Lords de los cielos CAPÍTULO 19 La Danza de los Halcones #2
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CAPÍTULO 19 La Danza de los Halcones #2

—Lord Kaelen —dijo, como si Sofía no estuviera allí—, si me permite un consejo... las esposas exóticas suelen ser difíciles de manejar. Pierden el encanto rápido. Yo, en su lugar, la mantendría...

—¿En mi lugar? —lo interrumpió Kaelen, y su voz sonó tan grave y peligrosa que hasta los músicos dejaron de tocar—. No está usted en mi lugar, lord Aldric. Está usted en mi castillo. En mi fiesta. Mirando a mi esposa. Y he de decirle que no me gusta cómo la mira.

El noble palideció.

—No pretendía ofender, mi lord. Solo quería...

—No pretendía ofender —respondió Kaelen, dando un paso hacia él—. Pero me ha ofendido. A mí. A mi esposa. A mi fiesta. Y a las piedras con ínfulas, que son muy sensibles y podrían decidir caerle a usted encima si siguen con ese tono.

El séquito dejó de reír. Sofía, a su lado, abrió la boca para decir algo, pero Kaelen la calló con un gesto de la mano.

—Mi lord —tartamudeó Aldric—, no pretendía...

—Ya lo ha dicho. No pretendía. Pero ha pretendido, y bien. Así que le voy a proponer un trato: cállese, siéntese en un rincón y no vuelva a dirigirle la palabra a mi esposa en lo que queda de noche. ¿Trato hecho?

Aldric asintió tan rápido que parecía una veleta en un huracán.

—Trato hecho, mi lord.

—Bien. Ahora vete.

El noble se fue. Su séquito lo siguió, trotando como perros avergonzados. El silencio que quedó en la sala fue tan absoluto que se oyó a Gato ronronear desde el alféizar de la ventana.

Sofía se volvió hacia Kaelen con una expresión que mezclaba el asombro y la diversión.

—¿Qué ha sido eso?

—Eso ha sido defenderte —respondió Kaelen, sintiendo como la ira le hervía en el pecho—. Y si alguien vuelve a mirarte así, voy a hacer algo peor.

—¿Como qué?

—No lo sé. Pero será peor.

Sofía rio, y aquella risa le recorrió la espina dorsal como una caricia. Luego ella le tendió la mano.

—Sácame a bailar.

Kaelen parpadeó.

—¿Bailar? No sé bailar.

—Te enseñaré. Es fácil. Solo tienes que moverte al ritmo de la música.

—Yo no me muevo al ritmo de la música. Yo me muevo al ritmo de la guerra.

—Pues hoy te moverás al ritmo de la música. O tendrás que explicarle a todo el castillo por qué has humillado al noble y luego te has negado a bailar con tu esposa.

Kaelen la miró fijamente. Ella le devolvió la mirada con una sonrisa que era un desafío y una promesa a partes iguales.

*Maldita sea*, pensó. *Si hay algo que Sofía sabe hacer, es ponerle entre la espada y la pared.*

Le cogió la mano.

La mano de Sofía era suave y caliente, y Kaelen sintió como sus dedos se entrelazaban con los suyos con una naturalidad que le pareció milagrosa.

La condujo hasta el centro de la sala, donde los músicos, aún recuperándose del encontronazo con el noble, empezaban a tocar una melodía lenta y melancólica.

—No sé los pasos —susurró Kaelen, sintiéndose ridículamente vulnerable.

—No hay pasos —respondió Sofía, apoyando una mano en su hombro sano—. Solo hay movimiento. Tú me sujetas la cintura, yo te sujeto el hombro, y nos movemos.

—¿Y si piso tus pies?

—Me harás daño, pero te perdonaré. Eres mi esposo y acabas de humillar a un noble por mí.

—Lo he hecho porque era un cretino.

—Eso también. Ahora baila.

Kaelen bailó.

O más bien, se movió. Iba de un lado a otro con la gracia de un buey en una cristalería, pisando el vestido de Sofía cada tres pasos y disculpándose cada dos.

Pero ella no se quejaba. Solo se reía, con una risa suave que le cosquilleaba en el cuello, y se pegaba un poco más a él cada vez que se acercaban al rincón donde estaba Gato, que los miraba con el desprecio de quien ha visto demasiadas tonterías humanas.

—Estás mejorando —mintió Sofía, cuando el primer tema terminó y los músicos empezaron a tocar uno más rápido.

—No estoy mejorando. Estás mintiendo.

—Sí. Pero es una mentira piadosa.

Kaelen resopló, pero no soltó su mano. La segunda pieza era más animada, y los pocos nobles que se habían atrevido a acercarse al estrado empezaron a bailar a su alrededor, formando remolinos de seda y terciopelo.

Kaelen los ignoró. Solo veía a Sofía: sus ojos brillando a la luz de las velas, el colgante de piedra latiendo contra su pecho, el rubor de sus mejillas que no era solo del calor de la sala.

—Kaelen —dijo ella, en voz baja—. ¿Sabes qué siento ahora mismo?

—¿Sofocación? Porque yo estoy sudando como un cerdo.

—No. Siento que estoy donde debo estar. Contigo. Bailando. Aunque pises mis pies.

Kaelen sintió que el corazón se le aceleraba. La estaba mirando a los ojos, y sus ojos eran dos pozos profundos donde quería ahogarse. Lentamente, muy lentamente, inclinó la cabeza.

El primer beso fue suave, casi tímido. Sus labios apenas rozaron los de ella, como si temieran que fuera a romperse.

Sofía suspiró contra su boca, y aquel suspiro fue como una brasa que encendía un fuego en su vientre.

Kaelen apretó la mano en la cintura de Sofía, atrayéndola hacia él con más fuerza, sintiendo como sus pechos se pegaban a su pecho y como sus caderas se alineaban con las suyas en un movimiento que no tenía nada de casto.

Las manos de Sofía subieron por su espalda hasta enredarse en su cabello. Tiraba suavemente de los mechones, y cada tirón le recorría la espina dorsal como un latigazo de placer.

—Kaelen —susurró ella contra sus labios—. Estamos en medio de una fiesta.

—Ya lo sé —respondió él, sin soltarla.

—Todo el mundo nos mira.

—También lo sé.

—¿No te importa?

—No.

Sofía rio y aquella risa fue cálida y húmeda y se pegó a la piel de Kaelen como una caricia.

El segundo beso fue más profundo. La lengua de él entró en su boca con una lentitud deliberada, recorriendo el paladar, lamiendo los dientes, saboreándola.

Sofía gimió, un sonido ahogado que ella misma tapó con el beso y Kaelen sintió como temblaba en sus brazos.

No era frío. Era deseo. Puro y simple y tan poderoso que casi le nublaba la vista.

—Podríamos irnos —sugirió Kaelen, separándose apenas un milímetro.

—No podemos. Es tu fiesta.

—Organizaré otra.

—Eres un borde.

—Ya lo sé. Pero me quieres.

Sofía sonrió y apoyó la frente en su hombro.

—Te quiero —admitió—. A pesar de que pises mis pies y me lleves a bailar sin saber los pasos.

—¿Te he pisado?

—Una docena de veces. Pero he dejado de contar.

Kaelen rio y la besó en la frente. Luego en la mejilla. Luego en la comisura de los labios. Sofía se dejó querer, con los ojos cerrados y una sonrisa que no se borraba.

A su alrededor, la fiesta seguía. Los músicos tocaban, los nobles bailaban, Gato ronroneaba desde el alféizar de la ventana.

Pero Kaelen y Sofía ya no estaban en el centro de la sala.

Estaban en el centro de su propio mundo, un mundo de dos donde la guerra no podía entrar ni las profecías podían romper.

Cuando la pieza terminó y los músicos hicieron una pausa para beber, Sofía abrió los ojos y lo miró fijamente.

—Eso ha sido bonito —dijo.

—¿El baile? —preguntó Kaelen.

—El baile. Los besos. Tú defendiéndome del noble. Todo. Ha sido una noche perfecta.

Lo creía realmente.

—¿Perfecta? He pisado tus pies una docena de veces.

—Por eso es perfecta. No sería nuestra si no hubieras pisado mis pies al menos una.

Kaelen negó con la cabeza, pero no pudo evitar sonreír.

—Eres un caso, Sofía.

—Lo sé. Es mi encanto.

Se quedaron en silencio un momento, las frentes juntas, las manos entrelazadas. La sala bullía a su alrededor, pero ellos permanecían quietos, anclados en ese instante que parecía querer durar para siempre.

—Kaelen —dijo ella.

—¿Mmm?

—Hagamos esto más a menudo.

—¿Bailar?

—Bailar. Enamorarnos. Defender al otro de los nobles cretinos.

Enamorarnos. Eso era realmente algo grande. Algo que no esperaba al acabar en un mundo extraño y con magia.

—Eso último se puede arreglar. Los nobles cretinos son muchos.

—Pues iremos uno a uno.

Kaelen sonrió y la besó una vez más. Fue un beso breve, casto, pero cargado de significado.

—Trato hecho —dijo.

—Trato hecho —repitió ella.

Gato maulló desde la ventana, como diciendo *podéis dejar de besuquearos ya, que la cena se enfría*. Pero ni Kaelen ni Sofía le hicieron caso. Y la noche siguió su curso, llena de música, de risas y de dos almas que, por fin, habían dejado de bailar solas.