Lords de los cielos CAPÍTULO 12 La Promesa de una Tonta
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CAPÍTULO 12 La Promesa de una Tonta

Primera parte: La despedida

El sol apenas empezaba a asomarse tras las montañas cuando Sofía despertó.

No lo hizo por el canto de los pájaros, que, para su sorpresa, existían también en Valdoria, aunque tenían colores extraños y canciones ligeramente desafinadas, ni por el rumor del mar golpeando los acantilados.

Despertó porque el espacio a su lado en la cama estaba vacío.

Donde la noche anterior había sentido el calor del cuerpo de Kaelen, ahora solo quedaba un hueco frío, un hundimiento en la almohada, y el tenue olor a madera y a humo que él dejaba siempre tras de sí.

Se incorporó con lentitud, sintiendo como las sábanas de lino áspero se deslizaban por su piel desnuda.

A través de la ventana, la luz grisácea del amanecer se filtraba entre las rendijas de las contraventanas, dibujando rayas pálidas en el suelo de piedra.

Gato, enroscado a sus pies, levantó la cabeza y la miró con esos ojos amarillos que parecían saberlo todo.

—Se ha ido —dijo Sofía, y su voz sonó ronca por el sueño, por las horas de la noche anterior, por la emoción que le apretaba la garganta.

Gato parpadeó lentamente. Su expresión decía: *lo sé, humana. Y no voy a llorar por él, así que tú tampoco deberías.*

Sofía se dejó caer sobre la almohada que aún conservaba el calor de Kaelen y lo olió profundamente. Envuelta en aquel aroma, podía fingir que seguía allí, que no se había ido a la guerra, que no se enfrentaba a un ejército que le doblaba en número.

Pero el perfume se desvanecía, igual que se desvanecía la noche, y con ella la ilusión de que el mundo podía esperar.

—No voy a llorar —murmuró contra la tela—. Las arquitectas no lloran. Las arquitectas construyen.

Gato maulló, y aquel maullido sonó a *tú no eres arquitecta, eres una transmigrante con poderes de piedra que se ha encaprichado de un señor de la guerra. Pero bueno, cada cual con sus problemas*.

Sofía se obligó a levantarse.

El suelo de piedra estaba frío bajo sus pies descalzos.

Buscó el camisón de lino que había caído al suelo en algún momento de la noche, no recordaba cuándo, ni como, ni le importaba, y se lo puso con movimientos torpes.

Las agujetas le recordaban cada movimiento que habían hecho, cada postura, cada momento en que el mundo había dejado de existir para dejar paso solo a ellos dos.

—Joder —murmuró—. Me duele todo.

Gato la ignoró.

Se vistió con la ropa más sencilla que encontró —un vestido gris que no necesitaba ayuda para abrocharse— y salió al pasillo.

El castillo estaba en calma, esa calma tensa que precede a las tormentas.

Los soldados del turno de noche se desperezaban junto a las antorchas humeantes, y los del turno de mañana afilaban sus espadas con movimientos cansados.

Nadie dijo nada cuando ella pasó. Pero todos la miraron.

*Saben*, pensó Sofía. *Todo el mundo sabe. Gato ha debido de contarlo.*

El patio de armas era un hervidero de actividad. Hombres y caballos se arremolinaban alrededor de los carros de suministros, mientras los capitanes daban órdenes a gritos. En el centro, rodeado de sus oficiales, Kaelen ultimaba los preparativos.

Llevaba la armadura completa: la cota de malla que tintineaba con cada movimiento, las hombreras de acero oscuro, el peto de cuero reforzado.

La espada colgaba de su cinto, y su rostro —ya de por sí severo— se había endurecido aún más bajo la luz gris del amanecer.

Pero cuando la vio, algo cambió en sus ojos. Algo que Sofía aprendió a reconocer.

—Sofía —dijo él, y su voz grave atravesó el ruido del patio como un cuchillo caliente a través de la mantequilla.

Los soldados se apartaron a su paso mientras ella se acercaba.

Sofía sintió todas las miradas clavadas en ella, algunas curiosas, otras respetuosas, unas cuantas ligeramente divertidas.

Junto a la puerta del establo, Dain la observaba con los brazos cruzados y una expresión que oscilaba entre la resignación y la diversión.

—Kaelen —respondió ella, deteniéndose frente a él.

Se miraron. El viento del acantilado alborotó el cabello de Sofía, y Kaelen apartó un mechón que le caía sobre los ojos con un gesto tan natural que parecía que llevara años haciéndolo.

—¿Has dormido bien? —preguntó él.

—No —admitió ella—. Me duele todo. Tengo agujetas en las agujetas.

Kaelen sonrió. Era una sonrisa pequeña, casi imperceptible, pero Sofía la vio.

—A mí también.

—Idiota.

—Lo sé.

Dain carraspeó desde el establo.

—Mi lord, si no le importa... los hombres están listos. El sol ya ha salido. Cuanto antes salgamos...

—Lo sé, Dain —lo interrumpió Kaelen sin apartar la vista de Sofía—. Dame un momento.

Dain suspiró y se alejó. Los demás oficiales hicieron lo mismo, de repente muy ocupados con cosas que no parecían importantes.

Sofía y Kaelen se quedaron solos en medio del bullicio, rodeados de soldados que fingían no mirarlos.

—No te vayas —dijo ella y la súplica salió de sus labios antes de que pudiera detenerla.

Kaelen negó con la cabeza.

—Tengo que hacerlo. Si Caspian rompe las líneas del norte...

—Lo sé. Lo sé. No quería decirlo en serio. Bueno, sí quería, pero es una tontería.

—No es una tontería.

—Es una tontería de enamorada.

Kaelen enarcó una ceja.

—¿Enamorada?

Sofía se sonrojó hasta las orejas.

—Es una expresión. De mi mundo. Significa... no importa. No te vayas. Pero vete. Pero no te vayas.

—Eres un caso, Sofía.

—Lo sé. Es mi encanto.

Kaelen la tomó de la mano y la apartó unos pasos, lejos de los soldados curiosos. Los dedos grandes y callosos se entrelazaron con los suyos, y Sofía sintió que el corazón se le salía del pecho.

—Escúchame —dijo él, con voz baja—. Voy a volver. No sé cuándo. Pero voy a volver.

—Los guerreros siempre dicen eso.

—Yo no soy un guerrero cualquiera.

—Eso es arrogancia.

—Es confianza.

—¿Confianza o miedo?

Kaelen la miró fijamente.

—Miedo —admitió—. Miedo a no volver. Miedo a que te pase algo mientras no estoy. Miedo a...

Se detuvo. Sofía esperó.

—Miedo a qué?

—Miedo a que te pierdas por los pasillos y no te encuentre nadie.

Sofía soltó una risa que sonó más temblorosa de lo que quería.

—Eso no es miedo. Eso es un hecho. Me voy a perder. Lo sabes. Lo saben todos. Lina tiene que venir a buscarme casi todas las noches.

Iba a pasar.

—Por eso. Por eso tengo miedo.

Kaelen apretó los dedos.

—Escúchame bien. No pienso quedarme de adorno. Si te vas, este castillo será tu mejor retaguardia, no tu talón de Aquiles.

Kaelen frunció el ceño, ya la había escuchado decir eso la noche anterior. Y volvía a repetirlo.

—¿Qué significa eso?

—Significa que cuando vuelvas —y vas a volver, porque si no vuelvo yo a por ti y te mato yo misma—, te vas a encontrar una fortaleza inexpugnable. Murallas que ni un ariete puede derribar. Un pozo lleno de agua. Soldados bien alimentados. Y un montón de mujeres cavando trincheras.

Estaba luchando por ser lo más fuerte posible porque en realidad solo quería abrazarlo, llorar y suplicarle que no se fuera.

—¿Mujeres cavando trincheras?

—Son muy buenas cavando. Créeme.

Kaelen negó con la cabeza, pero sus ojos brillaban.

—Eres una tonta, Sofía.

—Una tonta con un plan. Que es más de lo que tú tienes.

—Tengo un plan.

—Tener un plan es fácil. Tener un buen plan es lo difícil.

—¿Y tú tienes un buen plan?

—Tengo un plan excelente. Lo he pensado esta noche. Bueno, no esta noche. Esta noche estaba ocupada.

Kaelen sonrió.

—Estabas ocupada, sí.

—Ya te lo dije. Idiota.

—Lo sé.

Se quedaron en silencio un momento. Los soldados cargaban los carros a su alrededor, las órdenes se gritaban a lo lejos, y los caballos resoplaban impacientes. Pero Sofía solo lo veía a él.

—Vuelve —susurró.

—Volveré —respondió él.

Kaelen inclinó la cabeza y la besó. Fue un beso breve, casto, apenas un roce de labios. Pero Sofía sintió en él todas las palabras que no habían dicho, todas las promesas que no se atrevían a hacer, todos los miedos que compartían y ninguno quería nombrar.

Cuando se separaron, el beso de Kaelen continuó en la mejilla, en la frente, en la punta de la nariz.

—Cuídate —dijo él.

—Tú también —respondió ella.

—No voy a morir.

—Eso espero. Porque si mueres, juro que voy a tu funeral y me siento en primera fila y no dejo de decir lo borde que eras.

Kaelen rio. Fue una risa corta, sorprendida, como si no estuviera acostumbrado a hacerlo.

Y Sofía pensó que era el sonido más bonito del mundo.

Luego él dio media vuelta, caminó hacia su caballo y montó con la elegancia de quien lleva haciéndolo desde que aprendió a andar. Dain le tendió las riendas y dijo algo que Sofía no escuchó. Kaelen asintió, y entonces todo el ejército empezó a moverse.

Sofía se quedó en medio del patio de armas, con Gato apareciendo de la nada para pegarse a sus piernas.

—Se va —murmuró.

Gato maulló.

—Ya sé que lo ves. No hace falta que lo digas.

Gato maulló otra vez.

—Inútil.

Y Sofía se quedó mirando el horizonte hasta que la última sombra de Kaelen desapareció tras las colinas.

Segunda parte: La espera

La primera noche sin Kaelen fue dura.

Sofía dio vueltas en la cama durante horas, escuchando el silencio del castillo y sintiendo el peso de la ausencia.

La almohada de él ya no olía a madera ni a humo.

Lina había cambiado las sábanas por la mañana, y ahora todo olía a jabón de sosa y a lavanda.

Un olor demasiado limpio, demasiado aséptico, que no le dejaba dormir.

—Esto es ridículo —dijo en voz alta—. Llevamos juntos dos semanas y ya no puedo dormir sin él.

Gato, en el alféizar de la ventana, abrió un ojo y la miró.

—No me mires así. Tú también lo echas de menos.

Gato cerró el ojo.

—Inútil.

La segunda noche fue peor. Sofía intentó leer el Libro de los Orígenes, pero las palabras se le borroneaban mientras pensaba en Kaelen, en su armadura, en la forma en que la había mirado antes de irse. Dejó el libro sobre la mesilla, apagó la vela y se quedó mirando el techo.