Lords de los cielos CAPÍTULO 13 La Dama del Castillo #2
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CAPÍTULO 13 La Dama del Castillo #2

El verdadero desafío llegó al atardecer, cuando una anciana de las aldeas se plantó en medio del patio de armas con los brazos en jarras y una expresión que desafiaba a cualquiera a moverla de allí.

Era una mujer menuda, encorvada por la edad, con un moño blanco recogido en la nuca y unos ojos grises tan afilados como los de Kaelen.

Vestía ropas de lana basta y calzaba zuecos de madera que golpeaban el empedrado con un ritmo marcial.

—¿Dónde está la tal lady Elara? —gritó con una voz que no correspondía a su tamaño—. ¡Quiero hablar con la tal lady Elara!

Lina, al lado de Sofía, palideció como si hubiera visto un fantasma.

—Es Marta, la abuela del valle. Lleva ochenta años viviendo en la misma casa. No querrá irse.

Sofía se acercó a la anciana con la misma precaución que usaría para aproximarse a un felino salvaje. La mujer la escrutó de arriba abajo con una intensidad que parecía capaz de detectar mentiras a cincuenta metros de distancia.

—Así que tú eres la que quiere meterme en un establo —dijo Marta sin preámbulos.

—Caballeriza reformada —corrigió Sofía con una sonrisa conciliadora—. Con braseros y mantas.

—He vivido en mi casa sesenta años. Allí nació mi madre. Allí nací yo. Allí nacieron mis hijos. No me voy.

Sofía suspiró. Había tratado con vecinos reticentes en obras de rehabilitación, y sabía que la confrontación directa no funcionaba.

Había que buscar puntos en común, apelar a la razón, ofrecer algo que la otra persona valorara más que su orgullo.

Miró a la anciana a los ojos y bajó la voz, casi en un susurro conspirativo.

—Marta, ¿sabe usted hacer mermelada?

La anciana parpadeó, descolocada por el giro inesperado.

—¿Cómo dice?

Sofía repitió la pregunta, añadiendo que había oído hablar de las famosas mermeladas del valle. La mención de su reputación obró el milagro: los ojos grises de Marta brillaron con un orgullo antiguo, ese que solo se forja tras décadas de trabajo bien hecho.

—Llevo sesenta años haciéndola. Soy la mejor del valle.

—Perfecto. Necesito a alguien que organice a las mujeres en la cocina del castillo. Que les enseñe a hacer conservas con la fruta que tenemos almacenada. Que racione el azúcar. Que mantenga a todo el mundo ocupado mientras los hombres luchan. ¿Cree que podría hacerlo?

Marta la miró un largo momento. El viento del atardecer agitó las hierbas del patio y un grupo de soldados que pasaban cerca aminoraron el paso para observar la escena. Sofía contuvo la respiración.

—Eso lo hago yo con los ojos cerrados, señorita —dijo al fin la anciana.

—Pues entonces, trato hecho. Usted se viene al castillo, no a un establo, sino a la cocina. Y cuando esto termine, si su casa sigue en pie, yo misma le ayudaré a reconstruir lo que haga falta.

Una sonrisa desdentada iluminó el rostro arrugado de Marta como un faro en la niebla.

—Me recuerda usted a mi hermana. Era igual de testaruda. Murió de vieja.

Sofía preguntó a qué edad y la respuesta la hizo reír por primera vez en todo el día.

—Noventa y ocho. Y seguía mandando.

La anciana se alejó hacia las cocinas, golpeando el suelo con sus zuecos como si acabara de ganar una batalla. Que, en cierto modo, era exactamente lo que había pasado.

Esa noche, Sofía se derrumbó en una silla de la biblioteca de Thurmond, agotada, pero extrañamente satisfecha. El anciano le tendió una taza de manzanilla humeante y la miró por encima de sus gafas con una expresión que mezclaba el orgullo y la diversión.

—Ha estado usted brillante —dijo, removiendo su propia taza—. Marta la adora. Los soldados la respetan. Hasta Jorund la llama —la mandona— con un tono que es casi de cariño.

——La mandona —repitió Sofía con ironía—. Maravilloso. Ya tengo apodo. Justo lo que necesitaba.

—En el norte, los apodos son una muestra de respeto. A mí me llaman “el viejo chiflado” desde hace treinta años.

Sofía meditó sobre aquello mientras Gato se enroscaba en su regazo con un ronroneo que vibraba como un motor de lavadora. Bebió un sorbo de manzanilla y sintió como el calor le relajaba los músculos tensos de la espalda.

—Thurmond —dijo de repente—. ¿Cree que Kaelen estará orgulloso de lo que hemos hecho aquí?

El anciano la miró por encima de sus gafas con esa sabiduría ancestral que a veces consolaba y a veces irritaba profundamente.

—Kaelen estará tan orgulloso que no sabrá cómo decirlo. Y se pondrá de mal humor por no saber cómo decirlo. Y probablemente gruñirá algo sobre que las murallas no están lo suficientemente rectas. Pero por dentro, estará inflado como un pavo real.

Sofía soltó una risa temblorosa.

—Es usted muy bueno con las palabras, ¿lo sabe?

Thurmond asintió con gravedad fingida.

—Lo sé. Por eso me llaman ‘el viejo chiflado’. Porque digo verdades que nadie quiere oír.

Los días siguientes se convirtieron en una rutina agotadora pero extrañamente gratificante.

Sofía supervisaba las obras al amanecer, discutía con Jorund sobre tácticas defensivas a media mañana, organizaba a las mujeres de la aldea en equipos de costura para confeccionar vendas y mantas por la tarde, y cenaba con Thurmond por la noche mientras repasaban mapas y planos.

Aprendió los nombres de media docena de soldados, se ganó el respeto a regañadientes del cascarrabias de Gareth, que una tarde admitió que las caballerizas, las cuales no olían tan mal como esperaba y logró, contra todo pronóstico, que Tomas el cocinero implementara un sistema de racionamiento basado en sus cálculos.

—Es usted una tirana —le dijo Gareth un día, mientras ayudaba a descargar sacos de cal—. Pero una tirana con criterio.

Sofía se lo tomó como un cumplido. Porque en el contexto de una guerra inminente, “tirana con criterio” era probablemente lo mejor que podía escuchar.

Una semana después de la partida de Kaelen, mientras inspeccionaba las nuevas trincheras que había diseñado con ángulos copiados de un documental sobre la Primera Guerra Mundial que vio una vez en Netflix, el sonido de un cuerno resonó desde la torre de vigilancia.

Sofía levantó la vista, con el corazón acelerado, y vio a un jinete solitario que se acercaba al galope por el camino del sur. No era un ejército. Era un mensajero.

El hombre desmontó frente a la puerta principal, cubierto de barro y con el rostro demacrado por la fatiga. Traía un mensaje de Kaelen: breve, conciso y tan romántico como una factura de Hacienda.

*Hemos detenido el avance enemigo. Resistimos. No te pierdas por los pasillos. K.*

Sofía leyó el pergamino tres veces, sintiendo como un nudo se le deshacía en el pecho.

Luego lo dobló con cuidado y se lo guardó en el bolsillo del delantal.

Esa noche, mientras Gato roncaba a los pies de la cama y el viento del mar ululaba entre las almenas, Sofía sacó el pergamino y lo releyó una vez más.

Ya sabían que volvían, pero saber de él desde su propio puño y letra lo hacía más especial, más real, más… ¿Suyo?

*No te pierdas por los pasillos.*

Sonrió en la oscuridad. Aquel hombre no sabía expresar sus sentimientos ni aunque le fuera la vida en ello, pero de algún modo, entre líneas, Sofía había aprendido a leer lo que realmente quería decir.

*Cuídate. Vuelve. Te echo de menos.*

—Idiota —murmuró contra la almohada.

Gato ronroneó, como si estuviera de acuerdo.