CAPÍTULO 12 La Promesa de una Tonta #2
—Si vuelve —se dijo—, le voy a dar un sermón. Un sermón de tres horas sobre lo estúpido que es irse a la guerra y dejar a tu esposa sola en un castillo lleno de pasadizos secretos.
La tercera noche fue un poco mejor. La fatiga de las obras —había pasado doce horas supervisando a los obreros— la venció antes de que pudiera ponerse a pensar.
Se durmió con las manos manchadas de cal y los brazos doloridos, y soñó con Kaelen.
En el sueño, él estaba desnudo y ella le decía que se pusiera una armadura porque parecía un guerrero muy sexi. Él se reía.
Fue un buen sueño.
La cuarta noche, Sofía descubrió que estaba demasiado ocupada para echarlo de menos.
Las obras consumían todas sus horas. Desde que salía el sol hasta que se ponía, ella estaba en el patio de armas o en las murallas, supervisando a los obreros, mezclando cal, sellando grietas, reforzando contrafuertes.
Borin se había convertido en su sombra —una sombra barbuda que olía a piedra y a sudor—, y los dos discutían sobre la mejor manera de apuntalar las defensas con la pasión de un matrimonio de cincuenta años.
—Si pone la viga así —decía Borin una tarde, señalando el muro oeste—, el peso se distribuirá mejor.
Sofía negó con la cabeza, apoyando las manos en las caderas para aliviar el dolor de espalda. Llevaba horas inclinada examinando las juntas.
—No. Así no —respondió ella, moviendo la viga apenas dos centímetros hacia la izquierda—. Así. El ángulo es clave. Si no, la presión recaerá sobre la junta del muro este y se te va a caer medio castillo encima.
Borin frunció el ceño, acariciándose la barba con un gesto que Sofía ya conocía bien. Era el gesto que hacía cuando no estaba convencido pero no quería admitirlo.
—¿Y usted qué sabe de ángulos? —preguntó.
—Soy arquitecta —respondió Sofía con paciencia—. Ya lo sabes.
—Pero de su mundo. El nuestro tiene otras leyes.
—La física es la misma, Borin. Las piedras pesan igual aquí que en mi mundo. La gravedad no cambia porque cambies de reino.
Lógica básica. O eso esperaba.
—¿La qué?
—La... no importa. Confía en mí.
Borin la miró un largo momento, sus ojos de viejo lobo de mar escudriñándole el rostro.
—¿Confiar en usted?
—Sí. Así como suena. Confía.
—Usted se ha perdido en los pasillos del castillo doce veces en diez días.
—Catorce —corrigió Lina desde el otro lado del muro, donde estaba ayudando a los aprendices a cargar sacos de cal.
—Catorce —repitió Borin, enarcando una ceja.
Sofía suspiró, pasándose una mano por la frente sudorosa.
—Eso no tiene nada que ver —protestó—. Perderse por los pasillos es una cosa. Construir es otra.
—¿Está segura?
—Estoy segura. Ahora pon la viga donde te digo o juro que te subo al muro y te dejo solo.
Borin soltó una carcajada y obedeció.
Al anochecer, Sofía cenaba con Thurmond.
Kaelen no estaba, y el gran comedor se había vuelto demasiado grande para ella sola.
Las velas proyectaban sombras alargadas sobre los tapices descoloridos, y el eco de sus pasos resonaba en las paredes vacías.
Así que Thurmond, por alguna razón que Sofía no terminaba de entender, había decidido que era más cómodo tomar el té en sus habitaciones.
—Ha progresado mucho en la magia de tierra —le dijo una noche, mientras le servía una taza humeante de manzanilla—. Las visiones ya no la dejan en blanco.
Sofía bebió un sorbo, sintiendo el calor reconfortante de la infusión en la garganta.
—Es que ya no me pillan por sorpresa —explicó—. Al principio era como... no sé, como sumergirme en un río sin saber nadar. Ahora ya sé que el agua está fría, y me preparo.
Thurmond asintió con aprobación.
—Eso es progreso.
—¿Y cuándo podré hacer cosas más útiles? —preguntó Sofía, jugueteando con el borde de la taza—. Como mover piedras a distancia. O derrumbar muros con la mente. Cosas así.
Thurmond sonrió suavemente, y sus ojos se arrugaron en un gesto que delataba décadas de sabiduría.
—Paciencia, Sofía. Estos dones llevan años desarrollándose. No semanas.
—Pero la guerra está aquí —insistió ella, apoyando los codos sobre la mesa—. Caspian puede atacar cualquier día. Necesito poder ayudar.
—La guerra no espera, pero el poder sí. Si intenta forzarlo, las consecuencias pueden ser graves.
—¿Graves como qué?
—Graves como la última vez que forzó una visión y casi se desmaya en el pozo.
Le dolía el alma, pero tenía que reconocer que el hombre tenía razón le gustase o no.
Sofía calló. Thurmond tenía razón. Pero eso no le gustaba.
—No sé si quiero esperar —admitió al fin.
—No tiene elección —respondió Thurmond con una calma que a Sofía le irritaba y le reconfortaba a partes iguales.
Odiaba la verdad. Siempre se decía que las verdades dolían y esa dolía mucho más de lo que hubiera imaginado.
—Eso es muy poco reconfortante —murmuró ella.
—No pretendo reconfortarla. Pretendo prepararla.
Sofía bebió otro sorbo de té.
—Gracias, Thurmond —dijo.
—No me las dé —respondió el anciano, con una sonrisa críptica—. Cuando Kaelen vuelva, ya veremos si sigue queriendo dármelas.
Sofía enrojeció.
—¿Cuándo va a volver? —preguntó, apartando la mirada.
—No lo sé. Pero volverá.
Se le veía tan seguro…
—¿Cómo lo sabe?
—Porque la espera.
Sofía no supo qué responder.
Gato, enroscado a sus pies, ronroneó aprobación.
Tercera parte: Las noticias
A los diez días, las noticias de la guerra empezaron a llegar.
No eran buenas.
Sofía estaba en el patio de armas, supervisando la construcción de un nuevo contrafuerte —Borin le había llamado cariñosamente "el capricho de la lady del otro mundo", pero ella prefería no hacerle caso— cuando escuchó el galope de un caballo.
Levantó la vista y vio a un jinete desmontando frente a las puertas del castillo.
Su armadura estaba manchada de barro y sangre, su rostro demacrado por la fatiga.
—Mensajero del norte —gritó alguien.
Sofía dejó la paleta y corrió.
El mensajero fue conducido directamente a la sala del consejo.
Allí se reunieron los capitanes que se habían quedado en el castillo: Jorund, el gigante calvo; Varn, el joven capitán de la guardia nocturna; y el joven nervioso, cuyo nombre Sofía seguía sin saber y que ya empezaba a plantearse llamarle "chico" aunque luego se arrepentiría.