Lords de los cielos CAPÍTULO 20 El Muro de Hielo #2
32%

CAPÍTULO 20 El Muro de Hielo #2

Kaelen se volvió. Sus ojos grises la miraron con una intensidad que a Sofía le revolvió las entrañas, pero no era el fuego de la noche anterior. Era otra cosa. Algo más oscuro. Más frío.

—Sofía, no es el momento...

—¿No es el momento para qué? ¿Para hablar? ¿Para que me digas qué demonios te ha entrado esta mañana?

Kaelen se quedó callado. El viento ululó entre las piedras, y Sofía sintió ganas de abofetearlo, de abrazarlo y de abofetearlo otra vez, todo al mismo tiempo.

—Anoche estábamos bien —continuó ella, dando otro paso—. Bailamos. Nos besamos. Dijiste... dijiste cosas.

—Las personas dicen muchas cosas cuando están cansadas.

—No me vengas con esa mierda, Kaelen. No eres de los que dicen cosas por cansancio. Eres de los que dicen cosas porque las sientes. Y luego, a la mañana siguiente, te entra el pánico y te pones a hacer el gilipollas.

Kaelen la miró fijamente.

—¿Gilipollas?

—Gilipollas. Idiota. Imbécil. Elige el que más te guste.

—No conozco esa palabra —dijo él, con una frialdad que le heló la sangre.

Sofía se quedó un momento en silencio, procesando. Luego, para sorpresa de Kaelen, sonrió. Era una sonrisa tensa, peligrosa, la misma que ponía cuando los obreros se saltaban sus instrucciones en las obras.

—Vale —dijo—. Lo has conseguido. Me has enfadado de verdad.

—No pretendía...

—Claro que pretendías. Pretendías que me enfadara y me fuera. Porque así no tendrías que hablar. No tendrías que decir por qué te levantaste de la cama esta mañana como si te hubiera mordido una serpiente.

Kaelen desvió la mirada. Las manos, apoyadas sobre el parapeto, se cerraron con fuerza en la piedra.

—No tiene nada que ver contigo —murmuró.

—¡Claro que tiene que ver conmigo! ¡Soy yo la que está aquí!

¡Soy yo la que se ha pasado dos horas buscándote por un castillo del demonio mientras Lina me decía cosas bonitas para que no me rindiera!

¡Soy yo la que está aguantando que me trates como si fuera un estorbo cuando anoche me decías que me querías!

La palabra «querer» resonó en la torre como un eco. Kaelen cerró los ojos.

—Sofía...

—No. No me llames «Sofía». Ahora te callas y me escuchas.

Se acercó a él hasta que estuvieron cara a cara, tan cerca que podía sentir el calor de su cuerpo a pesar del viento frío.

—Tengo un mundo entero esperándome allí arriba —dijo, señalando el cielo con un dedo acusador—.

Una madre que ahora mismo estará llorándome en algún hospital de Madrid.

Un piso de alquiler con plantas que seguro que ya se han muerto.

Un trabajo al que no voy a volver nunca.

Pero yo estoy aquí. ¿Sabes por qué? Porque no puedo volver.

No sé cómo. No sé si se puede. Y aunque pudiera...

Se detuvo. Tragó saliva.

—Aunque pudiera, no lo haría. Porque aquí está la piedra. Aquí está Gato. Aquí está esta guerra de mierda que no he pedido. Y aquí estás tú. Con tu cara de pocos amigos. Con tu incapacidad para decir lo que sientes. Con tu miedo a que me vaya.

«Kaelen —dijo, y su voz se quebró—. No voy a irme.»

Kaelen sintió que el suelo se abría bajo sus pies.

—No lo sabes —respondió, y su voz era apenas un susurro—. No sabes si podrás volver. La profecía. La Madre de la Piedra. Si algún día te reclama...

—¿Me reclama? —Sofía soltó una carcajada incrédula—. ¿Crees que la Madre de la Piedra va a venir a buscarme para llevarme a un sitio mejor?

—No lo sé.

—Pues yo sí. Porque la piedra no quiere que me vaya. La piedra quiere que me quede. Me llama, Kaelen. Me llama todos los días. Cada vez que apoyo la mano en un muro, me dice «quédate». No es una profecía. Es una petición.

Kaelen la miró fijamente. Sus ojos grises, a la luz de la mañana, parecían casi plateados.

—¿Y tú qué quieres?

—Ya te lo he dicho. Quiero quedarme.

—¿Conmigo?

—Con la piedra. Con los muros. Con Gato. Con Dain y sus manías y Borin y sus discusiones. Con la guerra. Con todo. Pero sobre todo, con el idiota que se ha levantado esta mañana y se ha ido a la torre a hacerse el interesante porque tiene miedo de que le abandonen.

Kaelen no supo qué responder.

Se quedó allí, mirándola, con las manos aún apoyadas en el parapeto y el corazón latiéndole tan fuerte que temía que ella pudiera oírlo.

El viento le pegaba en la cara, frío y salitroso, pero el único calor que sentía era el de ella, parada a un paso, desafiándolo con esa mirada que lo desarmaba siempre.

—No soy bueno con estas cosas —dijo al fin.

—Ya lo sé.

—Nunca he tenido a nadie a quien perder.

—Ya lo sé también.

—Mi madre murió cuando yo tenía dieciséis años. Mi padre, antes. Desde entonces, he aprendido a no encariñarme. Porque las personas que quieres se van. Y yo no sé cómo se hace para que se queden.

Sofía le cogió la mano. Sus dedos se entrelazaron con los de Kaelen, ásperos por las cicatrices, y apretaron con fuerza.

—Pues vas a tener que aprender —dijo ella—. Porque yo no me voy a ningún sitio. Y te voy a dar la lata hasta el último día de tu vida. Así que ya te vale.

Kaelen apretó los dedos entre los de Sofía.

—Eres una terca.

—Soy una arquitecta. La terquedad es parte del oficio.

Se quedaron en silencio un momento, las frentes juntas, las respiraciones entremezclándose.

El viento había cesado, o al menos a Kaelen le pareció que había cesado, porque el único sonido que oía era el latido de su corazón y el de ella, sincopados, como dos tambores que aprendían a tocar la misma canción.

—¿Hacemos las paces? —preguntó Sofía.

—Hacemos las paces.

Kaelen inclinó la cabeza y la besó.

No fue un beso suave, ni casto, ni breve.

Fue un beso de reencuentro, de «he sido un idiota y lo siento», de «no sabes cuánto te he echado de menos aunque solo hayan pasado dos horas».

Sus labios se encontraron con una hambre que parecía acumulada desde la noche anterior, y Sofía gimió contra su boca, un sonido ahogado que a Kaelen le recorrió la espina dorsal como un latigazo de electricidad.

La lengua de Kaelen exploró el interior de su boca con una lentitud deliberada, saboreándola, reclamándola.

Una de sus manos, la herida, la que aún le dolía al mover los dedos, subió hasta enredarse en el cabello de Sofía, mientras la otra la sujetaba por la cintura, apretándola contra sí con una fuerza que rayaba en la desesperación.

Sofía se dejó hacer, arqueando el cuello, ofreciéndose y Kaelen recorrió su mandíbula con los labios, descendiendo lentamente hacia el hueco de su cuello, donde el colgante de piedra latía al mismo ritmo que su pulso.

—Kaelen —susurró Sofía, con la voz rota—. Casi nos caemos por la torre.

—No me importa —respondió él, contra su piel.

—A mí sí. Tengo miedo a las alturas.

—¿Una maga de tierra con miedo a las alturas?

—Soy arquitecta. Construyo desde abajo. Me gusta tener los pies en el suelo.

Kaelen rio. Era una risa baja, grave, que vibraba en el pecho y que Sofía sintió en todo el cuerpo.

—Bajemos, pues —dijo—. Pero no hagas promesas que no puedas cumplir.

—¿Promesas? ¿Yo? —Sofía sonrió, separándose apenas un centímetro—. Yo solo prometo lo que puedo cumplir. Y ahora te prometo que, si vuelves a hacerte el hielo, voy a llamar a Dain para que te dé una colleja.

—Dain no me pegaría.

—Dain hará lo que yo le diga. Le caigo bien. Le caigo mejor que tú. Al menos ahora…

Kaelen resopló, pero no soltó su mano. La llevó hacia la escalera con paso lento, sin prisa, como si quisiera alargar aquel momento todo lo posible. Y cuando bajaron al patio de armas, Gato los esperaba en el último escalón con una expresión que decía claramente: *por fin, humanos, por fin*.

—¿Ves? —dijo Sofía, señalando al animal—. Hasta el gato está de acuerdo.

—El gato siempre está de acuerdo con todo.

—El gato está de acuerdo con lo que le conviene. Es muy listo.

Kaelen miró al animal, que le devolvió la mirada con una lentitud parpadeante.

—Ya —dijo—. Como su dueña.

—No soy su dueña. Soy su súbdita. Gato es el que manda en esta casa.

Gato maulló, satisfecho, dando la razón a Sofía.

Kaelen negó con la cabeza.

—Este castillo se ha vuelto loco.

—No. Solo se ha vuelto un poco más feliz.

Esa tarde, mientras Sofía supervisaba las obras del muro oeste, Kaelen se acercó a ella sin hacer ruido.

La observó un momento desde la distancia, con los brazos cruzados y una expresión que él mismo no sabía describir.

El sol incidía sobre su perfil, iluminando las pecas de su nariz y la mancha de cal en la mejilla.

Tenía las manos manchadas de mortero y el pelo recogido en un moño desastroso que se deshacía por momentos.

*Dioses*, pensó. *Qué suerte he tenido.*

Sofía lo vio y sonrió. No con esa sonrisa forzada de la mañana, sino con una auténtica, amplia, que le iluminaba la cara entera.

—¿Has venido a ayudar o a estorbar? —preguntó.

—A estorbar —respondió Kaelen.

—Pues estate quieto. Que si te mueves, me distraes.

Kaelen se quedó quieto.

Pero sus ojos no dejaron de mirarla ni un solo instante.