Lords de los cielos CAPÍTULO 29 El Precio del Poder #2
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CAPÍTULO 29 El Precio del Poder #2

Caspian, a pesar de sus heridas, era rápido.

Retrocedió lo justo para que la punta de la espada de Kaelen solo rozara su coraza, arrancando un chirrido metálico.

Sin perder el ritmo, el usurpador contraatacó, lanzando una lluvia de golpes erráticos, sucios y brutales.

No había técnica en los movimientos de Caspian, solo una rabia pura y venenosa.

Lanzó una estocada al pecho que Kaelen bloqueó a duras penas. Caspian aprovechó la proximidad y le propinó un cabezazo brutal en el rostro.

El crujido del cartílago fue nauseabundo. Kaelen retrocedió tambaleándose, la sangre brotando a borbotones de su nariz rota, cegándolo por un instante.

—¡No eres nada! —gritaba Caspian, lanzando otro golpe de barrido—. ¡Mírate, Carnicero! ¡Tu padre se avergonzaría de ti! ¡Eres un error de la naturaleza!

La hoja dentada de Caspian encontró un hueco en la guardia de Kaelen y se hundió en su muslo izquierdo, atravesando la cota de malla y desgarrando la carne.

Kaelen ahogó un grito de dolor. La sangre caliente empezó a resbalar por su pierna, mezclándose con el fango del campo de batalla. Caspian tiró de la espada con saña, abriendo aún más la herida y haciendo que Kaelen cayera pesadamente sobre una rodilla.

—¡Kaelen! —gritó Sofía, dando un paso al frente, la piedra temblando bajo sus pies.

—¡Atrás! —rugió Kaelen, alzando una mano cubierta de fango y sangre para detenerla.

Caspian soltó una carcajada demencial, un sonido grotesco y burbujeante.

—Míralo, "maga" —escupió el rey, paseando alrededor de Kaelen con la espada goteando sangre oscura—.

Míralo suplicar. Un monstruo incompleto.

Un perro rabioso que ni siquiera sabe morder.

Todo el reino teme tu fuego, Kaelen, pero mírate...

no eres más que ceniza húmeda. Tienes tanto miedo de ti mismo que te dejas matar.

Kaelen respiraba con dificultad. El dolor en su pierna era insoportable, y cada inhalación era una tortura para sus costillas.

La sangre le llenaba la boca. Caspian tenía razón.

Durante treinta y seis años, había aterrorizado a sus enemigos, pero su mayor terror siempre había sido él mismo.

El fuego inestable que bullía en sus venas, la "bestia" de la que le había hablado a Sofía en la oscuridad de sus aposentos.

El fuego que quemaba sin control, que destruía, que lo aislaba del mundo.

Siempre lo había reprimido. Siempre lo había encerrado detrás de gruesos muros de disciplina, estoicismo y frialdad.

Pero entonces, mientras Caspian alzaba la espada para asestar el golpe de gracia, Kaelen levantó la vista y encontró los ojos color avellana de Sofía.

Recordó sus palabras.

«Tú eres el fuego y yo soy la tierra. Tú ardes y yo sostengo. Tú destruyes y yo reconstruyo. No estamos rotos, Kaelen. Somos complementarios. Como en la forja.»

Él no era solo destrucción. No tenía por qué serlo.

Ella era su ancla ahora. Su tierra. Su mundo entero.

Ella había entregado su cordón umbilical cósmico para quedarse con él.

Si ella no tenía miedo del poder de la Madre de la Piedra que latía en sus entrañas, él no podía seguir temiendo al fuego que corría por sus venas.

La bestia no era su enemiga. Era su fuerza.

Caspian descargó la pesada hoja dentada apuntando directamente al cuello de Kaelen.

Pero el golpe nunca llegó.

Kaelen alzó la mano desnuda y atrapó la hoja de acero de Caspian al vuelo.

El rey abrió los ojos desmesuradamente, estupefacto. El filo cortó la palma de Kaelen, pero este no parpadeó. No sintió el dolor. En su lugar, cerró los ojos un instante, visualizó la barrera de hielo y miedo que había construido alrededor de su corazón durante dos décadas, y la hizo añicos.

Abrió las compuertas de su alma. Liberó a la bestia.

Pero la bestia no era un fuego caótico y descontrolado. Guiado por la certeza del amor de Sofía, por la firmeza de la tierra que ella representaba, el fuego obedeció a su voluntad.

Un resplandor anaranjado y feroz nació en el pecho de Kaelen.

Sus ojos grises se tiñeron de un fulgor dorado, casi volcánico.

El calor que emanó de su cuerpo fue tan intenso que el barro a su alrededor comenzó a secarse y a cuartearse instantáneamente.

El agua de los charcos cercanos siseó, evaporándose en espesas nubes de vapor.

—¿Qué...? —balbuceó Caspian, intentando liberar su espada.

Pero la mano de Kaelen, aferrada al acero, se había envuelto en llamas. No era el fuego salvaje que incendiaba cortinas y graneros por accidente. Era un fuego blanco, puro, enfocado con una precisión aterradora.

La hoja de acero de la espada de Caspian comenzó a brillar. En cuestión de segundos pasó del rojo cereza al blanco incandescente. El metal empezó a ablandarse, goteando como cera caliente sobre el barro.

Caspian gritó de dolor cuando el calor insoportable viajó por la empuñadura hasta sus manos, quemándole la piel a través de los guanteletes de cuero. Soltó el arma fundida y retrocedió tropezando, aterrorizado, con los ojos desorbitados por el pánico.

Kaelen se puso en pie. La herida de su pierna parecía haber dejado de sangrar, cauterizada por el intenso calor que ahora irradiaba su cuerpo. Las llamas bailaban alrededor de sus puños, subiendo en espirales concéntricas por sus antebrazos, lamiendo su armadura sin consumirla.

Era el Lord de las Cenizas, en todo su aterrador esplendor, pero por primera vez, era el dueño absoluto de su poder.

—Hablabas de mi padre, Caspian —dijo Kaelen. Su voz ya no era la de un humano normal; tenía la resonancia grave de una hoguera crepitante, un eco superpuesto de furia ígnea—. Hablabas de monstruos. Te mostraré lo que hace un monstruo cuando por fin acepta lo que es.

Kaelen alzó su propia espada, la que aún conservaba en la mano derecha.

Las llamas de su puño abrazaron la hoja de acero valdorio.

El metal absorbió el fuego mágico sin fundirse, convirtiéndose en una lengua de fuego ardiente y vengativo, una hoja de luz solar que iluminó el campo de batalla oscurecido.

—¡Guardias! ¡A mí! —chilló Caspian, arrastrándose hacia atrás por el lodo, suplicando a un ejército que ya no existía, que había sido enterrado o espantado por el poder de la tierra de Sofía.

Nadie acudió en su ayuda. Dain, Jorund y Varn, que acababan de llegar al perímetro de la llanura tras exterminar a los últimos focos de resistencia, se detuvieron en seco, sobrecogidos por la visión de su señor envuelto en fuego divino.

Kaelen avanzó con paso firme e ineludible, como la mismísima muerte encarnada en brasas.

Caspian, en un acto de pura desesperación, sacó una daga que llevaba oculta en la bota y se abalanzó sobre Kaelen, apuntando a su pecho con un grito animal.

Kaelen ni siquiera se molestó en pararla con la espada. Con su mano izquierda desnuda y envuelta en llamas blancas, interceptó el puño de Caspian. El agarre de Kaelen fue como una prensa de hierro incandescente.

La armadura dorada de Caspian en el brazo y el hombro se sobrecalentó instantáneamente.

El rey usurpador soltó un alarido tan espantoso, tan visceral y crudo, que incluso los curtidos soldados de Roca Negra que observaban la escena apartaron la mirada.

El olor a carne asada, a pelo quemado y a sangre hirviendo inundó el aire, nauseabundo y denso.

Caspian se retorció, suplicando, llorando, mientras la carne de su brazo se carbonizaba bajo el guantelete derretido.

—Esto es por mi Rey —sentenció Kaelen, sin una pizca de piedad en su rostro severo.

Con un movimiento rápido y letal, Kaelen alzó la espada en llamas. No hubo vacilación. No hubo misericordia.

Hundió la hoja de fuego directamente en el estómago de Caspian, atravesando la coraza, la cota de malla, la carne y el hueso.