CAPÍTULO 22 Intrigas en la Capital
Llegaron a Valdorien dos días después, con el sol oculto tras una capa de nubes grises que parecían presagiar tormenta.
La ciudad se extendía ante ellos como una herida abierta: calles estrechas, edificios apiñados, un olor a humedad y a miseria que se colaba por las rendijas de la armadura de Kaelen y le provocaba un ceño más fruncido de lo habitual.
Sofía cabalgaba a su lado, con el vestido azul que Lina le había preparado para la ocasión, el mismo que llevó en la fiesta de Roca Negra, pero con menos escote y más encajes, porque «en la corte hay que parecer decente aunque por dentro estés planeando matar a alguien» y una expresión que Kaelen conocía bien.
Era la expresión que ponía cuando algo le parecía una estupidez, pero no podía cambiarlo.
Como el sistema métrico imperial. O los corpiños sin cremallera.
—Huele mal —dijo Sofía, tapándose la nariz con la manga—. Muy mal. ¿Siempre huele así?
—Sí —respondió Kaelen, sin apartar la vista del camino—. La capital es así. La gente se acostumbra.
—No me voy a acostumbrar. Voy a estar todo el tiempo que dure esto con un pañuelo en la cara. Pareceré una bandolera.
—Eso llamaría la atención.
—Todo llama la atención. Soy la esposa del Carnicero de las Montañas Negras y, según tengo entendido, una posible impostora. Creo que lo del pañuelo va a ser lo de menos.
Kaelen guardó silencio. Recordaba la conversación de la mañana antes de salir: Sofía insistiendo en decir la verdad, él negándose, ella cediendo a regañadientes, el ambiente cargado de una tensión que no se había disipado ni siquiera después de dos días de viaje.
Ella seguía enfadada. O no enfadada, exactamente.
Molesta. Como cuando un obrero le hacía caso omiso y ella tenía que repetir la orden tres veces antes de ser obedecida.
—¿Sigues enfadada? —preguntó Kaelen, en voz baja.
—No estoy enfadada —respondió Sofía, con un tono que indicaba exactamente lo contrario—. Estoy... decepcionada. Contigo. Conmigo. Con el mundo. Siempre.
—¿Puedo hacer algo?
—Sí. Cambiar de opinión y dejar que diga la verdad.
—No puedo.
—Pues entonces no.
El caballo de Sofía resopló, como si estuviera de acuerdo con ella. Kaelen maldijo en silencio. Luego siguió cabalgando.
El palacio real era una mole de piedra blanca y torres puntiagudas que parecía sacada de un cuento de hadas que hubiera salido mal.
Los soldados de la entrada, ataviados con armaduras relucientes y caras de no haber dormido bien, los franquearon el paso sin mediar palabra, aunque sus ojos se clavaron en Sofía con una intensidad que a Kaelen le hizo poner la mano sobre la espada.
—No —murmuró Sofía, sin volverse—. No saques la espada. No hemos llegado ni a la puerta principal.
—Te miraban mal.
Dios, parecía un niño y esa faceta le gustó, aunque no pensase decirlo jamás en voz alta.
—Siempre te miran mal. Es tu cara. Cuando sonríes, da más miedo.
—No sonrío.
—Eso es lo que digo.
Un ujier, que era un funcionario de palacio, de rostro impasible los condujo a través de un laberinto de pasillos alfombrados y salas vacías hasta una antesala donde otros cortesanos esperaban turno para besar el anillo del rey.
Sofía contó al menos veinte cabezas: nobles de rostros duros, damas de vestidos recargados que parecían pasteles de boda, clérigos de túnicas oscuras y algún que otro militar con condecoraciones que no le sonaron a méritos reales.
—Vaya colección de bichos —murmuró Sofía, sin mover los labios.
—No hagas comentarios —susurró Kaelen—. Todavía.
—¿Puedo pensar comentarios?
—Puedes. Pero no en voz alta.
—Entonces estoy pensando que el de la derecha parece un hurón con peluca.
Kaelen apretó los dientes. Aquella mujer iba a ser su perdición.
Entre los cortesanos destacaba una figura alta, esbelta, con el pelo negro recogido en un moño bajo y un vestido de terciopelo granate que le marcaba la cintura como un corsé de madera.
Cuando se volvió, Sofía vio sus ojos: verdes, afilados, inteligentes.
Le recordaron a los de Gato cuando estaba a punto de tirar un vaso de la mesa.
—Lady Seraphine —murmuró Kaelen, y su voz sonó tan tensa como la cuerda de un arco.
—¿Quién es? —preguntó Sofía.
—Una noble de la corte. Prima lejana de Caspian. Dicen que maneja los hilos del palacio desde que su primo se sentó en el trono.
—¿Maneja los hilos? ¿Es una especie de titiritera?
—Peor. Es una especie de araña. Teje y no perdona.
Sofía sintió la mirada verde de Lady Seraphine posarse en ella como un insecto en la piel. La mujer sonrió, una sonrisa que no llegaba a sus ojos, y se acercó con paso firme y caderas que se movían como las de un felino acechando a su presa.
—Lord Kaelen —dijo, con una voz tan melosa que empalagaba—. Qué honor tenerle de vuelta. Y esta debe de ser su famosa esposa. Lady Elara, supongo.
—Sofía —corrigió ella, antes de que Kaelen pudiera abrir la boca.
Acababa de meter la pata a lo grande.
El silencio que siguió fue tan denso que se oyó el tintineo de las joyas de una dama cercana. Kaelen la miró con una mezcla de horror y resignación. Sofía sostuvo la mirada de Lady Seraphine sin pestañear.
—Sofía —repitió la mujer, como si probara un vino nuevo—. Qué nombre tan... original. ¿No era Elara, su nombre de pila?
—Sofía es mi segundo nombre, pero sí, soy Elara. —respondió Sofía, encogiéndose de hombros—. Prosiga, por favor.
Kaelen carraspeó. Sofía lo ignoró.
—Me alegra conocerla, lady Elara —dijo Seraphine, y su sonrisa se ensanchó—.
He oído tantas cosas sobre usted. Que habla con las piedras.
Que ha reformado el castillo de Roca Negra por completo.
Que derrumbó un desfiladero sobre cincuenta mercenarios sin matar a nadie. Es usted una mujer de recursos.
—Soy una admiradora de la arquitectura —respondió Sofía—. Los recursos son mi especialidad.
—Mmmm admiradora —repitió Seraphine, como si aquello confirmara una sospecha—. Qué curioso. Las damas nobles de Monteverde no suelen estudiar arquitectura.
—Las damas nobles de Monteverde no —respondió Sofía, devolviéndole la sonrisa—. Siempre he tenido una curiosidad innata desde niña.
El silencio volvió a caer sobre el grupo. Esta vez fue Lady Seraphine la que parpadeó, descolocada. Kaelen, a su lado, emitió un sonido que podría haber sido un suspiro o un gruñido, Sofía no supo diferenciarlo.
—Casi pareces de otro mundo —dijo la mujer, recuperando la compostura—. Qué interesante. Hablaremos de eso más adelante, lady Elara. Me encantaría conocer su... historia.
—Será un placer —respondió Sofía, aunque sus ojos decían todo lo contrario.
Lady Seraphine se alejó con la misma elegancia felina con la que había llegado, dejando tras de sí un rastro de perfume de rosas y una advertencia tácita.
Kaelen esperó a que estuviera fuera del alcance del oído para girarse hacia Sofía con una expresión que mezclaba la desesperación y la admiración.
—Casi has dicho que eras de otro mundo —dijo, con voz contenida.
—Sí.
—La habíamos quedado en que ibas a fingir ser Elara.
—Lo sé.
—¿Y por qué casi has dicho que eras de otro mundo?
—Porque me ha salido del alma —respondió Sofía, encogiéndose de hombros—. Y porque esa mujer tiene cara de saber más de lo que debería. Si ya lo sospecha, ¿para qué mentir?
—Para ganar tiempo.
—El tiempo se acaba, Kaelen. Ella lo sabe. Yo lo sé. Tú lo sabes. A estas alturas, fingir que soy Elara es como ponerse una venda en los ojos y esperar no chocarse con una pared.
Kaelen guardó silencio. Sus dedos, apoyados sobre la empuñadura de la espada, tamborilearon un momento antes de detenerse.
—No vuelvas a hacerlo —dijo al fin.
—No prometo nada.
—Sofía...
—Kaelen —lo interrumpió ella, bajando la voz—. Te quiero. Pero no puedo ser alguien que no soy. No durante mucho tiempo. Si esta mujer quiere saber la verdad, que la sepa. Y que haga con ella lo que quiera.
Kaelen la miró fijamente. Luego, sin decir nada, le cogió la mano y la apretó con fuerza.
—Vamos —dijo—. La audiencia nos espera.
La audiencia con Caspian fue tan breve como incómoda. El nuevo rey ocupaba un trono de oro macizo que debía de pesar tanto como un caballo, y a su alrededor se arremolinaban cortesanos que asentían a cada palabra que salía de sus labios como si fueran mandamientos divinos.
Caspian era un hombre alto, bien parecido, con el pelo rubio peinado hacia atrás y una barba recortada al milímetro. Sus ojos, de un azul pálido, recorrieron a Sofía de arriba abajo con una lentitud que a Kaelen le hizo apretar los puños.
—Lady Sofía —dijo el rey, con una voz que pretendía ser cálida pero que sonaba falsa—. O lady Elara. ¿Cómo debo llamarla?
—Elara —respondió ella, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos.
—Lady Elara, pues —Caspian sonrió, aunque su sonrisa tenía algo de tiburón—. Me han llegado rumores muy interesantes sobre usted. Dicen que no es de este mundo.
—No es cierto —dijo Sofía, sin inmutarse.
El murmullo que recorrió la sala fue unánime. Caspian enarcó una ceja.
—¿Y por qué debería creerla?
—Porque no tengo motivos para mentir —respondió Sofía—. Mentir es cansado. Y yo ya estoy bastante cansada como para añadir más trabajo a mi día.
Kaelen, a su lado, hizo acopio de toda su fuerza de voluntad para no llevarse la mano a la cara. Aquella mujer iba a ser su perdición. Pero también, pensó mientras observaba a los nobles boquiabiertos, su orgullo.
—Lady Elara —dijo Caspian, recuperando la compostura—. Sea como sea, le agradezco su sinceridad. Eso es algo que se valora en esta corte.
—Sí, es algo universal. —respondió ella.
El rey no supo qué responder, así que se limitó a asentir y a despedirlos con un gesto de la mano. Mientras salían del salón del trono, Sofía sintió la mirada de Lady Seraphine clavada en su nuca como una espada.
—Gracias —murmuró Kaelen, cuando llegaron a la habitación—. Por no decir la verdad.
—Fue lo correcto —respondió Sofía, sentándose en la cama con un suspiro—. Y aunque no lo fuera, ya está hecho. Ahora solo nos queda esperar.
—¿Esperar qué?
—Que la mentira nos salve el culo.
Kaelen se sentó a su lado y le cogió la mano.
—Eres una terca, Sofía.
—Lo sé. Es mi encanto.
Y mientras la noche caía sobre la capital, Sofía apretó el colgante de piedra contra su pecho y esperó.