CAPÍTULO 15 El Susurro de la Tierra
El día siguiente amaneció lluvioso y gris, con un cielo bajo que parecía aplastar el castillo contra los acantilados.
La tormenta de la noche anterior había dejado charcos en el patio de armas y un olor a tierra mojada que se colaba por todas las rendijas.
Sofía se despertó con la sensación de que algo había cambiado.
No era solo el recuerdo del techo chamuscado de la biblioteca, ni la conversación con Thurmond sobre los cinco órdenes.
Era algo más profundo, una vibración en el pecho, como si el colgante de piedra que llevaba al cuello estuviera tarareando una canción que solo ella podía oír.
Se vistió con el vestido gris de trabajo, aquel que no necesitaba ayuda para abrocharse y que ya tenía manchas de cal permanentes en las mangas y bajó al patio de armas bajo un chirimiri persistente que le pegaba el pelo a las mejillas.
Gato, contra todo pronóstico, la seguía a pocos pasos, sacudiéndose las patas cada vez que pisaba un charco con una expresión de profundo asco aristocrático.
Borin ya estaba allí, inspeccionando los contrafuertes del muro oeste con la misma expresión de preocupación que pondría un médico ante un paciente terminal. Al verla acercarse, el viejo cantero agitó una mano en señal de saludo, pero su rostro seguía tenso.
—Tenemos un problema, lady Sofía —anunció, sin preámbulos—. El muro oeste está cediendo más de lo que pensábamos. La tormenta de anoche ha abierto tres grietas nuevas, y la principal se está haciendo más grande.
Sofía asintió y se acercó al muro sin decir nada.
Notó las miradas curiosas de un par de soldados que se habían detenido a observar.
La fama de sus visiones se había extendido por el castillo como la pólvora, y ya nadie fingía no estar interesado cuando ella se ponía a tocar paredes con los ojos cerrados.
Apoyó la palma de la mano sobre la piedra húmeda. El contacto le provocó un escalofrío distinto al del frío. Cerró los ojos y sintió.
Fue diferente a las otras veces.
No fue un eco confuso, ni un susurro lejano, ni una avalancha de imágenes inconexas como las que había experimentado en las mazmorras o en el pozo.
Fue como abrir un libro y leerlo con una claridad asombrosa, como si alguien hubiera encendido una luz en una habitación que antes solo podía palpar a oscuras.
La piedra le mostró su estructura interna con un detalle microscópico.
Sofía vio las vetas de cuarzo que la atravesaban como nervios plateados, las líneas de fractura que se ramificaban como venas en un mármol viejo, los cristales microscópicos que brillaban con una luz propia que no pertenecía al mundo físico.
Vio la presión que ejercía el terreno inestable sobre los cimientos, como el agua de lluvia se filtraba por las juntas y corroía el mortero desde dentro, insidiosa y paciente, gota a gota, año tras año.
Vio a los hombres que habían colocado aquellos sillares doscientos años atrás, con sus túnicas sudadas y sus manos callosas, cantando una canción en una lengua antigua que ya nadie recordaba.
Vio un asedio que había agrietado la base con el impacto de una catapulta, el fogonazo del proyectil, el grito del capitán, el polvo elevándose como un fantasma.
Vio el fantasma de una torre que nunca se había construido porque el arquitecto original cambió de opinión a medio plano y murió de una fiebre antes de poder rectificar.
Abrió los ojos. Estaba llorando.
No era llanto de tristeza. Era una emoción diferente, más profunda, más antigua. Algo parecido a la gratitud. Como si la piedra le hubiera hecho un regalo inmenso al compartir con ella su memoria, y sus ojos no supieran expresarlo de otra forma.
—¿Lady Sofía? —la voz de Borin sonaba preocupada, y su mano grande y áspera la sujetaba por el hombro con una firmeza tranquilizadora—. ¿Se encuentra bien? ¿Quiere que llame al maestro Thurmond?
Sofía se secó las lágrimas con el dorso del delantal, dejando una mancha de cal en la mejilla.
—Estoy bien, Borin. De verdad. Es solo que... esta piedra tiene mucha historia. Más de la que imaginaba.
El viejo cantero miró el muro, esperando ver algo que él no podía ver, y luego volvió a mirarla a ella con una mezcla de respeto y desconcierto.
Sofía supo que tenía que compartir lo que había descubierto, no solo por la urgencia de las reparaciones, sino porque aquel hombre merecía entender lo que estaba pasando en su castillo.
—Las grietas no son el verdadero problema —explicó, señalando la base del muro—.
El problema está en los cimientos. Hay una bolsa de agua subterránea justo debajo del ángulo suroeste, a unos tres metros de profundidad.
Es un acuífero antiguo, probablemente de la época en que se construyó la fortaleza original.
El agua está erosionando la base, y cada vez que llueve, la presión aumenta.
Si no drenamos esa bolsa, el muro acabará cediendo por completo, por mucho que reforcemos las grietas de arriba.
Borin la miró como si acabara de anunciar que podía volar. Sus ojos se abrieron tanto que las arrugas de su frente desaparecieron momentáneamente.
—¿Y cómo sabe eso? ¿Acaso ve a través del suelo?
—La piedra me lo ha dicho —respondió Sofía, con una sonrisa cansada pero triunfal—. Literalmente. Me ha enseñado un mapa completo del subsuelo. Como si tuviera un plano de cimentación dentro de la cabeza.
La noticia de que lady Sofía podía «hablar con las piedras» se extendió por el castillo más rápido que los chismes sobre la amante del anterior rey.
Para el mediodía, media docena de soldados habían encontrado excusas para pasar por el patio de armas y verla trabajar, y algunos incluso se ofrecían voluntarios para acarrear cal o sujetar andamios con la esperanza de presenciar una de sus visiones.
Marta, la abuela del valle, se había instalado en un rincón del patio con su labor de punto y una expresión de quien no piensa perderse el espectáculo por nada del mundo. Sus agujas de madera tintineaban con un ritmo hipnótico mientras sus ojos grises seguían cada movimiento de Sofía.
—Dice mi nieto que ha visto usted dentro de las piedras —le soltó cuando Sofía pasó cerca, camino de la torre del homenaje—. Como si fueran de cristal.
—No son transparentes —respondió Sofía, deteniéndose un momento—, pero puedo sentir lo que tienen dentro. Las grietas, las vetas, los minerales. La historia que guardan.
Marta asintió con la cabeza, sin dejar de tejer.
—En mi pueblo había una curandera que sentía dónde estaba el agua bajo tierra. La llamaban la Zahorí. Murió de vieja, como mi hermana.
—Pues ahora tienen otra —dijo Sofía, sonriendo—. Solo que, en lugar de agua, yo encuentro grietas.
Pasó el resto de la mañana recorriendo el castillo de punta a punta, tocando cada muro, cada torre, cada losa del suelo.
Y cada piedra le contó su historia. La torre del homenaje, además de la grieta que ya conocía, mostraba una viga maestra que estaba cediendo por el peso excesivo del tejado; Sofía sintió la madera comprimida, las fibras a punto de quebrarse, y supo exactamente cuánto tiempo resistiría antes del colapso.
La muralla norte, la que daba al mar, estaba siendo carcomida por el salitre, ese enemigo invisible que penetraba por unos poros microscópicos y cristalizaba en invierno, expandiendo las fisuras desde dentro como cuñas de hielo.
El portón principal tenía los goznes tan desgastados que con diez impactos de ariete cedería, tal como había dicho en su primera reunión con los capitanes, pero ahora podía sentir exactamente en qué punto fallaría primero: el gozne superior derecho, que estaba a punto de desprenderse del marco de piedra.
A media tarde, Borin y ella tenían una lista de reparaciones urgentes que ocupaba tres pergaminos enteros, y el viejo cantero se rascaba la barba con la expresión de un hombre que acaba de descubrir que su casa está construida sobre arenas movedizas.
—Esto es más de lo que podemos hacer antes de que llegue la guerra —murmuró, repasando la lista con el dedo.
—Lo sé —respondió Sofía, sin apartar la vista del muro oeste—.
Por eso vamos a priorizar. Primero, el drenaje del muro oeste, que es lo más urgente.
Luego, los goznes de la puerta principal, porque sin puerta no hay defensa posible.
Luego, las vigas de la torre. El resto puede esperar o reforzarse con soluciones temporales.
Borin asintió, y en sus ojos brilló algo parecido a la admiración.
—Sabe, lady Sofía —dijo, enrollando los pergaminos con cuidado—, cuando llegó aquí hace unas semanas, pensé que era una damisela con ínfulas. Luego pensé que estaba loca, pero que sabía de cal y mortero. Ahora estoy empezando a pensar que es usted una especie de profeta de la construcción.
Sofía soltó una carcajada que resonó en el patio y sobresaltó a un par de palomas que dormitaban en las almenas.
—No soy profeta de nada, Borin. Solo soy una arquitecta que escucha lo que otros no pueden oír.
Pero lo más sorprendente no fueron las grietas ni las vetas. Fue lo que sintió al apoyar la mano sobre una losa anodina del patio de armas, cerca del pozo que habían reparado semanas atrás. Una losa gastada por cientos de pisadas, aparentemente igual a todas las demás.
La piedra le mostró una imagen de Kaelen.