CAPÍTULO 13 #3
—Exacto. Les has dicho la verdad. Y la verdad es lo que esta gente necesita escuchar, aunque no lo sepan y aunque ahora mismo les pique como sal en una herida abierta.
Llevan años alimentándose de mentiras: de héroes que no existen, de profecías que jamás se cumplen, de esperanzas que se pudren en la oscuridad mientras esperan a que alguien las haga realidad.
Y hoy tú les has dicho que el padre ejemplar, el héroe que sacrificó todo por la causa, era un hombre que golpeaba a su hija con un palo.
Eso duele. Pero también limpia. Las verdades duelen antes de curar, igual que el alcohol en una herida.
Jen lo miró un largo rato, buscando en su rostro algo que la reconfortara. Lo encontró en la calma obstinada de esos ojos de miel vieja.
—¿Tú lo sabías? —preguntó.
—¿Qué parte?
—Lo de mis padres. Que no eran héroes. Que eran... eso.
Brokk dejó de masticar. Sus ojos se fijaron en ella con una intensidad distinta a cualquier cosa que le hubiera visto antes, una intensidad desnuda, sin las capas de humor y sarcasmo con las que solía revestirse.
—Sabía que algo no encajaba —respondió, en voz más baja de lo habitual, como si temiera que las paredes de Drakheim pudieran escuchar—.
Los héroes no crían armas, Jen. Crían hijos.
Los cuidan, los protegen, les leen cuentos por la noche y les compran helados de fresa en los días de calor.
Tus padres no hicieron nada de eso. Te criaron como una herramienta. Y eso no es heroísmo. Es otra cosa.
—¿Qué cosa?
—No lo sé con certeza. Pero sé lo que no es. Y no es amor.
Jen guardó silencio. El sol de la mañana calentaba las calles de Drakheim con una generosidad que parecía fuera de lugar después de lo que acababa de pasar.
Los vendedores abrían sus puestos con la rutina de siempre.
Los niños corrían por los callejones persiguiéndose con gritos que se mezclaban con el ruido de los carros.
Y Jen se quedó de pie frente a la panadería, con el corazón latiendo con un ritmo nuevo, como si alguien hubiera cambiado el tambor de un golpe.
La imagen que la resistencia había construido de sus padres durante años, esa estatua de mármol dorado, esos héroes inmaculados del Lago Espejo, se había resquebrajado como un espejo al que le lanzan una piedra.
Y por las grietas asomaba algo que siempre había estado ahí, debajo de la pintura y el dorado y las palabras bonitas, pero a lo que nunca le había permitido tener un nombre.
La verdad. Desnuda, fea, incómoda. Pero suya.
—Gracias, Brokk —dijo.
—¿Por qué me das las gracias?
—Por traerme aquí. Por hacerme escuchar lo que dicen de mis padres. Por obligarme a ver lo que no quería ver.
El enano sonrió. Una sonrisa que le iluminó la cara como una vela encendida en una habitación a oscuras, arrugándole los ojos hasta dejarlos en dos rendijas brillantes de oro viejo.
—Para eso están los amigos. Para las cervezas, los panoramas desagradables y las verdades que duelen. Si no te duele, no es verdad de verdad.
Jen casi sonrió levemente. Fue apenas una comisura que subió un milímetro y medio antes de volver a su sitio, pero Brokk la vio y eso bastó.
—¿Y ahora qué? —preguntó.
—Ahora decides —dijo Brokk, engullendo el último trozo de pan con un bocado que le llenó la boca de migas—.
Tú. Solo tú. No tus padres, que están muertos para ti, aunque sigan respirando en algún lugar.
No la resistencia, que quiere usar exactamente como te usaron ellos.
No el Conquistador, que tiene sus propios planes. Tú. ¿Qué quieres, Jen?
La pregunta flotó en el aire como una hoja cayendo en un estanque. Simple. Imposible.
Jen clavó la vista en la torre de cristal negro que se alzaba en el centro de Drakheim como una espina clavada en la carne de la montaña. La luz del sol se refractaba en sus facetas oscuras, lanzando destellos que parecían señales de algo que no tenía traducción.
En algún lugar de esa torre, un hombre de cuatrocientos años miraba probablemente el horizonte con la expresión de quien busca algo que ya no existe, algo que perdió hace tanto tiempo que ni siquiera recuerda su forma.
Un hombre que le había cortado la carne en silencio, sin preguntar, sin explicar, con la eficiencia mecánica de quien ha aprendido a no sentir.
Un ser que le había revelado que su nombre no era suyo, que le había arrancado la última certeza que le quedaba como quien arranca una venda de una herida mal curada.
Un hombre cuyas sombras escuchaban los deseos de las personas y que, cuando escucharon el de ella, no supo hacer otra cosa que quedarse inmóvil, mirándola, como si el deseo que había pronunciado fuera algo que él también reconocía.
—No lo sé —respondió Jen y la honestidad de esa confesión le dolió como un cristal clavándose en la palma de la mano—.
Pero sé lo que ya no quiero. Ya no quiero ser un arma.
Ya no quiero ser la hija de los héroes del Lago Espejo.
Ya no quiero odiar a alguien que nunca me ha hecho daño solo porque me dijeron que debía hacerlo.
Y sé que Kaeros no es el monstruo que me pintaron.
No del todo. Quizás ni siquiera en su mayoría. Y eso... eso es un comienzo, ¿no?
Brokk asintió. La sonrisa se le ensanchó hasta ocuparle media cara.
—Es un comienzo de los mejores que he visto. Y llevo ochenta años viendo comienzos, Jen. He visto naciones empezar con menos. Guerras que comenzaron con menos certeza que la que tú tienes ahora. Sí. Es un muy buen comienzo.
Jen le dedicó una sonrisa que era mitad triste y mitad algo más tibio, algo que estaba empezando a tener nombre pero que todavía no se atrevía a pronunciar, como una flor que asoma por la tierra, pero todavía no abre del todo.
—Gracias, Brokk.
—De nada, niña del agua. Ahora vamos a desayunar, que me estoy muriendo de hambre. Aquí cerca hay una taberna que sirve huevos con un sabor que te hace olvidar tus problemas. O al menos que te hace olvidar que los tienes, que casi es lo mismo.
Jen rio. De verdad. Una risa limpia, clara, que llenó la calle con fluidez. Una risa que no sonaba a la herramienta que habían forjado sus padres ni al arma que la resistencia quería usar. Sonaba a algo nuevo. A alguien nueva.
Y mientras caminaba hacia la taberna con Brokk, con el sol de la mañana calentándole la cara y el corazón latiendo con aquel ritmo extraño que empezaba a resultarle familiar, Jen supo que algo se había roto dentro de ella.
Algo que necesitaba romperse. La estatua de mármol de sus padres, esa imagen dorada que otros habían construido y que ella misma se había tragado durante años sin masticar, se había hecho añicos en un sótano que olía a cerveza rancia.
Y a través de las grietas, donde antes solo había sombra y dolor y la voz de su padre diciéndole que era por su bien, había empezado a filtrarse una luz que no venía de ninguna antorcha.
La luz de saber que no eran héroes.
Y de sentir que ella merecía algo mejor.
Y de comprender, por primera vez, que "algo mejor" no era un lujo ni un sueño ni una debilidad.
Era un derecho.