Lords de los cielos CAPÍTULO 17 El Regreso del Lord #2
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CAPÍTULO 17 El Regreso del Lord #2

Kaelen se dejó caer en una silla, con una mezcla de agotamiento y fascinación.

—He estado fuera un mes —murmuró—. Un mes.

Y en ese tiempo has convertido mi fortaleza en una ciudadela inexpugnable, has capturado a cuarenta y siete mercenarios sin derramar ni una gota de sangre, has puesto a una anciana al mando de las cocinas y has hecho un tapiz conmemorativo. ¿Se te ha olvidado algo?

Sofía fingió pensarlo.

—Ah, sí. He aprendido a leer la memoria de la piedra y he tenido una visión con la Madre de la Tierra, que por cierto es un espíritu milenario que duerme bajo el castillo y que al parecer soy la elegida para despertarla. Pero eso es un detalle menor.

Kaelen la miró fijamente. Luego, para sorpresa de Sofía, soltó una carcajada. Era una risa cansada, ronca, imperfecta, pero auténtica. Sofía sintió que el corazón se le calentaba como si acabara de beber un sorbo de chocolate caliente en pleno invierno.

—Eres increíble —dijo él, negando con la cabeza—. ¿Lo sabes?

—Me lo dicen a menudo —respondió Sofía, sirviéndole una copa de vino—. Bueno, no a menudo. Pero me lo he dicho a mí misma varias veces.

Kaelen bebió un sorbo de vino y la miró por encima del borde de la copa. Sus ojos grises, cansados pero intensos, la recorrieron de arriba abajo. Ya no era la mirada de evaluación que le había dirigido el primer día, cuando la veía como un mueble heredado. Era otra cosa. Más cálida. Más profunda.

—Sabes —dijo él, dejando la copa sobre la mesa—, la Elara que conocí hace dos meses no habría hecho nada de esto.

Sofía sintió un vuelco en el estómago. Era la primera vez que Kaelen mencionaba a la auténtica Elara desde aquella noche en que ella le había confesado la verdad.

—No —respondió ella, bajando la voz—. La Elara que conociste no habría hecho nada de esto. Se habría escondido en sus aposentos. Habría llorado.

—Se habría muerto de miedo —añadió él—. Y yo habría llegado hoy y me habría encontrado un castillo en ruinas.

—O peor. Un castillo tomado por Caspian.

Se produjo un silencio espeso, de esos que pesan como una manta de lana mojada.

Kaelen se puso de pie, lentamente, ignorando el dolor del brazo.

Dio un paso hacia ella. Luego otro. Hasta que estuvieron tan cerca que Sofía podía sentir el calor de su cuerpo y el latido de su corazón bajo la armadura.

—No eres Elara —dijo Kaelen, con esa voz grave que a Sofía le provocaba cosquillas en la nuca—. Nunca lo fuiste.

—No —admitió ella, sin apartar la mirada—. Nunca lo fui.

—Y sin embargo —continuó Kaelen, alzando la mano sana para apartarle un mechón de pelo de la mejilla—, eres la mejor esposa que podría haberme traído el destino. O la transmigración. O lo que sea que te trajo aquí.

Sofía sintió que las mejillas le ardían. Aquel hombre que no sabía expresar lo que sentía acababa de soltarle algo muy parecido a una declaración de amor. En su lenguaje, claro. Un lenguaje de pocas palabras y muchas cicatrices.

—Eso ha sido casi bonito —murmuró Sofía.

—No me acostumbro a las palabras bonitas —respondió Kaelen.

—Ya me he dado cuenta —dijo ella, y se puso de puntillas.

El beso fue diferente al de la noche de la despedida.

Aquel había sido hambriento, urgente, cargado de miedo y de incertidumbre.

Este era firme, sólido, como si los dos supieran que ya no había vuelta atrás.

Como si sellaran un pacto. Kaelen la sujetó por la cintura con la mano sana y la atrajo hacia él con una fuerza que desmentía su agotamiento.

Sofía le rodeó el cuello con los brazos, con cuidado de no tocarle el hombro herido, y se dejó besar hasta que los pulmones le pidieron aire.

Cuando se separaron, jadeando, Kaelen apoyó la frente contra la de ella. Olía a vino, a cuero gastado y a algo que Sofía identificó como jabón de sosa vegetal.

—Me alegro de que seas Sofía —susurró él—. Me alegro de que no seas Elara.

—Yo también —respondió ella—. Elara habría sido una esposa terrible para ti.

—Y tú eres... —Kaelen dudó—. No tengo palabras.

—¿Ves? Ya estás aprendiendo a decir cosas bonitas. «No tengo palabras» es mucho mejor que «herramienta».

Kaelen sonrió. Era una sonrisa pequeña, casi invisible, pero Sofía la cazó al vuelo y la guardó en un rincón de su memoria como un tesoro.

—Vas a tener que hacer ese informe de obras —dijo él, besándole la frente—. Pero luego, cuando terminemos con la guerra, te llevaré a algún sitio donde no haya piedras que reparar.

—¿A algún sitio con playa?

—No sé qué es una playa.

—Es como un acantilado, pero con arena en lugar de rocas.

—Entonces sí. A una playa.

Sofía sonrió, se apartó un mechón de pelo de la cara y se dirigió a la puerta con paso decidido.

—Ahora descansa. Yo voy a por el informe y el estofado. Vuelvo en diez minutos.

—Sofía —la llamó Kaelen cuando ya tenía la mano en el picaporte.

—¿Sí?

—Gracias. Por no rendirte.

Sofía le dedicó una última sonrisa antes de salir.

En el pasillo, Lina fingía estar muy ocupada revisando el cesto de vendas, pero el rubor de sus mejillas delataba que había escuchado hasta la última palabra.

Gato, naturalmente, la había acompañado en el espionaje y la miraba con sus ojos amarillos llenos de sabiduría ancestral.

—Ni una palabra, Lina —advirtió Sofía.

—Yo no he dicho nada, señora.

—Ni tú, Gato.

Gato parpadeó lentamente. Su expresión decía claramente: *yo nunca digo nada, humana, pero me entero de todo*.

Sofía bajó las escaleras con una sonrisa que le llegaba de oreja a oreja y el corazón más ligero de lo que lo había tenido en todo el mes.

Fuera, los soldados vitoreaban y alguien —probablemente Aldric— había empezado a cantar una canción de bienvenida bastante desafinada.

Marta batía palmas en la cocina. Borin descorchaba una barrica de vino.

El castillo de Roca Negra, por primera vez en semanas, estaba de celebración.

Y arriba, en sus aposentos, Kaelen se quedó mirando las margaritas del jarrón con una expresión que, si alguien la hubiera visto, habría descrito como la de un hombre que acaba de descubrir que la vida, a veces, da segundas oportunidades.