Lords de los cielos CAPÍTULO 15 El Susurro de la Tierra #2
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CAPÍTULO 15 El Susurro de la Tierra #2

No era un recuerdo del pasado, sino algo diferente: una impresión, una huella emocional, como si la esencia de Kaelen se hubiera impregnado en la roca al pasar por allí.

Sofía sintió su determinación, su cansancio, su furia contenida bajo capas de disciplina militar.

Vio un campamento militar bajo la lluvia, tiendas de lona empapadas, caballos relinchando en la noche, un fuego que ardía a duras penas bajo un saliente de roca.

Vio a Kaelen inclinado sobre un mapa, con el ceño fruncido y una vela a punto de extinguirse.

Lo sintió pensar en ella, el calor de su recuerdo en medio del frío del campamento, la imagen de su rostro cruzándole la mente como un relámpago en la tormenta.

Abrió los ojos, con el corazón acelerado y un nudo en la garganta.

—¿Lady Sofía? —Lina estaba a su lado, con un cesto de vendas en las manos y el ceño fruncido por la preocupación—. ¿Otra vez las visiones? ¿Quiere que le traiga agua?

—No era una visión —respondió Sofía, todavía aturdida, con la voz temblorosa—. Era él. Kaelen. Está bien. Cansado, pero bien. Y... está pensando en mí.

Lina sonrió con esa expresión de quien ha visto demasiadas novelas románticas para sorprenderse.

—Eso es bueno, ¿no? Que piense en usted. Significa que no es la única que se pasa las noches en vela.

Sofía asintió, pero su mente seguía girando a toda velocidad.

No solo podía sentir la historia de la piedra y sus fracturas, sino que también podía sentir a las personas que habían dejado su huella en ella.

Las emociones, los pensamientos, la esencia misma de quienes habían amado, odiado, temido o deseado sobre aquellas losas.

Y si podía sentir a Kaelen a tanta distancia...

¿qué más podría hacer? ¿Qué límites tenía aquel poder?

Esa noche, en la biblioteca de Thurmond —con el techo aún chamuscado como recordatorio del desastre del día anterior—, Sofía compartió sus descubrimientos con el anciano.

La lluvia golpeteaba contra las vidrieras emplomadas, y el fuego de la chimenea proyectaba sombras danzantes sobre los lomos de los libros.

Thurmond la escuchó en silencio, con las manos entrelazadas sobre el estómago y una expresión de profunda satisfacción que le recordó a la de un maestro cuyo alumno favorito acaba de resolver un problema imposible.

—Es usted una maga de tierra —sentenció el anciano cuando ella terminó su relato—.

Y de las más poderosas que he visto en mis setenta años.

Lo que ha experimentado hoy se llama Lectura de la Memoria Pétrea.

Es una habilidad extremadamente rara, casi legendaria.

Permite al usuario acceder a la información almacenada en las rocas: su historia, su estructura, e incluso las huellas emocionales de quienes han estado en contacto con ellas.

Los últimos registros de alguien con ese don datan de hace trescientos años.

Sofía se dejó caer en la silla, agotada como si hubiera corrido una maratón, pero también extrañamente plena, como si acabara de encontrar una pieza de sí misma que no sabía que había perdido.

—¿Y lo de sentir a Kaelen? Eso no es historia antigua. Eso es presente. Está vivo y está pensando en mí ahora mismo.

—Las emociones intensas dejan marcas profundas en la piedra —explicó Thurmond, sirviéndole otra taza de infusión humeante—.

Kaelen ha pasado por ese patio miles de veces desde que era un niño.

Su esencia está impregnada en cada losa, en cada muro, en cada rincón de esta fortaleza.

Usted ha sintonizado con esa frecuencia, como un laúd que vibra cuando otro laúd cercano toca la misma nota.

Sofía bebió un sorbo de infusión, sintiendo como el calor le relajaba los músculos tensos de la espalda.

—¿Puedo entrenarlo? —preguntó, dejando la taza sobre la mesa—. ¿Controlarlo mejor? Porque si puedo usar esto para detectar enemigos, para saber por dónde van a atacar, para encontrar puntos débiles en sus formaciones...

—Paciencia —la interrumpió Thurmond, levantando una mano—. Ya ha progresado más en una semana que la mayoría de los magos en un año. No fuerce el don o las consecuencias podrían ser graves. Recuerde lo que pasó con la vela.

Sofía alzó la vista hacia el techo chamuscado y se mordió el labio.

—De acuerdo. Paciencia. Pero mañana quiero seguir practicando. Quiero aprender a leer la piedra sin que me deje agotada. Quiero saber si puedo sentir a mis enemigos como he sentido a Kaelen.

Thurmond sonrió, esa sonrisa de viejo sabio que tanto la irritaba y la reconfortaba a partes iguales.

—Lo haremos. Pero ahora, descanse. Ha sido un día largo.

Sofía se levantó para marcharse, pero algo la detuvo en el umbral de la puerta. Una pregunta que llevaba semanas rondándole la cabeza y que aún no se había atrevido a formular.

—Thurmond —dijo, sin volverse—. ¿Por qué yo? ¿Por qué vine a este mundo?

El silencio se alargó. El fuego crepitó en la chimenea. Cuando el anciano habló, su voz sonó más grave de lo habitual.

—Porque este mundo la necesitaba, lady Sofía. Y porque usted necesitaba este mundo, aunque aún no lo sepa.

Sofía regresó a sus habitaciones arrastrando los pies, con Gato siguiéndola como una sombra silenciosa.

La pregunta a Thurmond seguía resonando en su cabeza mientras se desvestía y se metía en la cama.

*Porque usted necesitaba este mundo.* ¿Era cierto?

¿Había algo en Valdoria que su vida en Madrid no podía darle?

Se dejó caer sobre el colchón de plumas sin molestarse en apagar la vela. El colgante de piedra brilló débilmente sobre su pecho, como un ascua diminuta.

—He sentido a Kaelen —murmuró en la oscuridad, acariciando la piedra con la yema del pulgar—. Está bien. Está pensando en mí.

Gato se enroscó a sus pies y emitió un ronroneo que sonaba extrañamente a *ya te lo dije, humana, confía en la piedra*.

Sofía cerró los ojos y, por primera vez en muchos días, sonrió antes de dormirse. Era una maga de tierra. Podía leer la memoria del mundo. Y aunque la guerra se acercaba, aunque el peligro era real y la muerte acechaba en cada esquina, por una vez se sintió poderosa. Útil. En su elemento.

Pero el sueño que la visitó aquella noche no fue como los otros.

Sofía caminaba descalza sobre un suelo de piedra negra, pulida como un espejo.

A su alrededor, el paisaje era extraño y familiar al mismo tiempo: columnas de basalto que se alzaban hacia un cielo sin estrellas, ríos de magma que fluían lentamente entre las rocas, un calor profundo que no quemaba sino que acariciaba la piel como el abrazo de un viejo amigo.

El aire olía a azufre y a hierro, a algo antiguo y mineral que llevaba eones esperando.

Supo que estaba soñando, pero era un sueño distinto. Más real que cualquier otro. Más real incluso que las visiones de la piedra.

—Has llegado.