CAPÍTULO 28 #3
No con facilidad. No con la templanza de quien sabe que ha ganado.
Se levantó con la violencia de alguien que ha sido herido y que quiere venganza.
La armadura estaba fundida, los ojos rojos parpadeaban con una intensidad enfermiza, las garras de acero habían desaparecido, pero las manos seguían ahí, grandes, huesudas, con los dedos que terminaban en puntas afiladas como cuchillos de carne.
—Maldito seas —gruñó el comandante, con una voz que sonaba como metal rompiéndose.
—No me maldigas —respondió Malachi, con una voz que ya no tenía nada de humorística, ni de ligera, que sonaba a alguien que ha llegado al final de algo y que ya no tiene más adónde caer—.
Maldice al mundo. Maldice al Conquistador.
Maldice a todos. Pero no me maldigas a mí.
Porque yo me voy. Y tú te quedas. Y eso es peor que cualquier maldición.
El comandante avanzó. Las manos se extendieron hacia Malachi con las puntas de los dedos brillando como cuchillos de carne. Los ojos rojos se fijaron en él con una intensidad que era más depredador que humano.
Malachi no retrocedió.
*No me queda tiempo*, pensó Malachi, con una claridad que le sorprendió. *No me queda vida. No me queda fuego. No me queda nada excepto el cuerpo y los recuerdos y la sonrisa torcida que es lo último que se va *.
*Pero eso es suficiente *.
*Porque los recuerdos no se queman *.
*Los recuerdos no se destruyen *.
*Los recuerdos no se pueden borrar *.
*Y yo tengo los mejores recuerdos del mundo *.
*Los de un niño bajo un puente que alguien encontró y le dio un hogar *.
*De cuatrocientos años de cerveza y de bromas y de llanto escondido detrás de la risa *.
*Los recuerdos de una chica de ojos grises que olía a agua y que me hizo sentir que valía algo *.
*Y los un ser de cuatrocientos años que me dijo que era su mejor amigo *.
*Eso es lo que tengo *.
*Y eso es lo que me llevó a morir *.
El emisario de hueso no murió con facilidad. O al menos eso pareció al principio.
Él había recuperado su forma entre la niebla del campo de batalla, reconstituyéndose como cera que alguien vuelve a fundir.
Los huesos se ensamblaron con un crujido nauseabundo, las cuencas vacías se llenaron de cristal negro y la voz volvió a salir de su garganta inexistente con la misma frialdad de antes, como si el hecho de que Malachi le hubiera arrancado medio cuerpo fuera una molestia menor, comparable a una mancha en la túnica antes de una cena formal.
Malachi lo vio reconstituirse y soltó un juramento que habría hecho sonrojar a un marinero.
—Eso no es justo —gruñó, con la sangre chorreándole por los antebrazos donde los cristales de Selthar le habían abierto cortes profundos—. Te rompo a pedazos y vuelves a ponerte junto. ¿Eso es legal? ¿Hay un reglamento?
Selthar, que así se llamaba porque alguien dijo su nombre, no respondió. Se limitó a avanzar, con esa parsimonia que tenían todas las cosas que saben que no necesitan tener prisa.
Malachi retrocedió un paso. Luego otro. Las piernas le fallaban.
El fuego en sus manos parpadeaba como una vela en una tormenta: un momento brillante, al siguiente casi apagado.
El cuerpo le estaba fallando. Cuatrocientos años de inmortalidad no significaban cuatrocientos años de invencibilidad.
Significaban que no envejecías, no que no pudieras romperte.
*Esto no va bien*, pensó Malachi y la voz en su cabeza sonó sospechosamente a la de Kaeros cuando revisaba los informes de los espías. *Esto no va bien en absoluto *.
Selthar se detuvo a tres metros de él. Los cristales de sus ojos brillaron con una intensidad que era más evaluación que amenaza.
—El perro de fuego —dijo Selthar, con esa voz que sonaba como metal rompiéndose—. El sirviente. El que siempre está detrás de Kaeros como una sombra que no sabe que es una sombra.
—Oye —respondió Malachi, enderezándose con un esfuerzo que le costó más de lo que quería admitir—. Soy muchas cosas. Soy gracioso. Soy leal. Soy increíblemente guapo. Pero una sombra no. Las sombras no tienen mi carisma.
Selthar no se inmutó. Las criaturas de cristal y hueso no se inmutaban. Era una de las desventajas de estar casi muerto: habías perdido la capacidad de reaccionar a los chistes malos.
—Kaeros va a morir —sentenció Selthar—. Y la chica y tú. El Conquistador ha decidido. Y lo que el Conquistador decide, se cumple.
Malachi lo miró. Los ojos de carbón brillaban con menos intensidad que antes, pero todavía había algo ahí. Algo que no se había apagado. Algo que llevaba cuatrocientos años ardiendo y que no tenía intención de morirse ahora.
—¿Sabes qué? —dijo Malachi, con una voz que ya no tenía nada de humorística—.
Llevo cuatrocientos años escuchando a gente decirme lo que va a pasar.
Mi padre me dijo que me moriría solo. Los soldados me dijeron que era un perro sin amo.
El mundo me dijo que no valía nada. Y aquí sigo.
Bebiendo cerveza. Rompiendo cosas. Haciendo reír a la gente.
Malachi dio un paso adelante. Las llamas brotaron de sus manos, no como antes, no con la fuerza de un volcán, sino con algo más concentrado, más puro. Una llama dorada, del color del sol poniente, que no quemaba, sino que brillaba con una intensidad que era más luz que calor.
—Así que no me vengas con lo que el Conquistador ha decidido —continuó Malachi—.
Porque yo también he decidido algo. He decidido que mis amigos no van a morir hoy.
He decidido que la niña del agua va a tener años de su helado de fresa.
Y que Kaeros va a poder dormir una noche sin que las sombras lo devoren.
Y he decidido que tú, saco de huesos con ínfulas de archivillano, no vas a salir de este campo de batalla.
Selthar avanzó. Las garras de cristal se extendieron, brillando bajo el sol poniente con una belleza que era más aterradora que cualquier fealdad.
Malachi no retrocedió.
La llama dorada creció. Se extendió desde sus manos por los brazos, por el pecho, por todo el cuerpo, envolviéndolo como una armadura de luz.
El calor que emanaba era diferente al de antes: no era el fuego salvaje que había usado durante cuatrocientos años, el fuego que quemaba sin control y que destruía todo lo que tocaba.
Era un fuego que elegía. Un fuego que decidía.
Un fuego que sabía exactamente adónde ir y qué hacer cuando llegara.
*Esto es lo que Kaeros me dio*, pensó Malachi y la idea le supo a algo cálido y dulce, como el sabor de la cerveza en una noche de verano. *No solo la inmortalidad. No solo un hogar. Me dio la capacidad de elegir. Y ahora elijo *.
Selthar atacó. Las garras de cristal se abalanzaron sobre Malachi como relámpagos congelados, rápidas, precisas, letales.
Malachi no se movió.
Las garras le atravesaron el pecho.
El dolor fue blanco. Absoluto. Como un relámpago que le parte el cuerpo en dos mitades que no saben cómo volver a juntarse.
La sangre brotó, roja, caliente, mezclándose con la llama dorada que todavía lo envolvía.
Las garras de cristal se hundieron en su carne, rasgando músculos, rompiendo costillas, buscando el corazón con la precisión de un cirujano que ha olvidado que su paciente está vivo.
Malachi no gritó.
Se quedó de pie. Con las garras de cristal clavadas en el pecho. Con la sangre cayendo en hilos finos que se mezclaban con la tierra. Con la llama dorada todavía ardiendo a su alrededor como un manto de luz.
Y entonces sonrió.
La sonrisa torcida. La misma de siempre.
—Chihuahua ladrador —dijo Malachi, con una voz que sonaba a alguien que está riendo y llorando al mismo tiempo—. Poco mordedor.
Selthar lo miró. Los cristales de sus ojos parpadearon con una intensidad que era más confusión que furia.