Lords de los cielos CAPÍTULO 13
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CAPÍTULO 13

"La resistencia"

Días después…

Brokk apareció en la puerta de "El Último Trago" con la expresión de un hombre que ha tomado una decisión importante y ya se arrepiente de haberla tomado.

Tenía las tres trenzas de la barba peinadas, lo cual era un acontecimiento tan raro como un eclipse solar y llevaba una túnica limpia, algo todavía más insólito, porque Jen no recordaba haberlo visto jamás sin manchas de cerveza o restos de comida adheridos a la tela.

—Vamos —dijo el enano, sin preámbulos, sin explicaciones y sin la habitual copa de cerveza en la mano.

Jen, sentada en su taburete de siempre bebiendo su vaso de agua de siempre, lo miró como se mira a un desconocido que viste como tu amigo borracho, pero habla como un general que ha perdido la paciencia con todo el mundo.

—¿Vamos a dónde?

—A que conozcas a la gente. La resistencia. ¿Recuerdas? ¿La razón por la que estás aquí? ¿La misión que te dieron tus padres? ¿Todo eso?

Jen lo recordaba, por supuesto. Lo recordaba con la nitidez con que se recuerda una herida que no termina de cerrar. Lo que no recordaba, en cambio, era haber dicho que quisiera seguir con eso.

—Brokk...

—No me digas "Brokk" con esa cara. Tengo una cara que no acepta "no" por respuesta. Me lo han dicho muchas veces. Es mi superpoder.

Jen lo observó un momento. El enano le devolvió la mirada con esos ojos de miel vieja que siempre parecían leer más de lo que deberían.

Había algo en su expresión que ella no había visto antes: no era broma, no era la ironía socarrona que usaba como escudo.

Era preocupación genuina. Como si Brokk supiera que Jen estaba a punto de cruzar un umbral del que no se vuelve y quisiera asegurarse de que conociera bien lo que dejaba atrás antes de dar el paso.

—Está bien —dijo Jen, dejando el vaso sobre el mostrador—. Vamos.

La resistencia no estaba en un sótano, ni en un túnel, ni en una cueva con antorchas humeantes y mapas clavados en las paredes. Estaba en una panadería.

Jen se quedó de pie frente a la puerta de "El Panadero Rebelde", un establecimiento que olía a pan recién horneado y a conspiración y miró a Brokk con la sensación de alguien a quien le han vendido gato por liebre.

—¿Una panadería? —preguntó.

—¿Qué esperabas? ¿Una guarida subterránea con trampas y centinelas enmascarados?

Esto es Drakheim, niña. Aquí las conspiraciones se planean entre bollos de canela y barras de centeno.

Es más discreto. Nadie sospecha de una panadería.

Nadie vigila a los panaderos. Es el negocio perfecto para esconder una revolución.

—O para esconder harina.

—Eso también.

Jen entró.

El interior era lo que cabía esperar de cualquier panadería medianamente respetable: mostradores rebosantes de hogazas y rosquillas, el olor dulzón de la masa fermentada, un horno enorme al fondo que despedía un calor abrasador y hacía que el aire temblara.

Un gato gordo dormitaba sobre un saco de harina, ajeno a la causa revolucionaria.

Pero detrás del mostrador, en lo que parecía la puerta corriente de un almacén, había una escalera empinada que descendía a un sótano que olía a sudor, a cerveza rancia y al desaliento acumulado de personas que llevan demasiado tiempo esperando algo que nunca llega.

El espacio era amplio, excavado en la roca viva, con las paredes húmedas y un techo bajo que obligaba a Brokk a agachar apenas la cabeza —aunque eso, siendo enano, era gran cosa—.

Había mesas de madera apiladas contra las paredes, barriles vacíos en las esquinas y un círculo de sillas desiguales en el centro donde estaban sentadas unas quince personas que alzaron la vista cuando Jen bajó los últimos escalones.

Los fue registrando uno por uno, con la misma precisión clínica con que catalogaba las grietas de un muro antes de decidir por dónde derribarlo.

Había un elfo corpulento que ya conocía: Gorath, el de la pierna de pollo y los discursos grandilocuentes sobre el destino del mundo.

Estaba sentado en una silla que crujía bajo su peso con quejas de madera vieja, con una copa de vino en el puño y la barba llena de migas de pan, exactamente igual que la última vez que lo había visto.

Algunas personas, pensó Jen, son como los monumentos: permanecen inalterables mientras todo a su alrededor se derrumba.

Había una mujer joven, humana, con el pelo recogido en un moño apretado que le estiraba la piel de las sienes con unos ojos enormes y brillantes que miraban a Jen con una reverencia que le puso los pelos de punta.

Era la clase de mirada que se reserva para los profetas, los salvadores y los locos peligrosos y Jen no estaba segura de querer pertenecer a ninguna de esas categorías.

Había un elfo mayor, de pelo blanco y cara de piedra pulida, con las manos cruzadas sobre el regazo y el gesto de alguien que ha visto demasiadas guerras y ya no se impresiona con nada.

Sus ojos eran del color del acero frío y se posaron en Jen con el peso de quien ha perdido todo lo que tenía que perder.

Y había otros más allá: soldados desmovilizados con las manos callosas y la mirada perdida, artesanos que habían perdido sus talleres cuando Caspian reorganizó los gremios, un par de nobles menores a quienes el Conquistador les había confiscado las tierras con la misma cortesía con que se le quita un juguete a un niño.

Gente con motivos de sobra para odiar. Gente necesitada de algo en lo que creer.

O eso pensó Jen, hasta que empezaron a hablar.

—Bienvenida —anunció Gorath, levantando su copa con la solemnidad de quien brinda por un difunto—. Bienvenida a la resistencia. Bienvenida a la causa.

—Gracias —respondió Jen, porque no sabía qué otra cosa decir y el silencio le habría parecido peor.

—Tu nombre es conocido entre nosotros —continuó el elfo corpulento, masticando un trozo de pan entre frase y frase—. La hija de los héroes del Lago Espejo. La niña que fue entrenada para ser el arma que acabe con Kaeros. Tu leyenda te precede, Jen.

*Mi leyenda*. La palabra le dejó un regusto extraño en la boca, como algo a medio digerir.

*¿Qué leyenda? ¿La de una niña que lloraba en el suelo de una cueva con los dedos ensangrentados y las rodillas peladas?

¿La de una herramienta que ha dejado de funcionar y ahora no sabe qué hacer con sus propias manos? *

Se limitó a asentir, con el gesto heredado de su padre, ese movimiento seco y económico que no prometía nada.

—Tus padres —intervino la mujer joven, con los ojos tan brillantes que parecían a punto de desbordarse—.

Los conocemos. Son héroes. Los más grandes que este mundo ha producido.

La sirena que dejó el mar por la causa. El elfo que sacrificó todo por criar un arma contra el tirano.

Son leyendas vivientes, Jen. Leyendas que caminan entre nosotros.

Algo se movió dentro de ella. Algo cálido y punzante, como una brasa que alguien aviva entre las costillas. Se parecía peligrosamente a la rabia, pero era más compleja, más antigua, como si hubiera estado gestándose durante años bajo capas y capas de silencio obligatorio.

*Leyendas vivientes. Mi madre, que me entrenaba hasta que los dedos me sangraban y las uñas se me rompían contra el agua que se negaba a moverse.

Mi padre, que me golpeaba con un palo de fresno cuando las manos me temblaban de cansancio.

Mis padres, que me negaron un helado de fresa durante diecisiete años como quien niega el pan a un mendigo.

Leyendas vivientes. Qué bonito suena. Qué fácil es convertir el horror en épica cuando se cuenta desde lejos *.

No dijo nada. Se quedó sentada en la silla inestable, con las manos sobre las rodillas y la máscara impasible que había aprendido de su padre, esa cara de piedra que no revela nada, que no invita a preguntas, que cierra todas las puertas antes de que nadie piense en abrirlas y dejó que las palabras de los demás le cayeran encima como piedras cayendo en un pozo seco.

—Personas valientes —añadió el elfo mayor, con una voz grave y profunda que sonaba como el rodar de piedras por una ladera—. Arriesgaron todo para criar a la salvación de Elyrion. No hay sacrificio mayor que el de un padre que entrega a su hijo por una causa que lo supera.

*Sacrificio*. Qué palabra tan cómoda. Qué manera tan elegante de envolver lo que hicieron, como se envuelve un regalo venenoso con papel de colores.

*¿Qué sacrificio exactamente? ¿El de golpearme con un palo hasta que me salían moratones en los moratones?

¿El de negarme cualquier cosa que pudiera hacerme sonreír?

¿El de mirarme durante diecisiete años como se mira a una espada que necesita ser afilada y nunca, ni una sola vez, como se mira a una hija? *

—Y Kaeros —cambió Gorath de tema con la sutileza de un elefante en una cristalería—. Ese monstruo. Ese tirano. Ese demonio de las sombras que lleva cuatrocientos años oprimiendo a Draevorn bajo su bota de hierro.

Los hombros de Jen se tensaron como cuerdas de arco.

—¿Qué sabes de él? —preguntó, intentando que su voz sonara neutral y fracasando estrepitosamente, porque la neutralidad es un lujo que no se le da bien a quien ha crecido aprendiendo a odiar a alguien sin haberlo visto jamás la cara.

—Lo suficiente —respondió Gorath, bebiendo un trago generoso de vino que le dejó una mancha púrpura en el labio inferior—.

Es un asesino sin corazón. Un tirano que ha masacrado a miles de inocentes a lo largo de los siglos.

¿Sabes que una vez ordenó la ejecución de un pueblo entero porque un único aldeano le había faltado al respeto?

Cien personas. Mujeres, niños, ancianos. Todos. Por un insulto.