CAPÍTULO 13 #2
Jen no lo sabía. No sabía si era verdad o si era una de esas historias que crecen cada vez que alguien las repite, como bolas de nieve rodando cuesta abajo.
Pero la forma en que Gorath lo contaba —con la boca llena de migas, los ojos encendidos de fervor y la voz cargada de un dramatismo que olía a actuación— le hacía sospechar que la historia estaba adornada como un árbol de Navidad.
Igual que las que su padre le relataba cuando era niña: siempre monstruosas, siempre terribles, siempre diseñadas con precisión de relojero para alimentar un odio que nunca había tenido un rostro real.
—Es un cobarde —sentenció el elfo mayor, con una voz que pretendía ser autoritaria y sonaba a resentimiento mal disimulado—. Se esconde en su torre, rodeado de sombras, sin mostrar nunca la cara al mundo. Un verdadero líder se enfrenta a sus enemigos. Kaeros se esconde de los suyos.
*No se esconde*, pensó Jen y la idea llegó sin avisar, como todas las que importan, como esas olas que llegan cuando ya te has dado la vuelta y caminas hacia la orilla.
*Se aísla. Hay una diferencia. Una diferencia enorme.
Se aísla porque tiene miedo de hacer daño.
Porque las sombras lo están devorando desde dentro.
Porque lleva siglos solo y ha olvidado cómo estar acompañado sin destruir lo que toca *.
No dijo nada. Se quedó con la expresión de piedra heredada de su padre y el corazón latiendo con un ritmo que no reconocía, un ritmo nuevo que no pertenecía a la niña del Lago Espejo ni al arma forjada en una cueva, sino a alguien que estaba empezando a pensar por sí misma y eso, descubría, era aterrador.
—Y luego está Malachi —dijo la mujer joven, con un gesto que era mitad asco y mitad terror, como quien menciona una enfermedad contagiosa—. El perro de fuego. La mano derecha del tirano. Un psicópata que disfruta viendo sufrir a la gente. Un monstruo con sonrisa.
*Mentira*, pensó Jen y algo cálido se encendió en su pecho, algo que tenía la forma exacta de una defensa.
*Malachi no es un psicópata. Es un chico de dieciocho años atrapado en el cuerpo de un hombre de cuatrocientos.
Alguien que ríe para no llorar, que hace chistes para no gritar, que carga con la lealtad como si fuera una cadena atada al cuello.
La persona más rota y más fiel que he conocido en mi vida *.
Calló de nuevo. El silencio le pesaba en la boca como monedas de plomo.
—La misión —prosiguió Gorath, apoyando los codos en la mesa con la gravedad de quien pronuncia una sentencia—.
Tu misión es acercarte a Kaeros. Ganarte su confianza.
Estudiar sus movimientos, sus debilidades, sus rutinas.
Y cuando llegue el momento —hizo una pausa teatral que duró exactamente dos segundos demasiado—, acabar con él.
Jen sostuvo la mirada del elfo corpulento.
Aquellos ojos pequeños y brillantes, siempre calculando, siempre midiendo, siempre buscando el ángulo desde el que obtener lo que quería.
A su alrededor, los demás asentían con solemnidad, como si la muerte de Kaeros fuera algo tan natural e inevitable como la lluvia en invierno, como la nieve en las cumbres, como el hambre en los barrios bajos.
—¿Y si no quiero? —preguntó Jen.
El silencio que siguió fue tan inmediato y tan aplastante que pareció succionar todo el aire del sótano.
—¿Qué? —dijo Gorath, con una calma que no engañaba a nadie, porque sus dedos se habían cerrado alrededor de la copa con la fuerza de quien intenta evitar que se le escape algo.
—¿Y si no quiero matarlo? —repitió Jen y su voz sonó más firme de lo que sentía, lo cual era una bendición, porque por dentro estaba temblando como un árbol en una tormenta.
El enano la observó durante un largo rato, con la cabeza ligeramente ladeada, como un perro que intenta descifrar un sonido nuevo. Luego, con una parsimonia deliberada que era casi ceremonial, posó la copa de vino sobre la mesa.
—Tus padres —dijo—. ¿Sabes lo que sacrificaron por ti?
¿Sabes lo que pasaron para criar a la salvación de Elyrion?
Tu madre dejó el mar. Tu padre dejó su bosque.
Renunciaron a todo lo que eran, a todo lo que tenían, a todo lo que amaban, para forjar un arma contra el tirano.
Y ahora tú, la hija de los héroes del Lago Espejo, te sientas aquí y nos dices que no quieres.
La rabia le subió por la garganta como bilis caliente, como lava buscando una salida.
*Mis padres. Los que me golpeaban con un palo de fresno hasta que me salían marcas que tardaban semanas en desaparecer.
Los que me negaban cualquier cosa que pudiera hacerme feliz como quien cierra el grifo para ahorrar agua.
Los que me miraban durante toda mi vida como se mira a una herramienta y no como se mira a una hija.
Esos padres. Esos héroes. Esas leyendas vivientes *.
—No los conozco —dijo y su voz se quebró como un cristal al que le han dado el golpe justo.
—¿Cómo? —preguntó Gorath, con el ceño fruncido.
—No conozco a los héroes del Lago Espejo.
Nunca los he conocido. Solo conozco a la sirena que me entrenaba hasta que los dedos me sangraban y las uñas se me rompían contra el agua que se negaba a obedecerme.
Como también solo conozco al elfo que me golpeaba con un palo cuando las manos me temblaban de agotamiento y me decía que era por mi bien.
Solo conozco a dos personas que me negaron todo lo que un niño necesita para crecer sano: cariño, juego, risas, un helado de fresa en un día de calor.
Eso es lo que conozco. Y si eso es un héroe, entonces prefiero ser una cobarde el resto de mi vida.
El silencio que siguió fue tal que Jen pudo oír el crepitar del horno de arriba, el goteo de humedad en las paredes de roca y el canto lejano de un pájaro que no tenía idea de lo que estaba pasando abajo.
Gorath la miraba con una expresión que era mitad incredulidad y mitad algo más oscuro, más peligroso, como el gesto de alguien que descubre que la pieza que había elegido para su tablero de ajedrez resulta tener voluntad propia.
La mujer joven tenía los ojos llenos de lágrimas que se negaban a caer.
El elfo mayor tenía la mandíbula tan apretada que las venas del cuello se le marcaban como raíces bajo la piel.
—Tu padre —dijo este último, con voz rocosa—. Era un hombre bueno. Lo conocí personalmente. Luchó en la Batalla del Valle Perdido, cuando éramos jóvenes y todavía creíamos que podíamos ganar. Sacrificó todo por la causa.
—No luchó en ninguna batalla —respondió Jen y cada palabra le costó como si las arrancara de algún lugar profundo y doloroso de su pecho—.
Vivió en una cueva durante veintiocho años.
Entrenó a su hija. La golpeó con un palo cuando las manos le temblaban.
Eso no es luchar. Es criar un perro de combate.
Y un perro de combate no es un héroe. Es una víctima con los dientes afilados.
—Tu madre...
—Mi madre me cantaba canciones que eran cadenas con melodía.
Me obligaba a mover el agua del arroyo hasta que los dedos me sangraban y los ojos se me nublaban de dolor.
Y luego, cuando mi padre no miraba, me acariciaba el pelo durante tres segundos.
Exactamente tres. Como si eso compensara los años de sufrimiento.
Como si tres segundos de ternura pudieran borrar una infancia entera de dolor.
El elfo mayor abrió la boca y la cerró de nuevo. No tenía respuesta para eso. Nadie la tenía.
Gorath dejó la copa de vino por segunda vez.
Estudió a Jen con detenimiento, como quien examina una grieta en los cimientos de un edificio que creía sólido.
Cuando habló, su voz pretendía ser comprensiva y sonaba a condescendencia pura, a esa condescendencia de quien nunca ha pasado por lo que tú has pasado y cree que entiende porque ha leído un libro al respecto.
—El dolor forja, Jen. El dolor crea carácter. Tus padres te dieron dolor porque el dolor te haría fuerte. Y fuerte es exactamente lo que necesitas ser para acabar con Kaeros. Ellos lo sabían. Por eso lo hicieron. No por crueldad, sino por amor.
Jen apretó los puños con tanta fuerza que las uñas se le clavaron en las palmas hasta dejar marcas en forma de luna.
—No —dijo y su voz cortó el aire del sótano como un cuchillo rebanando tela—.
El dolor no forja. Rompe. Rompe a las personas por dentro.
Rompe a los niños que todavía creen en cosas.
Rompe a las niñas de seis años que solo quieren un helado de fresa en un día de verano y reciben un palo en los nudillos como respuesta.
Gorath abrió la boca para responder, pero Jen se puso en pie antes de que las palabras le llegaran a la garganta. La silla chirrió contra el suelo de piedra.
—No voy a matar a Kaeros —dijo y la firmeza de su propia voz la sorprendió, como descubrir que uno tiene un músculo que nunca había usado—.
No por vosotros. No por mis padres. No por la resistencia.
No por la causa. Si algún día levanto la mano contra él, será porque yo lo decida.
Porque yo elija. No porque nadie me lo pida, ni me lo ordene, ni me lo suplique.
Y salió del sótano sin mirar atrás, subiendo los escalones de dos en dos, empujando la puerta del almacén, atravesando la panadería con el olor a pan recién horneado persiguiéndola como un recuerdo de algo inocente que ya no existía.
Brokk la esperaba en la calle, apoyado contra la fachada, con una barra de pan en una mano y una expresión que mezclaba preocupación con algo más cálido, como la brasa de una chimenea que lleva horas encendida.
—Bueno —dijo, mordiendo un trozo generoso de pan—. Creo que ha ido bien.
Jen lo fulminó con la mirada.
—¿Bien? ¿Eso ha ido bien? Les he dicho que no voy a matar a Kaeros. Les he dicho que mis padres no son héroes y que son personas horribles que me han destrozado la infancia. ¿Eso es "ha ido bien" para ti?