Lords de los cielos CAPÍTULO 29 El Precio del Poder #3
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CAPÍTULO 29 El Precio del Poder #3

Caspian se arqueó hacia atrás, los ojos en blanco, la boca abierta en un grito mudo mientras la hoja candente hervía su sangre y cauterizaba sus órganos internos en un instante brutal.

El rey usurpador murió casi de inmediato, ahogado en sus propios fluidos hirvientes, sus pulmones colapsados por el calor abrasador.

Kaelen giró la hoja y la retiró con un movimiento seco. El cuerpo inerte y humeante de Caspian cayó de rodillas, para luego desplomarse de bruces en el fango manchado de sangre, convertido en poco más que una cáscara vacía.

Se hizo el silencio.

El viento pareció detenerse. Los pocos soldados enemigos que aún quedaban en pie a lo lejos, al presenciar la grotesca e innegable muerte de su rey, arrojaron sus armas al suelo y cayeron de rodillas, rindiéndose a un terror absoluto.

Kaelen se quedó allí, en medio del barro y la sangre, respirando agitadamente. La espada de fuego seguía en su mano, las llamas bailando alrededor de su cuerpo.

Sofía observaba desde la distancia. El corazón le latía desbocado y el hedor a carne quemada le revolvía el estómago, pero no apartó la mirada. Sabía lo crudo y brutal que era aquel mundo. Sabía lo que la guerra exigía. Y, sobre todo, sabía lo que aquel momento significaba para Kaelen.

Vio como el Lord de Roca Negra cerraba los ojos, alzaba el rostro hacia el cielo plomizo y dejaba escapar un suspiro largo y tembloroso.

Lentamente, las llamas blancas comenzaron a disminuir.

El fuego retrocedió desde la hoja de la espada, descendió por sus antebrazos y se extinguió en sus manos.

El fulgor dorado desapareció de sus ojos, dejando paso al gris acero de siempre.

La bestia no había sido reprimida; simplemente, Kaelen le había enseñado a sentarse y a obedecer.

Por primera vez en toda su vida, tenía el control total.

Cuando el fuego desapareció por completo, el agotamiento físico se cobró su peaje. Kaelen soltó la espada, que cayó al barro con un golpe sordo, y sus rodillas flaquearon.

Sofía corrió hacia él antes de que cayera del todo. Sus botas chapotearon en el lodo sangriento. No le importó el barro, ni la sangre, ni el olor. Llegó hasta él y lo sostuvo, pasando sus brazos alrededor de su cintura y apoyando el hombro sano del guerrero en el suyo.

Kaelen se dejó sostener. Su respiración era pesada, áspera, y su cuerpo estaba cubierto de sudor frío, pero cuando la miró, no había ni rastro del tormento antiguo en su rostro. Solo había paz. Una paz exhausta y dolorosa, pero paz al fin y al cabo.

—Ya no hay bestia —murmuró él, apoyando la barbilla ensangrentada en la cabeza de Sofía, envolviéndola con su brazo sano. Su voz temblaba—. Solo yo.

Sofía lo apretó con más fuerza, sintiendo el latido de su corazón contra el de ella. Las lágrimas volvieron a brotar, pero esta vez eran de alivio absoluto. El miedo, la guerra, la magia oscura, todo había quedado atrás.

—Solo tú —le susurró ella, besando la piel sucia de hollín de su cuello—. El hombre más maravilloso de Valdoria. Mi hombre.

A su alrededor, los capitanes comenzaron a acercarse.

Dain envainó su espada, asintiendo con un respeto mudo y absoluto hacia su señor.

Jorund se cruzó de brazos, con una sonrisa ladeada y Varn comenzó a dar órdenes para asegurar a los prisioneros y atender a los heridos.

Aldric, que había llegado corriendo desde el castillo con vendas y ungüentos, se detuvo en seco al ver la carnicería, pero luego se acercó con pasos decididos, listo para hacer su trabajo.

Un maullido los sacó de su burbuja íntima.

Gato se acercó caminando con esa parsimonia irritante y divina que lo caracterizaba. Esquivó cuidadosamente los charcos de sangre y el cadáver humeante de Caspian con una expresión de refinado asco, hasta sentarse a los pies de la pareja.

Sus ojos amarillos brillaron, y la voz grave del dios resonó en la mente de ambos.

Impresionante, guerrero. Te ha costado casi cuarenta años, pero por fin has aprendido a usar la fragua. Y tú, arquitecta... has renunciado a un mundo por él. Más os vale que esa familia con perros y gatos de la que hablasteis anoche sea una realidad pronto, o me sentiré muy decepcionado.

Sofía soltó una carcajada húmeda, ahogada en el hombro de Kaelen.

—Serás el primero en enterarte, Gato —dijo ella en voz alta—. Y te prometo que nunca nos faltará el atún.

Kaelen sonrió, una sonrisa genuina que le dolió en la mejilla cortada, pero que no quiso borrar.

Apoyó su peso en la mujer que lo sostenía, la maga de tierra que había cimentado su alma, y miró hacia su fortaleza.

Roca Negra se alzaba orgullosa y firme en la distancia, inexpugnable bajo las nubes grises que comenzaban a romperse, dejando pasar los primeros rayos de un sol pálido.

El rey usurpador estaba muerto. La magia oscura estaba neutralizada en una jaula de piedra eterna. El fuego y la tierra se habían unido, forjando algo que ni el tiempo ni los hombres podrían quebrar jamás.

—Vamos a casa, Sofía —murmuró Kaelen, comenzando a caminar lentamente, apoyado en ella.

—Sí —respondió ella, mirando las murallas que ahora le pertenecían por derecho propio, sintiendo el latido de las piedras saludándola—. Vamos a casa.