Lords de los cielos CAPÍTULO 14 Las Llamas del Aprendizaje
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CAPÍTULO 14 Las Llamas del Aprendizaje

La biblioteca de Thurmond olía a polvo, a tinta vieja y a ese aroma indefinible que Sofía había aprendido a asociar con la magia.

No era un olor desagradable, sino más bien como el de una librería de viejo en la Cuesta de Moyano, pero con un matiz adicional, algo eléctrico y vibrante que le erizaba el vello de los brazos cada vez que cruzaba el umbral.

Llevaba diez días al mando del castillo y aunque la rutina de obras y provisiones la mantenía ocupada de sol a sol, había algo que llevaba rondándole la cabeza desde aquella conversación con Thurmond sobre los cinco órdenes.

Necesitaba entender qué estaba pasando con sus poderes, por qué la piedra le hablaba, por qué el colgante del pozo se había calentado en su pecho, y sobre todo, si podía hacer algo más útil que tener visiones y perderse por los pasillos.

Thurmond la recibió con una taza de infusión humeante y un montón de libros apilados sobre la mesa que amenazaban con derrumbarse al menor estornudo.

Gato, por supuesto, ya estaba allí, instalado sobre un grimorio particularmente polvoriento con la serenidad de quien ha encontrado el lugar más inconveniente posible para echarse una siesta.

—Hoy vamos a hablar de los cinco órdenes —anunció el anciano, apartando un pergamino para hacer sitio a su propia taza—. Y después, si se siente con fuerzas, intentaremos un ejercicio práctico.

Sofía se sentó frente a él y cruzó las piernas bajo la falda con un gesto que ya se había vuelto mecánico. La desconfianza, sin embargo, no había desaparecido.

—¿Ejercicio práctico? ¿De qué tipo? Porque si es como lo del pozo, prefiero avisar a Lina para que tenga preparada una camilla.

Thurmond soltó una risita seca, esa risa de anciano que parecía el crujir de un pergamino al desenrollarse.

—Nada tan dramático, lady Sofía. Solo un poco de fuego controlado.

—¿Controlado por quién? Esa es la cuestión.

El anciano ignoró su ironía con la paciencia de un profesor acostumbrado a alumnos impertinentes y se ajustó las gafas sobre la nariz antes de hablar.

—Los cinco órdenes no son escuelas de magia ni gremios —comenzó Thurmond, con un tono didáctico que sugería que había dado aquella explicación muchas veces antes—. Son afinidades. Cada persona que nace con el don está vinculada a uno de los cinco elementos: fuego, agua, aire, tierra y espíritu.

—Como los signos del zodiaco, pero con más quemaduras —comentó Sofía, dando un sorbo a su infusión.

—Algo así. El orden del fuego gobierna las llamas, la pasión, la destrucción y la forja. Kaelen pertenece a este orden, aunque su control es... digamos que inestable.

Sofía recordó las cicatrices de quemaduras en el hombro de Kaelen, la noche que habían pasado juntos, y sintió un calor súbito en las mejillas.

Se obligó a concentrarse en las palabras de Thurmond, que seguía hablando como si no hubiera notado nada, aunque la leve curva de sus labios sugería lo contrario.

—El orden del agua gobierna los ríos, las mareas, las emociones profundas y la sanación —prosiguió el anciano—.

Es un orden sutil, poderoso a su manera.

El del aire gobierna los vientos, el movimiento, la comunicación y, en sus manifestaciones más avanzadas, el vuelo.

El de la tierra gobierna la piedra, el metal, la memoria del mundo y, en casos muy raros, la capacidad de leer lo que está por venir.

—¿Y el del espíritu? —preguntó Sofía, dejando la taza sobre la mesa.

Thurmond hizo una pausa. Sus dedos arrugados tamborilearon sobre la mesa de roble.

—El orden del espíritu es el más misterioso de todos. Gobierna la conexión entre los mundos, la transmigración de las almas, los sueños proféticos y... bueno, todo aquello que no encaja en los otros cuatro.

Sofía sintió un escalofrío que le recorrió la espalda como si alguien hubiera abierto una ventana.

—¿Como venir de otro mundo y despertar en el cuerpo de una lady muerta?

—Exactamente como eso —confirmó Thurmond, asintiendo lentamente.

El silencio se instaló entre ellos, roto solo por el ronroneo de Gato y el crepitar de una vela cercana. Sofía bebió otro sorbo de infusión, necesitando el calor para calmar el nudo que se le había formado en el estómago.

—Entonces —dijo al fin—, ¿yo soy del orden del espíritu?

—No necesariamente. El hecho de que haya transmigrado no significa que su afinidad mágica sea el espíritu.

Podría ser que la transmigración fuera solo el medio para traerla aquí, y que su verdadera afinidad sea otra.

De hecho —Thurmond la miró por encima de sus gafas—, por lo que me ha contado de sus visiones con la piedra, yo apostaría por la tierra.

Sofía frunció el ceño. La palabra le sabía a polvo en la boca.

—Pero la tierra es aburrida. Es polvo. Es barro. Es lo que pisas.

—Es lo que sostiene todo lo demás —replicó Thurmond, alzando un dedo—. Sin tierra, no hay cimientos. Sin cimientos, no hay castillos. Sin castillos, no hay reinos. ¿Le parece poco?

Sofía tuvo que concederle la razón. Como arquitecta, sabía perfectamente que lo más importante de cualquier edificio no se veía, sino que estaba bajo tierra, oculto y silencioso, haciendo su trabajo sin que nadie le diera las gracias ni le pagara horas extra.

—De acuerdo —cedió, cruzando los brazos—. Pero antes de decidir qué soy, ¿puedo probar con el fuego?

Thurmond enarcó una ceja. La luz de las velas danzó sobre sus lentes.

—¿Por qué el fuego?

Sofía se encogió de hombros, intentando parecer casual y fracasando estrepitosamente.

—Porque Kaelen es de fuego. Quizás tengamos algo en común.

El anciano no dijo nada, pero su sonrisa lo dijo todo.

*Claro, claro, Kaelen. Por supuesto. Qué casualidad.*

Sofía decidió ignorar aquella sonrisa con la misma determinación con que ignoraba los comentarios de Lina sobre sus «paseos nocturnos».

El ejercicio práctico comenzó con una vela. Thurmond la colocó en el centro de la mesa, sobre un plato de cerámica que probablemente era una antigüedad valiosísima, y le indicó a Sofía que se sentara frente a ella, con las manos apoyadas sobre las rodillas y la mente en blanco.

—Concéntrese en la llama —le indicó, con una voz calmada que invitaba al recogimiento—. No intente controlarla. No la fuerce. Simplemente... escúchela.

Sofía fijó la vista en la pequeña llama danzante.

La luz anaranjada se reflejaba en sus pupilas, hipnótica y cálida.

Intentó vaciar la mente, pero eso era como pedirle a un mono que no se rasque.

En menos de diez segundos, ya estaba pensando en si habría dejado las murallas bien supervisadas, si Jorund estaría cumpliendo con las guardias dobles, si Kaelen estaría bien, si el fuego de la vela se parecía al fuego de la chimenea de sus aposentos aquella noche, si...

—Sofía —la voz de Thurmond sonó paciente pero firme—. Está pensando demasiado. Deje de pensar.

—Eso es como pedirle a un pez que deje de nadar —murmuró ella, apretando los párpados.

Pero lo intentó de nuevo. Cerró los ojos, respiró hondo y se concentró en el calor de la llama.

No en la imagen, sino en la sensación: el calorcillo en la piel, el olor a cera derretida, el chisporroteo casi imperceptible de la mecha al consumirse.

Algo en su interior se removió, como un animal dormido que despereza una pata.

Una corriente de energía le subió desde el estómago hasta las yemas de los dedos, cálida y cosquilleante.

—Muy bien —susurró Thurmond, y su voz sonó tensa pero expectante—. Ahora, sin abrir los ojos, intente que la llama crezca. Suavemente. Como si soplara sobre ella, pero sin aire.

Sofía imaginó el fuego expandiéndose, la pequeña llama convirtiéndose en una columna de luz. Sintió un cosquilleo en las yemas de los dedos, un calor que no venía de fuera sino de dentro. Olía a humo. Demasiado humo.

Abrió los ojos.

La vela no solo había crecido: se había convertido en un surtidor de fuego que lamía el techo con llamas de color azul eléctrico.

El plato de cerámica se agrietó con un sonido alarmante, partiéndose en dos mitades perfectas, y Gato saltó del grimorio con un maullido de indignación suprema que resonó en toda la biblioteca.

—¡Apáguelo! —gritó Thurmond, buscando algo con qué sofocar las llamas mientras se le caían las gafas de la nariz.

Sofía, presa del pánico, pero también de una extraña lucidez, extendió la mano y pensó *basta*.

La llama se extinguió al instante, como si alguien hubiera cerrado un grifo invisible.

En el silencio que siguió, solo se oía el jadeo de ambos y el batir del corazón de Sofía, que retumbaba en sus oídos como un tambor de guerra.

Thurmond se recostó en su silla y se ajustó las gafas que se le habían torcido en la refriega.

El techo de la biblioteca estaba chamuscado, con una mancha negra que se extendía como un mapa de un continente desconocido.

El plato de cerámica partido en dos. Y Gato miraba a Sofía desde lo alto de una estantería con sus ojos amarillos, que en ese momento expresaban exactamente: *te dije que esto era mala idea*.

—Bueno —dijo el anciano, con una calma que resultaba casi ofensiva dadas las circunstancias—. Desde luego, no es usted del orden del agua.

Sofía se pasó una mano temblorosa por la frente, manchándose de hollín sin darse cuenta. El gesto dejó una estela negra sobre su ceja derecha.

—¿Eso significa que soy de fuego?

—No exactamente —Thurmond negó con la cabeza, pero había una chispa de fascinación en sus ojos—. Un mago de fuego no habría perdido el control de esa manera. Lo suyo ha sido... brusco. Como si hubiera usado el fuego con la fuerza de otro elemento.

Sofía frunció el ceño, sin terminar de entender.

—¿Otro elemento? ¿Como cuál?

Thurmond se quitó las gafas y empezó a limpiarlas con un pañuelo arrugado que sacó de algún bolsillo interior de su túnica.

—Como la tierra. La tierra es bruta, sólida, contundente. Cuando un mago de tierra intenta usar otro elemento, no lo moldea: lo aplasta. Lo fuerza. Usted no ha moldeado la llama: la ha aplastado contra el techo.

Sofía miró la cera derretida sobre la mesa, el plato roto, el techo chamuscado.

Todo aquello tenía sentido, aunque fuera un sentido absurdo y mágico que su cerebro de arquitecta se resistía a aceptar.

Siempre había sido de pisar fuerte, de ir directa al grano, de resolver problemas a martillazos cuando no funcionaban las sutilezas.

Quizás su magia funcionaba igual que su carácter.

—Entonces, ¿soy de tierra? —preguntó, con una mezcla de resignación y curiosidad.

—Eso parece. Pero hay algo más —Thurmond se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en la mesa—.

El hecho de que pueda usar el fuego, aunque sea de esta forma tan...

explosiva, sugiere que su condición de forastera le permite cierta flexibilidad.

Normalmente, un mago solo puede acceder a su elemento natal.

Usted, por venir de fuera, podría no estar sujeta a todas las reglas.

Sofía se dejó caer en la silla. Se sentía como una estudiante que acaba de suspender un examen pero ha aprendido más que en todas las clases del curso. Miró el techo chamuscado, la cera solidificándose sobre la mesa, y soltó una risa nerviosa que le salió del estómago.

—Voy a tener que pedirle disculpas a Borin. Y al techo. Y al gato.

Gato emitió un maullido desde lo alto de la estantería, un maullido que sonaba exactamente a *no pienso bajar hasta que aprendas a controlar tus poderes, demente peligrosa*. Thurmond, por su parte, esbozó una sonrisa cansada.

—No se preocupe por el techo. Ya he mandado reparar cosas peores. Y en cuanto a Borin... quizás podamos decirle que fue un accidente con una vela particularmente rebelde.

—¿Una vela rebelde? —Sofía enarcó una ceja—. ¿Eso cuela en este mundo?

—En este mundo, lady Sofía, cuela cualquier cosa si la dice un anciano con barba blanca y fama de chiflado.

Sofía soltó una carcajada auténtica, de esas que nacen del alivio y del absurdo. Gato, desde su atalaya, emitió un ronroneo que parecía una rendición. Quizás, después de todo, la humana no era un caso perdido.

Esa noche, mientras se lavaba el hollín de la cara con agua fría en la palangana de sus aposentos, Sofía se miró en el espejo de metal bruñido.

La mujer que le devolvía la mirada tenía los ojos brillantes y una mancha de humo en la mejilla que se resistía a desaparecer.

No era la misma mujer que había llegado a aquel mundo hacía semanas.

Aquella mujer tenía miedo, se perdía por los pasillos y se escondía de su esposo.

Esta mujer había mandado callar a un gigante calvo, había convencido a una abuela testaruda y acababa de incendiar el techo de una biblioteca centenaria.

—Soy de tierra —dijo en voz alta, probando las palabras como quien prueba un vestido nuevo—. Pero también puedo hacer fuego. Un poco. Con resultados explosivos.

Gato, desde la cama, emitió un ronroneo que sonaba extrañamente a *ya era hora de que te dieras cuenta, humana*. El animal se había dignado a bajar de la estantería una hora después del incidente, tras comprobar que no había más llamaradas en el horizonte inmediato.

Sofía se metió en la cama y apagó la vela de la mesilla con un soplido, esta vez sin magia de por medio.

Antes de cerrar los ojos, miró el colgante que descansaba sobre la mesilla.

La piedra oscura brillaba débilmente en la penumbra, como si estuviera de acuerdo con todo lo que acababa de pasar.

Como si hubiera estado esperando aquel momento desde hacía siglos.

Mañana, se prometió a sí misma mientras el sueño empezaba a vencerla, le pediría a Thurmond que le enseñara más sobre la tierra.

Sobre su afinidad. Sobre lo que podía hacer con ella.

Pero por ahora, se conformaba con haber aprendido dos cosas importantes: que no era del orden del agua, y que los techos de las bibliotecas no estaban diseñados para resistir a una arquitecta con poderes mágicos y problemas de control de impulsos.

Gato se enroscó a sus pies, y su ronroneo llenó la habitación como un motor diminuto. Fuera, el viento del mar golpeaba contra los acantilados. Y dentro, ya en el pecho de Sofía, el colgante de piedra siguió brillando débilmente hasta que ella se durmió del todo.