Lords de los cielos CAPÍTULO 25 El Guardián de la Piedra
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CAPÍTULO 25 El Guardián de la Piedra

Kaelen no podía dormir.

No era nuevo. Llevaba treinta y seis años sin dormir bien y la guerra inminente no ayudaba precisamente.

Caspian estaba al otro lado de las montañas con un ejército que les doblaba en número, Lady Seraphine tejía sus telarañas en la capital, y su esposa —la que despertaba, la que agrietaba paredes, la que le había robado el sueño de una forma mucho más literal de lo que le gustaría admitir— respiraba plácidamente a su lado, ajena a todo.

Pero aquella noche no podía dormir por una razón diferente.

Gato lo miraba.

Desde el alféizar de la ventana, con la luna llena iluminando su pelaje negro como un espejo de obsidiana, el animal lo observaba con esos ojos amarillos que parecían saberlo todo.

No era la primera vez. Gato siempre miraba.

Gato siempre estaba. En las mazmorras, en la cripta, en la biblioteca, en la cama, porque sí, el maldito bicho se había instalado a los pies de la cama como si fuera el dueño del castillo, Gato aparecía y desaparecía a voluntad, como si el tiempo y el espacio fueran sugerencias que podía ignorar a placer.

Pero aquella noche, la mirada de Gato era diferente. Más intensa. Más... urgente.

Kaelen se incorporó en la cama. Sofía no se movió.

Dormía profundamente, con el pelo derramado sobre la almohada y el colgante de piedra brillando débilmente en su pecho.

Llevaba días agotada, primero por la corte, luego por el viaje, luego por las interminables reuniones con los capitanes.

Thurmond le había recetado «reposo absoluto», y Sofía se lo había tomado al pie de la letra: llevaba doce horas durmiendo.

Gato maulló. Fue un maullido bajo, casi un susurro, pero Kaelen lo oyó como si hubiera sido un grito.

—¿Qué quieres? —preguntó, en voz baja.

Gato saltó de la ventana al suelo con una agilidad que desmentía su tamaño. Se sentó frente a la puerta, lo miró, y luego volvió la cabeza hacia el pasillo.

—¿Quieres que te siga?

Gato parpadeó lentamente. Su expresión decía: *no, quiero que te quedes ahí sentado como un pasmarote. Claro que quiero que me sigas, idiota.*

Kaelen suspiró. Se puso la túnica gris de siempre y salió al pasillo descalzo. El suelo de piedra estaba frío, pero a Gato no parecía importarle. Caminaba delante de él con paso firme, la cola en alto, como un general conduciendo a sus tropas a la batalla.

Bajaron las escaleras de la torre del homenaje.

Atravesaron el patio de armas, vacío a aquellas horas, con la luna tiñendo las piedras de plata.

Gato se detuvo frente a la puerta de las mazmorras —la misma que Sofía había abierto semanas atrás, la misma que ocultaba los símbolos y los secretos— y se sentó.

—¿Ahí abajo?

Gato maulló.

—¿Por qué?

Gato no respondió. Simplemente esperó, con esa paciencia infinita de los gatos, que es en realidad impaciencia disfrazada de dignidad.

Kaelen empujó la puerta.

La escalera de caracol se abría ante él, oscura como la boca de una bestia. Gato entró primero. Kaelen lo siguió.

Bajaron. Los escalones desgastados crujían bajo sus pies descalzos, y el eco de sus pasos resonaba en las paredes de piedra como latidos de un corazón enfermo. El aire era húmedo, frío, cargado de siglos de olvido.

Cuando llegaron a la sala circular, Gato no se detuvo. Atravesó la estancia como si la conociera de memoria —que probablemente era el caso, porque aquel gato parecía conocer cada rincón, cada grieta, cada secreto del castillo— y se dirigió a la puerta de la celda de los símbolos.

Kaelen lo siguió.

La celda estaba igual que la recordaba. El banco de piedra. El agujero en el suelo. Los símbolos en la pared. Y en el centro de la espiral más grande, la figura de la mujer con los brazos extendidos.

Gato se sentó frente a la pared y la miró. Kaelen no entendía qué hacía allí, ni qué esperaba encontrar, ni por qué sus pies lo habían llevado hasta aquel lugar a medianoche, siguiendo a un gato que aparecía y desaparecía a voluntad.

—¿Y ahora qué? —preguntó.

Gato no respondió.

Pero entonces, desde la oscuridad de la escalera, llegó un sonido. Pasos. Pasos descalzos sobre la piedra, rápidos, ligeros, que bajaban sin miedo.

Kaelen se volvió.

Sofía apareció en el umbral de la celda, con el camisón de lino que le llegaba hasta las rodillas, el pelo revuelto y una expresión de confusión absoluta. En sus brazos, otro Gato. Exactamente igual. Mismo tamaño. Mismo pelaje negro. Mismos ojos amarillos.

—¿Kaelen? —preguntó ella, parpadeando—. ¿Qué haces aquí?

—Esa es mi pregunta —respondió él—. ¿Qué haces tú aquí?

—Me he despertado y... Gato no estaba en la cama. Me he asomado a la ventana y lo he visto bajar al patio. Luego ha entrado en las mazmorras. Y yo... pues le he seguido.

—El mío también.

Se miraron. Luego miraron a los dos Gatos, que se observaban mutuamente con una intensidad que a Kaelen le pareció escalofriante. Ya lo sabían, hacía tiempo que sabían que Gato podía duplicarse, pero verlo era toda una conmoción.

—Son dos —dijo Sofía.

—Son dos —corroboró Kaelen.

—Siempre lo han sido. Lo sabíamos…

—Parece que sí.

—¿Y cómo puede moverse dos a la vez? —preguntó Sofía.

—Tú te pierdes por los pasillos.

—Eso no tiene nada que ver.

—Tiene todo que ver.

Sofía resopló. Iba a decir algo, probablemente un insulto, pero los Gatos se movieron antes de que pudiera articular palabra.

Se acercaron el uno al otro. Se olieron. Dieron una vuelta alrededor de la celda. Y luego, sin previo aviso, se fusionaron.

No fue una fusión violenta. No hubo luces, ni explosiones, ni humo de colores. Fue como si dos gotas de agua se encontraran y se convirtieran en una sola. Los dos Gatos se acercaron, y de repente solo quedó uno. El mismo. Pero diferente. Más grande. Más... brillante.

Sus ojos amarillos se encendieron con una luz dorada que iluminó toda la celda, y los símbolos de la pared empezaron a brillar con un resplandor azulado.

Las espirales se movían. La montaña se elevaba.

La mujer con los brazos extendidos abría los brazos de verdad, y de sus manos brotaban hilos de luz que se enredaban alrededor de Sofía, de Kaelen, del Gato.

—Por los dioses —murmuró Kaelen, llevando la mano a la espada que no llevaba. —Verlo siempre impresiona.

—No creo que los dioses tengan nada que ver con esto —dijo Sofía, sujetándolo del brazo—. Creo que esto es... esto es...

—¿Qué?

—No lo sé. Pero no te muevas.

El Gato —el único, el fusionado, el que fuera— alzó la cabeza y los miró a los dos. Abrió la boca, y de ella no salió un maullido.

Salió una voz.

Una voz profunda, grave, antigua, como el rumor de la tierra cuando se abría, como el eco de las montañas cuando rugían. No era una voz humana, pero Sofía y Kaelen la entendieron.

—Ya era hora —dijo la voz, y el Gato parpadeó con una lentitud que ahora parecía cargada de siglos—. Llevo mil años esperando este momento. Mil años. ¿Sabes lo que es esperar mil años? Porque yo sí. Es aburridísimo. No lo recomiendo.

Sofía se quedó con la boca abierta.

—¿Gato? —preguntó.

—Gato —confirmó la voz—. Aunque ese no es mi nombre real. Me llamo... bueno, mi nombre real no podríais pronunciarlo sin que se os derritiera la lengua. Así que seguid llamándome Gato. Me he acostumbrado.

—¿Gato habla? —preguntó Kaelen, con una expresión que oscilaba entre el pánico y la resignación.

—Gato habla —respondió el animal—. Gato también vuela, pero no le digáis a nadie. Es mi truco de magia.

—¿Gato vuela? —repitió Sofía, incrédula.

—Gato vuela. Pero solo cuando nadie mira. Es cuestión de dignidad.

Kaelen se pasó una mano por la cara, como si intentara borrar la realidad.

—Esto es una pesadilla —murmuró—. Me he quedado dormido en la cama y esto es una pesadilla.

—No es una pesadilla —dijo Gato, y su voz sonó casi ofendida—. Es una revelación. Hay una diferencia.

—¿Qué revelación? —preguntó Sofía, dando un paso hacia el animal.

Gato la miró. Sus ojos amarillos, ahora más brillantes que nunca, parecían atravesarla hasta el alma.

—La revelación de quién soy. De quién eres tú. Y de por qué estás aquí.

—Yo soy Sofía —dijo ella, con firmeza—. Una arquitecta de Madrid.

—Eso eres ahora —respondió Gato—. Pero antes de ser Sofía, antes de ser arquitecta, antes de ser nadie, eras... una semilla.

—¿Una semilla?

—Una semilla de la Madre de la Piedra. La más pequeña.

La más débil. La que parecía que nunca iba a germinar.

Pero la Madre te guardó. Te protegió. Te envió a otro mundo, a otro cuerpo, a otra vida, para que crecieras.

Para que aprendieras. Para que te hicieras fuerte.

Y cuando el momento llegara, cuando el mundo la necesitara...

—¿Yo? —Sofía negó con la cabeza—. Yo no soy fuerte. Yo no soy...

—Eres la única —la interrumpió Gato— que puede canalizar el poder de la Madre. La única que no se romperá al intentarlo. La única que puede despertarla.

El silencio que siguió fue tan denso que se oía el latido de sus corazones. Los símbolos de la pared seguían brillando, y la mujer de los brazos extendidos parecía observarlos con una sonrisa que nunca había estado allí antes.

—¿Y tú? —preguntó Kaelen, con la voz ronca—. ¿Quién eres tú?

Gato se volvió hacia él.

—Soy su guardián —dijo—. Fui creado por la Madre para velar por la semilla. Para protegerla. Para guiarla. Para traerla de vuelta cuando fuera el momento.

—¿Desde cuándo? —preguntó Sofía.

—Desde siempre —respondió Gato—. Antes de que nacieras. Antes de que naciera tu madre. Antes de que naciera la madre de tu madre. Yo estaba allí. En las sombras. Esperando.

—¿En Madrid también?

—En Madrid también. ¿Recuerdas aquel gato negro que se sentaba en el alféizar de tu ventana cuando tenías siete años? ¿El que desapareció una noche y nunca volvió?

Sofía sintió que el suelo se abría bajo sus pies.

—¿Eras tú?

—Era yo. También estuve en la boda de tu prima, cuando me posé en la fuente y todos dijeron que daba mala suerte. Y en el hospital, cuando tu abuela murió y nadie me vio salir de su habitación. Y en la obra, aquel día del terremoto... donde la piedra te golpeó.