CAPÍTULO 29 El Precio del Poder
El silencio que siguió a la caída de Lady Seraphine fue más ensordecedor que el estruendo de la propia batalla.
El campo, que minutos antes había sido un hervidero de gritos, choques de acero y relinchos agónicos, parecía haber contenido la respiración.
Sofía estaba arrodillada en el barro, con la respiración entrecortada y las manos apoyadas en la tierra fría y empapada de sangre.
A unos metros de ella, la imponente jaula de piedra que había conjurado con el poder de la Madre mantenía prisionera a la maga oscura, cuyos gritos ahogados y golpes desesperados contra la roca apenas eran un murmullo sordo.
Sofía bajó la mirada hacia el hombre cuya cabeza descansaba en su regazo. Kaelen estaba pálido, cubierto de hollín, sudor y sangre ajena, pero su pecho subía y bajaba con un ritmo constante. Estaba vivo.
Un calor repentino, punzante y abrasador, le arrancó un jadeo.
Sofía se llevó la mano al pecho, justo donde el colgante de piedra descansaba sobre su piel.
La reliquia que había encontrado en el fondo del pozo ardía como un carbón recién sacado de la fragua.
Intentó apartarlo, pero el calor no venía de la superficie de la piedra; venía de su interior.
Brillaba con una luz blanca, cegadora, que palpitaba al mismo ritmo que su propio corazón.
—Gato... —murmuró, la voz quebrada por el dolor y la confusión.
El felino negro, que se había mantenido a su lado, dio un paso adelante. Sus ojos amarillos estaban fijos en el colgante. No parecía sorprendido.
—Es el precio, Sofía —dijo la voz grave y antigua del dios que habitaba en el cuerpo del animal.
No había burla ni superioridad en su tono, solo una solemne inevitabilidad—.
Toda magia requiere un sacrificio. Has canalizado el poder de la Madre para alterar el tejido mismo de este mundo.
Has salvado la vida de este hombre y has encerrado a una fuerza que amenazaba el equilibrio. Pero ese poder necesitase anclarse.
—¿Anclarse? —Sofía apenas podía hablar. El calor se estaba volviendo insoportable, extendiéndose desde su pecho hacia sus venas, sus huesos, su alma.
—Ese colgante era el hilo —continuó Gato—.
El cordón umbilical que mantenía tu alma conectada a tu mundo de origen, al eco de la vida que dejaste atrás en Madrid.
Te mantenía en un limbo, con un pie aquí y otro allá, por si decidías regresar.
Pero la Madre te lo dijo en el umbral: elegir es perder algo.
Has elegido este mundo. Has elegido la piedra. Has elegido a Kaelen.
Crack.
El sonido fue minúsculo, pero resonó en la cabeza de Sofía como el trueno que precede a una tormenta devastadora. Miró hacia abajo. Una fisura perfecta, brillante como un relámpago en miniatura, había partido el colgante en dos. Luego en cuatro.
—No... —susurró Sofía. Sabía lo que significaba.
Instintivamente, su mente voló hacia el recuerdo de su madre, el piso en Malasaña, el balcón con las plantas marchitas, el bullicio de la ciudad que nunca dormía.
Intentó aferrarse a esas imágenes, pero de repente las sintió lejanas, borrosas, como fotografías antiguas expuestas a demasiada luz.
El vínculo se estaba rompiendo.
Crack, crack, crack.
El colgante de piedra no soportó más. Con un último destello cegador, la roca antigua se pulverizó por completo.
Sofía sintió como una onda de choque silenciosa la atravesaba.
Abrió las manos, y un puñado de ceniza gris y fina se escurrió entre sus dedos manchados de barro, siendo arrastrada por el viento frío del acantilado hasta desaparecer para siempre en el campo de batalla.
Un vacío absoluto se abrió en su pecho durante un segundo.
La conexión cósmica, ese hilo invisible que la unía a su vida anterior, se había cortado con la precisión de unas tijeras divinas.
Sofía Navarro, la arquitecta de Madrid que renegaba de los lunes y amaba el café, había dejado de existir en aquel universo lejano.
Su cuerpo en la cama de aquel hospital finalmente habría exhalado su último aliento.
Pero el vacío duró poco. Inmediatamente después, el hueco fue llenado por algo infinitamente más vasto, más pesado y más real.
Sintió la tierra bajo sus rodillas no como un montón de barro y rocas, sino como una extensión de su propio cuerpo.
Sintió el latido del castillo de Roca Negra a sus espaldas, la firmeza de las montañas, la humedad de las cuevas subterráneas.
Ya no era una viajante entre mundos. Ya no era una invitada en el cuerpo de Lady Elara. Era Sofía de Valdoria. Era carne, sangre y piedra de aquel mundo. Al cien por cien. Sin vuelta atrás.
Las lágrimas, calientes y silenciosas, surcaron sus mejillas sucias de cal y sangre. No lloraba de arrepentimiento, sino por el duelo de una muerte que por fin había aceptado. Se inclinó sobre Kaelen, abrazando su torso inmóvil, y dejó que el peso de su nueva realidad la anclara al suelo.
—Ya está —susurró Gato, acercando su hocico húmedo a la rodilla de Sofía—. Eres nuestra. Para siempre.
—Para siempre —repitió ella, cerrando los ojos.
Un gemido ronco bajo ella la obligó a abrirlos de golpe. Kaelen se tensó, los músculos de su cuello marcándose como cuerdas de acero, y sus ojos grises se abrieron lentamente, desorientados al principio, hasta que encontraron el rostro de Sofía.
—Estás aquí... —su voz era apenas un roce de grava, pero a Sofía le sonó a la mejor sinfonía del mundo.
—Y tú también, idiota —respondió ella, incapaz de reprimir una sonrisa temblorosa mientras le acariciaba la cicatriz de la mejilla —. Te dije que no te iba a dejar morir. Te iba a matar yo misma si lo hacías.
Kaelen intentó incorporarse, haciendo una mueca de dolor al apoyar el peso sobre su brazo herido.
Sus ojos escanearon el campo de batalla: los cuerpos esparcidos, las trincheras llenas de escombros , la enorme prisión de roca donde Lady Seraphine seguía encerrada.
Luego, su mirada se detuvo en el pecho de Sofía.
—El colgante... —murmuró, frunciendo el ceño—. Ya no está.
—Se acabó, Kaelen —le explicó ella con voz firme, aunque las manos le temblaban—. La puerta se ha cerrado. Ya no hay otro mundo para mí. Solo este. Solo tú.
El Lord de Roca Negra se quedó paralizado.
Entendió la magnitud del sacrificio, el peso absoluto de lo que ella acababa de entregar por él, por su castillo, por su gente.
Y comprendía que Sofía, en su conmoción y duelo, tenía la necesidad de repetir en voz alta que había perdido el colgante. Que había perdido su camino a casa.
Kaelen alzó la mano sana y la enredó en el cabello de Sofía, atrayéndola hacia sí para pegar su frente contra la de ella.
—Te juro por mi vida, Sofía... —comenzó a decir, pero sus palabras fueron interrumpidas por un sonido que heló la sangre de todos los presentes.
Un rugido gutural, cargado de rabia histérica y desesperación, rasgó la bruma de la tarde.
Apenas a veinte metros de distancia, apartando el cadáver de un caballo destripado, la figura de Caspian se alzó del suelo.
El usurpador estaba destrozado. Su armadura, que al principio del día brillaba con oro y arrogancia, ahora era un amasijo de metal abollado y manchado de fango.
El golpe de la piedra que lo había noqueado minutos atrás le había dejado una brecha espantosa en el costado de la cabeza, de la que manaba sangre oscura que le cubría la mitad del rostro, pegándole el cabello rubio a la piel.
Caspian miró a su alrededor. Vio a su ejército masacrado, huyendo en desbandada hacia el desfiladero. Vio a su maga más poderosa atrapada en una tumba de piedra viva. Vio su reino desmoronándose antes siquiera de haberlo asegurado.
Y luego vio a Kaelen.
El rey usurpador soltó un grito que ya no tenía nada de humano. Era el aullido de un animal acorralado. Recogió del barro una espada ancha de hoja dentada, pesada y brutal, y avanzó hacia ellos cojeando, arrastrando la pierna izquierda pero impulsado por una sed de sangre que bordeaba la locura.
—¡Traidor! —bramó Caspian, escupiendo sangre con cada sílaba—. ¡Monstruo! ¡Crees que has ganado! ¡Crees que una puta bruja y un bastardo de las montañas pueden robarme mi corona!
Kaelen apartó a Sofía con suavidad, pero con una firmeza inquebrantable.
Ignorando el dolor de sus costillas fisuradas y el brazo maltrecho, se puso en pie.
La armadura le pesaba como si estuviera hecha de plomo, y su respiración silbaba en sus pulmones, pero sus ojos grises se clavaron en Caspian con la frialdad de un glaciar.
—Quédate atrás —le ordenó Kaelen a Sofía, recogiendo su propia espada del fango—. Esto termina aquí.
—Kaelen, estás herido —protestó ella, dando un paso adelante, sintiendo como la tierra le respondía, lista para levantar un nuevo muro, lista para aplastar a Caspian si ella se lo pedía.
—¡No! —la detuvo él con un grito feroz, mirándola por encima del hombro—. Es mío. Este es mi reino, mi rey el que fue asesinado, mi gente la que ha sangrado hoy. Esta es mi guerra. Confía en mí, Sofía. Como yo confío en ti.
Sofía apretó los puños. Quería intervenir.
Quería hundir a Caspian en el centro de la tierra y acabar con todo.
Pero al mirar a Kaelen, vio la determinación absoluta del guerrero, del Lord, del hombre que necesitaba exorcizar a sus propios demonios.
Asintió, retrocediendo un paso con Gato a su lado.
Caspian acortó la distancia final con un salto desesperado, alzando su pesada espada dentada con ambas manos. Lanzó un tajo descendente destinado a partir a Kaelen en dos.
Kaelen alzó su acero. El choque de las espadas resonó como el tañido de una campana rota. Las chispas saltaron, iluminando el crepúsculo gris.
La fuerza del impacto hizo que las botas de Kaelen patinaran en el barro empapado de sangre. Sus costillas protestaron con una punzada agonizante, pero apretó los dientes y desvió el golpe, girando sobre sí mismo para lanzar un tajo horizontal hacia el abdomen del rey.