Lords de los cielos CAPÍTULO 23 El Hechizo Roto
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CAPÍTULO 23 El Hechizo Roto

La cena de estado fue un acontecimiento tan aburrido como peligroso, una combinación difícil de lograr que solo la corte de Caspian parecía dominar a la perfección.

Sofía lo supo en cuanto cruzó las puertas del gran salón del trono, reconvertido en comedor para la ocasión: cien invitados, mesas de roble barnizado que reflejaban la luz de las velas como espejos turbios, manteles de lino blanco tan almidonados que crujían al menor roce, y una vajilla de plata que debía de valer más que todo el presupuesto anual de Roca Negra.

Los candelabros de hierro forjado colgaban del techo abovedado como arañas metálicas, y en las paredes, tapices de dos metros de altura representaban batallas que Sofía no se molestó en identificar.

Se sentó junto a Kaelen, en el extremo izquierdo de la mesa principal, donde la luz de las velas apenas llegaba y las sombras se alargaban como dedos acusadores.

A su derecha, un anciano de barba blanca la ignoró durante todo el primer plato; a su izquierda, una dama joven con un vestido tan ajustado que parecía a punto de reventar no dejaba de susurrar cosas al oído de su acompañante sin apartar la vista de Sofía.

Y, justo delante, Caspian, con su porte de rey de un trono que no se había ganado.

—Están mirando —murmuró Sofía, sin mover los labios, mientras los criados servían una sopa de frutos secos que olía a canela y a algo que no supo identificar.

—Siempre miran —respondió Kaelen, con la misma inexpresividad—. Sospechan que vienes de otro mundo. Has hablado delante de medio centenar de nobles. ¿Qué esperabas? ¿Que te ofrecieran un puesto en el consejo?

—Esperaba al menos algo de emoción. Pero esto es soporífero.

—La emoción llegará. Confía en mí.

Sofía no respondió. Probó la sopa con desgana, encontró que estaba demasiado dulce y dejó la cuchara a un lado antes de que el criado terminara de llenarle el plato.

A su alrededor, los cortesanos comían con una parsimonia que parecía ensayada, levantando las copas de vino en brindis vacíos y sonriendo con sonrisas que no llegaban a sus ojos.

*Parecen muñecos*, pensó Sofía. *Muñecos de porcelana que se mueven con cuerdas.*

El segundo plato fue un estofado de jabalí tan recargado de especias que apenas se distinguía la carne. Sofía lo probó por compromiso y lo dejó a un lado. El hambre no era su problema; era la tensión acumulada en el estómago, como una piedra que no terminaba de asentarse.

—No comes —observó Kaelen, con el ceño fruncido.

—No tengo hambre.

—Tienes que comer. Si desfalleces, parecerá que estás enferma.

—Pues que parezca que estoy enferma. Así tal vez nos dejen ir antes.

—No nos van a dejar ir antes. Caspian quiere espectáculo.

Sofía levantó la vista hacia la cabecera de la mesa, donde el rey ocupaba un sitial más alto que el de todos los demás, flanqueado por dos damas de compañía que le susurraban algo al oído entre bocado y bocado.

Caspian asentía de vez en cuando, y su mirada, de un azul pálido que parecía desvaído, recorría la sala con la lentitud de un depredador que cuenta sus presas.

—Ese hombre me da mal rollo —murmuró Sofía.

—A todo el mundo le da mal rollo —respondió Kaelen—. Pero nadie se atreve a decirlo.

—Yo me atrevo.

—Lo sé. Por eso te quiero.

Sofía se quedó callada. Aquellas palabras, dichas en voz baja, en medio de una corte hostil, le calentaron el pecho más que cualquier estofado.

Lady Seraphine se acercó a ellos al final del segundo plato, cuando los criados ya estaban recogiendo las fuentes vacías y preparando el terreno para el postre.

La mujer vestía un traje de terciopelo verde oscuro que combinaba a la perfección con el color de sus ojos, y llevaba en el cuello un collar de perlas que parecían gotas de leche congelada.

—Lady Sofía —dijo, con su voz dulce y venenosa, esa voz que a Sofía le recordaba a la miel cuando se deja caer sobre un cuchillo—. ¿Le está gustando la cena?

—Mucho —mintió Sofía, con una sonrisa que esperaba resultara creíble—. El jabalí está exquisito.

Se dio cuenta de su error, había contestado con el nombre de Sofía y se odió por ello. Maldita sea.

—Me alegra. El cocinero mayor se ha esmerado. Sabe que tiene invitados importantes.

—Yo no soy importante —respondió Sofía, con humildad fingida—. Solo una esposa de un lord del norte.

—No se subestime, lady Elara —dijo Lady Seraphine, y su sonrisa se ensanchó lo justo para mostrar los dientes—. Hay muchas personas interesadas en usted. En su historia. En su... otro mundo.

Sofía sintió que el corazón se le aceleraba, pero se obligó a mantener la calma.

“Respira Sofía, respira”

—Mi mundo es el mismo que el suyo —respondió, encogiéndose de hombros—. Campo, hombres peleando. Es bastante aburrido, la verdad.

—Ya, por supuesto.

Lady Seraphine rio. Era una risa suave, melodiosa, que a Sofía le puso los pelos de punta.

—Me encanta su sentido del humor, lady Elara. Es usted una mujer muy... peculiar.

—Peculiar es una palabra bonita. La mía es «rara». Pero bueno, cada cual tiene sus cruzadas.

La mujer se quedó mirándola un momento, como si estuviera tomando medidas para un traje que no pensaba coser. Luego se volvió hacia Kaelen y su sonrisa cambió, volviéndose más afilada, más peligrosa.

—Lord Kaelen —dijo—. He oído que en Roca Negra se habla de profecías. De una «que despierta». ¿Tiene algo que ver con su esposa?

Kaelen la miró sin pestañear.

—En Roca Negra se habla de muchas cosas —respondió—. La mayoría son mentira.

—¿Y esto también?

—Todo puede ser mentira, si uno se lo propone.

Lady Seraphine inclinó la cabeza, como un pájaro que examina una lombriz antes de picotear.

—Veremos.

Y se alejó, dejando tras de sí un rastro de perfume de rosas y una amenaza silenciosa.

El postre fue una tarta de manzana que Sofía no probó. Kaelen tampoco. Los dos permanecieron sentados, en silencio, mientras los criados retiraban los platos y los nobles empezaban a desperezarse, a levantarse de las sillas, a formar grupos de conversación en los rincones del salón.

—Quiere hacer algo —dijo Sofía, en voz baja.

—Ya lo sé.

—¿Sabes el qué?

—No. Pero no va a ser bueno.

—Siempre tan optimista.

—Soy realista.

El golpe llegó al final de la cena, cuando los criados ya habían servido el vino de la sobremesa y los nobles empezaban a relajarse, a reír, a olvidar que estaban en presencia del hombre que había asesinado a su propio hermano para sentarse en el trono.

Lady Seraphine se acercó a la mesa principal con un grupo de nobles a cuestas, entre ellos el conde de Ashworth, la dama Violet y un clérigo de túnica negra que Sofía no había visto en toda la noche.

El clérigo llevaba un colgante de plata en forma de espiral —el mismo símbolo que ella había visto en las mazmorras de Roca Negra— y sus ojos, de un marrón tan oscuro que parecían negros, la miraban con una intensidad que le heló la sangre.

—Lady Elara —dijo Lady Seraphine, elevando la voz lo suficiente para que todos los presentes la oyeran—. He estado pensando en su historia, la que cuentan y cuchichean. La de otro mundo. Y me gustaría compartirla con los presentes. ¿Le importa?

Sofía se levantó lentamente, sintiendo las miradas de todos los nobles clavadas en ella como agujas.

—Depende de la historia —respondió, con una calma que no sentía.

—La historia de su poder. El que le permite hablar con las piedras. Dicen que es capaz de sentir las grietas antes de que aparezcan, de ver el interior de los muros como si fueran de cristal. ¿Es cierto?

—Más o menos —respondió Sofía, encogiéndose de hombros—. A veces la piedra habla claro. Otras, susurra. Depende de su humor.

—¿El humor de la piedra? —Lady Seraphine enarcó una ceja—. ¿Las piedras tienen humor?

—Las piedras tienen memoria. Y la memoria tiene emociones. Es complicado.

—Explíquenoslo. Aquí, delante de todos.

Sofía sintió que Kaelen se tensaba a su lado. Su mano, apoyada sobre el brazo de la silla, se cerró alrededor de la madera con una fuerza que hacía presagiar lo peor.

—No sé si esto es el momento adecuado —dijo Sofía, con una sonrisa conciliadora—. La cena ha sido larga. La gente está cansada. Quizás otro día...

—No —la interrumpió Lady Seraphine, y su voz sonó tan cortante como un cuchillo—. Queremos verlo ahora. Queremos ver a la mujer que habla con las piedras. Queremos ver a la que despierta.

El murmullo que recorrió la sala fue unánime. Sofía sintió que el suelo se abría bajo sus pies, pero se obligó a mantener la compostura.

—No soy un espectáculo de feria —dijo, con firmeza—. No voy a ponerme a hablar con las paredes para entretener a nadie.

—No es para entretener —intervino el clérigo, con una voz grave que parecía salir de una tumba—. Es para confirmar. Los rumores sobre usted han llegado muy lejos, lady Elara. La gente habla. La gente pregunta. Y nosotros necesitamos saber si lo que dicen es verdad.

—¿Por qué? —preguntó Sofía, desafiante.

—Porque si es verdad, usted es más peligrosa que un ejército. Y si no lo es, es una impostora que merece castigo.

El silencio que siguió fue tan denso que se oía el crepitar de las velas en los candelabros. Sofía sintió que la respiración se le entrecortaba y que el colgante de piedra, bajo el vestido, empezaba a calentarse.

—No voy a hacer nada —dijo al fin—. No soy un animal amaestrado.

—No le pedimos que haga nada —respondió Lady Seraphine, con una sonrisa—. Solo que toque la pared. La pared del fondo. Dicen que cuando una maga de tierra toca la piedra, esta reacciona. ¿Puede demostrarlo?

Sofía miró la pared. Era una pared de piedra caliza, de un tono gris pálido, con vetas de cuarzo que brillaban débilmente a la luz de las velas. Parecía inofensiva. Pero Sofía sabía que las paredes, como las personas, podían guardar secretos.

—De acuerdo —dijo, y antes de que Kaelen pudiera detenerla, se acercó a la pared.

El silencio era absoluto. Todos los nobles contenían la respiración. Kaelen, a unos pasos de distancia, tenía la mano sobre la empuñadura de la espada y el rostro pálido. Sofía apoyó la palma de la mano sobre la piedra.

Y entonces ocurrió.

No fue como otras veces. No fue un susurro, ni un eco, ni una visión nítida.

Fue un rugido. Un rugido que le atravesó el brazo, el pecho, la cabeza, y que la hizo tambalearse.

La piedra le mostró el pasado de aquella pared: los hombres que la habían construido, los nobles que se habían apoyado en ella, las conspiraciones que se habían urdido a su sombra.

Pero también le mostró algo más. Algo que no esperaba.

Un hechizo. Un hechizo tejido en la propia piedra, oculto en las vetas de cuarzo, que latía como un corazón enfermo.

Sofía quiso apartar la mano, pero no pudo. Sus dedos estaban pegados a la piedra como si estuvieran soldados.

—¡Sofía! —gritó Kaelen, y ella lo oyó como desde el fondo de un túnel.

La piedra rugió más fuerte. El hechizo se activó, y Sofía sintió como algo la recorría, como algo la examinaba desde dentro, como algo la juzgaba.

—No soy una impostora —susurró, con los dientes apretados—. No soy...

La piedra se abrió.

Literalmente. Una grieta apareció en la pared, una grieta que no estaba antes, que se extendió como un relámpago desde la mano de Sofía hasta el suelo. Los nobles gritaron. Alguien lloró. Lady Seraphine sonrió.

—Ya ven —dijo, con voz triunfal—. No controla su poder. Es peligrosa. Una amenaza para todos nosotros.

Sofía se dejó caer de rodillas, con la mano aún pegada a la piedra, y sintió que el colgante se calentaba como una brasa.

Kaelen la alcanzó en dos zancadas, le apartó la mano de la pared y la levantó del suelo como si pesara una pluma. Su rostro era una máscara de furia contenida.

—No la toquéis —gruñó a los nobles, que se habían acercado como buitres—. Es mi esposa. Y volvemos a casa.

—Lord Kaelen —dijo Caspian, levantándose de su sitial—. Su esposa acaba de agrietar una pared. Una pared del palacio. ¿No le parece eso motivo suficiente para retenerla?

—No —respondió Kaelen, con voz cortante—. Es una maga de tierra. Las magas de tierra agrietan paredes. Es su trabajo.

—¿Su trabajo? —Caspian enarcó una ceja—. ¿Desde cuándo agrietar paredes es un trabajo?

—Desde que hay magia. Pero como usted no entiende de magia, no voy a perder el tiempo explicándoselo.

El rey abrió la boca para responder, pero Lady Seraphine se adelantó.

—Déjelos ir —dijo, y su voz era un susurro que, sin embargo, se oyó en toda la sala—. Ya hemos visto lo que queríamos ver. Lady Elara es peligrosa. Pero no más de lo que esperábamos.

Caspian la miró un momento, luego asintió.

—Largo —dijo—. Largo de mi corte. Y no volváis.

Kaelen no esperó a que se lo repitieran. Cogió a Sofía en brazos, seguía temblando, con la mano derecha enrojecida y dolorida y salió del salón con paso firme. Los nobles se apartaron a su paso como el mar ante una tormenta.

En la habitación, ya de madrugada, Sofía se sentó en el borde de la cama y se miró la mano. La piel estaba irritada, pero no quemada. El colgante, bajo el vestido, seguía caliente.

—He roto una pared —dijo, con voz de incredulidad.

—Has roto una pared —confirmó Kaelen, sentándose a su lado.

—Era un hechizo. Había un hechizo en la piedra. Lo he sentido. Alguien lo puso allí para... no sé, para probarme.

—Lady Seraphine —dijo Kaelen, con el ceño fruncido—. Seguro.

—Pero ¿por qué?

—Para asustarte. Para que perdieras el control. Para que todos te vieran como una amenaza.

—Lo han conseguido.

—Sí. Pero no importa.

—¿Cómo que no importa? —Sofía se volvió hacia él—. Acabo de agrietar una pared del palacio real delante de medio centenar de nobles. Caspian nos ha echado. Lady Seraphine tiene lo que quería.

—Tiene lo que quería —admitió Kaelen—. Pero no puede usarlo. Porque los nobles que estaban allí también han visto algo más: que Caspian tiene miedo. Que necesita de una maga para sentirse seguro. Eso, Sofía, es más peligroso para él que cualquier pared agrietada.

Sofía se quedó en silencio, procesando sus palabras.

—¿Tú crees?

—Lo sé. Por eso nos ha dejado ir. Porque si nos quedábamos, su debilidad sería evidente.

—Eres muy listo para ser tan borde.

—Lo sé. Es mi encanto.

Sofía sonrió.

—Nos vamos, ¿verdad?

—Mañana al amanecer. A Roca Negra. A casa.

—A casa —repitió ella, y la palabra le sonó a miel.

Kaelen le cogió la mano herida y la besó con suavidad.

—Descansa —dijo—. Mañana será un día largo.

—¿Y Lady Seraphine?

—Lady Seraphine tendrá que conformarse con su pequeña victoria. Por ahora.

Sofía asintió y se dejó caer sobre la cama, sintiendo como el cansancio la vencía. El colgante de piedra, aún caliente, latía contra su pecho como un segundo corazón.

*Hemos sobrevivido*, pensó. *Otra vez.*

Pero mientras cerraba los ojos, no pudo evitar preguntarse cuántas veces más podrían sobrevivir. Y si, al final, la verdad que tanto había defendido no terminaría siendo su perdición.