Lords de los cielos CAPÍTULO 12 La Promesa de una Tonta #3
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CAPÍTULO 12 La Promesa de una Tonta #3

Kaelen no estaba. Dain no estaba. La mayoría de los hombres no estaban.

Sofía se sentó en una silla junto a la ventana, con Gato en el regazo, mientras el mensajero hablaba.

—Lord Caspian ha tomado el paso del norte —anunció, con voz ronca por el cansancio—. Nuestras líneas retrocedieron... el enemigo nos doblaba en número... el señor Kaelen ordenó la retirada para reagruparse.

El corazón de Sofía se encogió.

—¿Hay bajas? —preguntó Jorund.

—Muchas —respondió el mensajero, bajando la vista—. No sé el número exacto. Pero muchas.

El corazón se le congeló. Dejó de latir. No, no podían morir. No ahora. Nunca.

—¿Y el señor Kaelen? —preguntó Varn, su voz tensa.

El mensajero levantó la cabeza.

—El señor Kaelen está bien. Herido, pero vivo. Lideró la retirada él mismo.

Sofía sintió que el aire le volvía a los pulmones. *Está vivo. Herido, pero vivo.*

—¿Y Dain? —preguntó Jorund.

—También. Aunque perdió dos dedos de la mano izquierda.

—Sigue siendo un idiota —murmuró Jorund—. Pero un idiota vivo.

Eso era un consuelo mucho mayor del que pensaban todos.

—Caspian ha acampado en el paso —continuó el mensajero—. Se reagrupa para el siguiente ataque. El señor Kaelen cree que intentará rodear las montañas por el este para atacar Roca Negra por la retaguardia.

Todos los rostros se volvieron hacia el mapa extendido sobre la mesa.

—¿Qué opina, lady Sofía? —preguntó Varn.

Sofía dudó.

*Odio que me pregunten estas cosas*, pensó. *No soy estratega, soy arquitecta.*

Pero se levantó y se acercó a la mesa.

—Si Caspian rodea las montañas por el este —dijo, señalando una zona del mapa—, encontrará el valle del río. Es una ruta más larga, pero menos defendida.

Nunca había tenido que preocuparse de cosas así. Lo odiaba.

—¿Y qué sugiere? —preguntó Jorund.

—Enviar exploradores al este. Vigilar sus movimientos. Y mientras tanto...

—¿Mientras tanto?

—Reforzar las defensas sur. Caspian puede hacer una pinza. Atacar por el este con el grueso de su ejército y por el sur con una columna de élite.

Jorund la miró con respeto renovado.

—¿Sabe de estrategia, lady Sofía?

No, ni un poco.

—No —respondió ella—. Pero he visto muchas películas.

—¿Películas?

—Historias. Con imágenes. Cuentan batallas.

—¿Y en esas... películas, los buenos ganan?

Ojalá pudiera decirse que aquí se iba a cumplir. Que el poder del guion haría ganar la guerra a su favor.

—Casi siempre. Pero esta no es una película.

El silencio que siguió fue tenso.

—Reforzaremos las defensas sur —sentenció Jorund.

Y así lo hicieron.

A los quince días, otro mensajero llegó al castillo.

Este no venía con malas noticias.

Sofía lo supo cuando vio a los soldados del patio de armas sonriendo —sonriendo, cosa que no ocurría desde hacía días— y escuchó las risas que salían de la cocina.

Bajó las escaleras de la torre del homenaje casi tropezándose, con Gato pegado a sus talones y el corazón latiéndole tan fuerte que temía que se le saliera del pecho.

—¿Qué pasa? —preguntó, agarrando a Borin por el brazo.

El viejo cantero sonrió con todos los dientes que le quedaban.

—Lord Kaelen ha rechazado el ataque de Caspian —anunció—. Los ha hecho retroceder hasta el paso del norte. Y viene de vuelta. A Roca Negra.

Sofía sintió que las piernas le flaqueaban.

—¿Cuándo? —preguntó, con la voz quebrada.

—En dos o tres días. Depende del ritmo de la marcha.

—¿Está... herido?

—El mensajero dice que sí. Pero que no es grave. El señor Kaelen cabalga en su propio caballo, eso es buena señal.

Sofía asintió, pero la preocupación seguía ahí, retorciéndose en su estómago como una serpiente.

—Tengo que... tengo que... —murmuró.

—¿Tiene que qué? —preguntó Borin.

—No lo sé. Pero tengo que algo.

—Pues vaya a algo, lady Sofía. Que yo me encargo de las obras.

Sofía le sonrió, una sonrisa temblorosa que no podía ocultar.

—Gracias, Borin.

—No me las dé. Cuando vuelva el señor Kaelen, ya veremos si sigue queriendo dármelas.

—Eso es lo que dice Thurmond.

—Es un hombre sabio.

Sofía salió corriendo hacia sus habitaciones.

Necesitaba bañarse. Necesitaba vestirse con algo que no fuera su delantal de trabajo. Necesitaba... no sabía qué. Pero necesitaba hacerlo ahora.

Gato la siguió, con paso digno, y se instaló en el alféizar de la ventana mientras Lina la ayudaba a desabrocharse el corpiño.

—Señora —dijo Lina, con una sonrisa que lo decía todo—. ¿Se ha enterado?

—Sí —respondió Sofía, intentando no sonreír demasiado. Fracasó estrepitosamente.

—El señor Kaelen vuelve.

Dios.

Sí.

Gracias.

—Lo sé.

—Y usted está feliz.

—Estoy tranquila. Hay una diferencia.

Mentiría como una cerda para no reconocer que había extrañado a ese hombre sexy como el demonio.

—No, señora. Está feliz. Y yo me alegro.

Sofía no supo qué responder.

Lina la ayudó a meterse en la bañera, la cual era de madera, con agua caliente que calentaban los sirvientes y Sofía cerró los ojos, dejando que el vapor le relajara los músculos.

*Kaelen vuelve*, pensó. *Herido, pero vuelve.*

Gato maulló desde la ventana.

—Ya lo sé —susurró ella.

Gato ronroneó.

Y Sofía, a pesar de todo, sonrió.