CAPÍTULO 18 Conversaciones de Medianoche
Sofía regresó a los aposentos de Kaelen diez minutos después.
Necesitaba estar al lado de Kaelen, pero jamás lo confesaría.
Solo regresó, cargando una bandeja con estofado de conejo, pan moreno, una jarra de vino aguado y suficientes vendas limpias como para vendar a un regimiento entero.
Lina la había ayudado a reunir los suministros, pero se había quedado prudentemente al pie de la escalera con la excusa de que tenía que ayudar a Marta con la cena de los soldados.
La excusa era tan transparente como el agua del pozo recién reparado, pero Sofía se la aceptó sin rechistar.
Gato, por supuesto, no se había quedado al pie de ninguna escalera.
El animal entró en la habitación pegado a los talones de Sofía, se subió a la mesa de un salto que desmentía su tamaño y se instaló sobre el mapa de las defensas del norte con la precisión de quien sabe exactamente dónde va a molestar más.
—Ese gato —dijo Kaelen desde la cama, donde se había sentado para quitarse la armadura con ayuda de Dain antes de que Sofía volviera— es un demonio.
—Es un gato —corrigió Sofía, dejando la bandeja sobre la mesa y apartando al felino con un gesto experto—. Todos los gatos son demonios. Es su estado natural.
Gato emitió un maullido de protesta que sonaba sospechosamente a «retira eso inmediatamente, humana, o me veré obligado a vomitar en tus zapatos». Sofía lo ignoró con la misma determinación con que ignoraba los comentarios de Jorund sobre la inclinación de los contrafuertes.
Kaelen se había quedado en camisola, una prenda de lino basto que le llegaba hasta medio muslo y que estaba manchada de sudor, barro y sangre seca.
El brazo izquierdo seguía en cabestrillo, pero se lo había aflojado para poder moverse con más libertad.
A la luz de las velas, Sofía pudo ver con claridad el alcance de sus heridas: el corte de la mejilla era superficial, apenas un arañazo, pero en el antebrazo derecho tenía una brecha larga y poco profunda que aún supuraba; en el costado izquierdo, justo debajo de las costillas, un hematoma del tamaño de un puño se extendía como un mapa de tinta morada; y en los nudillos de la mano derecha, la piel estaba tan agrietada que parecía el lecho seco de un río.
—Pareces un cuadro abstracto —dijo Sofía, acercando una silla a la cama—. De esos que cuelgan en los museos modernos y que nadie entiende pero todos aplauden.
—No sé qué es un museo —respondió Kaelen, con esa mezcla de curiosidad y fastidio que ponía siempre que Sofía mencionaba conceptos de su mundo—, pero asumo que me estás llamando desastre.
—Te estoy llamando desastre con cariño. Hay una diferencia.
Sofía se remangó las mangas del vestido, un gesto que a Kaelen le pareció inexplicablemente fascinante, y empezó a extender los ungüentos sobre la mesa.
El primero era una pasta verdosa que olía a hierbabuena y a algo amargo que Sofía no supo identificar; según la etiqueta escrita por Thurmond, servía para prevenir infecciones.
El segundo era un bálsamo de color miel que olía a cera de abeja y tomillo, indicado para los hematomas.
El tercero era un frasco de lo que Thurmond llamaba «agua de fuego», un antiséptico tan potente que Sofía había visto a un soldado desmayarse cuando se lo aplicaron en una herida abierta.
—Empecemos por el brazo —dijo, destapando el frasco de agua de fuego—. Esto va a escocer.
—He soportado cosas peores —respondió Kaelen, con estoicismo militar.
Sofía empapó un paño limpio en el líquido y lo aplicó sobre la herida del antebrazo. Kaelen no gritó, pero sus nudillos se blanquearon sobre la sábana y una vena se marcó en su cuello como una cuerda tensa.
—Cosas peores, ¿eh? —murmuró Sofía, sin apartar la vista de la herida.
—No me quejo —gruñó Kaelen entre dientes.
—Claro que no. Tú nunca te quejas. Eres un estoico guerrero del norte que soporta el dolor en silencio mientras pone cara de estar oliendo algo desagradable.
—No pongo cara de estar oliendo algo desagradable.
—La pones ahora mismo.
Kaelen la miró con una mezcla de indignación y desconcierto. Sofía le sostuvo la mirada con una ceja enarcada y una sonrisa que le bailaba en los labios. El momento de tensión se rompió cuando él resopló, derrotado.
—De acuerdo. Escuece. ¿Feliz?
—Mucho. La sinceridad es el primer paso hacia la curación. O eso decía mi madre.
El nombre de su madre se le escapó sin querer y Sofía sintió un pinchazo de nostalgia que prefirió ignorar.
Siguió limpiando la herida en silencio, aplicando la pasta verde con movimientos suaves y precisos.
Kaelen observaba sus manos con una atención que Sofía fingió no notar, aunque el calor que le subía por las mejillas la delataba.
—Ya está —anunció, cortando un trozo de venda limpia—. Ahora el hematoma. Quítate la camisola.
Kaelen obedeció con movimientos torpes, limitados por el cabestrillo.
La prenda cayó sobre la cama, dejando al descubierto un torso que Sofía ya conocía pero que seguía provocándole un vuelco en el estómago.
Las cicatrices que había visto en la noche que pasaron juntos seguían allí, pero ahora había otras nuevas: un corte en el hombro derecho, aún rosado; una quemadura reciente en el costado, probablemente de una flecha incendiaria; y el hematoma del tamaño de un puño, que bajo la luz de las velas parecía aún más grande de lo que había estimado al principio.
—¿Te duele al respirar? —preguntó, palpando la zona con suavidad.
—Un poco.
—¿Un poco o mucho? Porque si te duele mucho al respirar, puede que tengas una costilla fisurada.
Y si tienes una costilla fisurada, tendremos que vendarte el torso entero.
Y si te vendo el torso entero, no podrás moverte mucho durante unos días.
Y si no puedes moverte, tendré que darte de comer yo misma como si fueras un bebé.
Así que dime la verdad: ¿un poco o mucho?
Kaelen parpadeó, procesando la avalancha de información.
—Un poco —insistió—. Solo un poco.
Sofía lo miró con escepticismo, pero decidió creerle.
Tomó el bálsamo de color miel y empezó a extenderlo sobre el hematoma con movimientos circulares, aplicando la presión justa para que el remedio penetrara en la piel sin causar más dolor del necesario.
El contacto provocó que Kaelen cerrara los ojos y soltara un suspiro tan profundo que Sofía sintió el aire moverse contra su mejilla.
—Si sigues suspirando así —murmuró Sofía, sin apartar las manos—, voy a pensar que te está gustando.
—No me está gustando —respondió Kaelen, con los ojos todavía cerrados.
—Mientes fatal.
—Lo sé.
Sofía sonrió y continuó aplicando el bálsamo, esta vez deslizando los dedos hacia el hombro, hacia la base del cuello, hacia la clavícula.
No eran zonas heridas, pero ella necesitaba tocarlo.
Necesitaba sentir que estaba allí, entero, vivo.
Necesitaba asegurarse de que no era un sueño ni una visión de la piedra.
Y por la forma en que Kaelen inclinaba la cabeza hacia su mano, como un gato buscando caricias, supo que él necesitaba lo mismo.
—Te he echado de menos —dijo Sofía, sin dejar de acariciarle el hombro.
—Yo también —respondió Kaelen, abriendo los ojos—. Más de lo que esperaba.
—Eso ha sido casi bonito.
—No te acostumbres.
—No pienso hacerlo.
Se miraron. La luz de las velas danzaba sobre sus rostros, creando sombras que se movían como criaturas diminutas. Kaelen alzó la mano sana y le apartó un mechón de pelo de la mejilla, un gesto que a Sofía le pareció más íntimo que cualquier beso.
—He visto cosas —dijo él, con voz queda—. En la guerra. Cosas que no le he contado a nadie.
Sofía dejó el bálsamo sobre la mesa y le cogió la mano. No dijo nada. Simplemente esperó.
—No son las batallas —continuó Kaelen, con la mirada perdida en algún punto de la pared—.
Las batallas son... fáciles. Entras, luchas, matas o te matan.
Es limpio. Lo sucio es lo que viene después.
Los pueblos quemados. Las mujeres que lloran a sus hijos.
Los niños que se quedan solos porque sus padres han muerto defendiendo una tierra que no vale nada.
Y todo para que un hombre como Caspian se siente en un trono que no le pertenece.
Hizo una pausa. Su mano apretó la de Sofía con más fuerza.
—A veces —murmuró, como si confesara un crimen—, me enfado tanto que pierdo el control.
El fuego... mi fuego... no siempre me obedece.
Cuando era niño, mi padre me enseñó a contenerlo.
Me decía que la ira era el peor enemigo de un mago de fuego.
Pero yo no podía dejar de sentir ira. Contra los invasores, contra los traidores, contra cualquiera que hiciera daño a los inocentes.
Y cada vez que me enfadaba, algo ardía. Una cortina.
Un granero. Un árbol. Mi propia mano —levantó la mano derecha, mostrando las cicatrices de quemaduras antiguas que Sofía ya había visto en la noche de la despedida—.
Por eso me aíslo. Por eso me llaman el Carnicero.
No es solo porque mate enemigos. Es porque... porque no puedo confiar en mí mismo.
Sofía sintió que el corazón se le encogía.
Recordó lo que Thurmond le había contado sobre Kaelen: que su poder era inestable, que por eso vivía apartado de todos.
Pero oírlo de sus propios labios era diferente.
Era como ver cómo le quitaban la armadura a un guerrero y descubrir que debajo solo había un hombre asustado, herido, tratando de protegerse del mundo y de sí mismo.
—Kaelen —dijo, llevándose su mano al pecho—. ¿Sabes por qué la piedra me habla a mí?
Él negó con la cabeza, confuso por el cambio de tema.
—Porque soy igual que tú. No controlo mi poder del todo. Hace una semana, intenté encender una vela y casi quemo la biblioteca de Thurmond. Pregúntale a él si no. El techo todavía está chamuscado.
—Eso me han dicho —respondió Kaelen, con una sonrisa apenas esbozada—. Pero no me lo creía. Me siento más como un monstruo incompleto.