Lords de los cielos CAPÍTULO 28 #2
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CAPÍTULO 28 #2

—¿Qué es eso? —interrogó el comandante, con una voz que sonaba como metal rompiéndose.

—El perro de fuego —respondió Edrin, con una voz que pretendía ser calmada y sonaba a cualquier cosa menos calmada—. Malachi. El segundo de Kaeros. Un semihumano que se cree gracioso.

—No parece gracioso —sentenció el comandante—. Parece peligroso.

—No lo es —respondió Edrin—. Es un idiota con poderes. Un borracho con fuego y perro que ladra más que muerde.

—Eso es lo que tú crees —dijo el comandante, con una voz que ya no sonaba a evaluación sino a precaución.

Malachi se detuvo a veinte metros de ellos.

La llama dorada lo envolvía como un capullo de luz, brillando con una intensidad que hacía que el aire a su alrededor vibrara.

Las manos le ardían. No como cuando quemaba enemigos o rompía gigantes de piedra.

Ardían de otra manera. Ardían como si algo dentro de ellas estuviera muriendo.

Como si la llama dorada no quemara el combustible del exterior sino el combustible del interior: la vida.

Su vida. Siglos de vida que se estaban consumiendo como una vela a la que alguien ha soplado demasiado fuerte.

*Duele*, pensó Malachi y la idea le supo a algo que no sabía nombrar. *Duele. No como el fuego normal. No como las quemaduras. Como si alguien me estuviera arrancando algo de dentro. Algo que lleva ahí desde que nací. Algo que es mío. Algo que no puedo recuperar *.

*La vida *.

*Mi vida *.

*Que se está yendo *.

*Con cada segundo que pasa *.

*Con cada llama que sale de mis manos *.

*Con cada paso que doy hacia adelante *.

Malachi miró a los dos hombres que representaban todo lo que estaba mal en el mundo: el padre que había vendido a su hija y el perro del Conquistador que venía a destruir todo lo que Malachi amaba.

Y entonces sonrió.

La sonrisa torcida.

La misma sonrisa que había puesto cuando entró en la taberna de "El Último Trago" por primera vez. Tan suya y tan significativa.

—Vaya, vaya —dijo Malachi, con una voz que pretendía ser ligera y sonaba a cualquier cosa menos ligera—.

¿Qué tenemos aquí? ¿El padre de la novia y el novio?

¿La boda del siglo? ¿Me han invitado? Porque si me han invitado, aviso de que no bailo bien.

Bueno, no bailo nada. Pero quemo muy bien. ¿Eso cuenta?

Edrin no se movió. Los ojos del color de la sangre seca se fijaron en Malachi con una intensidad que era más desprecio que miedo.

—Vete —sentenció Edrin, con una voz que pretendía ser amenazante y sonaba a resentimiento—. Esto no es asunto tuyo.

—Claro que es asunto mío —respondió Malachi, con una voz que ya no tenía nada de humorística—. Todo lo que le pasa a Kaeros y Jen es asunto mío. Todo lo que le pasa a Drakheim es asunto mío. Es mi trabajo. Mi vocación. Mi cruz. Y ahora mismo, mi trabajo es decirte que no vas a pasar.

—¿Tú solo? —interrogó el comandante, con una voz que sonaba como metal rompiéndose—. ¿Vas a detener a un ejército entero tú solo?

—No voy a detener al ejército —respondió Malachi—. Voy a deteneros a vosotros. A los dos. El tiempo suficiente para que Kaeros y Jen lleguen y así hagan lo que tienen que hacer. Y que el mundo tenga sentido cuando yo me vaya.

Edrin y el comandante se miraron. Algo cruzó entre ellos, algo rápido y profundo, como una sombra que pasa frente a una hoguera. El comandante asintió. Edrin asintió.

Y entonces atacaron.

Edrin fue primero. La espada de cristal negro brilló bajo el sol como un cuchillo de hielo, cruzando la distancia entre él y Malachi con una velocidad que habría cortado el aire.

El cristal se movió hacia el cuello de Malachi con la precisión de alguien que ha matado antes y que sabe exactamente dónde cortar.

Malachi esquivó.

No con gracia. No con elegancia. Con la torpeza de alguien que no sabe pelear con espadas pero que sabe cómo moverse cuando algo intenta matarlo.

El cristal pasó a milímetros de su cuello, lo suficientemente cerca como para sentir el viento que levantaba en su paso y lo suficientemente lejos como para no convertirlo en un muerto prematuro.

El comandante atacó después. Las garras de acero se movieron hacia el pecho de Malachi con una velocidad que era más depredador que humano, buscando el corazón, buscando el punto donde la vida se concentra y que, si se destruye, todo lo demás se apaga.

Malachi retrocedió. La llama dorada se movió entre él y las garras, formando un muro de luz que bloqueó el ataque con un sonido que era mitad choque y mitad canción. Las garras rebotaron contra la llama como plumas contra una pared, dejando marcas oscuras en el acero que brillaban como brasas.

—Interesante —sentenció el comandante, con una voz que ya no sonaba a evaluación sino a curiosidad—. La llama dorada. La llama que quema la vida. No la había visto nunca.

—Hay muchas cosas que no has visto —respondió Malachi, con una voz que pretendía ser ligera y sonaba a cualquier cosa menos ligera—. Por ejemplo, no has visto a un semihumano de fuego morir haciendo algo estúpido. Pero eso va a cambiar en los próximos minutos.

El comandante lo miró. Los ojos rojos se fijaron en la llama dorada con una intensidad que era más evaluación que miedo.

—Vas a morir —sentenció el comandante, con la voz de alguien que ha visto la muerte tantas veces que ya no le impresiona—. La llama dorada te lo quitará todo. Cuanto más la uses, más rápido morirás. Y si la usas lo suficiente, no quedará nada de ti. Ni cuerpo. Ni alma. Ni recuerdo.

—Eso es lo que tú crees —respondió Malachi—. Pero los recuerdos no se queman. Los recuerdos no se destruyen. No se pueden borrar. Y yo tengo muchos años de recuerdos que nadie puede quitarme. Incluido el Conquistador.

El comandante avanzó. Las garras de acero brillaron bajo el sol de la mañana. Los ojos rojos se fijaron en Malachi con una intensidad que era más depredador que humano.

Malachi no retrocedió.

*Es la hora*, pensó Malachi y la idea le supo a algo que no sabía nombrar. *Y no siento miedo. He vivido de prestado todos estos siglos. Y si algo debe matarme, debe de ser algo épico*.

Malachi extendió las manos. La llama dorada brotó de sus palmas con una intensidad que cegó a los soldados que estaban más cerca. No era fuego. Era vida.

Era la vida de un hombre que se había reído de todo y olvidado el significado, acumulada en un punto, concentrada en un instante, convertida en algo que no era fuego ni luz ni calor sino algo más antiguo, más profundo, más suyo: el alma de alguien que ha decidido que su vida vale más cuando se entrega que cuando se guarda.

La llama dorada se estrelló contra el comandante con una fuerza que sacudió el campo de batalla como un terremoto.

El comandante retrocedió, con la armadura resquebrajándose donde la llama lo había tocado, con los ojos rojos parpadeando como brasas que alguien ha soplado demasiado fuerte.

Las garras de acero se fundieron donde la llama las había alcanzado, dejando muñones de metal líquido que goteaban sobre la tierra como sangre dorada.

Edrin retrocedió.

La espada de cristal negro brilló con una intensidad enfermiza cuando la llama dorada la tocó, como si el cristal estuviera reaccionando a algo que no podía absorber.

El elfo alto gritó, un sonido que era mitad dolor, mitad furia y cayó de rodillas con la espada todavía en la mano y los ojos del color de la sangre seca clavados en Malachi con una intensidad que era más odio que miedo.

Malachi no se detuvo.

La llama dorada seguía brotando de sus manos con más fuerza, más intensidad, más poder.

Pero cada llama que salía era vida que se iba.

Cada llamarada era un año que se borraba.

Cada chispa era un recuerdo que se disipaba.

Malachi sentía cómo se vaciaba, cómo se adelgazaba, cómo se convertía en algo más ligero, más etéreo, más parecido al humo que a la carne.

*Queda un suspiro*, pensó Malachi, con una claridad que le sorprendió.

*Puedo parar *.

*Puedo detener la llama *.

*Puedo salvar doscientos años de vida *.

*Pero entonces Edrin y el comandante pasarán *.

*Y llegarán a Jen y a Kaeros *.

*Y los matarán *.

*Y el mundo dejará de tener sentido *.

*Y eso no puede pasar *.

*Eso no va a pasar *.

*Porque yo estoy aquí *.

*Y yo no me voy a mover *.

Malachi gritó.

No fue un grito de dolor. Tampoco de miedo.

Fue un grito de alguien que ha decidido que la vida es más valiosa cuando se entrega que cuando se mantiene.

Su voz resonó en el campo de batalla como un trueno, hizo temblar la tierra y que los soldados del ejército retrocedieran como una ola que se retira de la orilla.

La llama dorada se expandió. No hacia adelante.

Hacia todos lados. Como una explosión de luz, de calor y de vida que se derramó sobre el campo de batalla como una marea dorada, envolviendo a Edrin, el comandante y a los soldados que estaban más cerca con una intensidad que era más luz que calor, más vida que muerte, más promesa que amenaza.

El comandante cayó.

No de rodillas. De bruces. Con la armadura fundida, los ojos rojos apagados y las garras de acero convertidas en charcos de metal líquido que se mezclaban con la tierra removida y la sangre seca de los muertos del día anterior.

Edrin se apartó. Con la espada de cristal negro todavía en la mano y los ojos del color de la sangre seca clavados en Malachi con una intensidad que era más odio que miedo.

Y Malachi se quedó de pie.

Solo.

En medio del campo de batalla.

Con la llama dorada apagándose en sus manos.

Con la vida yéndose de su cuerpo como agua de un vaso volcado.

*Cincuenta *.

*Cuarenta *.

*Treinta *.

*Veinte *.

*Diez *.

Nadie le diría cómo contar hacia atrás en su último día.

El comandante se levantó.