Lords de los cielos CAPÍTULO 21 Llamada a la Corte
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CAPÍTULO 21 Llamada a la Corte

El cuervo llegó al amanecer del tercer día, cuando Sofía ya había perdido la esperanza de que cualquier mensaje alado en aquel maldito mundo pudiera traer algo bueno.

Estaba en la habitación que les habían asignado en el palacio de Valdorien, una estancia que olía a cera de abeja y a flores mustias, con una cama tan grande que parecía diseñada para albergar a una familia de gigantes y unas cortinas de terciopelo burdeos que le daban un aire fúnebre a cualquier hora del día.

Kaelen, sentado en una silla junto a la ventana abierta, repasaba un mapa de la ciudad con el ceño fruncido, su estado natural, según Sofía, y los dedos manchados de tinta negra.

Llevaba la túnica gris de siempre, la que estaba empezando a deshilacharse en los puños, y tenía el pelo aún húmedo, como si acabara de salir de un baño que no había logrado relajarlo ni un ápice.

El aleteo negro golpeó el cristal con la insistencia de un acreedor reclamando una deuda atrasada. Primero un golpe seco, luego otro, luego un tercero que hizo temblar el marco de madera.

—Ya está aquí otra vez —murmuró Sofía, levantándose de la cama sin molestarse en arreglarse el camisón.

Sus pies descalzos pisaron el suelo de piedra fría, y el contacto la despejó lo suficiente para soltar un bostezo que pretendía ser indignado—.

Ese bicho tiene un radar para los momentos inoportunos.

Apuesto a que se tira horas acechando, esperando el momento justo para dar la lata.

—Los cuervos de Caspian siempre los tienen —respondió Kaelen, levantándose a su vez y dejando el mapa sobre la mesa con un suspiro pesado.

Se acercó a la ventana, la abrió de un tirón y el viento matinal, frío y salitroso, entró en la habitación como un ladrón—.

Es su especialidad. Aparecen cuando menos los necesitas y se van cuando todavía no has terminado de maldecirlos.

El animal entró en la habitación como Pedro por su casa. Se posó en el respaldo de la silla que Kaelen acababa de dejar vacía, se sacudió las alas con una parsimonia insultante y extendió la pata atada con un gesto que a Sofía le pareció de una petulancia casi humana.

—No sabe que está entrando en territorio enemigo —dijo ella, mientras se acercaba al cuervo con la lentitud de quien se aproxima a una bomba de relojería—. Parece un político. Se cree dueño del mundo.

—No sabe nada —respondió Kaelen, cruzando los brazos sobre el pecho y observando al animal con la misma intensidad con que observaba a los mercenarios en el campo de batalla—. Solo sabe que tiene hambre. Y que si no le das algo, se irá a quejar a los dioses.

—Pues que se queje. No pienso darle ni una migaja. Ya puede ir aprendiendo que aquí no hay bandeja de servicio —dijo Sofía, pero cedió porque el animal no tenía culpa ninguna.

Suspiró cediendo.

Sofía desató el tubo de metal con dedos que, a pesar de su actitud desafiante, no dejaban de temblar un poco.

El metal frío se resistió y ella maldijo entre dientes mientras el cuervo la miraba con sus ojillos negros como dos cuentas de vidrio.

Finalmente, el pergamino cayó en su mano, enrollado y sellado con cera negra.

La misma cera. El mismo sello. Un cuervo posado sobre una corona.

—Ya empiezo a odiar ese dibujo —murmuró Sofía.

—Ábrelo —dijo Kaelen, con una voz que sonaba tan tensa como la cuerda de un arco a punto de disparar.

Sofía rompió el sello. El pergamino se desenrolló con un crujido seco, y las palabras, escritas con esa caligrafía impecable que ya había aprendido a odiar en el mensaje anterior, bailaron ante sus ojos como una condena.

*Lord Kaelen de Roca Negra y su esposa, lady Elara de Monteverde:*

*Por la presente, se os requiere para que os presentéis ante la corte de Su Majestad, Rey Caspian, en un plazo no superior a siete días.

Su Majestad, en su infinita clemencia, ha tenido a bien considerar una tregua y desea discutir los términos de la paz en persona.

No obstante, han llegado a sus oídos ciertos rumores concernientes a la identidad de vuestra esposa.

Se dice que la dama que reside en Roca Negra no es la verdadera lady Elara, sino una impostora llegada de tierras ignotas.

Su Majestad exige una aclaración antes de proceder a ningún acuerdo.

Vuestra presencia es ineludible. Vuestra ausencia se considerará una confesión de culpabilidad. *

*Firmado: Consejo de Nobles de Valdoria.*

Sofía leyó el pergamino una vez. Luego otra. Luego una tercera, por si acaso las palabras cambiaban milagrosamente entre lectura y lectura. No cambiaron. Seguían ahí, negras e inamovibles, como un veredicto escrito con tinta indeleble.

—Mierda —susurró, y la palabra le salió del estómago como un eructo después de una cena copiosa.

—Mierda —corroboró Kaelen, que había estado leyendo por encima de su hombro con la misma expresión que ponía cuando recibía noticias de una derrota en el frente.

El cuervo, satisfecho de haber cumplido su misión, emitió un graznido agudo que sonó a «me cago en vuestras dudas existenciales, humanos» y salió por la ventana tan campante, dejando tras de sí una pluma negra que flotó hasta posarse sobre el pergamino como una firma adicional.

Sofía dejó caer el mensaje sobre la mesa, justo al lado del mapa de Kaelen, que de repente parecía un documento tan irrelevante como la lista de la compra de un campesino.

Se dejó caer en la silla que el cuervo había ocupado momentos antes —todavía tibia, para su desagrado— y apoyó la cabeza en el respaldo, mirando el techo desconchado.

—Sabe que no soy Elara —dijo, con la voz cansada, como si aquella revelación llevara meses pesándole—. O lo sospecha. Y quiere que vayamos para confirmarlo. Es como un juego de gallinas, solo que con más riesgo de decapitación.

—Si no vamos, confirmamos su sospecha —respondió Kaelen, apoyando las manos en el marco de la ventana y mirando el horizonte gris de la ciudad—. Si vamos...

—Si vamos, igualmente nos matan —completó Sofía, gesticulando con una mano en el aire—. O nos encierran. O nos obligan a hacer algo peor. Como bailar para su entretenimiento. O contar chistes malos.

Kaelen guardó silencio un largo momento.

La luz del amanecer teñía sus facciones de un tono anaranjado que acentuaba las líneas de su mandíbula y el recorrido de la cicatriz que le cruzaba la mejilla.

Sus ojos grises, fijos en el horizonte, parecían estar calculando todas las variables de una ecuación imposible.

—Hay que ir —dijo al fin, sin volverse.

—Lo sé —respondió Sofía, incorporándose ligeramente en la silla.

—Y tenemos que decidir qué decir.

—¿Sobre qué?

—Sobre ti —Kaelen se volvió, y sus ojos se clavaron en ella con una intensidad que le recorrió la espina dorsal como un escalofrío—. Sobre quién eres. Sobre si eres Elara o eres Sofía.

La pregunta flotó en el aire como una hoja de otoño, moviéndose con el vaivén del viento que entraba por la ventana. Sofía sintió que el corazón se le aceleraba, y se obligó a respirar hondo. Una vez. Dos veces. Tres.

—Yo digo la verdad —dijo al fin, con una firmeza que ni ella misma sabía de dónde sacaba —Aquí la gente se lo ha tomado bien.

Kaelen enarcó una ceja.

—¿La verdad? —repitió, como si la palabra fuera un concepto extraño que acabara de aprender—. ¿La verdad de que eres una arquitecta de Madrid que murió en un terremoto, despertó en el cuerpo de lady Elara y ahora hablas con las piedras? ¿Esa verdad?

—Sí —respondió Sofía, enderezando la espalda—. Esa verdad. La única que tengo.

—¿Y crees que Caspian va a aceptarla? —preguntó Kaelen, dando un paso hacia ella—. ¿Crees que los nobles van a creerla? ¿Crees que no van a usarla en nuestra contra? Porque si algo sé de la corte, es que los nobles son como los cuervos: se alimentan de las desgracias ajenas.

Sofía se levantó de la silla, enfrentándolo.

—No lo sé —admitió, cruzando los brazos sobre el pecho—. Pero mentir siempre es peor. A largo plazo. Ya me lo decía mi madre: «Hija, la verdad es como el buen vino: al principio cuesta, pero luego no da resaca».

—Tu madre decía cosas muy raras.

—Lo sé. Era una mujer muy sabia.

Kaelen guardó silencio un momento. Luego negó con la cabeza, y su gesto fue tan firme que Sofía sintió que el suelo se movía bajo sus pies.

—A largo plazo —dijo él, con una voz que no admitía réplica— estaremos muertos.

Caspian no quiere la verdad. Quiere una excusa para declararnos traidores.

Si le damos una historia absurda sobre mundos paralelos y piedras que hablan y terremotos que matan arquitectas, se reirá en nuestra cara y nos mandará a la horca antes de que podamos despedirnos.

—No es absurda —protestó Sofía, aunque su voz sonó más débil de lo que quería—. Es real. Es lo que pasó.

—Lo sé —dijo Kaelen, y por un instante su rostro se suavizó—. Yo te creo. Thurmond te cree. Hasta Gato te cree y ese animal no se cree ni su propio reflejo. Pero Caspian no es ninguno de nosotros. Necesita una historia coherente. Una que pueda digerir. Una que pueda tragar sin atragantarse.

—¿Y qué historia coherente? —preguntó Sofía, desafiante—. ¿Que soy Elara pero que me golpeé la cabeza y cambié? ¿Esa historia?

—Esa misma —respondió Kaelen, asintiendo—. Funcionó con Thurmond. Funcionó con Borin. Funcionó con la mayoría del castillo al principio.

Sofía enarcó una ceja.

—Funcionó porque ellos querían creerla y duró muy poco, algunos ni un día —replicó Sofía, dando un paso hacia él—. Caspian no quiere creer nada que no le favorezca. Es como un gato con un ratón: solo cree en su propia hambre.

—Entonces le daremos una historia que le favorezca —insistió Kaelen—. Le diremos que eres Elara, que el accidente del caballo te cambió, que ahora eres más... decidida. Esa historia no amenaza su poder. No le da excusas para atacarnos.

—Pero es mentira —dijo Sofía, y su voz tembló ligeramente—. Es mentira. Y yo no... yo no quiero ser Elara. No quiero fingir ser alguien que no soy.

Kaelen dio un paso más. Estaban tan cerca que Sofía podía sentir el calor de su cuerpo y el olor a cuero y a acero que siempre lo acompañaba. Levantó la mano y le apartó un mechón de pelo de la mejilla, con una suavidad que contrastaba con la dureza de sus palabras.

—Sofía —dijo, en voz baja—. No te pido que dejes de ser quien eres. Solo te pido que finjas. Unas horas. El tiempo suficiente para salir de esta ciudad con vida.

—¿Y luego?

—Luego volvemos a Roca Negra. Y allí eres Sofía. La que despierta. La que habla con las piedras. La que... —Se detuvo, como si buscara las palabras adecuadas—. La que me robó el sueño y no quiere devolvérmelo.

Sofía sintió que el corazón se le encogía. El afecto guerreaba con la dignidad. La prudencia con la terquedad.

—No quiero —dijo, aunque su voz sonó menos firme que antes—. No quiero fingir. No quiero ser Elara. No quiero...

—Sofía —la interrumpió Kaelen, y su voz fue un susurro—. Por favor. Por una vez, hazme caso.

El «por favor» fue su perdición. Kaelen no decía «por favor» nunca.

Kaelen ordenaba, exigía, gruñía. Pero no pedía.

Y aquella vez, con aquella palabra, Sofía supo que no estaba negociando con el Carnicero de las Montañas Negras.

Estaba negociando con un hombre que tenía miedo.

Miedo de perderla. Miedo de que la verdad los sepultara antes de que pudieran escapar.

—De acuerdo —dijo al fin, con un suspiro que pareció salir de lo más hondo de su pecho—. Fingiré. Seré Elara. Pero solo esta vez. Y solo porque me has dicho «por favor» y eso ha sido tan raro que me has dado penita.

Kaelen enarcó una ceja.

—¿Penita?

—Penita. Es una palabra de mi mundo. Significa «lástima mezclada con ternura». No intentes entenderla. Solo acepta que has ganado esta batalla.

—No es una batalla —respondió Kaelen, y por un instante esbozó algo parecido a una sonrisa—. Es una tregua.

—Una tregua —corrigió Sofía—. Pero con condiciones.

—¿Condiciones?

—Cuando volvamos a Roca Negra, me pondrás un cartel en cada pasillo con una flecha que diga «tú estás aquí» para que no me pierda. Y me comprarás un gato más. Uno blanco, para que Gato tenga compañía.

—¿Un gato blanco?

—Sí. Y lo llamaremos Nieve. Para darle un toque de color a tanta piedra gris.

Kaelen negó con la cabeza, pero Sofía vio que sus ojos brillaban.

—Trato hecho —dijo.

—Trato hecho —repitió ella.

Se quedaron en silencio un momento, los frentes juntas, las respiraciones entremezclándose.

El viento de la mañana seguía entrando por la ventana, trayendo consigo el ruido lejano de la ciudad que despertaba.

Gato no estaba allí para presenciar la escena —Gato se había quedado en Roca Negra, probablemente ocupando la cama de Kaelen y soñando con atunes voladores—, pero Sofía sintió su presencia como una caricia en la nuca.

—Seré Elara —dijo ella, separándose apenas un centímetro—. Pero solo porque te quiero. Y porque si no lo hiciera, estarías de mal humor todo el viaje de vuelta.

—Siempre estoy de mal humor —respondió Kaelen.

—Lo sé. Por eso te quiero.

Kaelen rio. Fue una risa corta, sorprendida, como si no estuviera acostumbrado a hacerlo. Sofía pensó que era el sonido más bonito del mundo.

—Prepara las maletas —dijo él—. Nos vamos a la corte. A fingir.

—A sobrevivir —corrigió Sofía.

—Eso también.

Y mientras se vestían con las ropas de gala que habían traído para la ocasión, Sofía no pudo evitar preguntarse cuánto duraría aquella farsa.

Cuánto tiempo podría fingir ser alguien que no era.

Y si, al final, la verdad no terminaría imponiéndose por sí sola, como la piedra que se desprende de la montaña y arrastra todo a su paso.

—Kaelen —dijo, mientras se ajustaba el corpiño azul—. ¿Y si nos descubren?

Kaelen se volvió hacia ella, con la túnica negra a medio abrochar.

—Entonces nos inventamos otra mentira —respondió—. Y luego otra. Y luego otra. Hasta que consigamos salir.

—¿Eso es un plan?

—Es lo único que tenemos.

Sofía sonrió.

—Pues vale —dijo—. Vamos a mentir.

Y salieron de la habitación cogidos de la mano, con la determinación de quien se enfrenta a un ejército sin espada y la esperanza de que las mentiras, a veces, pesan menos que las verdades.