EPÍLOGO II El Eco de la Espuma
El vacío no era negro. Era de un color blanco cegador, una nada absoluta donde el tiempo no corría, sino que se deshacía como sal en el agua.
Allí, en el centro de ese no-lugar, flotaba una figura.
Era joven, de facciones delicadas y cabellos que parecían hilos de seda pálida.
No era Sofía. Era la verdadera Elara, el alma original que había habitado Roca Negra antes de que el destino intercambiara su esencia por la de una mujer de otro mundo.
Elara parpadeó, sintiendo que su conciencia regresaba en oleadas lentas. Frente a ella, la luz comenzó a condensarse hasta formar la silueta de una mujer inmensa, cuya piel tenía la textura de la corteza de los árboles y cuyos ojos eran dos geodas brillantes de amatista.
—Has descansado mucho, pequeña semilla —dijo la Madre Tierra. Su voz no era un sonido, sino una vibración que resonaba en el pecho de Elara—. Tu lugar en Valdoria fue ocupado, y el equilibrio ha sido restaurado por manos extranjeras. Pero tu viaje no terminó en aquel lecho de enferma.
Elara intentó hablar, pero su voz era un susurro de viento.
—¿A dónde... a dónde voy? ¿Es este el final?
La Madre Tierra sonrió, y en su sonrisa se vio el nacimiento de mil primaveras.
—Para el ciclo de la vida, no existen finales, solo mudanzas. Sofía necesitaba la tierra, pero tú... tú siempre tuviste un alma líquida, Elara. Demasiado fluida para las montañas de granito.
La entidad extendió una mano hecha de raíces y acarició la mejilla de la joven. De pronto, el espacio blanco comenzó a agrietarse. Un rugido lejano, profundo y rítmico, empezó a inundarlo todo. El olor a salitre, a coral y a profundidades abisales sustituyó el vacío.
—Te envío a un reino donde la piedra no manda, donde el fuego se apaga y solo reina el azul —sentenció la Madre—. Allí donde las leyendas no caminan, sino que nadan.
Con un movimiento grácil pero imparable, la Madre Tierra empujó a Elara. La joven sintió que caía al vacío, pero ya no era un vacío blanco. El cielo sobre ella era de un azul violáceo, cargado de estrellas que nunca había visto en Valdoria. Abajo, una inmensidad oscura y rugiente la esperaba.
Elara cayó al mar.
El impacto del agua fría le arrebató el aliento.
Se hundió en la oscuridad líquida, sintiendo como el peso de su vestido la arrastraba hacia el abismo.
El pánico la invadió; sus pulmones ardían, su vista se nublaba.
El mundo de la superficie se alejaba, convirtiéndose en un reflejo distorsionado y plateado.
Justo cuando la luz de su conciencia empezaba a apagarse, algo se movió en las sombras abisales.
Una estela de luminiscencia azul cruzó el agua con una velocidad sobrenatural. No era un pez. Era algo mucho más grande, más poderoso. Una mano poderosa, de dedos largos y membranas casi invisibles, rodeó la cintura de Elara.
Ella abrió los ojos por última vez antes de desmayarse.
Lo que vio fue un torso humano, fuerte y cobrizo, que terminaba en una cola inmensa de escamas irisadas que golpeaba el agua con la fuerza de una tormenta.
Unos ojos de color turquesa eléctrico la observaron con curiosidad milenaria, y una melena oscura flotó alrededor de ellos como algas en la corriente.
El tritón la estrechó contra su pecho y, con un impulso violento, comenzó a ascender hacia la superficie de un mundo nuevo.
CONTINUARÁ…