CAPÍTULO 26 El Plan y la Promesa
La noche era fría en Roca Negra, de esas noches en que el viento del mar se cuela por las rendijas de las piedras y la humedad lo impregna todo, hasta los huesos.
Sofía estaba en la sala del consejo, con los codos apoyados sobre la mesa de roble y la cabeza entre las manos.
Delante de ella, un mapa lleno de marcas rojas y negras que había dibujado ella misma, las rojas eran los puntos débiles de las defensas, las negras los puntos fuertes y a su alrededor, los capitanes esperaban.
Kaelen estaba a su lado. No sentado, sino de pie, como si no pudiera estarse quieto. La tensión en la sala era tan densa que se podía cortar con la espada que colgaba de la pared.
La noticia había llegado al atardecer, traída por un jinete exhausto que había galopado dos días sin descanso. Sofía lo había visto llegar desde la torre del homenaje: una mancha oscura en el camino del sur, moviéndose a una velocidad que no era humana, y su corazón se había encogido.
Sabía lo que traía.
—Caspian ha movilizado todo su ejército —dijo Kaelen, rompiendo el silencio con una voz que sonaba a cuchillo—. Casi tres mil hombres. Avanzan hacia Roca Negra.
—Lady Seraphine también viene —añadió Dain, que había estado leyendo los informes de los espías con el ceño tan fruncido que parecía un mapa de arrugas—. Trae consigo a sus magos oscuros. Dicen que ha preparado un hechizo para... para...
—Para qué —lo interrumpió Sofía, levantando la cabeza.
—Para matarte, lady Sofía. Perdón. Para mataros a los dos. Pero sobre todo a usted.
El silencio que siguió fue tan denso que se oía el chasquido de las velas al consumirse.
Aldric, el muchacho nervioso, se mordía los labios.
Jorund se rascaba la barba con una lentitud exasperante.
Varn, el capitán de la guardia nocturna, no dejaba de mirar hacia la ventana, como si esperara ver a los invasores asomando entre las colinas.
—Tres mil hombres —repitió Dain—. Nosotros apenas llegamos a quinientos.
—Los números no lo son todo —dijo Sofía, y su voz sonó más firme de lo que se sentía—. Las defensas pueden hacer que cada uno de nuestros hombres valga por tres de los suyos.
—¿Y la magia? —preguntó Jorund—. Lady Seraphine puede hacer cosas que nosotros no podemos.
—Yo también puedo hacer cosas que ella no puede —respondió Sofía, y por un instante el colgante de piedra brilló bajo su vestido—. Yo puedo romper sus hechizos. Ella no puede romper los míos.
—¿Estás segura? —preguntó Kaelen, y su voz no era de duda, sino de confirmación.
—Tan segura como puede estarlo una arquitecta que habla con las piedras.
Kaelen la miró un momento. Luego asintió.
—Dime el plan.
Sofía se levantó y se acercó al mapa. Sus dedos, manchados de tinta negra y roja, señalaron el desfiladero del norte, el paso del este y la muralla oeste.
—Caspian atacará por el norte. Es el camino más corto, y el que menos defensas naturales tiene. Pero nosotros tenemos algo que él no espera.
—¿El qué? —preguntó Aldric.
—Trincheras.
—¿Trincheras?
—Sí. He estado cavando durante semanas. No con soldados, sino con los habitantes del valle. Mujeres, ancianos, niños. Las trincheras están en el desfiladero, a la altura de la curva del río. Caspian no podrá verlas hasta que esté encima. Y cuando las vea, será demasiado tarde.
—¿Y qué haremos nosotros mientras tanto? —preguntó Dain.
—Mientras tanto, nosotros fingiremos que no estamos preparados —respondió Sofía—. Que nos pilla por sorpresa. Dejaremos que sus soldados se adentren en el desfiladero, y entonces...
—¿Derrumbe? —preguntó Borin, alzando la cabeza desde el rincón donde estaba afilando sus herramientas.
—Derrumbe —confirmó Sofía—. Un derrumbe controlado. Igual que con los mercenarios. Pero esta vez más grande.
—¿Podrás con tanto poder? —preguntó Kaelen, con la voz grave.
—La piedra me ayudará. Y tú también.
—¿Yo?
—Tú eres el fuego. La piedra me da fuerza, pero el fuego puede... calentarla. Hacerla más maleable. Como en la forja. La piedra y el fuego crean acero, bueno, técnicamente no es exacto, pero me entiendes.
Kaelen la miró fijamente.
—Nunca he usado mi fuego para eso.
—Pues hoy es el día.
Dain carraspeó.
—¿Y Lady Seraphine? ¿Qué hacemos con ella? —dijo Dain.
—Lady Seraphine es mía —dijo Sofía, y su voz sonó tan fría como la piedra de las mazmorras—. Intentará protegerse con sus hechizos. Pero yo los romperé. Y cuando se quede desprotegida...
—Yo la mataré —completó Kaelen, con la mano sobre la espada.
—No. Primero la dejaré que confiese.
—¿Confesar qué?
—Que ella y Caspian mataron al rey. Que lo envenenaron para que él pudiera ocupar el trono. Que toda esta guerra es una farsa para ocultar su crimen.
—¿Y cómo conseguirás que confiese?
Sofía sonrió. Era una sonrisa que a Kaelen le heló la sangre.
—La piedra me ha enseñado muchas cosas. Una de ellas es que el miedo a la muerte puede aflojar las lenguas. Y Lady Seraphine le tiene miedo a la muerte. Mucho miedo.
—¿Y si no confiesa?
—Entonces la matas. Pero primero lo intentamos.
Kaelen asintió.
—¿Algo más?
—Sí —dijo Sofía, volviéndose hacia los capitanes—.
Quiero que Dain y Jorund organicen a los soldados en tres grupos.
El primero, con Varn al mando, defenderá las trincheras.
El segundo, con Jorund, se encargará de las murallas.
El tercero, con Dain, será la reserva. Atacarán cuando Caspian esté desorganizado, después del derrumbe.
—¿Y yo? —preguntó Aldric.
—Tú te quedas con Marta en la cocina.
—¿En la cocina?
—Sí. Porque si la batalla se complica, necesitaremos a alguien que organice la retirada de los heridos. Y tú eres bueno organizando cosas.
—Eso... es verdad —dijo Aldric, un poco más tranquilo.
—Y Borin —continuó Sofía—. Tú estarás conmigo.
—¿Con usted? ¿Para qué?
—Para colocar las cuñas. Como la última vez. Pero ahora serán muchas más. Y más grandes. Necesito a alguien que sepa de piedras.
Borin se enderezó, orgulloso.
—Estoy listo.
—Bien —dijo Sofía. Se volvió hacia Kaelen—. ¿Tú qué opinas?
Kaelen la miró un momento. Luego, para sorpresa de todos, esbozó una sonrisa. Era una sonrisa pequeña, casi imperceptible, pero estaba ahí.
—Opino que has pensado en todo.
—Falta algo.
—¿El qué?
—El nombre de la operación.
—¿El nombre de la operación?
—Sí. En mi mundo, los planes de guerra tienen nombres. Nombres chulos. Como «Tormenta del Desierto». O «Operación Market Garden». O...
—¿«Operación Cal Defectuosa»? —preguntó Borin.
—No, Borin. No.
—Ah.
—¿Qué nombre propones? —preguntó Kaelen.
Sofía se quedó en silencio un momento. Luego sonrió.
—«Acero y Fuego».
Kaelen asintió.
—«Acero y Fuego» —repitió, probando las palabras—. Me gusta.
—¿Solo te gusta?
—Me gusta mucho.
—Pues entonces. «Acero y Fuego».
La reunión terminó pasada la medianoche. Los capitanes se fueron uno a uno, algunos arrastrando los pies, otros caminando con paso firme. Al final, solo quedaron Sofía y Kaelen en la sala vacía.
Las velas se habían consumido casi por completo, y la sala estaba en penumbra. La única luz era la de la luna, que entraba por las ventanas y dibujaba sombras alargadas sobre los tapices descoloridos.
—¿Crees que funcionará? —preguntó Sofía, sin mirarlo.
—No lo sé —respondió Kaelen—. Pero es lo único que tenemos.
—Ya.
Se quedaron en silencio un momento. Kaelen se sentó a su lado, en la silla que Dain había ocupado, y apoyó los codos en la mesa.
—Sofía —dijo, con la voz baja.
—¿Qué?
—Pase lo que pase mañana... quiero que sepas una cosa.
Sofía se volvió hacia él.
—¿Qué?
—Que no me arrepiento.
—¿De qué?
—De nada. De haberte conocido. De haberte dejado entrar. De haberte... querido.
Sofía sintió que el corazón se le encogía. Ese hombre podía volverla loca con unas pocas palabras, como si nada.
—Kaelen...
—No me interrumpas —dijo él, con una voz que era más suave de lo que nunca había sido—. No soy bueno con las palabras, ya lo sabes. Pero necesito decirlo. Por si mañana...
—No va a pasar nada mañana.
—Puede pasar. Y si pasa, no quiero irme sin que sepas lo que siento.
Sofía tragó saliva.
—Dime.
Kaelen la miró a los ojos. La luz de la luna iluminaba sus facciones, suavizando la cicatriz de su mejilla y el ceño perpetuo que lo acompañaba.
—Te quiero —dijo—. Te quiero desde que apareciste en mi castillo con esa maldita actitud de «no me importa quién eres, voy a hacer lo que me dé la gana».
Te quiero desde que te perdiste por los pasillos y Lina tuvo que ir a buscarte.
Te quiero desde que bajaste al pozo y saliste con un colgante mágico, como si fuera lo más normal del mundo.
Te quiero desde que derrumbaste el desfiladero sin matar a nadie.
Te quiero desde que hablas con las piedras y ellas te responden como si fueras su dueña.
Te quiero desde que discutes conmigo, desde que me llamas borde, desde que te ríes de mis caras de pocos amigos. Te quiero, Sofía. Y no quiero perderte.
Sofía sintió que las lágrimas le brotaban sin que pudiera detenerlas.
—Eres un idiota —dijo, con la voz rota.
—Lo sé.
—Un idiota que me ha hecho llorar en mitad de una guerra.
—Lo siento —dijo Kaelen.
—No lo sientes.
—No. No lo siento.
Kaelen le cogió la mano. Sus dedos, ásperos y calientes, se entrelazaron con los de ella.
—¿Y tú? —preguntó—. ¿Me quieres?
—Todavía no lo sé —respondió Sofía, con una sonrisa temblorosa—.
Es broma. Claro que te quiero. Te quiero desde que me dijiste que no me querías como herramienta.
Te quiero desde que bajaste conmigo a las mazmorras y no te reíste de mí.
Te quiero desde que me defendiste del noble cretino en la fiesta y me sacaste a bailar, aunque pisabas mis pies.
Te quiero desde que me sujetaste la cuerda en el pozo.
Te quiero desde que me miras como si fuera la única persona en el mundo.
Te quiero, Kaelen. Y no quiero perderte tampoco.
—No voy a perderme.
—No lo sabes.
—Lo sé. Porque voy a estar a tu lado. Siempre.
Sofía se inclinó y lo besó. No fue un beso urgente, ni hambriento, ni desesperado. Fue un beso suave, casi tranquilo, como si tuvieran todo el tiempo del mundo y supieran que, pase lo que pase, iban a estar juntos.
—Kaelen —dijo ella, separándose apenas un centímetro.
—¿Mmm?
—Prométeme una cosa.
—Lo que quieras.
—Cuando esto termine... quiero una familia.
Kaelen enarcó una ceja.
—¿Una familia?
—Sí. Una familia. Con niños. Y perros. Y gatos. Muchos gatos.
—¿No es suficiente con Gato?
—Gato es un dios. Los dioses no cuentan.
—Ah.
—¿Me lo prometes?
Kaelen la miró fijamente. Luego, con una sonrisa que era más auténtica que todas las que había esbozado en su vida, asintió.
—Te lo prometo —dijo—. Cuando esto termine, formaremos una familia. Tú, yo, los niños, los perros, los gatos. Y Gato.
—¿Y si Gato no quiere?
—Gato querrá. Es nuestro gato.
—Es un dios.
—Es nuestro dios.
Sofía rio y su risa resonó en la sala vacía como una campana lejana.
—Te quiero, Carnicero.
—Te quiero, Arquitecta.
Se besaron otra vez. Y en el silencio de la noche, con la guerra acechando al otro lado de las colinas, hicieron una promesa que no pensaban romper.
Cuando salieron de la sala del consejo, Gato los esperaba en el pasillo. Los miró a los dos con sus ojos amarillos y emitió un maullido que sonaba a aprobación.
—¿Has oído? —preguntó Sofía.
—Lo he oído todo —respondió Gato—. Y apruebo.
—¿Apruebas?
—Sí. Sois un buen equipo. La humanidad tiene futuro.
—¿Eso es un cumplido?
—Es una constatación. No te emociones —dijo gato fingiendo indiferencia.
—Eres un borde.
—Lo sé.
Y mientras subían las escaleras hacia sus habitaciones, con la luna iluminando el camino y la guerra esperando al despertar, Sofía supo que, por primera vez en su vida, estaba exactamente donde debía estar.
Con Kaelen. Con Gato. Con su familia.
La que aún no existía, pero que algún día existiría.
La guerra podía esperar.
Pero ellos, no.