Lords de los cielos CAPÍTULO 27 La Batalla de los Dos Reinos
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CAPÍTULO 27 La Batalla de los Dos Reinos

El sol del amanecer no se molestó en asomarse.

El cielo despertó envuelto en un sudario gris, una capa uniforme de nubes plomizas que presagiaban lo peor.

El viento, cargado de salitre, soplaba con saña desde el mar, trayendo consigo el hedor metálico de una sangre que aún no se había derramado.

Sofía permanecía en lo alto de la torre del homenaje, con Gato en brazos y la mirada perdida en el horizonte.

A lo lejos, tras la silueta de las colinas, una columna de polvo comenzaba a herir el cielo. El ejército de Caspian ya estaba allí.

—Son muchos —sentenció Gato. Su voz grave, propia de un dios atrapado en un cuerpo felino, rompió el silencio—. Más de los que esperábamos.

—Ya lo sé —respondió Sofía, sin parpadear—. Pero yo también tengo mi propio ejército.

—¿Tus piedras?

—Mis piedras.

Gato soltó un ronroneo vibrante, un sonido profundo que recordaba al motor de una aeronave a punto de despegar.

—¿Estás nerviosa? —quiso saber él.

—Cagada de miedo —admitió Sofía con una honestidad brutal—. Pero no voy a correr.

—Nadie espera que lo hagas.

—Pues entonces, solo queda aguantar.

Bajó las escaleras de la torre con paso firme. A cada peldaño, sentía la vibración del castillo bajo sus botas. La piedra la reconocía; la quería y la obedecía. Aquella mañana, el pulso mineral de Roca Negra estaba tan agitado como el suyo.

En el patio de armas, la formación era impecable. Kaelen, envuelto en el acero de su armadura y con la espada en alto, dictaba las últimas órdenes a sus capitanes.

—Dain, la muralla este es tuya. Jorund, te encargas de la oeste. Varn, a las trincheras. Aldric… a la cocina.

—Mi lord —balbuceó Aldric, con la voz quebrada—. Tengo miedo.

—Yo también —confesó Kaelen—. Pero el miedo no es el problema. El problema es permitir que te paralice.

—Y usted… —Aldric tragó saliva, buscando una brizna de esperanza—. ¿Está paralizado?

—No. Porque tengo algo que proteger.

Sus ojos grises buscaron los de Sofía. Ella se acercó, cargando a Gato, con el colgante de piedra palpitando sobre su pecho como un segundo corazón.

—¿Lista? —preguntó Kaelen.

—Lista —confirmó ella.

Se besaron. Fue un contacto breve, casi casto, un simple roce de labios que, sin embargo, contenía todas las palabras contenidas y las promesas que el destino les prohibía pronunciar.

—Vuelve —susurró él.

—Volveré —prometió ella.

Y el espacio entre los dos volvió a abrirse.

La batalla estalló con un estruendo que pareció desgarrar el valle.

Los arietes de Caspian arremetieron contra las puertas con una violencia que hizo estremecer los cimientos mismos de la fortaleza. Los hombres de Kaelen respondieron con una lluvia de flechas y aceite hirviendo. De pronto, el aire se saturó de gritos, humo y el olor nauseabundo de la carne quemada.

Sofía observaba desde la torre, tal y como habían acordado. Desde su atalaya dominaba el tablero: las trincheras que ella misma había moldeado, las murallas reforzadas piedra a piedra y el desfiladero donde los soldados enemigos se amontonaban como ganado hacia el matadero.

—Ahora —instó Gato, sentado en el alféizar.

—No —replicó Sofía—. Todavía no.

—¿A qué esperas?

—Al momento exacto. La piedra me lo dirá.

Cerró los ojos y apoyó las palmas en el muro frío.

La piedra le habló en su lenguaje antiguo.

Le mostró cada fisura, cada flanco débil, cada avance del invasor.

Vio a la vanguardia de Caspian avanzar por el desfiladero con una confianza ciega; vio a Lady Seraphine en la retaguardia, rodeada de un aura de magia oscura; y vio a Kaelen en el corazón de la matanza, luchando con la ferocidad de un león herido.

Entonces, el pulso de la tierra se aceleró. Era el momento.

—Ahora —dijo, abriendo los ojos.

La tierra rugió.

No fue el rugido descontrolado del terremoto que le arrebató la vida en Madrid. Fue un grito preciso, quirúrgico. El suelo del desfiladero se fracturó en una grieta perfecta, aislando a la vanguardia enemiga. En un parpadeo, cientos de soldados quedaron atrapados en una ratonera de roca y barro.

—¡Derrumbe! —clamó una voz desesperada desde abajo—. ¡La montaña se nos echa encima!

No era un accidente geológico. Era Sofía, aunque ellos jamás lo comprenderían.

Las trincheras hicieron el resto. Los hombres de Varn, mimetizados con el fango, emergieron como espectros sobre los enemigos confundidos. La carnicería fue inmediata. La sangre empapó el suelo y Sofía sintió, a través de sus pies, cómo la piedra se estremecía de puro horror.

—No me gusta esto —murmuró, apartando la vista.

—La guerra no es para quienes la disfrutan —sentenció Gato—. Es para quienes sobreviven.

—¿Y si no quiero sobrevivir de esta manera?

—Entonces pierdes. Y perder no es una opción.

Sofía apretó los dientes y volvió a hundir su conciencia en la roca.

Kaelen era un torbellino en el centro del campo. Su espada describía arcos mecánicos, casi hipnóticos: golpear, parar, esquivar, matar. No se permitía pensar. El pensamiento era un lujo peligroso que lo llevaba a la torre donde Sofía estaba sola. Y si su mente flaqueaba, su brazo también.

—¡Mi lord! —Dain apareció a su lado, con el rostro salpicado de rojo—. ¡Las trincheras han funcionado! ¡La primera oleada ha caído!

—¿Solo la primera? —jadeó Kaelen—. ¿Cuántos quedan?

—Demasiados. Caspian ha lanzado a su élite.

—Pues nosotros lanzaremos a los nuestros.

—¡Ya están en el muro, señor!

—Entonces enviaremos a los que queden. A todos.

Dain no gastó saliva en responder. Alzó su acero y se sumergió de nuevo en el caos.

En la torre, el agotamiento empezaba a pasarle factura a Sofía. No era un cansancio muscular, sino una erosión del alma. La piedra exigía tributo, y ella entregaba su energía gota a gota, sintiéndose vaciar como si sus venas estuvieran abiertas.

—Descansa —le ordenó Gato.

—No puedo.

—Si no te detienes, el hilo se romperá. Te desmayarás.

—Entonces me desmayaré cuando esto termine.

—Sofía…

—Gato, cállate de una vez.

Pero el dios no guardó silencio.

—Hay un segundo ataque. Por el flanco este. Caspian ha dividido su fuerza.

—Lo sé.

—¿Lo sabes?

—La piedra me lo ha gritado. Y ya sé qué debo hacer.

Sofía se despegó del muro y se dirigió hacia la ventana oriental. A lo lejos, una marea de soldados ascendía por la ladera, protegidos por un velo trémulo de magia oscura tejido por Seraphine.

—No van a coronar la cima —sentenció Sofía.

—¿Tan segura estás?

—Porque no voy a darles permiso para pisar mi tierra.

Extendió las manos hacia el exterior. La montaña rugió de nuevo, esta vez con una furia telúrica. El suelo se tragó a los hombres de Caspian en un bostezo de piedra, y la barrera mágica de la hechicera estalló como cristal golpeado por un martillo.

Desde su escondite entre los peñascos, Lady Seraphine sintió el latigazo del contragolpe. Algo la observaba desde la torre. Algo primigenio. Algo devastador.

—No… —susurró con incredulidad—. Es imposible.

Pero era real. Y estaba allí.

La batalla se prolongó durante horas agónicas. El sol recorrió su arco invisible tras las nubes sin que nadie reparara en el paso del tiempo. Los hombres caían y se levantaban hasta que el suelo fue una alfombra de nieve roja.

Sofía permanecía en la torre, al límite de sus fuerzas, con las manos laceradas por el esfuerzo de moldear la roca. Gato seguía allí, y su ronroneo era el único ancla que la mantenía consciente.

—La muralla oeste —advirtió Gato—. Están a punto de ceder.

—Lo veo.

—¿Vas a intervenir?

—Ya lo estoy haciendo.

Sofía concentró su último aliento en los sillares del oeste. Bajo su voluntad, las piedras se soldaron, fundiéndose en un bloque monolítico e indestructible. Los arietes enemigos rebotaron contra la estructura como si golpearan caucho.

—¡Es inútil! —gritó un soldado enemigo—. ¡La muralla está viva!

—Es la bruja —respondió otro, retrocediendo—. La que despierta a la montaña.

—¡Me da igual quién sea! ¡Nos va a matar a todos!

Pero Sofía no buscaba la muerte de nadie. Solo ansiaba el final de aquel horror.

Kaelen lo presenció todo desde el barro. Vio las trincheras convertidas en fosas, la muralla oeste volviéndose invulnerable y la ladera este devorando legiones. Comprendió que Sofía no era el punto débil de su defensa. Era su arma definitiva.

—¡Dain! —bramó—. ¡Ataque frontal! ¡Ahora que flaquean!

—¿Está seguro, mi lord?

—Absolutamente. ¡Cargad!

Bajo la orden, los defensores de Roca Negra abandonaron la seguridad de los muros y se lanzaron en una carga suicida que se convirtió en victoria.

Los hombres de Caspian, desmoralizados por la magia y diezmados por la geografía, rompieron filas.

El pánico se extendió como el fuego. Huyeron hacia los bosques, abandonando heridos y estandartes.

Caspian, desde su posición de mando, contempló el naufragio de su ambición.

—¡Retirada! —aulló—. ¡Atrás!

Pero el tiempo se le había agotado. Kaelen ya estaba sobre él.

La espada del Carnicero se alzó, atrapando un rayo de sol que, por fin, desgarraba el manto de nubes. Caspian levantó su acero con brazos trémulos.

—¡Te enviaré al infierno! —rugió el usurpador.

—Lo dudo —sentenció Kaelen.

El choque de los metales resonó en todo el valle. Caspian cayó de rodillas, desarmado y con el pecho surcado por una herida sangrante.

—¡Ríndete! —le ordenó Kaelen, con la punta de la espada en su garganta.

—¡Jamás!

Caspian hizo un ademán de alzarse, pero una piedra se desprendió de la muralla superior con una precisión asombrosa y le golpeó la sien. Se desplomó, fulminado, en el barro.

Sofía, desde su ventana, esbozó una sonrisa exhausta.

—Esta vez no he sido yo —dijo Gato.

—¿Ah, no?

—No. Ha sido la propia piedra. Está furiosa.

—¿Con Caspian?

—Con cualquiera que se atreva a dañar a su castellana.

Sofía se deslizó por la pared hasta sentarse en el suelo, vacía de toda energía. Gato se acurrucó a su lado.

—¿Se acabó? —preguntó ella.

—Casi —respondió el felino—. Falta el último cabo suelto.

—¿Qué?

—Lady Seraphine.

La maga oscura, agazapada entre las sombras de las rocas, preparaba su golpe final. Un conjuro prohibido, diseñado para extinguir una vida con un solo suspiro de voluntad. Su objetivo era Kaelen.

Sofía lo percibió a través de la vibración del aire. Vio la imagen de Kaelen desplomándose, con el corazón marchito por la magia negra.

—No… —jadeó—. No lo permitiré.

—Sofía —la urgencia en la voz de Gato era real—. Tienes que moverte.

—No puedo… no me queda nada.

—Muévete ahora o lo perderás para siempre.

Sofía apretó los dientes, soltando un grito de agonía mientras se obligaba a ponerse en pie. Se asomó al vacío de la ventana. Abajo, Seraphine ya apuntaba con su mano cargada de sombras hacia la espalda de Kaelen.

—¡Detente! —chilló Sofía.

La maga oscura alzó la vista con una sonrisa gélida.

—Demasiado tarde, pequeña. Ya es suyo.

El hechizo partió como una flecha invisible.

Y Sofía, proyectando su voluntad y su alma por encima del campo de batalla, se interpuso en su camino.