CAPÍTULO 25 El Guardián de la Piedra #2
Sofía se llevó la mano a la sien, donde aún sentía el fantasma del dolor.
—¿Tú provocaste el terremoto?
—No. Eso fue la Madre. Necesitaba traerte aquí. Y yo... yo me aseguré de que la piedra cayera en el lugar exacto. En el momento exacto. Para que no murieras del todo. Para que tu alma pudiera viajar.
—Me mataste —dijo Sofía, con voz temblorosa—. Me mataste para traerme aquí.
—Te maté para salvarte —corrigió Gato—. Aquí necesitan a Sofía. Allí... allí solo tenías una hipoteca y plantas que se morían.
Sofía no supo si reír o llorar, así que hizo las dos cosas a la vez.
—Eres un hijo de puta —dijo, entre lágrimas y risas.
—Lo sé —respondió Gato, con una calma irritante—. Pero soy tu hijo de puta. Y no te arrepientes de haber venido.
Sofía lo miró. Miró a Kaelen, que seguía allí, con la mandíbula tensa y los ojos clavados en ella.
Miró los símbolos de la pared, que brillaban como si estuvieran vivos.
Miró sus propias manos, las manos de una arquitecta de Madrid y sintió que la piedra latía en su pecho con una fuerza que no recordaba.
—No —dijo al fin—. No me arrepiento.
Gato parpadeó lentamente.
—Lo sé. Por eso te he elegido.
—¿Me has elegido tú? ¿O la Madre?
—Las dos. Somos lo mismo. La Madre es la piedra. Yo soy su voluntad. Su guardián. Su... gato.
—¿Por qué un gato? —preguntó Kaelen—. Podrías haber sido un lobo. Un halcón. Un oso.
Gato lo miró con expresión ofendida.
—¿Un oso? ¿Has visto alguna vez a un oso colarse en una cámara del tesoro sin que le vean? ¿O a un halcón sentarse en una ventana y que nadie lo note? Los gatos somos sigilosos. Somos elegantes. Somos... adorables.
—Eres un puto gato —dijo Kaelen.
—Y tú un puto guerrero. Nadie es perfecto.
Sofía soltó una carcajada. Era una risa nerviosa, casi histérica, pero auténtica.
—Esto es una locura —dijo—. Todo esto es una puta locura.
—Bienvenida a tu destino —respondió Gato—. La locura es parte del paquete.
—¿Y ahora qué? —preguntó Kaelen, recuperando algo de compostura—. ¿Qué se supone que debemos hacer con esta información?
—Ahora, nada —dijo Gato, encogiéndose de hombros—. Seguir como hasta ahora. Preparar la guerra. Defender el castillo. Esperar a que Caspian cometa el primer error.
—¿Y luego?
—Luego, Sofía tendrá que canalizar el poder de la Madre.
—¿Cómo se hace eso? —preguntó ella.
—La piedra te lo dirá. Cuando llegue el momento.
—¿Otra vez con eso? —Sofía se llevó las manos a la cabeza—. Siempre es «la piedra te lo dirá». Nunca hay instrucciones claras. Parece un manual de Ikea.
—¿Ikea?
—Una tienda de muebles de mi mundo. Los manuales son incomprensibles.
—Ah. Pues esto es igual. Solo que con más magia y menos tornillos.
Kaelen negó con la cabeza.
—¿Y por qué ahora? ¿Por qué nos lo cuentas ahora?
Gato se sentó sobre sus patas traseras y empezó a lamerse una pata con la misma parsimonia de siempre.
—Porque ya no puedo ocultarlo más —dijo, entre lametazos—.
La guerra se acerca. Caspian y Seraphine saben que Sofía es la que despierta.
Lady Seraphine ha estado investigando. Tiene libros antiguos.
Sabe lo que significa la profecía. Sabe que si Sofía despierta a la Madre, su magia oscura no servirá de nada.
—¿Por eso nos tendió una trampa en la corte? —preguntó Sofía.
—Sí. Quería medirte. Ver cuánto poder tenías. Y cuando agrietaste la pared... bueno, digamos que ahora te tiene más miedo que nunca.
—¿Y eso es bueno?
—Eso es peligroso. La gente con miedo hace cosas estúpidas. Pero también hace cosas desesperadas. Y Caspian, cuando se desespere... atacará.
—¿Cuándo? —preguntó Kaelen.
—Pronto. Muy pronto.
El silencio se instaló entre ellos. Gato dejó de lamerse y los miró a los dos.
—¿Alguna pregunta más? —preguntó.
—¿Puedes volar de verdad? —preguntó Sofía.
—Sí.
—Enséñame.
—No.
—¿Por qué?
—Porque es mi truco de magia. Y los magos no revelan sus secretos.
—Eres un gato.
—Soy un dios con forma de gato. Hay una diferencia.
—Que tú te crees.
Gato parpadeó lentamente, y por un instante sus ojos brillaron con una luz tan intensa que Sofía tuvo que apartar la vista.
—¿Algo más?
—Sí —dijo Kaelen—. ¿Por qué nos has traído aquí? A los dos. ¿Por qué no solo a ella?
Gato lo miró fijamente.
—Porque tú eres parte de esto. El fuego y la tierra. La profecía lo dice. Cuando el fuego del norte se apague y la piedra del sur clame... el fuego y la tierra se unirán.
—¿Qué significa eso? —preguntó Kaelen.
—Significa que no puedes despertar a la Madre sin él —respondió Gato, mirando a Sofía—. Y que él no puede controlar su fuego sin ti. Sois complementarios. Dos caras de la misma moneda. Un binomio.
—¿Un binomio? —repitió Kaelen.
—Como el pan y la mermelada.
—No sé qué es la mermelada.
—Es una cosa de su mundo. Está buena.
Sofía se pasó una mano por la cara.
—Esto es demasiado —dijo—. Necesito sentarme.
Ya estaba sentada. No se levantó.
Gato se acercó a ella y se sentó en su regazo, como hacía siempre. El peso era el mismo. El ronroneo, el mismo. Pero ahora Sofía sabía que aquel cuerpo de gato ocultaba algo más. Mucho más.
—¿Vas a desaparecer ahora? —preguntó—. ¿Como cuando tenía siete años?
—No —respondió Gato—. Ahora me quedo. La guerra se acerca. Me necesitaréis.
—¿Para qué?
—Para lo que sea. Para rascar a los enemigos. Para distraer a los guardias. Para dar consejos sabios.
—¿Consejos sabios?
—Estoy bromeando. Soy un gato. No doy consejos. Solo juzgo.
Sofía rio.
—Eres un cabrón.
—Lo sé. Ahora subamos. Hace frío aquí abajo. Y tengo hambre.
Kaelen lo miró.
—¿Los dioses tienen hambre?
—Los dioses con forma de gato, sí. Y si no me das de comer, voy a vomitar en tus botas.
—Son unas botas caras.
—Me da igual.
Subieron las escaleras en silencio, con Gato en brazos de Sofía y los símbolos de la pared brillando débilmente a sus espaldas. Cuando salieron al patio de armas, la luna seguía alta, y el castillo dormía.
—Kaelen —dijo Sofía, deteniéndose—. ¿Crees todo lo que ha dicho?
—¿Que es un dios con forma de gato que ha estado cuidando de ti desde antes de que nacieras y que te trajo a este mundo para salvar un reino?
—Sí. Eso.
Kaelen la miró un momento. Luego miró a Gato, que se había instalado sobre sus pies.
—Sí —dijo—. Lo creo.
—¿Por qué?
—Porque es más fácil que explicarlo todo.
Sofía sonrió.
—Eres un borde.
—Lo sé.
—Pero te quiero.
—También lo sé.
Gato maulló.
—Ya, ya —dijo Sofía—. Tú también eres parte de esto.
—Soy el centro —corrigió Gato—. No lo olvides.
Y mientras subían a la torre del homenaje, con la luna iluminando el camino y el viento del mar ululando entre las almenas, Sofía supo que, por primera vez en mucho tiempo, las cosas empezaban a tener sentido.
O quizás era que se estaba acostumbrando al absurdo.
Con Gato, cualquiera de las dos opciones era posible.