Lords de los cielos CAPÍTULO 16 El Primer Ataque #2
28%

CAPÍTULO 16 El Primer Ataque #2

—Son cuarenta y siete —respondió Sofía, sin apartar la vista del desfiladero—. Yo esperaba cincuenta. Han venido tres menos.

—¿Cómo sabe...?

—Ya te lo he dicho, Aldric. Lo he visto.

El muchacho tragó saliva y asintió, aunque sus manos seguían temblándole sobre la empuñadura de la espada.

Los mercenarios llegaron al punto exacto. Sofía lo reconoció por la roca con forma de seta que había memorizado en su visión, por la curva del camino, por la forma en que el sol incidía sobre la pared del acantilado. Era el momento. Cerró los ojos y apoyó las manos en la piedra de la muralla.

—Ahora —susurró.

La tierra rugió.

No fue un estruendo ensordecedor, sino un bramido profundo, como el de un animal despertando de un largo sueño.

El saliente rocoso se desprendió del acantilado con una lentitud majestuosa, como si la piedra estuviera tomándose su tiempo para asegurarse de que todo saliera según lo planeado.

Toneladas de roca cayeron sobre el desfiladero con una precisión quirúrgica, bloqueando el paso justo delante de la vanguardia mercenaria y justo detrás de la retaguardia.

Los hombres quedaron atrapados en un tramo de camino de apenas veinte metros, rodeados de escombros por delante y por detrás, pero sin que una sola piedra les cayera encima.

El silencio que siguió fue tan absoluto que se oyó el canto de un pájaro en el valle. Luego, un mercenario soltó un grito de pánico. Otro se tiró al suelo. Varios maldijeron en un idioma que Sofía no reconoció pero que sonaba muy ofensivo.

—Por todos los dioses —murmuró Jorund, con los ojos como platos—. Lo ha conseguido.

—Ya te lo dije —respondió Sofía, abriendo los ojos—. La piedra y yo somos amigas.

Aldric se asomó a la muralla, incrédulo. «No hay ni un solo muerto. Están todos vivos, solo que... atrapados. Como ratones en una ratonera.»

Varn soltó una carcajada que resonó en todo el patio de armas. «¡Habéis visto la cara del grandullón! ¡Parece que se ha meado encima!»

Sofía se incorporó y se sacudió el polvo de la túnica con una calma que no sentía del todo. Luego se volvió hacia Jorund.

—Ahora, capitán, creo que es el momento de parlamentar. Saque a dos hombres con bandera blanca y dígales a esos mercenarios que tienen dos opciones: rendirse y entregar las armas, o quedarse ahí atrapados hasta que se mueran de hambre.

—¿Y si no se rinden? —preguntó Jorund.

—Entonces les diremos que la bruja del castillo puede hacer que el derrumbe les caiga encima la próxima vez. Y no creo que quieran comprobarlo.

Jorund la miró un largo momento. Luego soltó una risa ronca y se fue a cumplir las órdenes.

El parlamento fue breve. Los mercenarios, todavía conmocionados por el derrumbe y visiblemente impresionados por la «bruja» que lo había provocado, aceptaron rendirse sin condiciones.

Depositaron las armas en un montón a la entrada del desfiladero y se dejaron escoltar hasta las mazmorras del castillo, donde pasarían el resto de la guerra a pan y agua.

Algunos, de hecho, parecían aliviados de no tener que seguir luchando para un usurpador que probablemente les había pagado la mitad de lo prometido.

Sofía los observó desfilar desde la torre del homenaje, con Gato en brazos y una taza de infusión caliente en la mano.

Se sentía extrañamente tranquila. No había sido una batalla, sino una operación quirúrgica.

Nadie había muerto. El castillo estaba a salvo.

Y ella acababa de descubrir que su poder no solo servía para encontrar grietas en las paredes.

—Has estado brillante —dijo una voz a sus espaldas.

Sofía se giró. Thurmond había subido a la torre sin hacer ruido, envuelto en su túnica de bibliotecario y con una sonrisa de satisfacción que le iluminaba el rostro arrugado.

—Solo he seguido tus consejos —respondió ella, encogiéndose de hombros—. Tú dijiste que la tierra era mi elemento. Yo solo la he escuchado.

—La has escuchado, la has guiado y has conseguido que obedeciera tu voluntad sin causar una sola muerte —Thurmond se apoyó en su bastón y la miró con orgullo—. Eso, lady Sofía, es algo que muy pocos magos pueden hacer. Incluido Kaelen.

Sofía sonrió y bebió un sorbo de infusión.

—¿Crees que él estaría orgulloso?

—Estoy seguro de que sí. Aunque probablemente no sabrá cómo decírtelo.

—Me conformo con que no me llame herramienta.

Thurmond soltó una risita seca y se alejó hacia la escalera, dejándola sola en la torre.

Sofía se quedó un rato más, mirando el horizonte.

En algún lugar más allá de las montañas, Kaelen seguía luchando.

Pero ahora sabía que podía ayudarlo. Que no era una damisela en apuros esperando a que su señor volviera.

Era una maga de tierra. La que despertaba. Y si algo había aprendido aquel día, era que despertar no significaba solo tener poder: significaba saber usarlo.

—Gato —dijo, rascando la cabeza del animal—. Creo que voy a cenar doble ración esta noche. Me lo he ganado.

Gato maulló, como diciendo *tú duplica lo que quieras, pero no te olvides de mi parte*. Sofía rio y bajó de la torre con el alma más ligera de lo que la había tenido en semanas.

Esa noche, en la biblioteca, Thurmond anotó en su diario personal:

Hoy, la transmigrante ha provocado su primer derrumbe controlado. Cero bajas. Máxima eficacia. Si esto sigue así, los dioses tendrán que buscarse otro empleo.