CAPÍTULO 20 El Muro de Hielo
Kaelen despertó con la sensación de que algo iba mal antes incluso de abrir los ojos.
No era el instinto guerrero, ese sexto sentido que le había salvado la vida en media docena de batallas.
Era algo más íntimo, más doméstico, más…
humano. La cama estaba tibia a su alrededor, el aroma de Sofía impregnaba la almohada de ella, y su cuerpo recordaba perfectamente el peso de la cabeza apoyada en su hombro, la respiración suave y rítmica, la forma en que sus dedos se habían enredado en el borde de su túnica antes de dormirse.
Pero algo fallaba. Algo en el aire era diferente.
Abrió los ojos.
La luz grisácea del amanecer se filtraba por las rendijas de las contraventanas como cuchillas de plata.
Sofía seguía a su lado, estaba allí, física, tangible, con el pelo castaño derramado sobre la almohada y los labios entreabiertos en un gesto que él conocía demasiado bien, pero Kaelen sintió que el mundo a su alrededor se encogía.
*¿Y si un día se va?*, pensó. *¿Y si la piedra la reclama? ¿Y si su mundo la necesita de vuelta?*
El pensamiento le golpeó como un hachazo en el pecho. Literal. Sintió el escozor en el esternón, la falta de aire, el pánico contenido que le subió por la garganta y se instaló en la mandíbula, tensándole los músculos.
*No puede irse*, se dijo. *Está aquí. Conmigo. Eligió quedarse.*
Pero la voz interior no le escuchaba. La voz interior era la de un niño de dieciséis años al que su madre se le había muerto sin avisar, la de un joven soldado que había visto a sus compañeros caer uno tras otro, la de un señor de la guerra que había aprendido que lo único permanente era la pérdida.
Se incorporó con lentitud, casi con sigilo, como si fuera a cometer un delito. Sus pies descalzos tocaron el suelo de piedra fría, una losa de granito que había visto tantos amaneceres como años llevaba el castillo en pie y el contacto le dolió más de lo razonable.
*No es una losa maldita*, se burló de sí mismo. *Es un suelo. Como cualquier otro.*
Pero no era como cualquier otro. Porque Sofía había apoyado las manos en aquella losa una vez, semanas atrás, y la piedra le había contado cosas que ella nunca le había repetido. La losa lo sabía. La losa guardaba su secreto.
Kaelen se vistió con la túnica gris de siempre, la que no necesitaba ayuda para abrocharse y que olía a cuero y a humo de fogata, con los dedos torpes por la falta de costumbre. El frío de la mañana le caló los huesos, o eso le pareció, y al salir de la habitación no se atrevió a mirar atrás.
En el marco de la puerta se encontró con Gato, que lo observaba con sus ojos amarillos desde el suelo como un juez que dictara sentencia.
—Tú no has visto nada —murmuró Kaelen.
Gato parpadeó lentamente. Su expresión decía: *ya lo creo que he visto, y además voy a contarlo*.
—Eres… —gruñó Kaelen y bajó las escaleras.
El gran comedor estaba vacío cuando llegó.
Las velas de la noche anterior se habían consumido hasta los candelabros, dejando un rastro de cera derretida sobre la madera de la mesa.
Los tapices de las paredes, aquellos que había mandado cepillar para la fiesta, seguían allí, con sus colores desvaídos y sus figuras de batallas antiguas.
Kaelen se sentó en la cabecera, como siempre y esperó.
No sabía qué esperaba. Quizás que ella no bajara. Quizás que bajara y lo mirara con rencor. Quizás que la piedra se abriera bajo sus pies y se lo tragara para ahorrarle la vergüenza de tener que explicarse.
Sofía apareció media hora después, con el pelo aún húmedo y una expresión que mezclaba el sueño y la inquietud.
Llevaba el vestido azul claro, el mismo de la cena incómoda de semanas atrás, aquel en el que su cuello parecía más largo y sus muñecas más finas, y que a Kaelen le recordaba peligrosamente a la noche en que ella se había perdido por los pasillos y Lina tuvo que ir a buscarla y en el pecho el colgante de piedra brillaba con una luz tenue.
—Buenos días —dijo ella, sentándose frente a él con toda la naturalidad del mundo.
Kaelen no levantó la vista del plato de pan moreno que llevaba cinco minutos cortando en trozos simétricos.
—Buenos días —respondió, y su voz sonó tan distante que hasta él mismo la encontró extraña.
El silencio que siguió fue tan denso que Thurmond, que desayunaba en el otro extremo de la mesa, dejó de masticar y los observó con una mezcla de diversión y preocupación.
El anciano tenía un trozo de queso a medio camino entre el plato y la boca, y allí se quedó, congelado, como si presenciara una obra de teatro especialmente interesante.
—¿Has dormido bien? —preguntó Sofía, con una dulzura que sonaba forzada.
—Sí.
La palabra fue un hachazo. Corta, seca, mortal.
Sofía enarcó una ceja.
—¿Solo sí?
—¿Qué quieres que diga? Que he soñado con ovejas.
—Podrías decir que has soñado conmigo.
—No he soñado contigo.
—¿Ni un poquito?
—Ni un poquito.
Ella dejó el cuchillo sobre la mesa. El tintineo del metal contra la madera resonó en el comedor como una sentencia.
—Kaelen —dijo, apoyando los codos en la mesa y reclinándose hacia él—. ¿Ocurre algo?
Él fingió concentrarse en el pan, que ya estaba tan cortado que parecía un puzle.
—Nada.
—Eso ya lo has dicho.
—Porque es verdad.
—Mientes fatal.
—No miento.
—Mientes fatal y lo sabes.
Kaelen levantó la vista. Sus ojos grises se encontraron con los de ella, color avellana, brillantes, con ese destello de determinación que lo desarmaba siempre. Sintió que el pecho se le encogía aún más.
*No puedo*, pensó. *No puedo decirle que tengo miedo. No puedo decirle que esta noche, mientras la sentía respirar a mi lado, me he imaginado despertando sin ella. No puedo.*
—La guerra no ha terminado —dijo, y su voz sonó más fría de lo que pretendía—. Caspian sigue ahí. Y yo no puedo permitirme distracciones.
Sofía parpadeó como si le hubiera abofeteado.
—¿Distracciones? —repitió—. ¿Eso soy yo? ¿Una distracción?
—No he dicho eso.
—Lo has insinuado.
—Has interpretado mal.
—No he interpretado nada. Eres un libro abierto, Kaelen. Y la página de hoy es muy clara: «Kaelen está siendo un imbécil a propósito porque tiene miedo de algo. Fin de la página».
Se levantó de la mesa con la misma parsimonia con que se levanta una tormenta. Thurmond, que había logrado recuperar el queso y lo masticaba con una lentitud exagerada, no apartó la vista del espectáculo ni un solo instante.
—No pienso quedarme aquí a desayunar con alguien que me trata como si fuera un mueble —sentenció Sofía—. Cuando tengas ganas de hablar como una persona normal, ya sabes dónde encontrarme.
Y salió del comedor sin mirar atrás, con Gato a sus talones y una dignidad que a Kaelen le pareció tan impresionante como aterradora.
Lina, que estaba en la puerta con la bandeja de fruta, se apartó a un lado para dejarle paso y le dirigió una mirada a Kaelen que decía, más claramente que cualquier palabra: *tonto, tonto, tonto*.
Kaelen se quedó solo en el gran comedor, con el pan hecho trizas, la mantequilla derritiéndose sobre el plato y un nudo en el estómago del tamaño de Roca Negra.
—Idiota —murmuró.
Las paredes no respondieron. Los tapices tampoco. Solo Thurmond, desde el otro extremo de la mesa, carraspeó con suavidad.
—Señor Kaelen —dijo el anciano—. Si me permite un consejo...
—No permito.
—Las mujeres como lady Sofía no se ganan con silencios. Se ganan con palabras. Y usted, perdone la franqueza, tiene un vocabulario de combate más amplio que el que está usando ahora.
Kaelen lo fulminó con la mirada, pero Thurmond no se inmutó. El viejo sabio llevaba demasiados años aguantando miradas asesinas como para amilanarse ante una más.
—No me importa tu consejo —gruñó Kaelen.
—Ya, ya —respondió Thurmond, retomando el queso—. Pero me ha quedado bonito.
Kaelen abandonó el comedor sin despedirse.
El castillo estaba despierto cuando Sofía empezó a buscarlo.
No se había perdido —para variar, y ese detalle la enfureció aún más porque habría preferido tener una excusa para estar de mal humor que no fuera él—, y recorrió los pasadizos de servicio, el patio de armas, las cocinas y hasta la torre del homenaje con la determinación de un sabueso tras una presa fugitiva.
Lina la seguía a prudente distancia, con un cesto de vendas en la mano y una expresión que oscilaba entre la preocupación y el divertimento.
—Señora —dijo al fin, cuando llevaban una hora buscando sin éxito—, quizás el señor Kaelen está en la torre este. Suele ir allí cuando quiere pensar.
—Pues yo no quiero que piense —espetó Sofía—. Quiero que hable. Que explique. Que deje de ser un borde.
—Los hombres son así, señora. Cuando tienen miedo, se callan.
—¿Miedo? ¿De qué?
Lina dudó.
—De perder lo que quieren —respondió, con una sabiduría que Sofía no le conocía—. Mi padre era igual. Cuando mi madre se enfadaba, él se iba al bosque. Dice que los árboles no discuten.
Sofía resopló.
—Pues yo no soy un árbol.
—No, señora. Es usted mucho más guapa.
Sofía no supo si reír o darle las gracias, así que hizo ambas cosas y siguió caminando.
La encontró, finalmente, en la torre este, tal como Lina había pronosticado.
Kaelen estaba apoyado en el parapeto, con la mirada perdida en el horizonte y la mandíbula tensa.
El viento del acantilado le alborotaba el pelo y le pegaba la túnica al cuerpo, marcando la anchura de sus hombros y la línea de su espalda.
A Sofía se le ocurrió, a pesar de todo, que estaba ridículamente bueno incluso cuando intentaba ser un idiota.
—Llevo dos horas buscándote —dijo, apoyándose en el marco de la puerta con los brazos cruzados.
Kaelen no se volvió.
—Deberías haberme mandado un mensajero.
—Muy gracioso.
—No pretendía ser gracioso.
—Ya lo sé. Por eso da más pena.
Kaelen apretó los dientes y Sofía vio como el músculo de su mandíbula se tensaba bajo la cicatriz. Dio un paso hacia él. Luego otro. El viento le azotó la cara, pero ella no parpadeó.
—¿Qué cojones te pasa? —preguntó, sin rodeos.
—Nada.
—Di «nada» otra vez y juro que te tiro por la almena.