PRÓLOGO #2
Malachi llevaba cuatrocientos años al lado de Kaeros.
Había visto pasar imperios. Había visto nacer y morir a generaciones de humanos como quien ve crecer la hierba.
Había visto a Kaeros toser niebla negra en las noches más frías, cuando el comandante creía que nadie lo miraba, había fingido que no lo veía para no obligarlo a admitir que estaba enfermo.
Había visto a Kaeros mirar al horizonte con esa expresión que no era tristeza ni esperanza sino algo intermedio, algo que dolía más que cualquiera de las dos cosas porque era ambas a la vez y había decidido no preguntar qué buscaba ahí fuera.
Malachi reía para no llorar. Llevaba cuatrocientos años riendo. A esas alturas, probablemente ya no sabía el motivo.
Cientos de leguas al sur de Drakheim, junto al Lago Espejo, había una cueva.
El Lago Espejo se llamaba así porque sus aguas eran tan quietas, tan absurdamente cristalinas, que reflejaban las montañas con una fidelidad que resultaba inquietante.
No era un lago bonito. Era un lago que obligaba a mirarse.
Los viajeros que pasaban cerca decían que a veces, en el reflejo, se veían cosas que no estaban en la orilla: sombras que no correspondían a ningún árbol, figuras que se movían cuando nadie se movía.
Los más supersticiosos creían que el lago guardaba los recuerdos de quienes se acercaban.
Los más racionales creían que era efecto de la humedad. Ambos tenían razón y ninguno a la vez.
La cueva estaba a pocos metros de la orilla, oculta entre rocas cubiertas de musgo. Si no sabías que estaba ahí, no la veías. Si la veías, no entendías por qué alguien viviría en un agujero húmedo cuando el mundo era tan grande. Si entendías por qué, probablemente ya era demasiado tarde para ti.
Dentro de la cueva, en aquel preciso momento, había una niña.
Tenía seis años. Se llamaba Jen Delay. Tenía el pelo oscuro, enmarañado, lleno de hojas secas que nadie se había molestado en quitarle.
Los ojos eran grandes y del color del agua cuando el cielo estaba nublado: no azules, no grises, sino algo intermedio, algo que cambiaba según la luz.
La piel tenía el tono pálido de quien no sale al sol.
Las manos eran pequeñas, huesudas, con los dedos enrojecidos y las uñas rotas.
Estaba llorando.
No era el llanto escandaloso de un niño que quiere atención. Era el llanto silencioso de un niño que había aprendido que llorar en voz alta traía consecuencias. Las lágrimas le caían por las mejillas sin ruido, como si incluso el dolor tuviera miedo de ser escuchado.
Los dedos le sangraban. El entrenamiento de esa mañana había sido especialmente brutal: su madre, una sirena de ojos claros y voz que podría haber sido hermosa si no la hubiera usado como un látigo, la había obligado a mover el agua del lago durante tres horas seguidas. No agua en calma.
Olas que golpeaban las rocas con la fuerza de un puño.
La niña no tenía fuerza para eso. No la tenía.
Pero su madre no aceptaba esa respuesta.
Su canto de control, una melodía que sonaba a sirena pero que se sentía como una cadena, empujaba el agua a través de las venas de Jen con una brutalidad que hacía que los dedos le sangraran por dentro.
Su padre era peor. Era un elfo, alto, de mirada ausente y manos que parecían diseñadas para empuñar un palo de corrección más que para acariciar.
Era más duro que su madre. Siempre lo había sido.
Cuando Jen caía al suelo exhausta, su padre la levantaba con una mano y la colocaba de nuevo frente al lago.
Cuando temblaba, le golpeaba los nudillos con la vara.
Cuando lloraba, se quedaba inmóvil, con los brazos cruzados, como si el llanto fuera una debilidad que debía ser eliminada antes de que infectara al resto del cuerpo.
La niña nunca entendió por qué su padre la miraba así.
No entendía por qué había algo en sus ojos que no era amor.
Había otros padres en el mundo, los había visto en las escasas incursiones a pueblos cercanos.
Esos padres miraban a sus hijos de otra manera.
Con calor. Con miedo. Con algo que Jen no tenía nombre pero que reconocía como lo opuesto a lo que sentía cuando su padre la corregía.
Su madre al menos tenía momentos. Pequeños, rápidos, como destellos de luz que se colaban por una grieta en un muro.
Cuando el padre no miraba, ella le acariciaba el pelo.
Cuando el padre se iba a dormir, ella le cantaba algo diferente: no el canto de control, sino algo más suave, más antiguo, algo que sonaba a canción de cuna, pero con notas que Jen no había escuchado nunca en ninguna otra melodía.
Eran gestos que duraban segundos. Luego la madre apartaba la mano, apartaba la voz y volvía a ser lo que tenía que ser: una entrenadora, no una madre.
Jen no sabía para qué servía el agua que podía mover.
No sabía contra quién lucharía algún día.
No sabía por qué sus padres la habían concebido, por qué la habían criado en una cueva, ni tampoco por qué le habían negado todo lo que otros niños tenían.
No sabía qué había más allá de las montañas, como tampoco sabía qué era un amigo.
No conocía el mar, aunque su madre era una sirena y el mar era su casa.
No sabía nada de lo que debería saber una niña de seis años.
Pero sabía una cosa.
En la pared de la cueva, a la altura de sus ojos, había un cartel.
Era un trozo de papel viejo, descolorido, con las esquinas dobladas y una mancha de humedad en el centro que había difuminado los colores.
Pero la imagen todavía se distinguía: un helado de fresa.
Rosado, con motas rojas, servido en un cono de galleta crujiente.
Debajo del helado, una palabra que Jen no sabía leer pero que había memorizado por la forma de las letras.
Jen no sabía quién había pintado ese cartel en la pared. Sus padres nunca se lo habían explicado. Cuando preguntaba, su madre apartaba la mirada y su padre apretaba la mandíbula. Jen había aprendido a no preguntar dos veces.
Pero cuando el dolor era demasiado, cuando los dedos sangraban, el agua se negaba a moverse y el palo del padre le había dejado marcas en los antebrazos, Jen se sentaba frente al cartel y miraba el helado.
Cerraba los ojos e imaginaba el frío en la lengua.
Imaginaba el dulzor en la garganta. Imaginaba el crujido del cono entre los dientes.
No sabía si sabía así. No había probado nunca un helado.
Pero imaginaba que sabía a algo bueno. A algo que no dolía. A algo que nadie podía arrebatarle.
Y eso la mantenía viva.
Ahora mismo, en la cueva, Jen estaba sentada en el suelo de tierra con las rodillas contra el pecho y las manos ensangrentadas apoyadas en las rodillas.
Las lágrimas le habían dejado surcos limpios en las mejillas sucias.
El cartel del helado estaba a su derecha, descolorido y paciente, como un amigo que no tenía prisa.
Jen miró el helado.
Pensó en el frío.
Pensó en el dulzor.
Y por un momento, solo un momento, el dolor se alejó lo suficiente para que pudiera respirar.
Entonces cerró los ojos y se durmió.
Esa niña de seis años no lo sabía entonces. No podía ni imaginar que dentro de veintidós años cruzaría la puerta de la ciudad más temida del mundo. Que el hombre que vivía en la torre de cristal negro la estaba esperando, aunque él tampoco lo supiera en ese momento.
No sabía que el perro de fuego se convertiría en su amigo más leal y más molesto.
No sabía que el agua que corría por sus venas escondía un secreto que ni sus padres conocían.
Y tampoco imaginaba que el helado de fresa, ese capricho imposible que alguien había pintado en la pared de su cueva, sería el hilo del que tiraría para salir de la oscuridad.
No sabía nada de eso.
Solo sabía que tenía frío, que tenía hambre y que algún día iba a probar ese helado.
El mundo entero podía esperar.