Lords de los cielos PRÓLOGO
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PRÓLOGO

"El día que el mundo dejó de soñar"

Antes de que la niebla lo devorara todo, Elyrion había sido un continente que soñaba.

Soñaba despacio, como sueñan las cosas viejas, con el peso de los siglos encima y la paciencia de quien sabe que el tiempo no tiene prisa.

Soñaba con el hielo de Vonderia, donde los glaciares guardaban en su interior criaturas atrapadas en el azul del tiempo detenido y los vientos aullaban nombres que nadie recordaba ya.

Soñaba con las dunas de Zyrah, extensas como mares volcados, donde la arena se tragaba ciudades enteras en una noche y al amanecer solo quedaban los minaretes asomando entre la arena, como dedos señalando un cielo que no escuchaba.

Soñaba con los bosques de Sylvaen, tan profundos que los elfos que habitaban en su centro no sabían dónde terminaba el árbol y dónde empezaba su propio corazón, cantaban canciones tan antiguas que nadie recordaba la primera nota.

Soñaba con las llanuras de Valcorin, doradas bajo un sol paciente, donde los humanos sembraban trigo y enterraban a sus muertos con la misma mano, los niños aprendían a contar estrellas antes de aprender a contar monedas.

Soñaba con las aguas de Eloria, cristalinas y traicioneras, donde las sirenas nadaban tan profundo que olvidaban cómo era el aire, los tritones construían ciudades de coral que parecían sueños solidificados.

Soñaba con los cristales de Theralis, montañas que brillaban con una luz que nadie recordaba haber encendido, donde el silencio tenía textura de vidrio y cada paso resonaba como una campana rota.

Y soñaba con Draevorn.

Draevorn era la región más oscura. No porque el sol no llegara, llegaba, pero lo hacía de mala gana, como un invitado que cumple una obligación, sino porque las montañas eran tan altas y tan juntas que la luz se colaba en tiras estrechas entre las cumbres, como si alguien hubiera cortado el cielo con un cuchillo.

La capital, Drakheim, estaba encaramada en la ladera de la montaña más alta como un cuervo posado en un hombro: inmóvil, vigilante, con los ojos medio cerrados, pero sin dormir nunca.

Las calles eran empinadas, los tejados de pizarra negra el aire olía a metal frío y a humo de chimenea.

Los niños de Drakheim jugaban a escapar de monstruos en los callejones. Los monstruos siempre ganaban.

Ese era el Elyrion que soñaba.

Un día, el continente despertó. Y el sueño se acabó.

Nadie supo decir cuándo empezó. No hubo un momento preciso, no hubo un estruendo ni un amanecer distinto ni un presagio que los sabios pudieran señalar después con el dedo y decir: "Fue aquí, fue entonces, fue esto."

Lo que hubo fue lo contrario: silencio. Un silencio que no era paz ni calma, sino algo más parecido al vacío que queda cuando alguien te arranca una palabra de la boca antes de que la pronuncies.

Una mañana, los historiadores debatirían durante siglos qué mañana exactamente sin llegar a ponerse de acuerdo, cada habitante del continente supo, con la misma certeza con la que sabía que el corazón le latía, que ya no era dueño de sí mismo.

Fue un pensamiento ajeno, suave como la seda y frío como el acero, que se clavó en la mente de cada persona sin avisar.

No dolía. No sangraba. Simplemente estaba ahí, como una puerta que se ha cerrado y de la que alguien ha tirado la llave al mar.

Los reyes que llevaban décadas gobernando despertaron con la certeza de que sus decisiones no les pertenecían.

Los generales que habían planeado batallas durante años se encontraron moviendo piezas en un tablero que no era el suyo.

Los niños que lloraban en la cuna callaron de pronto, como si una mano invisible les hubiera tapado la boca.

Sus madres supieron, sin que nadie se lo dijera, que ese silencio no era paz. Era rendición.

La niebla vino después. Negra, espesa, con una densidad que no correspondía a ningún fenómeno natural conocido.

Subió de las Tierras Desconocidas, de Kaelthar, la región que ningún cartógrafo había logrado mapear, la región que aparecía en los mapas como un borde blanco, un espacio vacío donde el mundo se acababa y empezaba algo que no tenía nombre.

La niebla cruzó fronteras como si las fronteras fueran sugerencias.

Inundó valles, trepó montañas, se enredó en los bosques de Sylvaen como una enredadera negra.

No destruyó nada. No mató a nadie. Simplemente estaba ahí, recordándole al mundo que ahora le pertenecía.

Y del centro de la niebla, nadie salió.

Esa fue la parte que más aterró a los sabios de Elyrion.

No hubo un conquistador visible, no hubo un rostro al que odiar, no hubo una espada contra la que lanzarse.

Solo había una voluntad. Una voluntad enorme, antigua, desprovista de nombre y de rostro, que se instaló en el centro de la conciencia de cada ser vivo del continente como un huésped que no paga alquiler.

Los estudiosos la llamaron "El Conquistador", no porque hubiera conquistado territorios, eso habría sido fácil, casi aliviador, sino porque había conquistado algo peor: la certeza de que el mundo te pertenece.

El Conquistador no habló. No dio discursos. No publicó edictos ni repartió manifiestos. Su poder era silencioso, por eso mismo era absoluto. No necesitaba que lo temieran. Solo necesitaba que lo obedecieran. Y el continente obedeció.

Siete regiones. Siete comandantes. Siete cadenas con forma de personas.

El Conquistador no se molestó en elegir reyes.

Los reyes tenían voluntad propia. La voluntad propia era exactamente lo que había que eliminar.

En su lugar, nombró comandantes: uno por región, elegidos por razones que nadie comprendió del todo.

No eran los más fuertes ni los más sabios ni los más leales.

Eran los más rotos. Personas a las que el Conquistador podía controlar porque ya no tenían nada que perder, o porque les había arrebatado exactamente lo que necesitaban para negarse.

Aceptaron. Cada uno a su manera. Cada uno con su propia rendición.

En Valcorin, un humano llamado Aldric aceptó el mando de las llanuras con la expresión de un hombre que firma su propia sentencia.

En Eloria, un tritón llamado Naeris hundió las ciudades de coral tres metros más profundo antes de asentir, como si quisiera que el agua se lo tragara.

En Zyrah, una semihumana llamada Zahira aceptó con una sonrisa que no llegó a los ojos, los mercaderes de las dunas supieron que nunca volverían a fijar sus propios precios.

En Sylvaen, una elfa llamada Lirael dejó de cantar el día que aceptó. Los bosques guardaron silencio durante una semana entera, como si los árboles estuvieran de luto.

En Vonderia, un semihumano llamado Fenris aceptó en la cima de un glaciar, el hielo se agrietó bajo sus pies, como si la montaña misma quisiera tragarlo.

En Theralis, un ser de cristal aceptó sin pronunciar una palabra, los cristales de las montañas empezaron a vibrar con una frecuencia que dolía en los dientes.

Y en Draevorn, Kaeros aceptó.

De los siete, Kaeros era el más antiguo. Un elfo de las sombras que, el día de su nombramiento, tenía 38 años y ya parecía haber vivido demasiado. Nadie supo qué le arrebató el Conquistador aquel día. Nadie supo qué trato se cerró en la oscuridad entre la niebla y el elfo.

Lo que supieron fue esto: Kaeros salió de la niebla con los ojos vacíos y la espalda recta” cuando le preguntaron si aceptaba el mando de Draevorn, respondió con una sola palabra que sonó como una puerta cerrándose.

—Sí.

Desde aquel día, Kaeros gobernó Drakheim con una frialdad que nadie vio quebrarse en cuatrocientos años. No sonreía. No levantaba la voz. No castigaba con placer ni perdonaba con ternura.

Era eficiente como una máquina y frío como la piedra de las montañas que rodeaban su ciudad. Los soldados lo temían porque nunca sabían cuándo habían cometido un error: Kaeros no corregía, simplemente observaba.

Esa observación silenciosa era peor que cualquier castigo. Los ciudadanos lo odiaban porque no les daba razones para odiarlo: no era cruel por deporte, no humillaba por placer, simplemente gobernaba como si el mundo fuera un problema que resolver y las personas fueran números en una ecuación.

Cuatrocientos años después, Kaeros tenía 438 años y su cuerpo no había envejecido un día.

Las sombras lo envolvían como una segunda piel, se movían con él, respiraban con él, se retorcían cuando él se retorcía.

Nadie sabía si las sombras eran suyas o si él era de las sombras.

A esas alturas, la distinción probablemente no importaba.

A su lado, como su sombra más fiel, la ironía no se le escapaba a nadie, estaba Malachi.

Malachi era un semihumano de fuego de 418 años con apariencia de veinteañero y el humor de un niño que nunca había aprendido a leer la habitación.

Tenía el cabello rojo como brasas, los ojos como carbones encendidos.

Una sonrisa torcida que prometía problemas antes de abrir la boca.

Olía a humo, a tabaco barato y a algo que recordaba vagamente a las hogueras de los campamentos de verano, esas que los niños construían antes de saber que el fuego quema.

Los soldados de Drakheim lo llamaban "el perro de fuego" a sus espaldas.

Malachi lo sabía. Les devolvía el favor llamándoles "sacos de carne con opiniones" a las suyas.

Su lealtad a Kaeros era absoluta y, para cualquiera que observara desde fuera, completamente incomprensible.

No era la lealtad de un sirviente. Era la lealtad de alguien que había decidido, con plena consciencia, que había una persona en el mundo que valía más que él mismo, que esa persona merecía que alguien se quedara a su lado, aunque el mundo se incendiara.