Lords de los cielos CAPÍTULO 24 El Peso de la Piedra
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CAPÍTULO 24 El Peso de la Piedra

Salieron de Valdorien antes de que el sol coronara las murallas, con los caballos cansados y las almas aún más.

La ciudad despertaba a sus espaldas como una bestia malhumorada, con sus olores a aguas sucias y pan rancio, sus campanas de iglesia llamando a maitines y sus soldados cambiando el turno de la guardia con bostezos mal disimulados.

Sofía cabalgaba en silencio. Llevaba las manos apoyadas sobre el cuello del caballo, la mirada perdida en el horizonte gris, y el colgante de piedra latía contra su pecho con un ritmo irregular, como si la piedra también estuviera enfadada.

O cansada. O las dos cosas. O algo peor: como si estuviera tramando algo sin contarle a nadie.

A su lado, Kaelen iba igual de callado. No se habían dicho nada desde que abandonaron la habitación del palacio, y el silencio no era tenso ni incómodo, sino ese silencio de los que han pasado la noche en vela y aún no han decidido si merece la pena gastar energías en hablar.

Dain iba delante, con la mano vendada apoyada en la silla de montar y el ceño tan fruncido que parecía un acordeón.

Jorund, el gigante calvo, cerraba la comitiva con un carro que chirriaba más que un fantasma encadenado, y Aldric y Varn flanqueaban los costados con las espadas a medio desenfundar, por si acaso.

Borin había insistido en traer su carro de herramientas —«por si hay que arreglar algo por el camino, que de esto entiendo yo más que vosotros de caballos»—, y ahora el viejo cantero dormitaba sobre un montón de picos y cinceles, con la barba al viento y la boca abierta.

—Este viaje es una mierda —murmuró Dain, sin volverse.

—Ya lo sé —respondió Kaelen.

—Y la cena de anoche fue una mierda.

—También lo sé.

—Y la corte es una mierda.

—Dain —lo interrumpió Kaelen—. ¿Vas a seguir?

—Sí, mi lord. Hasta que me duerma.

Sofía, que había estado escuchando sin prestar atención, esbozó una sonrisa cansada.

—¿Siempre ha sido tan optimista? —preguntó.

—Es su estado natural —respondió Kaelen—. Cuando no está quejándose, está enfadado.

—¿Y cuándo no está enfadado?

—Quejándose.

Dain les lanzó una mirada por encima del hombro que pretendía ser fulminante pero que resultó simplemente cansada.

—Me alegra que os divirtáis a mi costa —gruñó—. Cuando os quedéis sin dedos, ya veremos quién se ríe.

—Ya nos hemos reído —dijo Jorund desde atrás—. Mucho.

—Cállate, Jorund.

—Me callo.

El carro de Borin dio un traspié y el viejo cantero se despertó sobresaltado, agarrando un cincel como si fuera una espada.

—¿Qué pasa? ¿Nos atacan?

—No, Borin —respondió Sofía—. Solo un bache.

—Ah. Pues avisad, que con estas herramientas podría defender el castillo yo solo.

Dain resopló.

—Con un cincel.

—Con un cincel bien afilado, sí. He visto cosas.

—Seguro.

El camino se alargó durante horas, atravesando llanuras pardas y bosques ralos, con el cielo gris cubriéndolo todo como una manta de lana sucia.

Hicieron una parada al mediodía junto a un arroyo de aguas turbias, y los soldados se desperezaron mientras los caballos bebían y los hombres comían pan duro con queso pasado.

Sofía se apartó del grupo y se sentó en una roca, con las piernas colgando y la mirada perdida en el agua sucia. El colgante seguía caliente. Demasiado caliente.

—¿Estás bien? —preguntó Kaelen, apareciendo a su lado sin hacer ruido.

—No lo sé —respondió ella, sin volverse—. Creo que la piedra está intentando decirme algo.

—¿Qué?

—Si lo supiera, no estaría aquí sentada como una idiota.

Kaelen se sentó a su lado. El viento movió las ramas de los árboles, y el sonido del agua corriendo llenó el silencio.

—Habla con ella —dijo—. Como haces siempre.

—¿Y si no quiere hablar?

—Entonces espera. Las piedras son pacientes.

—Eso suena a algo que diría Thurmond.

—Lo he aprendido de él.

Sofía apoyó la mano en la roca. No era la piedra del castillo, ni la de las mazmorras, ni la de la pared de la corte.

Era una roca cualquiera, de las que hay a miles en cualquier camino, gris, anodina, sin historia que merezca ser contada.

Pero el colgante se calentó aún más, y Sofía sintió un hormigueo en la palma.

*Estoy aquí*, susurró la piedra. No era la voz de la Madre. Era otra, más pequeña, más joven, más... cotidiana.

*Lo sé* —respondió Sofía en su pensamiento—. *Necesito saber qué pasó en la corte. Por qué la pared se abrió.*

*No la abriste tú* —dijo la piedra—. *El hechizo estaba mal puesto. La magia moderna no sabe respetar las vetas. La forzaron. Y tú... tú la rompiste.*

*¿Yo? ¿Cómo?*

*Eres antigua, arquitecta. Tu magia no es de ahora. Viene de la Madre. Y la Madre no reconoce los hechizos nuevos. Los aplasta.*

Sofía abrió los ojos de golpe. La roca seguía ahí, gris y anodina, como si no hubiera pasado nada. Pero Sofía sabía que había pasado. Mucho.

—La piedra me ha hablado —dijo, volviéndose hacia Kaelen—. Me ha dicho que el hechizo de la pared estaba mal puesto. Que mi magia... la de la Madre... lo rompe. Lo aplasta.

Kaelen la miró fijamente.

—¿Eso significa que puedes romper los hechizos de Lady Seraphine?

—Eso significa que Seraphine tiene un problema. Su magia no funciona conmigo.

—¿O con la piedra?

—Con la piedra. Y yo soy la piedra.

Kaelen estuvo un momento en silencio. Luego, para sorpresa de Sofía, esbozó una sonrisa.

—Eres un arma, Sofía.

—Soy una arquitecta.

—Eres un arma con martillo.

—Eso también.

La segunda noche del viaje acamparon en un claro del bosque, junto a un arroyo más limpio que el del mediodía.

Dain preparó una hoguera con la pericia de quien ha dormido al raso más veces de las que recuerda, y los hombres se sentaron alrededor a calentarse las manos y a contar batallas.

Jorund frotaba su barba trenzada con gesto ausente.

Aldric, el muchacho nervioso, no dejaba de mirar hacia los árboles como si esperara ver bárbaros acechando entre las sombras.

Varn afilaba su espada contra una piedra, y el sonido metálico se mezclaba con el crepitar del fuego y el rumor del agua.

Borin había desplegado sus herramientas sobre una manta, como un mercader ambulante mostrando su mercancía y las limpiaba una por una con un trapo embadurnado de aceite.

—Eso parece una obsesión —dijo Dain, señalando el cincel que Borin llevaba media hora frotando.

—Es mantenimiento —respondió Borin con dignidad—. Las herramientas que no se cuidan, se oxidan. Y las que se oxidan, no cortan. Y las que no cortan, no sirven. Y las que no sirven...

—Ya, ya. Entendido.

—Y las que no sirven, se tiran —continuó Borin, ignorándolo—. Y yo no tiro mis herramientas.

—Se nota.

Sofía se había apartado del círculo, sentada sobre un tronco caído, con Gato —aparecido de la nada en la primera parada, como si hubiera estado siguiéndolos en secreto— enroscado en su regazo. El animal ronroneaba con la intensidad de un motor averiado, y Sofía le rascaba la cabeza sin pensar.

—¿Cómo has llegado hasta aquí? —le preguntó en voz baja.

Gato parpadeó lentamente. Su expresión decía: *magia, humana, magia. No me hagas repetirlo.*

—Podrías haberte quedado en el castillo.

Gato ronroneó más fuerte. Su expresión decía: *y perderme el espectáculo, ni loco.*

—Eres...

Gato cerró los ojos.

—Eres un gato con mucho ego.

Gato abrió un ojo, la miró un momento y volvió a cerrarlo.

—Ya. Lo siento.

—¿Hablando con el gato otra vez? —preguntó Kaelen, apareciendo junto a ella con dos tazas humeantes.

—Siempre hablo con el gato —respondió Sofía, aceptando la taza—. Es mi psicólogo.

—¿Tu qué?

—Es una cosa de mi mundo. No importa.

Kaelen se sentó a su lado, apoyando la espalda en el tronco. El fuego iluminaba su perfil, resaltando las líneas de su mandíbula y la curva de la cicatriz en su mejilla. Sofía se quedó mirándolo un momento, sin querer, y luego apartó la vista.

—Tenemos que hablar —dijo Kaelen.

—Ya estamos hablando.

—De la guerra.

—Ah. Eso.

El silencio se instaló entre ellos, pero no era incómodo. Era un silencio de estrategia, de dos personas que se enfrentan a un problema y necesitan decidir como cargárselo.

—Si tu poder puede romper los hechizos de Seraphine —dijo Kaelen—, podemos usarlo.

—¿Para qué?

—Para desactivar sus defensas. Para abrir brecha en sus muros. Para que su magia deje de proteger a Caspian.

—¿Y si no funciona?

—Entonces nos matan.

—¿Y si funciona?

—También pueden matarnos. Pero al menos tendremos la satisfacción de haberles jodido un poco antes.

Sofía rio. Fue una risa corta, casi nerviosa, pero auténtica.

—Eres muy optimista hoy.

—Soy realista. Hay una diferencia.

—La diferencia es que ahora tengo una bazofia.

—¿Una bazofia?

—Un as en la manga. Un comodín. Un plan.

—¿Un plan?

—Un plan —dijo Sofía, y sus ojos brillaron—. Pero necesito que Dain deje de mirarme como si fuera a estropear algo.

—Dain mira a todo el mundo así. Es su cara.

—Su cara de pocos amigos.

—Eso.

Dain, desde el otro lado del fuego, levantó la vista y los miró con una expresión que no era de pocos amigos, sino de «¿qué estáis tramando sin mí?». Sofía le devolvió la mirada con una sonrisa que debía de ser de loca, porque Dain frunció el ceño y volvió a su estofado.

—Dain —lo llamó Kaelen—. Ven aquí.

El pelirrojo se levantó con un gruñido que era ya su forma de andar y se acercó a ellos, seguido de Jorund, Aldric y Varn, que no se querían perder la conversación. Hasta Borin dejó sus herramientas y se acercó, limpiándose las manos en el delantal.

—¿Qué pasa? —preguntó Dain.

—Sofía tiene un plan —dijo Kaelen.

—Que los dioses nos cojan confesados —murmuró Dain.

—Gracias por la confianza —respondió Sofía, sin inmutarse—. Escuchad.

Y les contó lo que la piedra le había revelado.

Que su magia era antigua, más antigua que los hechizos de Lady Seraphine, y que podía romperlos.

Que la pared de la corte no se había agrietado por casualidad, sino porque su poder rechazaba la magia moderna.

Y que, si lograba estar lo bastante cerca de Caspian o de Seraphine, podría desactivar sus defensas.