Lords de los cielos CAPÍTULO 16 El Primer Ataque
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CAPÍTULO 16 El Primer Ataque

Tres semanas sin Kaelen empezaban a notarse en todos los rincones del castillo.

No solo en la cama vacía y fría que Sofía seguía sin acostumbrarse a ocupar sola, sino en los detalles más insignificantes: las raciones se habían reducido a dos tercios, los soldados bostezaban en las guardias dobles, y hasta Gato había perdido el interés en perseguir las ratas del granero, quizás porque las ratas, sabiamente, habían emigrado a territorios mejor abastecidos.

Sofía, sin embargo, estaba extrañamente satisfecha.

Las obras avanzaban a buen ritmo, el drenaje del muro oeste funcionaba mejor de lo esperado, y aquella mañana incluso había logrado desayunar sin que nadie la interrumpiera con una emergencia.

Se había sentado en un rincón de la cocina con un tazón de gachas y un trozo de pan moreno, y había disfrutado de cinco minutos completos de silencio antes de que Lina apareciera con un pergamino en la mano y cara de circunstancias.

—Señora, ha llegado otro mensaje del frente —anunció la doncella, tendiéndole el pergamino enrollado con un cordel de cuero—. Lo ha traído un jinete esta mañana. Dice que viene de parte del señor Kaelen.

Sofía dejó el pan sobre la mesa y desenrolló el pergamino con dedos ligeramente temblorosos. La letra de Kaelen era tan escueta como siempre, pero cada trazo le resultaba dolorosamente familiar.

*Sofía, Caspian ha enviado una compañía de mercenarios hacia Roca Negra. Calculo que llegarán en dos o tres días. Son unos cincuenta. No intentes resistir por la fuerza. Cierra las puertas y espera mi regreso. K.*

El corazón de Sofía dio un vuelco. Leyó el mensaje dos veces, tres, y luego lo dejó caer sobre la mesa con una expresión que hizo que Lina diera un paso atrás.

—¿Mercenarios? —preguntó la doncella, nerviosa—. ¿Van a atacar el castillo?

—Eso parece —respondió Sofía, levantándose—. Pero Kaelen dice que no intente resistir por la fuerza. Como si yo fuera a salir a recibirlos con una espada.

—¿Y qué va a hacer, señora?

Sofía se quedó un momento en silencio, mirando el pergamino como si pudiera encontrar una respuesta oculta entre las líneas. Luego esbozó una sonrisa que a Lina le resultó peligrosamente parecida a la que ponía Gato antes de tirar un vaso de la mesa.

—Voy a hacer lo que sé hacer. Arreglar las cosas. Y para arreglar este problema, necesito hablar con Borin y con Jorund. Y con la piedra.

Media hora después, Sofía estaba en la sala del consejo con un mapa desplegado sobre la mesa y tres capitanes mirándola con expresiones que oscilaban entre el escepticismo y la curiosidad morbosa.

Jorund, el gigante calvo, se rascaba la barba trenzada.

Aldric, como siempre, se sentaba en un rincón con la espalda recta y las manos entrelazadas.

Y Varn, el capitán de la guardia nocturna, apoyaba los codos en la mesa con una ceja enarcada.

—Cincuenta mercenarios no son muchos —dijo Jorund, golpeando el mapa con un dedo—. Pero si vienen bien armados y conocen el terreno, pueden hacernos daño. Sobretodo si nos pillan con las puertas abiertas.

—No van a pillarnos con las puertas abiertas —respondió Sofía, señalando el camino de acceso al castillo—.

Mirad esto. El único acceso por tierra es este desfiladero estrecho que sube desde el valle.

Si conseguimos bloquearlo, no podrán llegar a la puerta principal con arietes ni con escalas.

Y si no tienen arietes ni escalas, no pueden tomar el castillo. Es matemática básica.

—Bloquearlo, ¿cómo? —preguntó Varn—. ¿Con una barricada?

—Con un derrumbe.

Los tres capitanes intercambiaron miradas. Jorund fue el primero en hablar.

—¿Un derrumbe de qué?

—De las rocas del acantilado. Hay un saliente inestable justo encima del desfiladero. Si provocamos un desprendimiento controlado, los escombros bloquearán el paso durante días.

—Eso es imposible —protestó Jorund—. Para provocar un derrumbe necesitaríamos colocar cargas de pólvora, y no tenemos suficiente.

Sofía apoyó las manos en la mesa y los miró a los tres.

—No necesito pólvora. Necesito que Borin y sus hombres coloquen unas cuñas de madera en puntos estratégicos del saliente, siguiendo mis instrucciones. Del resto me encargo yo.

—¿Usted? —preguntó Aldric, con su habitual timidez—. ¿Cómo?

—Digamos que la piedra y yo hemos llegado a un acuerdo —respondió Sofía, con una sonrisa enigmática—. Ella me cuenta sus secretos. Yo le pido favores.

Jorund la miró como si acabara de anunciar que pensaba derrotar a los mercenarios a base de recitarles poesía medieval. Pero Varn, que había presenciado varias de sus «conversaciones» con los muros del castillo, asintió lentamente.

—Déjenla intentarlo —dijo—. Peor que un ataque de cincuenta mercenarios no puede ser.

—Gracias por el voto de confianza, Varn —murmuró Sofía—. Me emociona tu fe en mí.

Esa tarde, mientras Borin y sus hombres colocaban las cuñas siguiendo las indicaciones precisas de Sofía, ella se apartó del grupo y se sentó en una roca al borde del acantilado.

Cerró los ojos y apoyó las palmas sobre la piedra, sintiendo el pulso de la tierra bajo sus dedos.

Ya no necesitaba esforzarse para oírla; era como sintonizar una emisora de radio que antes solo captaba con interferencias y ahora sonaba nítida y clara.

*La que despierta*, susurró la piedra, con esa voz antigua y cálida que ya reconocía. *Has vuelto.*

—Necesito tu ayuda —murmuró Sofía, sin abrir los ojos—. Hay hombres malos que quieren atacar mi castillo. Necesito que el saliente del acantilado se derrumbe cuando yo te lo diga. Justo cuando los mercenarios estén debajo. Sin matarlos, si es posible. Solo quiero asustarlos.

Sí, acababa de decir que era su castillo y no se arrepentía ni un poquito.

La piedra pareció meditar la petición. Sofía sintió una vibración que le recorrió los brazos, como si la roca estuviera riendo por lo bajo. *Eres curiosa, arquitecta. Pides un derrumbe sin sangre. La mayoría pediría lo contrario.*

—Soy una persona curiosa —admitió Sofía—. Y no me gusta matar. Prefiero arreglar cosas.

*Haré lo que pides. Pero tendrás que guiarme. Tu voluntad es mi voluntad, y mi fuerza es tu fuerza. Solo tienes que decirlo.*

Sofía abrió los ojos y miró el saliente rocoso que colgaba sobre el desfiladero.

Por un instante, vio lo que veía la piedra: las líneas de fractura que atravesaban la roca, los puntos débiles donde las cuñas de Borin ejercerían la presión justa, el momento exacto en que todo cedería.

Era tan claro como un plano de demolición.

—Voy a decirlo —susurró—. Y va a ser espectacular.

Esa noche, Sofía soñó con el ataque.

No fue un sueño normal, de esos confusos y fragmentados.

Fue una visión, nítida y detallada, como las que le concedía la piedra cuando tocaba los muros del castillo.

Vio a los mercenarios avanzando por el desfiladero al amanecer, con sus armaduras de cuero gastado y sus espadas oxidadas.

Vio sus rostros: hombres duros, mercenarios de fortuna, que no luchaban por lealtad sino por dinero.

Contó mentalmente: cuarenta y siete. Cuarenta y siete hombres armados que no esperaban encontrar resistencia.

Vio el momento exacto en que el primer hombre pisaría la zona del derrumbe.

Vio la roca cediendo, el polvo elevándose, el pánico en sus ojos.

Vio que no moría nadie, solo heridos leves, magulladuras y mucho susto.

Y vio a los mercenarios retrocediendo, maldiciendo, convencidos de que el castillo estaba maldito.

Se despertó con una certeza absoluta. Sabía exactamente cuándo y cómo atacarían. Y sabía que podía detenerlos.

—Gato —dijo en la oscuridad—. Mañana va a ser un día interesante.

El animal, enroscado a sus pies, ronroneó sin abrir los ojos.

El ataque llegó, tal como Sofía había visto en su visión, al amanecer del día siguiente. El sol apenas asomaba tras las montañas cuando el vigía de la torre más alta gritó: «¡Se divisan hombres armados en el desfiladero! ¡Son al menos cuarenta!»

Sofía ya estaba despierta. Llevaba una hora en la muralla, envuelta en una manta de lana, con Gato a sus pies y una taza de infusión fría en las manos.

Junto a ella, Jorund ajustaba su hacha con una expresión de concentración absoluta, y Aldric, visiblemente nervioso, no dejaba de cambiar el peso de un pie a otro como si estuviera bailando una danza incómoda.

—¿Está segura de esto? —preguntó Jorund por quinta vez.

—Estoy segura —respondió Sofía por quinta vez—. El derrumbe se activará cuando yo lo diga. Y lo diré exactamente en el momento adecuado.

—¿Y cómo sabe cuál es el momento adecuado?

—Porque lo he visto.

Jorund la miró de reojo. No preguntó más. Desde que Sofía había predicho con exactitud milimétrica tres grietas y un problema de drenaje que nadie más había detectado, los capitanes habían aprendido a no cuestionar sus «visiones». O, al menos, a no cuestionarlas en voz alta.

Los mercenarios avanzaban por el desfiladero en una columna desordenada.

Sofía los observó desde la muralla con una mezcla de fascinación y desapego profesional.

No eran soldados disciplinados. Eran hombres contratados por un usurpador, probablemente con la promesa de un botín que nunca verían.

Sus armaduras estaban gastadas, sus armas mal afiladas.

Algunos incluso reían y bromeaban mientras caminaban, como si tomar un castillo defendido por una mujer y un puñado de soldados fuera un paseo por el campo.

Uno de ellos, un tipo corpulento con una cicatriz en la ceja, se detuvo a beber de una bota de cuero.

Sofía entrecerró los ojos. Aquel hombre no era el capitán, pero algo en su actitud le dijo que era el líder.

Lideraba sin insignias, sin autoridad visible; lideraba porque los demás le seguían.

Era el hombre al que tenía que apuntar con su «discurso».

—Son más de los que esperaba —murmuró Aldric, pálido como la cal.