Lords de los cielos CAPÍTULO 24 El Peso de la Piedra #2
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CAPÍTULO 24 El Peso de la Piedra #2

Los hombres la escucharon en silencio. Aldric tenía los ojos como platos. Varn no dejaba de afilar la espada, aunque ya estaba más que afilada. Jorund se rascaba la barba con una lentitud que resultaba hipnótica. Y Dain... Dain fruncía el ceño más de lo habitual, que ya es decir.

—¿Y si en vez de eso —dijo Borin de repente, levantando la mano como un escolar— les enviamos un cargamento de cal defectuosa para que se les caigan los muros a ellos solitos?

El silencio que siguió fue tan denso que se oyó el crepitar del fuego. Los soldados intercambiaron miradas. Aldric contuvo una risa. Dain se quedó con la boca medio abierta.

—Borin —dijo Sofía al fin—, eso es... no es lo peor que he oído.

—¿En serio? —preguntó Borin, ilusionado.

—En serio. Pero Caspian no usa cal. Usa magia.

—Ah. Pues entonces no.

—Pues entonces no.

Borin asintió, algo decepcionado, y volvió a sus herramientas.

Dain lo miró un momento, luego negó con la cabeza y se volvió hacia Sofía.

—Supongamos que creemos que puedes romper hechizos —dijo—. ¿Cómo piensas acercarte lo suficiente a Seraphine? Está en la capital, rodeada de guardias y nobles que le lamen las botas.

—No tenemos que ir a la capital —respondió Sofía—. Caspian nos atacará a nosotros. Vendrá a Roca Negra. Y cuando venga, traerá a Seraphine con él.

—¿Y si no viene?

—Vendrá. Quiere probarme. Me vio agrietar la pared y ahora me tiene miedo. Y los que tienen miedo, atacan.

—O huyen —dijo Jorund.

—Caspian no huye. Caspian es un cobarde con poder. Los cobardes con poder no huyen; mandan a otros a luchar.

El silencio que siguió fue de aprobación general.

—De acuerdo —dijo Dain al fin—. Tengamos un plan. ¿Y ahora qué?

—Ahora volvemos a Roca Negra —respondió Kaelen—. Reforzamos las defensas. Preparamos a los soldados. Y esperamos.

—¿Esperar qué? —preguntó Aldric.

—A que Caspian cometa el primer error.

—¿Y si no lo comete?

—Entonces Sofía le rompe los hechizos y le obliga a cometerlo.

Todas las miradas se volvieron hacia ella. Sofía sostuvo la mirada de todos, uno por uno.

—No sé si funcionará —dijo—. Pero si no lo intentamos, ya hemos perdido.

—Eso no es muy tranquilizador —murmuró Aldric.

—La guerra no es tranquilizadora, Aldric. La guerra es una mierda. Pero es la nuestra.

Esa noche, ya tarde, cuando los hombres se habían dormido alrededor del fuego y solo el centinela velaba en la oscuridad, Sofía no podía conciliar el sueño. El colgante seguía caliente, y la piedra le susurraba cosas que no lograba entender del todo.

Se levantó sin hacer ruido y se apartó del campamento, buscando un sitio a la luz de la luna donde poder pensar. Gato, por supuesto, la siguió.

—¿Tú qué opinas? —le preguntó, sentándose en una roca—. ¿Será verdad que puedo romper hechizos o solo es una ilusión de la piedra?

Gato se sentó frente a ella, la miró fijamente y empezó a lamerse una pata.

—Muy útil. Gracias.

Gato se lamió la otra pata.

—Eres muy mal animador. Te lo he dicho antes y te lo repito ahora.

Gato parpadeó, y por un instante sus ojos amarillos parecieron brillar con una luz que no era reflejo de la luna. Luego se levantó, se acercó a ella y se sentó sobre sus pies.

—¿Qué haces?

Gato no respondió. Solo se quedó ahí, ronroneando, con el peso de su cuerpo caliente aplastándole los dedos.

—¿Esto es un abrazo felino?

Gato ronroneó más fuerte.

—Eres un bicho raro.

Gato cerró los ojos.

Sofía se quedó mirando el cielo, con la luna llena asomando entre las ramas de los árboles y las estrellas brillando con una intensidad que nunca había visto en Madrid. Gato en sus pies, el colgante en su pecho y en algún lugar más allá de las colinas, Kaelen durmiendo junto al fuego.

—No voy a confesar nada —dijo en voz baja, como si la piedra pudiera oírla—. Solo voy a decir que estoy jodidamente cansada.

Gato ronroneó.

—De la guerra. De mentir. De fingir que soy Elara. De que Seraphine me mire como si fuera un bicho raro. De que Caspian me tenga miedo. De que Kaelen no sepa decir lo que siente. De todo.

Gato abrió un ojo.

—Y de ti también —añadió Sofía—. Eres un gato o lo que sea.

Gato cerró el ojo.

—Pero eres mi gato o lo que sea.

Gato ronroneó con satisfacción.

—Y no pienso dejar que Caspian ni Seraphine ni nadie nos quiten esto. El castillo. La guerra. A Kaelen. A ti. Esto es mío.

Gato no respondió. Pero su ronroneo se hizo más fuerte, y Sofía supo que estaba de acuerdo.

Al día siguiente, llegaron a Roca Negra.

El castillo se alzaba sobre el acantilado gris, con sus murallas reforzadas, sus contrafuertes nuevos y el pozo resplandeciente de agua limpia.

Thurmond los esperaba en la puerta principal con una taza de té en la mano y una sonrisa que parecía decir «ya os lo decía yo», aunque no hubiera dicho nada.

—Bienvenidos a casa —dijo el anciano, con esa voz pausada que sonaba a biblioteca y a siglos de sabiduría.

—Gracias, Thurmond —respondió Sofía, desmontando con una mueca de dolor—. Duele todo.

—Es normal. Pasear por la corte duele más que las batallas. Las batallas se ganan. Las cortes nunca.

—Sabio.

—Lo sé. Por eso me pagan.

Sofía dejó que Lina la llevara a sus habitaciones —porque sí, seguía perdiéndose, aunque ya no necesitaba que la guiaran tanto— y se dejó caer en la cama sin quitarse las botas. Gato se enroscó a sus pies en dos segundos.

—No voy a confesar nada —dijo Sofía, mirando el techo—. Solo voy a dormir.

Gato ronroneó.

—Y mañana... mañana voy a ganar esta puta guerra.

Gato ronroneó más fuerte.

Y Sofía cerró los ojos.

En la puerta, Kaelen se quedó un momento apoyado en el marco, mirándola dormir. Luego, sin hacer ruido, cerró la puerta y se fue a la sala del consejo.

Había una guerra que preparar.