CAPÍTULO 28 Solo tú
El aire en el desfiladero de Roca Negra no era aire; era una mezcla espesa de ceniza, ozono y el hedor metálico de la sangre fresca. Sofía sentía que sus pulmones ardían con cada bocanada. A su alrededor, el mundo parecía estar rompiéndose.
Lady Seraphine no era la mujer refinada que había conocido en la corte.
Ahora era una entidad de puro rencor. Rodeada por una espiral de sombras que parecían devorar la luz del atardecer, la maga oscura flotaba a unos centímetros del suelo, con los ojos inyectados en sangre y las manos extendidas hacia Kaelen.
Kaelen estaba acabado. Sofía lo veía desde su posición, a duras penas manteniéndose en pie.
El Lord de la Frontera tenía la armadura destrozada, un brazo colgando inerte y una herida en el costado que manaba con una insistencia aterradora.
Había luchado como un demonio, pero la magia de Seraphine no seguía las reglas del acero.
Unos hilos de sombra, finos como seda, pero fuertes como el hierro, lo mantenían suspendido en el aire, apretando su garganta y sus pulmones.
—Míralo, pequeña arquitecta —siseó Seraphine, su voz resonando en la mente de Sofía como el chirrido de metal sobre hueso—. Mira como muere tu "guerrero de fuego". No es más que carne y debilidad.
Sofía apretó los puños. Bajo sus pies, la tierra vibraba, pero no era una vibración de apoyo. Era un llanto. La piedra de Valdoria estaba herida por la magia negra que Seraphine estaba drenando de las raíces mismas del mundo.
De pronto, un calor punzante estalló contra el pecho de Sofía.
El colgante.
La pequeña piedra que llevaba bajo la túnica, su único vínculo con el siglo XXI, con Madrid, con su madre y su vida anterior, empezó a brillar con una intensidad azulada y eléctrica.
Nunca había reaccionado así. Sofía la tomó entre sus dedos temblorosos y, por un instante, el campo de batalla desapareció.
Escuchó el rugido del tráfico en la Castellana.
El pitido de un semáforo. El olor a café recién hecho y lluvia sobre el asfalto.
Vio, con una claridad que le desgarró el alma, el salón de su casa.
Su madre estaba allí, de espaldas, regando las plantas que ella tanto amaba.
El portal estaba abierto. El colgante estaba reaccionando a la inestabilidad mágica del entorno, abriendo una brecha, una salida de emergencia.
Podía irse. Podía dejar atrás la sangre, el dolor y la muerte.
—Sofía... —el susurro de Gato a su lado la devolvió a la realidad. El felino negro tenía los ojos fijos en la reliquia—. El puente se ha tendido. Si cruzas ahora, volverás a tu cama. Despertarás del coma. Valdoria será solo un sueño febril que olvidarás con el tiempo.
Sofía miró a Kaelen. Él estaba perdiendo el conocimiento. Sus ojos grises, antes fieros, se estaban apagando. Seraphine rio y el sonido fue la chispa que encendió la furia de Sofía.
—¿Y qué pasa si me quedo? —preguntó Sofía, las lágrimas desbordándose.
—Si quieres salvarlo, si quieres detener a esa mujer, necesitas un poder que tu cuerpo mortal no puede soportar —dijo Gato con una solemnidad gélida—.
Tendrías que canalizar la energía del portal hacia adentro.
El colgante se destruiría. Tu conexión con la Tierra se quemaría para siempre.
No quedarían ni cenizas de tu otra vida.
Serías de Valdoria... hasta que la muerte te reclame aquí.
Sofía miró la visión de su madre una última vez. "Lo siento, mamá", pensó. "Pero aquí me necesitan más".
Cerró la mano sobre el colgante con tanta fuerza que los bordes de la piedra le cortaron la palma.
—¡SERAPHINE! —rugió Sofía.
La maga oscura giró la cabeza, sorprendida por el estallido de poder que emanó de la joven. Sofía no invocó a la piedra; se convirtió en ella.
El colgante estalló en una luz blanca que devoró la visión de Madrid.
El dolor fue indescriptible, como si miles de agujas de cristal recorrieran sus venas.
Sofía sintió como cada recuerdo de su vida anterior —su número de teléfono, el nombre de sus amigos, el sabor de su comida favorita— se evaporaba, consumido como combustible para la magia de la Madre de la Tierra.
Con un grito desgarrador, Sofía golpeó el suelo con ambas palmas.
La tierra no solo respondió; se rebeló. El suelo bajo Seraphine se abrió como una boca hambrienta.
Pero no fue una caída limpia. Sofía manipuló la roca con una precisión quirúrgica y brutal.
Cuatro pilares de obsidiana surgieron a una velocidad vertiginosa, atravesando las extremidades de Seraphine antes de que pudiera reaccionar.
Un alarido inhumano rasgó el aire. La maga quedó empalada en el aire, crucificada por la piedra viva.
Sofía se puso en pie, con los ojos brillando con un fulgor volcánico. Se acercó a la mujer que había intentado destruir todo lo que amaba. Seraphine tosía sangre oscura, sus sombras disipándose mientras la vida se le escapaba por las heridas abiertas en sus hombros y muslos.
—Tú... no eres... de aquí —jadeó Seraphine, intentando escupirle a la cara.
—Ahora sí lo soy —respondió Sofía con una frialdad que la asustó a ella misma—. He pagado el precio más alto por este suelo. Y tú vas a formar parte de él.
Sofía cerró el puño.
Los pilares que sostenían a Seraphine comenzaron a contraerse hacia el centro, como las mandíbulas de una trampa para lobos.
Se escuchó el crujido seco y nauseabundo de los huesos rompiéndose, uno tras otro.
Seraphine no pudo ni siquiera gritar; la presión de la piedra le aplastó la caja torácica en un segundo.
Con un último movimiento giratorio de su mano, Sofía ordenó a la tierra que reclamara sus restos.
La roca se envolvió alrededor del cuerpo destrozado de la maga, compactándolo, triturando carne y metal hasta convertirlo en una masa informe que fue succionada hacia las profundidades de la falla.
El suelo se cerró con un estruendo final, dejando solo una mancha de sangre negra que el viento empezó a cubrir de polvo.
Seraphine había muerto. No hubo gloria, solo una ejecución necesaria y sangrienta.
Sofía cayó de rodillas. El silencio que siguió fue absoluto. Se llevó la mano al cuello. El cordón de cuero estaba allí, pero el colgante estaba empezando a resquebrajarse.
Se sintió ligera. Se sintió vacía. Intentó recordar el nombre de la calle donde vivía en Madrid y descubrió con horror que solo encontraba un hueco en blanco. El sacrificio estaba completo.
—Sofía... —la voz de Kaelen la sacó de su trance.
Él había caído al suelo cuando las sombras de Seraphine desaparecieron. Se arrastraba hacia ella, dejando un rastro de sangre en el barro. Sofía se lanzó a sus brazos, sollozando, abrazándolo con una desesperación que amenazaba con romperlos a ambos.
—Se ha ido —susurró ella contra su cuello—. Ya no puedo volver, Kaelen. He quemado el camino a casa.
Kaelen, a pesar de su agonía, la rodeó con su brazo bueno, ocultando su rostro en el cabello de ella. No necesitaba preguntar qué significaba aquello. Lo sentía en la vibración de la tierra, en el peso del alma de Sofía, que ahora latía al mismo ritmo que las montañas de Roca Negra.
—Entonces este será tu hogar —dijo él, con la voz quebrada—. Y yo pasaré el resto de mis días asegurándome de que nunca te arrepientas de haberte quedado.
En la distancia, el ejército de Caspian empezaba a reagruparse tras la muerte de su maga, y la verdadera batalla por el trono aún aguardaba.
Pero por un momento, bajo el cielo sangriento de Valdoria, Sofía solo pudo llorar la muerte de la mujer que fue, mientras se aferraba al hombre por el que había decidido nacer de nuevo.