Lords de los cielos CAPÍTULO 13 La Dama del Castillo
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CAPÍTULO 13 La Dama del Castillo

“Aquí retrocedemos hasta que Sofía se quedó sola en el castillo, su primer día”

Sofía descubrió, aproximadamente a las seis de la mañana de su primer día completo al mando, que gobernar un castillo en tiempos de guerra era sorprendentemente parecido a dirigir una obra con el presupuesto recortado y la mitad de los obreros de baja.

Solo que aquí, si algo salía mal, no perdías la fianza: perdías la cabeza. Literalmente.

Se había levantado antes del alba, incapaz de soportar por más tiempo el vacío en el lado izquierdo de la cama.

A su lado, Gato se había apropiado de la almohada de Kaelen con la serenidad de un rey destronado que ha encontrado un trono mejor.

El animal roncaba con un ronroneo profundo y constante, completamente ajeno a la crisis existencial de su humana, que ahora no solo era una transmigrante atrapada en un cuerpo ajeno, sino también la máxima autoridad civil y militar de una fortaleza que pronto sería atacada.

Sofía lo miró con envidia mientras ajustaba los cordones de un corpiño que había aprendido a odiar con cada fibra de su ser.

—Tú no tienes problemas, ¿verdad? —le susurró al felino, que entreabrió un ojo amarillo antes de volver a cerrarlo con desdén—. Tú solo comes, duermes y juzgas a la gente.

El mensaje del gato era claro: *efectivamente, y no pienso cambiar mi estilo de vida por una guerra ni por tu crisis nerviosa*.

Sofía suspiró y salió al pasillo con la determinación de quien se enfrenta a una inspección sorpresa de Hacienda.

El castillo estaba sumido en un silencio tenso, ese silencio que no es paz sino contención.

Los soldados del turno de noche arrastraban los pies junto a las antorchas, con ojeras tan pronunciadas que parecían mapas topográficos.

En las cocinas, el trajín era frenético, y el cocinero Tomas, un hombre rechoncho que siempre tenía las manos manchadas de harina, la recibió con un saludo entrecortado mientras removía un caldero humeante.

—Lady Sofía. ¿Ha desayunado ya?

—No, Tomas. Y probablemente no desayunaré hasta que no tenga un inventario completo de las provisiones sobre mi mesa.

El cocinero enarcó una ceja. Aquello era nuevo.

En su experiencia, las damas nobles no pedían inventarios, sino tés con pastas y compresas perfumadas para las migrañas.

Sofía notó su desconcierto y añadió, con una sonrisa que pretendía ser amable pero que probablemente parecía la de un general dando una orden.

—Quiero saber exactamente cuántos sacos de trigo tenemos, cuántos de cebada, cuántas barricas de aceite y cuántos jamones cuelgan del techo. Y lo quiero antes del mediodía.

Tomas parpadeó, procesando la petición. Luego, una sonrisa lenta se abrió paso bajo su bigote canoso, revelando un diente astillado que le daba un aire de pirata jubilado.

—¿Sabe qué, mi lady? Me cae usted bien. Tiene cara de pocos amigos y eso en una guerra es buena señal.

Sofía no supo si sentirse halagada o insultada. Optó por ambas cosas, que era su estado emocional por defecto desde que había llegado a aquel mundo de espadas, magia y corpiños imposibles.

Subió a la torre del homenaje para inspeccionar las defensas desde arriba, y el viento salitroso le golpeó la cara como un bofetón bienvenido.

Desde allí, el horizonte se extendía en un mosaico de grises y verdes oscuros, con el mar rompiendo contra los acantilados a su derecha y las colinas ondulando hacia el norte como lomos de bestias dormidas.

En algún lugar más allá de esas colinas, Kaelen estaba luchando.

Sofía apartó ese pensamiento con la misma firmeza con que apartaba los mechones de pelo que el viento le arrojaba a los ojos.

Bajó al patio de armas, donde la esperaba su primera batalla campal: la reunión con los capitanes.

La sala del consejo estaba cargada de testosterona y escepticismo.

Jorund, el gigante calvo con barba trenzada, ocupaba la cabecera por pura inercia física; Varn, el joven capitán de la guardia nocturna, se apoyaba contra la pared con los brazos cruzados en un gesto que a Sofía le recordaba peligrosamente a Kaelen; y Aldric, el muchacho nervioso cuyo nombre había aprendido apenas tres días antes, se sentaba en un rincón con la espalda tan recta que parecía a punto de quebrarse.

Faltaba Dain, pero Dain estaba con Kaelen en el frente, probablemente quejándose de algo.

—No puede pretender que los soldados trabajen en las murallas y hagan guardias dobles —protestó Jorund, golpeando la mesa de roble con un dedo que parecía un tronco de leña.

Sofía no se inmutó. Llevaba demasiados años lidiando con arquitectos técnicos con sobrepeso y clientes con ínfulas como para dejarse intimidar por un gigante calvo con hacha.

Apoyó las palmas sobre el mapa extendido y lo miró directamente a los ojos, esos ojillos oscuros que la escrutaban como buscando una grieta en su determinación.

—No pretendo nada, Jorund. Lo ordeno.

El silencio que siguió fue tan denso que se oyó el chasquido de una vela al consumirse. Aldric soltó una risita ahogada que rápidamente disimuló tosiendo, un gesto que Sofía ya había aprendido a identificar como su marca personal.

—Mire —continuó ella, señalando el mapa con el dedo en un gesto que había copiado inconscientemente de Kaelen—.

Si sus hombres no cavan trincheras, los soldados de Caspian llegarán hasta la puerta principal sin obstáculos.

Y si no hacen guardias dobles, no los veremos venir hasta que estén llamando a la puerta con un ariete.

Así que sí, van a trabajar y van a hacer guardias.

Y si se quejan, les recuerdo que yo también estoy trabajando dieciséis horas al día y no tengo tiempo para quejas.

Jorund la miró fijamente durante un largo momento.

Sus fosas nasales se dilataron ligeramente, como un toro decidiendo si embestir o retirarse.

Luego, contra todo pronóstico, esbozó lo que en su rostro podía considerarse una media sonrisa, un gesto tan poco frecuente que Varn se incorporó sorprendido de su posición contra la pared.

—Está bien —gruñó al fin—. Pero si los hombres se me amotinan, la culpa es suya.

—Si los hombres se te amotinan, será porque no les has explicado bien por qué lo hacemos. Y eso, Jorund, es tu trabajo, no el mío.

Aldric tosió otra vez. Varn sonrió abiertamente. Y Jorund soltó una carcajada que resonó en las paredes de piedra como un trueno lejano.

—Es usted muy mandona para ser arquitecta.

—Soy muy mandona para ser cualquier cosa. Es mi superpoder.

Las siguientes horas fueron un torbellino de decisiones que habrían hecho llorar a cualquier gestor de proyectos del siglo XXI.

Sofía se movía por el castillo como un vendaval, con Lina pegada a sus talones cual asistente ejecutiva y Gato apareciendo y desapareciendo a voluntad, siempre en los momentos más inoportunos.

Primero fueron las provisiones: Tomas le entregó un pergamino arrugado con un inventario que ocupaba tres columnas y varias manchas de grasa.

Sofía lo leyó mientras caminaba hacia los graneros, haciendo cálculos mentales con una velocidad que sorprendió incluso a ella misma.

—Si racionamos el trigo a medio kilo por persona y día, y contamos con doscientos soldados más cien civiles refugiados, tenemos para... ¿sesenta días?

Tomas asintió, impresionado.

—Exactamente sesenta y dos, mi lady. Siempre que no haya plagas, incendios ni ratas.

Sofía suspiró con resignación milenaria.

—Siempre hay ratas. En mi mundo también. Son una constante universal.

Lina preguntó si en su mundo también tenían gatos, y Sofía miró a Gato, que en ese momento se relamía una pata con expresión beatífica.

—Sí, pero este inútil no caza ni una mosca.

Gato emitió un maullido que sonaba sospechosamente a *las moscas no me interesan, humana, tengo estándares*.

Luego vinieron los refugios para civiles.

Sofía había ordenado habilitar las antiguas caballerizas del ala este —un espacio amplio, techado y relativamente fácil de calentar con braseros— para albergar a las familias de los aldeanos que vivían extramuros.

La orden había provocado resistencias, como le informó un sargento llamado Gareth, un tipo delgado y amargado que parecía llevar enfadado desde el útero materno.

—¿Que tenemos que meter a los campesinos dentro del castillo? ¿Y dónde dormirán? ¿En nuestros barracones?

—Dormirán en las caballerizas —respondió Sofía, que ya empezaba a perder la paciencia con las preguntas obvias—. Que para eso las hemos limpiado.

—Pero en las caballerizas huele a caballo.

—Huele a caballo limpio, que es un olor perfectamente soportable. Además, en mi mundo la gente paga fortunas por vivir en apartamentos que antes eran fábricas o establos. Lo llaman *loft industrial*. Así que técnicamente les estamos ofreciendo alojamiento de lujo.

Gareth la miró como si le hubieran crecido dos cabezas, pero Aldric se adelantó con su habitual timidez, levantando la mano como un escolar antes de hablar.

—Lady Sofía, yo podría encargarme de organizar a las familias. Mi madre era de una aldea del valle. Sé cómo piensan.

Sofía lo miró con gratitud. Aquel muchacho tenía un don para aparecer en los momentos justos y ofrecer soluciones prácticas. Quizás su nerviosismo crónico no era debilidad, sino una forma de sensibilidad que le permitía anticiparse a los problemas antes de que estallaran.

—Gracias, Aldric. Encárgate de eso. Pero quiero un informe diario. Y si alguien se queja, me lo envías directamente.

Aldric asintió con entusiasmo, casi tropezando con sus propios pies al salir de la sala. Sofía reprimió una sonrisa. *Definitivamente necesito encontrarle una novia*, pensó. *O un ansiolítico. O ambas cosas.*