CAPÍTULO 18 Conversaciones de Medianoche #2
—Pues créelo. Soy una maga de tierra, pero no sé controlarme. Y sin embargo... la Madre de la Piedra me eligió a mí. Me dijo que yo era la que despertaba. Que podía canalizar su poder. Que el fuego y la tierra se unirían. ¿Sabes lo que significa eso?
Kaelen la miró fijamente, los ojos grises brillando a la luz de las velas.
—Significa —continuó Sofía— que no estamos solos.
Tú y yo somos iguales. Los dos tenemos poderes que no controlamos del todo.
Los dos tenemos miedo de hacer daño. Los dos llevamos cicatrices que nadie ve.
Y los dos estamos en este castillo, en esta guerra, en esta vida, porque alguien o algo decidió que teníamos que estar juntos.
Así que no vuelvas a decirme que eres un monstruo incompleto, ¿me oyes?
Porque si tú eres un monstruo incompleto, yo soy una arquitecta incompleta que habla con las piedras y te quiere.
—¿Me quieres? —preguntó Kaelen, con una voz tan baja que Sofía apenas la oyó.
—Te quiero —respondió ella, sin dudarlo—. Con tus cicatrices, con tu fuego incontrolable, con tu mal humor y tu incapacidad para decir cosas bonitas. Te quiero. Y no voy a dejar que te aísles de mí. Así que acostúmbrate.
Kaelen se quedó en silencio durante lo que pareció una eternidad. Luego, con un movimiento tan rápido que Sofía no pudo anticiparlo, la atrajo hacia él con la mano sana y la besó.
No fue un beso suave. Fue hambre, necesidad, meses de soledad y miedo y deseo contenidos que estallaban de golpe.
Sofía sintió que el mundo se reducía a la presión de sus labios, al calor de su cuerpo, al sabor a vino y a hierbabuena que se mezclaba en sus bocas.
Las manos de Kaelen, incluso la herida, se enredaron en su pelo, y las de Sofía se aferraron a sus hombros desnudos con la fuerza de quien se agarra a un salvavidas en medio de una tormenta.
—Espera —jadeó Sofía, separándose apenas un centímetro—. Estás herido. No deberías hacer movimientos bruscos.
—Al infierno con los movimientos bruscos —respondió Kaelen y volvió a besarla.
El beso fue profundo, hermoso. La lengua de Kaelen recorrió la boca de Sofía como un hombre hambriento. Su mano, fuerte, la cogió de la nuca para que no se escapase como si temiera perderla.
La necesitaba más que respirar.
Se rieron entre besos, como dos adolescentes pillados en falta.
Luego Kaelen se quejó porque Sofía le había clavado sin querer un codo en el hematoma, y ella se disculpó con otro beso en la frente, y luego otro en la mejilla, y luego otro en la comisura de los labios.
Se besaron hasta que se les acabó el aire.
Se besaron hasta que el estofado de conejo se enfrió por completo sobre la bandeja.
Se besaron hasta que Gato, harto de ser ignorado, emitió un maullido de protesta tan agudo que parecía el silbato de un árbitro de fútbol.
—Ese gato —dijo Kaelen, maldiciendo entre dientes— es un demonio.
—Ya lo habíamos establecido —respondió Sofía, riendo—. Pero es nuestro demonio.
Gato, satisfecho de haber restablecido su posición como centro del universo, se enroscó a los pies de la cama con un ronroneo que sonaba extrañamente a «podéis seguir besándoos, humanos, pero no os olvidéis de que yo soy el que manda aquí».
Sofía se apartó de Kaelen con suavidad, resistiendo la tentación de seguir besándolo, y señaló la bandeja con un gesto firme.
—Ahora comes. Luego hablamos de la piedra. Y luego duermes.
—No tengo hambre —protestó Kaelen.
—Mentira. Tu estómago acaba de rugir tan fuerte que ha despertado a Gato.
—Gato no estaba dormido.
—Pero podría haberlo estado. Come.
Kaelen obedeció, porque discutir con Sofía cuando usaba ese tono de «señora del castillo» era como discutir con una avalancha: técnicamente posible, pero inútil.
Dio cuenta del estofado en silencio, mientras Sofía lo observaba con una mezcla de satisfacción profesional y ternura.
Comió el pan. Bebió el vino. Incluso aceptó un segundo plato cuando Sofía insistió en que necesitaba recuperar fuerzas.
—Ahora —dijo ella, cuando la bandeja quedó vacía—, cuéntame qué fue lo que viste. En la guerra.
Y Kaelen se lo contó.
Le habló del paso del norte, del frío que calaba los huesos y de las noches en vela esperando un ataque que nunca llegaba.
Le habló de Dain y de como perdió tres dedos defendiendo a un soldado joven que se había quedado atrapado bajo su caballo.
Le habló de la primera vez que mató a un hombre, cuando tenía diecisiete años, y de como había soñado con su rostro durante meses.
Le habló de la ira, esa ira que le hervía en el pecho desde niño y que solo se calmaba cuando luchaba, cuando el fuego salía de sus manos y consumía todo lo que tocaba.
—Es como una bestia —confesó, con la voz ronca—. Una bestia que llevo dentro y que a veces se escapa. Por eso me aparto de todos. Por eso no dejo que nadie se acerque. Porque tengo miedo de hacerles daño.
Sofía le cogió la mano. Notó las cicatrices de quemaduras en los nudillos, esas marcas que tanto había visto y que ahora entendía por fin.
—¿Sabes lo que hace un arquitecto cuando encuentra una grieta en un muro? —le preguntó.
Kaelen negó con la cabeza, desconcertado.
—No lo derriba. Lo repara. Refuerza los cimientos. Añade contrafuertes. ¿Y sabes lo que hace cuando encuentra un terreno inestable? Lo excava, lo drena, lo estabiliza. No huye. No abandona el edificio a su suerte. Se queda y lo arregla.
—Estás hablando de mí —dijo Kaelen, entendiendo.
—Estoy hablando de nosotros. Tú eres el fuego y yo soy la tierra. Tú ardes y yo sostengo. Tú destruyes y yo reconstruyo. No estamos rotos, Kaelen. Somos complementarios. Como el yin y el yang. Como el arco y la flecha. Como el estofado y el pan.
Kaelen enarcó una ceja.
—¿El estofado y el pan?
—Es un dicho de mi mundo —mintió Sofía, con descaro—. No cuestiones la sabiduría ancestral de mi tierra.
Kaelen resopló, pero Sofía vio la sonrisa que asomaba en sus labios. Luego él se inclinó hacia delante, apoyó la frente en el hombro de Sofía y suspiró. Un suspiro que salió de lo más hondo de su pecho.
—Nunca le había contado esto a nadie —murmuró—. Lo de la ira. Lo del fuego. Lo de la bestia. Nadie. Ni a Thurmond. Ni a Dain. A nadie.
Sofía le acarició el pelo con una ternura que no sabía que poseía.
—Pues ya era hora de que se lo contaras a alguien. Guardarse las cosas hace que pesen más.
—Tú también me has contado cosas —dijo Kaelen, alzando la vista para mirarla—. Lo de la Madre de la Piedra. Lo de tu mundo. Lo de tu madre.
—Sí. Pero yo hablo por los codos. Tú no. Así que tu confesión vale más que la mía.
Kaelen sonrió, y esta vez fue una sonrisa auténtica, amplia, luminosa. Tanto que Sofía sintió que el pecho se le ensanchaba y que el colgante de piedra se calentaba débilmente sobre su piel. Como si la Madre de la Tierra estuviera de acuerdo con todo lo que acababa de pasar.
—Deberíamos dormir —dijo Sofía, aunque su cuerpo protestaba ante la sola idea de separarse de él.
—Deberíamos —respondió Kaelen—. Pero no quiero.
—Yo tampoco. Pero si no descansas, mañana estarás insoportable y Jorund me echará la culpa a mí.
—Jorund siempre te echa la culpa a ti.
—Es verdad. Pero esta vez no quiero darle motivos. Ven. Túmbate. Yo me quedo aquí contigo.
Kaelen se tumbó en la cama, aún desnudo de cintura para arriba, con las vendas frescas brillando a la luz de las velas.
Sofía se acomodó a su lado, apoyando la cabeza en su hombro sano.
Gato, que había seguido la escena con un interés intermitente, se trasladó a los pies de la cama y se enroscó sobre los pies de Sofía, formando una bolsa de agua caliente felina de eficacia probada.
—Sofía —dijo Kaelen en la oscuridad.
—¿Mmm?
—Gracias. Por no salir huyendo.
—No iba a salir huyendo. Me pierdo por los pasillos.
Kaelen soltó una risa baja que vibró contra la mejilla de Sofía. Luego ella se incorporó un poco, apoyándose en el codo, y lo miró fijamente a los ojos.
—Kaelen. Prométeme una cosa.
—Lo que quieras.
—La próxima vez que sientas que la ira te desborda, no te apartes de mí. Búscame. Háblame. Cuéntamelo. Aunque sea a gritos. Aunque sea con palabras horribles. Pero no te escondas. No me dejes fuera. ¿De acuerdo?
Kaelen le sostuvo la mirada. Sus ojos grises, a la luz de la vela, parecían casi plateados.
—De acuerdo —dijo—. Te lo prometo.
—Bien. Ahora duerme.
—Sofía —la llamó él, cuando ella ya se había recostado de nuevo.
—¿Qué?
—Yo también te quiero. Por si no lo había dicho antes.
Sofía sonrió en la oscuridad, con una sonrisa tan grande que le dolieron las mejillas.
—Lo habías dicho. Pero se agradece la repetición.
Gato ronroneó a los pies de la cama, como si estuviera de acuerdo con todo. Y en el silencio de la noche, con el viento del mar golpeando contra los acantilados y la guerra esperando al otro lado de las colinas, Sofía y Kaelen se durmieron abrazados, sin miedo, sin ira, sin bestias que esconder.
Solo dos magos incompletos que, juntos, empezaban a ser enteros.