Lords de los cielos CAPÍTULO 15 El Susurro de la Tierra #3
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CAPÍTULO 15 El Susurro de la Tierra #3

La voz no venía de ninguna parte y venía de todas partes al mismo tiempo.

Era una voz femenina, grave y cálida, que resonaba en el pecho de Sofía como un segundo latido.

No se parecía a la mujer de los símbolos de las mazmorras, aquella figura espectral de túnica blanca.

Esta voz era más profunda, más antigua, más poderosa. Infinita.

—¿Quién eres? —preguntó Sofía, y su propia voz sonó diminuta en aquella inmensidad—. ¿Dónde estoy?

—Estás en el corazón de la piedra —respondió la voz—. En el lugar donde duerme lo que soy. Y lo que soy, tú lo serás.

El suelo tembló bajo sus pies. De las profundidades de la tierra surgió una figura, una forma que no era humana pero que Sofía pudo reconocer sin necesidad de ojos.

Era inmensa, tan vasta como las montañas que rodeaban Roca Negra, tan antigua como el primer grano de arena que se posó sobre el primer lecho de roca.

Su cuerpo era de piedra viva, surcado por venas de cuarzo que brillaban con una luz pulsante, y sus ojos eran dos géiseres de magma dorado.

Sofía sintió que las piernas le flaqueaban. No era miedo. Era reverencia. La misma sensación que debían de experimentar los antiguos al contemplar el mar por primera vez.

—Eres... —tartamudeó Sofía—. Eres lo que duerme bajo el castillo.

—Soy lo que duerme bajo todos los castillos —corrigió la figura—.

Bajo todas las montañas. Bajo todos los océanos.

Soy la Madre de la Piedra, el primer espíritu que habitó este mundo cuando aún era una bola de fuego y roca fundida.

Soy la memoria de todo lo que ha sido y la base de todo lo que será.

Sofía tragó saliva. Algo en su interior, algo que había estado dormido desde su llegada a Valdoria, se removió y despertó.

—¿Por qué me trajiste aquí? ¿Por qué yo?

La Madre de la Piedra extendió una mano colosal. Uno de sus dedos, del tamaño de una torre, rozó la frente de Sofía con una delicadeza imposible.

—Porque tú eres la que escucha. La que comprende.

En tu mundo, dedicaste tu vida a entender la piedra: cómo se coloca, cómo se desgasta, cómo se quiebra.

La respetaste. La amaste, aunque no lo supieras.

Y cuando la tierra tembló en tu ciudad y una piedra te golpeó la sien, yo estaba allí. Sentí tu muerte y vi la oportunidad.

—¿Oportunidad de qué? —preguntó Sofía, casi sin aliento.

—De salvarnos —respondió la Madre—. Este mundo está en peligro.

La guerra que se avecina no es solo entre hombres.

Hay fuerzas oscuras que buscan corromper los elementos, esclavizar a los espíritus, romper el equilibrio que sostiene la creación.

Mi poder se desvanece. Llevo milenios dormida, olvidada, ignorada.

Necesito a alguien que me despierte por completo.

Alguien que pueda canalizar mi poder sin romperse. Alguien que ya ame la piedra.

Sofía sintió que el corazón le latía tan fuerte que podía oírlo retumbar en las paredes de basalto.

—Pero yo no soy una heroína. Soy una arquitecta. Arreglo edificios, no mundos.

—Los mundos también necesitan que los arreglen de vez en cuando —dijo la Madre, y su voz sonó curiosamente divertida—. Y tú, Sofía Navarro, eres la mejor arquitecta que he encontrado en trescientos años.

La figura comenzó a desvanecerse, como si la luz que la iluminaba se estuviera apagando lentamente. El magma de sus ojos se volvió ceniza, y las venas de cuarzo dejaron de brillar.

—Espera —gritó Sofía—. No te vayas. No me has dicho qué tengo que hacer. ¿Cómo te despierto? ¿Cómo canalizo tu poder?

—La piedra te lo dirá —respondió la voz, ya lejana—. Confía en ella. Confía en ti. Y cuando llegue el momento, el fuego y la tierra se unirán. Como debe ser.

—¿El fuego y la tierra? ¿Qué significa eso?

Pero la Madre de la Piedra ya se había ido, y el suelo bajo los pies de Sofía comenzó a resquebrajarse. La oscuridad la envolvió como un manto.

Despertó en su cama, jadeando, con el colgante ardiendo sobre su pecho como si acabara de salir de una fragua. Gato, a los pies de la cama, la miraba fijamente con sus ojos amarillos.

—Tú sabías algo, ¿verdad? —le preguntó Sofía, con la voz ronca—. Tú siempre sabes algo.

Gato parpadeó lentamente. Luego se lamió una pata.

—Inútil —murmuró Sofía, pero esta vez lo dijo con una sonrisa.

Se levantó de la cama y se acercó a la ventana.

La lluvia había cesado, y las primeras luces del alba teñían el horizonte de un rosa pálido.

En algún lugar más allá de las colinas, Kaelen estaba luchando.

En algún lugar bajo sus pies, la Madre de la Piedra estaba esperando.

Y en algún lugar de su interior, un poder antiguo acababa de despertar.

Sofía apretó el colgante contra su pecho y sintió, por primera vez, que estaba exactamente donde debía estar.

—Soy una maga de tierra —dijo en voz alta, como si necesitara oírlo para creerlo—. Soy la que despierta. Y voy a salvar este puto castillo, esta puta guerra, y a ese puto hombre que no sabe decir lo que siente.

Gato ronroneó felizmente desde la cama.

Y en el patio de armas, la losa donde Sofía había apoyado la mano el día anterior brilló débilmente durante un instante, antes de volver a ser una losa anodina y gris. Pero algo había cambiado en ella. Algo que solo la piedra sabía.