CAPÍTULO 19 La Danza de los Halcones
Nunca, en los treinta y seis años que Kaelen llevaba sobre este mundo, había visto algo tan absurdo como el salón del trono engalanado para una fiesta.
Las paredes de piedra, que durante siglos solo habían conocido el humo de las antorchas y las manchas de sangre de los guerreros heridos, estaban cubiertas de guirnaldas de hiedra y lazos de seda azul.
Los tapices descoloridos, aquellos que Sofía solía criticar por representar batallas «con una perspectiva horrible», habían sido cepillados hasta que parecían casi nuevos.
En el centro de la sala, donde normalmente se reunía el consejo de guerra para discutir estrategias y contar cadáveres, se había montado un estrado con músicos que afinaban instrumentos de cuerda con la expresión de quien preferiría estar en cualquier otro sitio.
Los músicos, tres señores mayores que parecían haber sido rescatados de una taberna del puerto, discutían entre ellos sobre el tempo de una danza antigua.
El más viejo, un hombre calvo con una flauta que parecía haber sobrevivido a dos guerras, sostenía que había que tocarla «con el alma».
El otro, un violinista con gafas de metal, insistía en que «el alma no vale nada sin ritmo».
El tercero, un percusionista que llevaba media hora afilando sus baquetas contra una piedra, se limitaba a asentir y a beber de una bota de cuero que no había soltado en toda la tarde.
—Esto es una locura —murmuró Kaelen, apoyado contra la pared con los brazos cruzados y una expresión que pretendía ser severa pero que en realidad escondía un pánico que no sentía ni en el campo de batalla.
Dain, a su lado, se ajustó el collar de la túnica de gala con los dedos vendados.
—Una locura necesaria, mi lord. La gente necesita celebrar. Han sobrevivido a su primer asedio.
—No fue un asedio. Fue un derrumbe controlado. Y no estamos en paz todavía —gruñó Kaelen.
—La gente no entiende de derrumbes controlados. Entiende de fiestas.
Kaelen bufó exasperado.
—Yo no entiendo de fiestas.
—Eso lo sabemos todos, mi lord.
Dain sonrió, y Kaelen sintió el impulso de estrangularlo.
Como segundo al mando, Dain tenía el derecho —y el deber— de decirle las cosas a la cara, pero eso no significaba que a Kaelen le gustara.
El pelirrojo llevaba una camisa blanca que le quedaba demasiado ajustada, y la cicatriz de su ceja parecía más roja de lo habitual bajo la luz de las velas.
Le faltaban dos dedos de la mano izquierda, pero la gente apenas lo notaba porque se pasaba el día agitando la copa con la derecha.
—¿Dónde está Sofía? —preguntó Kaelen, escaneando la sala con la esperanza de encontrarla y aferrarse a ella como un náufrago a un madero.
—Subiendo. Lina la está ayudando a arreglarse. Ha dicho que estará aquí en diez minutos.
Esa historia ya le sonaba demasiado.
—Lleva veinte diciendo que estará en diez minutos.
—Las mujeres son así, mi lord. Mi esposa tardaba horas en prepararse para las fiestas.
—¿Tenías esposa?
—Tuve. Murió hace quince años. De vieja.
—¿De vieja a los veinticinco?
—De vieja de espíritu, mi lord. No soportaba mis chistes.
Kaelen no supo si reír o darle el pésame, así que hizo lo que mejor sabía hacer: frunció el ceño y volvió a mirar hacia la puerta principal.
La ansiedad le retorcía el estómago como una serpiente envenenada.
No era la guerra, a la guerra le temía lo justo, el temor sano que mantiene vivo a un soldado.
Era la idea de tener que socializar con decenas de personas que querían darle la mano y felicitarle y contarle sus problemas en medio de la fiesta.
La guerra era fácil. La guerra tenía reglas claras: ellos o nosotros.
Las fiestas eran territorio desconocido, lleno de trampas sociales que él nunca había aprendido a sortear.
Aldric, que pasaba cerca con una bandeja de copas, se detuvo a su lado con la timidez habitual.
—Mi lord, ¿desea vino?
—No.
—¿Agua?
—No.
—¿...algo?
—No.
Aldric asintió y siguió su camino con la expresión de un hombre que acaba de sobrevivir a un encuentro con un lobo.
—Eres un borde —dijo una voz conocida a su espalda.
Kaelen se giró. El nudo en el estómago se deshizo de golpe.
Sofía estaba en el umbral de la puerta, con Lina a su lado y una expresión que mezclaba el orgullo y la vergüenza en partes iguales.
Llevaba un vestido que Kaelen no le había visto nunca.
Era de color azul noche, el mismo azul profundo del mar cuando la tormenta se aleja, con mangas largas que se estrechaban en las muñecas y un escote que dejaba entreve la curva de sus senos sin ser vulgar.
El corpiño ajustado marcaba su cintura, y la falda caía en pliegues suaves hasta rozar el suelo.
En el cuello, el colgante de piedra brillaba débilmente contra su piel pálida.
Llevaba el pelo suelto, con ondas que le caían sobre los hombros, y en las mejillas un rubor que no era solo del calor de la sala.
—Dioses —murmuró Kaelen, sin poder evitar que la palabra se le escapara.
Sofía enarcó una ceja.
—¿Dioses?
—Estás... diferente.
—¿Diferente bueno o diferente malo?
—Diferente. No sé.
Dain, a su lado, soltó una carcajada que se convirtió en tos cuando Kaelen lo fulminó con la mirada. Sofía se acercó a él con paso lento, y cada pisada que daba sobre el suelo de piedra parecía resonar en el pecho de Kaelen como un tambor lejano.
—Me alegro de que te guste —dijo ella, deteniéndose a un palmo de distancia—. Lina y Marta han estado cosiendo durante tres días. Es el vestido que llevaba Elara en su ajuar, pero le hemos bajado el escote y añadido el azul de la casa de Roca Negra.
—No sabía que la casa de Roca Negra tuviera azul.
—Tiene. Es un azul muy bonito. Como el mar de noche.
—Nunca he visto el mar de noche.
—Pues tendrás que bajar al acantilado conmigo algún día.
—Iré.
Sofía sonrió, y aquella sonrisa desarmó a Kaelen por completo. *Quédate quieto*, se ordenó a sí mismo. *No le digas que es la mujer más hermosa que has visto en tu vida. No le digas que el vestido azul le sienta mejor que la ropa de diario. No le digas que se te ha secado la boca de solo mirarla.*
—Estás muy guapa —consiguió articular al fin.
Sofía enarcó una ceja.
—¿Solo guapa?
—Guapa. Muy guapa. No sé. No soy bueno con las palabras.
—Ya lo sé. Pero se agradece el intento.
Entonces apareció el noble.
Era un hombre alto, delgado, con una barba recortada al milímetro y una túnica de terciopelo verde que debía de costar más que el salario anual de todo el ejército de Kaelen.
Llevaba un anillo en cada dedo y una cadena de oro alrededor del cuello tan gruesa que parecía una cadena de perro.
A su alrededor, un séquito de otros nobles menores —también engalanados, también perfumados, también inútiles— lo seguía como una estela de colonia barata.
Kaelen lo reconoció al instante. Era lord Aldric de Valdoria, otro Aldric, no el muchacho nervioso que servía a sus órdenes, un primo lejano de Caspian que se había pasado la guerra escondido en su castillo del sur y que ahora, con Caspian derrotado, acudía a Roca Negra para «felicitar» al vencedor.
Kaelen lo conocía de las reuniones de la corte, donde siempre se mantenía en un segundo plano, asintiendo con la cabeza y guardando silencio.
Los silenciosos eran los más peligrosos.
Los silenciosos eran los que esperaban su momento, y aquel momento parecía haber llegado.
—Lord Kaelen —dijo el noble, con una reverencia tan profunda que rozó el suelo con la nariz—. Qué honor tan gran tenerle de vuelta. Qué victoria tan... aplastante. Qué...
—Aldric —lo interrumpió Kaelen, con la voz más cortante que un cuchillo recién afilado—. ¿A qué debemos el honor de su visita?
El noble se enderezó, y Kaelen notó como sus ojos recorrieron la sala antes de posarse en Sofía. La recorrieron de arriba abajo con una lentitud que le provocó arcadas.
—He oído maravillas de su esposa —dijo, con una sonrisa que no le llegaba a los ojos—. Lady Elara de Monteverde. O... ¿cómo se llama ahora?
Sofía sostuvo su mirada sin pestañear. No iba a esconderse, la gente hablaba y se notaba que no creían que era Lady Elara. Ella ya no existía, solo era Sofía e iba a reclamar su puesto y ese cuerpo.
Además, la familia de Elara ahora era leal a Caspian. Ser ella no les beneficiaba porque el reino se había fragmentado entre los nobles que apoyaban a Kaelen y los que apoyaban a Caspian.
—Sofía.
—Sofía —repitió el noble, como si probara un vino nuevo—. Qué nombre tan... original.
—Es un nombre extranjero —dijo ella, con una calma que Kaelen sabía falsa—. Vengo de un país lejano.
—Así me han contado. Dicen que habla con las piedras. ¿Es cierto?
—Depende de quién lo cuente.
—Yo lo cuento. ¿Es cierto?
Sofía sonrió, y aquella sonrisa heló la sangre de Kaelen. *La conozco*, pensó. *Esa sonrisa significa que está a punto de decir algo que va a sacar de quicio a este cretino.*
—Las piedras me escuchan —dijo ella—. Pero no todas aceptan mi conversación. Las piedras esnobs, sobre todo, se niegan a hablar conmigo.
El noble parpadeó.
—¿Piedras... esnobs?
—Sí. Son las que creen que son mejores que las demás porque las ha tallado un cantero famoso. O porque han estado en un castillo importante. En mi país, las llamamos piedras con ínfulas.
El séquito del noble soltó una risita nerviosa que se ahogó en seco cuando su señor los fulminó con la mirada. Kaelen apretó los puños a los costados. La tensión en la sala era tan densa que se podía cortar con la espada que colgaba de su cinto.
—Qué interesante —dijo Aldric, forzando una sonrisa—. Sin duda, lady Sofía es una mujer de mundo.
—De dos mundos, en realidad —corrigió ella—. Pero no quiero aburrirle con detalles. Sé que los nobles tienen poco tiempo y mucho que cotillear.
El séquito volvió a reír. Esta vez, ni siquiera la mirada de Aldric logró silenciarlos del todo. El noble frunció el ceño y dio un paso hacia Kaelen, bajando la voz.