

El cristal se resquebrajó. Primero en las puntas de los dedos, donde el material era más fino, más frágil.

Luego en las muñecas. Luego en los codos.

Cada grieta se extendía como una telaraña, multiplicándose, expandiéndose, hasta que el cuerpo entero de Selthar estaba cubierto de fisuras que brillaban con una luz enfermiza.

Selthar gritó. No un grito de dolor. Un grito de algo más profundo: el sonido de algo que se está muriendo y que sabe que no va a volver.

Kaeros no se detuvo.

Las sombras se hundieron en las grietas del cristal, llenando los huecos, expandiéndose desde dentro, como raíces que buscan suelo.

El cuerpo de Selthar empezó a desmoronarse, no desde fuera sino desde dentro, como un edificio que se derrumba porque los cimientos han fallado.

Los huesos se partieron. El cristal se fragmentó. La carne se deshizo.

Y entonces Kaeros hizo algo que nunca había hecho en cuatrocientos años.

Usó sus manos.

No las sombras. No el poder. Las manos. Desnudas, humanas, con los nudillos marcados y las cicatrices de quemaduras antiguas.

Las metió dentro del cuerpo de cristal y hueso de Selthar, entre los fragmentos que se desmoronaban y buscó algo.

Algo específico. Algo que sabía que estaba ahí porque lo había sentido con las sombras.

Encontró el corazón.

No un corazón de carne. Uno de cristal. Rojo, del tamaño de un puño, que brillaba con una luz enfermiza y que pulsaba con un ritmo que no era el de un ser vivo sino el de algo que ha sido programado para simular vida.

El corazón del Conquistador. El fragmento de poder que mantenía a Selthar funcionando.

Kaeros lo agarró.

El cristal cortó su mano. La sangre brotó, roja, caliente, mezclándose con la luz enfermiza del cristal. Pero Kaeros no lo soltó. Apretó más fuerte. Los nudillos se pusieron blancos. Los dientes se apretaron. Los ojos grises brillaron con una intensidad que era más poder que cualquier sombra.

—Esto es por Emeric —dijo Kaeros, con una voz que sonaba como piedras rompiéndose—.

Esto es por el niño bajo el puente. Esto es por cuatrocientos años de lealtad.

Esto es por la risa. Por la cerveza. Por los chistes malos.

Por las noches en la escalera. Por todo lo que me dio y que yo no supe valorar hasta que me lo quitaron.

El cristal se rompió.

El corazón del Conquistador se partió en mil pedazos dentro de la mano de Kaeros, con un sonido que era mitad explosión y mitad canto.

La luz enfermiza se apagó. El cuerpo de Selthar se desintegró, como un sueño que se disipa al despertar, dejando tras de sí un montón de polvo de cristal que brillaba bajo el sol poniente como estrellas caídas.

Kaeros se quedó de pie en medio del campo de batalla, con el corazón de cristal roto en la mano y la sangre cayendo en hilos finos que se mezclaban con el polvo y el silencio.

Las sombras se retiraron. Lentas. Cansadas. Como un animal que ha dado todo lo que tenía y que ahora necesita descansar.

Kaeros miró los fragmentos de cristal en su mano. Eran pequeños, irregulares, con bordes afilados que cortaban la piel cada vez que los movía. Pero también eran hermosos. Como diamantes. Como lágrimas. Como el último destello de una estrella que se apaga.

—Emeric —susurró Kaeros, cerrando la mano sobre los fragmentos—. Ya está. Ya está hecho.

Se quedó de pie en medio del campo de batalla, con el corazón roto en la mano y el viento del atardecer moviéndole el pelo y sintió que algo dentro de él se cerraba.

No el dolor. El dolor seguiría ahí durante mucho tiempo, como una cicatriz que nunca sana del todo.

Pero sí la rabia. La rabia se fue, retirándose como una marea, dejando tras de sí algo más limpio, más claro.

*Esto es por ti*, pensó Kaeros, mirando el cielo donde las primeras estrellas empezaban a aparecer. *Esto es por ti, Emeric. Y ahora voy a hacer algo más. Voy a proteger a Jen. Voy a proteger a lo que queda. Voy a hacer que tu muerte haya servido para algo *.

*Porque tú te moriste riendo. Y yo voy a vivir luchando. Porque eso es lo que tú habrías querido *.

Jen encontró a su padre en la capilla del castillo.