Lords de los cielos CAPÍTULO 17 El Regreso del Lord
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CAPÍTULO 17 El Regreso del Lord

El vigía de la torre más alta divisó la columna cuando el sol estaba en su cenit, y su grito resonó por todo el castillo como un trueno en mitad de la siesta.

—¡El señor Kaelen! ¡Se acerca el señor Kaelen!

Sofía, que estaba supervisando la instalación de los nuevos goznes en la puerta principal, sintió que el corazón le daba un vuelco tan violento que temió haberse tragado la lengua.

Dejó caer el cincel que sostenía, con tan mala suerte que casi le aplasta un dedo a Borin y salió corriendo hacia la muralla sin molestarse en limpiarse el polvo de la cara ni en recolocarse el corpiño, que llevaba torcido desde la hora del desayuno.

Gato, naturalmente, llegó antes que ella y se instaló en el centro del patio de armas con la pose de un general esperando a sus tropas.

Desde lo alto de la muralla, Sofía distinguió la columna.

Eran apenas una treintena de hombres, cansados, sucios, con las armaduras abolladas y los caballos al borde de la extenuación.

Al frente cabalgaba Kaelen, con el brazo izquierdo en cabestrillo, la mejilla cruzada por un corte reciente y una expresión tan avinagrada que parecía que acabara de morder un limón en mal estado.

Traía el ceño fruncido, la espalda rígida y esa aura de tormenta inminente que Sofía había aprendido a reconocer como su estado de ánimo por defecto.

—Viene de mal humor —murmuró Aldric, que se había acercado con su habitual sigilo nervioso.

—Siempre viene de mal humor —respondió Sofía, sin apartar la vista de Kaelen—. Si algún día vuelve sonriendo, será porque algo va muy mal.

—¿O porque la ha visto a usted? —aventuró Lina, que había subido a la muralla con un cesto de vendas y una sonrisa de alcahueta profesional.

Sofía le lanzó una mirada que pretendía ser fulminante pero que probablemente pareció agradecida.

Kaelen atravesó la puerta principal, la misma que Sofía había reforzado con goznes nuevos y un sistema de trancas dobles y desmontó con movimientos rígidos, propios de un hombre que llevaba demasiadas horas a caballo y demasiadas noches sin dormir.

Sus ojos grises recorrieron el patio de armas con una expresión que fue cambiando lentamente: primero fue incredulidad, luego confusión, y finalmente algo que se parecía peligrosamente al asombro.

Esperaba encontrar su castillo sitiado, sus murallas agrietadas y a su esposa escondida en sus aposentos, llorando como hacía la auténtica Elara. Lo que encontró fue otra cosa.

Vio las murallas reforzadas, con contrafuertes nuevos que desafiaban las leyes de la gravedad.

Vio las trincheras excavadas en zigzag, copiadas de un documental sobre la Primera Guerra Mundial que Sofía había visto una noche de insomnio.

Vio el portón con goznes relucientes y un nuevo rastrillo de hierro forjado por los herreros del castillo bajo supervisión directa de Borin.

Vio el pozo restaurado, rebosante de agua cristalina.

Vio a los soldados formando en orden, bien alimentados y descansados, con las armaduras reparadas y las armas afiladas.

Y olió pan recién horneado saliendo de las cocinas.

Parpadeó. Una vez. Dos veces. Luego se volvió hacia Dain, que desmontaba a su lado con la mano vendada y una expresión de incredulidad idéntica.

—Dain —dijo Kaelen, con voz peligrosamente calmada—. ¿Este es mi castillo?

—Eso parece, mi lord —respondió Dain, rascándose la cabeza con la mano sana—. Aunque no recuerdo que tuviera tantas... cosas.

Sofía se acercó con Gato en brazos, el delantal manchado de cal, el pelo recogido en un moño improvisado que se deshacía por momentos y una tablilla de arcilla en la mano donde había estado anotando el inventario de provisiones.

Sonreía, pero era una sonrisa profesional, de quien va a presentar un informe de resultados.

—Bienvenido a casa, Kaelen —dijo, deteniéndose a un par de pasos—. Llegas justo a tiempo para la cena. Hoy tenemos estofado de conejo.

Kaelen la miró fijamente. Sus ojos recorrieron el rostro de Sofía, su delantal sucio, la tablilla en la mano, el gato en brazos. Abrió la boca, la cerró y volvió a abrirla.

—Esperaba encontrarte llorando en tus aposentos —dijo al fin, con esa voz grave y rasposa que Sofía había echado tanto de menos.

—Pues siento decepcionarte —respondió ella, encogiéndose de hombros—. He estado muy ocupada. ¿Quieres el informe de obras ahora o prefieres ducharte primero?

—¿Informe de obras?

—Hecho. Con gráficos. Bueno, con dibujos. No esperes un Excel.

Kaelen la miró como si acabara de hablarle en chino. Se pasó la mano sana por la cara, en un gesto de agotamiento absoluto.

—He cabalgado tres días sin parar —dijo—. Tengo dos costillas fisuradas, un corte en el brazo y una deuda de sueño que podría matar a un caballo. Y lo primero que haces al verme es ofrecerme un informe.

Sofía asintió con gravedad fingida.

—Soy una esposa muy eficiente.

Dain soltó una carcajada que intentó disimular tosiendo, pero el gesto le provocó una punzada en la mano herida y la carcajada se transformó en una maldición ahogada.

Jorund, que había salido al patio con los otros capitanes, se cruzó de brazos y sonrió como quien presencia un espectáculo largamente esperado.

Aldric se tapó la boca con la mano. Varn se apoyó en la muralla, claramente divertido.

Hasta Marta, la abuela del valle, se había asomado a la puerta de la cocina con su labor de punto y una expresión de quien no piensa perderse ni un segundo de aquella conversación.

Kaelen, ignorando a su audiencia, dio un paso hacia Sofía. Estaban tan cerca que ella podía oler el cuero gastado de su armadura y el humo de las fogatas de campaña.

—El castillo está más fuerte que cuando me fui —dijo, en un tono que no era exactamente una pregunta.

—Sí —confirmó Sofía.

—Las murallas tienen contrafuertes nuevos.

—Dos en el muro oeste y uno en el norte. El del norte lo diseñé yo. El del oeste lo diseñó Borin, pero yo le corregí el ángulo.

—El portón tiene goznes nuevos.

—Y trancas dobles. Y un rastrillo de hierro forjado. Los herreros han trabajado a turnos durante una semana.

—El pozo funciona.

—Como un reloj suizo. Bueno, como un reloj de sol. No tenemos relojes suizos aquí.

—Y hay pan recién horneado.

—Marta se ha encargado de la cocina. Es una tirana con la levadura, pero los resultados hablan por sí solos.

Kaelen se quedó en silencio. Sus ojos grises seguían recorriendo el castillo, como si no terminara de creerse lo que veía.

Sofía aprovechó para estudiarlo a él: el corte de la mejilla era superficial, pero el brazo en cabestrillo le preocupaba más.

La postura rígida delataba dolor. Y las ojeras que le ensombrecían el rostro sugerían que no había dormido más de cuatro horas seguidas en todo el mes.

—Estás herido —dijo ella, abandonando por fin el tono profesional—. Y tienes cara de no haber dormido en un año.

—He dormido —respondió Kaelen, a la defensiva.

—¿Cuánto?

—...Unas horas.

—Mentira.

—Dos horas. Tres, como mucho.

—Eso no es dormir, Kaelen. Eso es una siesta mal echada.

Dain carraspeó a sus espaldas, con la delicadeza de un elefante en una cacharrería. A Sofía le encantó saber que empezaba a caerle bien al grandullón. Era un alivio.

—Mi lord, si me permite... la lady tiene razón. Lleva tres días sin pegar ojo. Y gruñe más de lo normal.

Kaelen contestó con un gruñido.

—Yo no gruño —gruñó Kaelen.

—Claro que no, mi lord —respondió Dain, con una sonrisa que desmentía sus palabras.

Sofía le tendió la tablilla a Lina, que la recogió con la eficiencia de una secretaria de dirección, y dejó a Gato en el suelo. Luego, sin importarle quién miraba, se acercó a Kaelen y le apoyó la mano sana en el pecho, justo sobre la armadura.

—Me alegro de que hayas vuelto —dijo, bajando la voz—. Y no pienso llorar. Así que no esperes lágrimas.

—No esperaba lágrimas —respondió Kaelen, con una voz extrañamente ronca—. Ya sé que no eres de las que lloran.

—Soy de las que arreglan cosas. Y ahora te voy a arreglar a ti. Vas a ir a tus aposentos, te voy a curar esas heridas, vas a cenar estofado de conejo y luego vas a dormir doce horas seguidas. Órdenes de tu esposa.

Kaelen enarcó una ceja.

—¿Órdenes? — Sofía asintió con firmeza. —Órdenes. Soy la dama del castillo. Pregúntale a Jorund si no. Me llaman 'la mandona'.

Jorund, desde el otro lado del patio, levantó el pulgar en señal de confirmación.

—Es verdad. Manda mucho. Y bien, además.

Kaelen miró a Jorund, luego a Sofía, luego otra vez a Jorund. El guerrero calvo le devolvió la mirada con total naturalidad, como si obedecer a una mujer que hablaba con las piedras fuera lo más sensato del mundo. La barba trenzada le tembló ligeramente con una sonrisa contenida.

—Está bien —cedió Kaelen—. Iré a mis aposentos. Pero el informe de obras lo quiero después de cenar.

—Trato hecho —dijo Sofía.

Subieron juntos por las escaleras de la torre del homenaje, seguidos a una distancia prudencial por Lina, que cargaba con vendas, ungüentos y una sonrisa tan ancha que parecía a punto de partírsele la cara.

Gato, naturalmente, se había adelantado y ya esperaba en el umbral de la puerta con la actitud de un guardián que concede permiso para entrar.

Los aposentos de Kaelen estaban tal como él los había dejado: espartanos, ordenados, con los mapas enrollados en un rincón y la espada de repuesto colgada en la pared. Pero alguien —Sofía sospechaba que Lina— había puesto flores frescas en un jarrón de barro sobre la mesa.

—Hay flores —dijo Kaelen, deteniéndose en seco—. En mi habitación. Hay flores en mi habitación.

—Son margaritas —respondió Sofía, cerrando la puerta—. Las trajo Marta del valle antes del ataque. Dijo que alegraban el ambiente y que un castillo sin flores era un castillo triste.

—Marta. La abuela del valle.

—La misma. Ahora dirige la cocina y ha organizado a las mujeres en turnos de costura. Hemos confeccionado cuarenta vendas, doce mantas y un tapiz que representa la batalla del paso del norte. Todavía no hemos decidido qué hacer con el tapiz, pero es muy bonito.