Lords de los cielos EPÍLOGO 1
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EPÍLOGO 1

Un Hogar en Dos Mundos

Un año es tiempo suficiente para que la piedra se asiente, para que las cicatrices se vuelvan líneas de orgullo y para que un reino aprenda que su reina no solo tiene el poder de mover montañas, sino también la extraña manía de exigir que las calles tengan un sistema de alcantarillado decente.

Sofía estaba inclinada sobre una mesa de dibujo de tres metros de largo, situada en la nueva logia de la torre más alta de Roca Negra.

El viento soplaba suave, trayendo el aroma de los pinos y, ocasionalmente, el olor a estiércol de caballo que todavía no lograba erradicar del todo, a pesar de sus innovadores planos de zonificación urbana.

—Si vuelvo a ver una viga de carga que no cumple con el coeficiente de seguridad, juro por la Madre de la Piedra que hundiré los cimientos —murmuró Sofía, ajustando su regla de bronce.

—Majestad, con todo el respeto, el jefe de obra dice que "el refuerzo de acero" es brujería —dijo Aldric, que ahora ostentaba el pomposo título de Sumiller Real y Catador Oficial de Curiosidades de la Reina, aunque básicamente seguía siendo el mismo hombre nervioso que le llevaba el té.

—Dile que si no pone el "refuerzo de brujería", la próxima vez que el Rey estornude y vibre el castillo, su casa será la primera en convertirse en grava —respondió ella sin levantar la vista.

Aldric hizo una reverencia y salió casi corriendo.

Sofía suspiró y se llevó una mano al vientre, donde una curva ya notable dictaba el ritmo de sus días.

Su hijo o hija sería la mezcla perfecta: un ser de tierra y fuego que probablemente tendría la mala costumbre de calentar la leche del biberón con la mirada.

Roca Negra ya no era la fortaleza lúgubre y defensiva de antaño.

Bajo la dirección de Sofía, se había transformado en la sede del trono, le gustara a la aristocracia de la capital o no.

Los nobles habían protestado, alegando que la capital "tradicional" estaba en el sur, donde el clima era más amable y los suelos de mármol no estaban tan fríos.

Sofía les había respondido levantando un ala entera de invitados hecha de granito pulido y cristal volcánico, con un sistema de calefacción radiante que pasaba por debajo de los suelos, alimentado por el calor natural de las venas profundas de la montaña.

Básicamente, les había comprado con "suelo radiante". Nadie quería volver al sur una vez que experimentabas lo que era caminar descalzo en invierno sin que se te congelaran los dedos de los pies.

Ahora, el castillo lucía una estética que cualquier arquitecto de Madrid calificaría como "brutalismo orgánico con toques góticos".

Había grandes ventanales de vidrio soplado que antes habrían sido puntos débiles en un asedio, pero que ahora estaban protegidos por una malla de hierro valdorio casi invisible.

La capital había crecido a los pies del desfiladero, con calles dispuestas en una cuadrícula eficiente que habría hecho llorar de alegría a un urbanista del siglo XXI.

—¿Sigues intentando convencer a la piedra de que se convierta en hormigón? —La voz de Kaelen, profunda y vibrante, llegó desde la entrada.

Sofía sonrió antes de verlo. Kaelen entró en la estancia, y aunque ahora llevaba una túnica de seda negra y brocados de plata que le daban un aire regio indiscutible, seguía teniendo esa presencia imponente de lobo alfa.

Se había dejado la barba un poco más larga, y las cicatrices de su rostro parecían haberse suavizado con la paz, aunque sus ojos grises mantenían ese brillo volcánico que a Sofía todavía le hacía flaquear las rodillas.

—Estoy intentando que el gran consejo entienda el concepto de "acera" —dijo ella mientras él se acercaba—. Creen que es un espacio desperdiciado donde podrían poner puestos de coles.

Kaelen llegó a su altura y, sin decir palabra, la rodeó por la espalda.

Sus manos, grandes y cálidas, se posaron con una ternura infinita sobre el vientre de Sofía.

Ella dejó caer la cabeza hacia atrás, apoyándola en su hombro, inhalando el olor que siempre la anclaba a este mundo: cuero, sándalo y ese toque sutil a humo de leña que nunca abandonaba la piel de Kaelen.

—Déjalos que coman coles —murmuró él al oído de ella—. Mañana les daremos una lección sobre "flujo peatonal", pero ahora, el sol se está poniendo. Y me han dicho que mi Reina ha estado trabajando desde el alba.

—Tengo un reino que modernizar, Kaelen. Alguien tiene que pensar en los puentes.

—Los puentes pueden esperar. El Rey, sin embargo, es un hombre muy impaciente.

Kaelen la giró con suavidad para que quedara frente a él.

La luz del atardecer, un estallido de naranjas, violetas y ocres, entró por los ventanales, bañándolos en un resplandor celestial.

Sofía miró hacia el exterior, hacia las torres de Roca Negra que se alzaban como guardianes eternos, y hacia la ciudad que bullía de vida abajo.

Ya no recordaba el ruido de la M-30. Ya no echaba de menos la luz fluorescente de su oficina en Malasaña. Su hogar no eran cuatro paredes en un mundo de asfalto; su hogar era este hombre, este castillo que respiraba con ella y la vida que crecía en su interior.

—A veces me olvido de que vine de otro sitio —susurró ella, acariciando la solapa de la túnica de Kaelen.

—No viniste de otro sitio, Sofía —dijo él, inclinándose para que sus frentes se tocaran—. Simplemente tardaste un poco más en llegar a casa.

Kaelen la tomó por la nuca, sus dedos enredándose en su cabello, y la besó.

Fue un beso que sabía a victoria y a promesa cumplida.

No hubo la urgencia desesperada de los días de guerra, sino una profundidad pausada, una exploración de dos almas que ya se conocían todos los rincones.

Empezó con la suavidad de un pétalo de rosa rozando el agua, pero pronto se intensificó, convirtiéndose en algo más denso y cálido, como el metal fundiéndose en la fragua.

Kaelen la besó con una devoción casi sagrada, como si en cada roce de labios estuviera dándole las gracias por haberse quedado, por haber elegido la piedra y el fuego por encima de las estrellas de su cielo original.

Sofía se aferró a sus hombros, respondiendo con la misma intensidad, sintiendo como el calor de Kaelen se filtraba en su pecho, ahuyentando cualquier rastro de duda.

Fue un beso largo, profundo, de esos que hacen que el tiempo se detenga y que el resto del mundo —los ministros pesados, las coles y los planos de alcantarillado— desaparezca por completo.

Cuando finalmente se separaron, a escasos milímetros, ambos respiraban con dificultad. Kaelen le dio un pequeño beso en la punta de la nariz, rompiendo la solemnidad del momento.

—Por cierto —dijo él con una sonrisa pícara—, Gato ha vuelto a tirar el jarrón de la dinastía antigua en el salón del trono.

Sofía soltó una carcajada, apoyando la frente en el pecho de Kaelen.

—Ese bicho no es un dios, es un terrorista doméstico.

—Sea lo que sea, es nuestro terrorista doméstico.

Se quedaron allí, abrazados, viendo como el sol se hundía tras las montañas de Valdoria, uniendo sus sombras en una sola sobre los planos de un futuro que, por primera vez, era totalmente suyo.

Sofía sonrió, cerrando los ojos. El viaje había sido largo, el precio había sido alto, pero al final del camino, había encontrado algo mucho mejor que un destino: había encontrado su lugar en el mundo.