Capítulo 11 La noche en que cambió todo #3
Esa petición fue la perdición de Kaelen. Gruñó y obedeció, sus caderas golpeando contra las de ella con redoblada intensidad. Una mano bajó entre sus cuerpos y frotó su clítoris con el pulgar, mientras la otra se aferraba a su cadera, sujetándola para recibir cada embestida.
—Estás hecha para mí —gruñó contra su cuello, mordiendo la piel sensible del hombro—. Este coño es mío esta noche.
—Sí —gimió Sofía, arqueando el cuello, ofreciéndose—. Tuyo.
—Córrete —ordenó él, follándola más rápido, las palabras saliendo entre jadeos—. Córrete en mi polla.
Y ella lo hizo.
Sofía se corrió con un grito ahogado, su cuerpo tensándose como un arco, su coño contrayéndose violentamente alrededor de su polla, exprimiéndolo, succionándolo.
Kaelen sintió como ella se deshacía bajo él, como temblaba, como sus uñas se clavaban en su espalda con una fuerza que seguramente dejaría marcas.
Pero no se detuvo. Siguió follándola a través de su orgasmo, prolongándolo, sintiendo como las contracciones lo masajeaban una y otra vez, hasta que ella quedó temblando y sin aliento, los ojos cerrados, los labios entreabiertos.
Apenas había bajado de la primera ola cuando Kaelen la giró sobre el estómago. La levantó por las caderas, poniéndola de rodillas, y volvió a penetrarla desde atrás con un gemido gutural que sonó casi animal.
—Otra vez —dijo, la voz ronca, rota—. Quiero sentirte correrte otra vez.
Sofía enterró el rostro en las sábanas, gimiendo mientras él la follaba profundo y duro.
En aquella posición llegaba aún más lejos, golpeando lugares dentro de ella que la hacían ver las estrellas.
La mano de Kaelen bajó entre sus piernas y frotó su clítoris hinchado sin piedad, con una presión que bordeaba el dolor y el placer al mismo tiempo.
—Kaelen… ¡joder, es demasiado!
—No es suficiente —respondió él, embistiendo con más fuerza, su polla entrando y saliendo con un sonido húmedo y obsceno—. Quiero todo de ti.
Sus movimientos se volvieron erráticos, salvajes. El sonido de su piel chocando contra la de ella, el crujir de la cama bajo sus cuerpos, los gemidos ahogados de Sofía en las sábanas. Todo se fundió en una sinfonía de desesperación y deseo.
Sofía sintió otro orgasmo construyéndose en su interior, más intenso que el anterior, más profundo.
—Estoy cerca… otra vez… —jadeó.
—Dámelo —gruñó Kaelen, inclinándose sobre ella, su pecho contra su espalda, su boca en su hombro—. Dámelo todo.
Y Sofía explotó por segunda vez, gritando contra las sábanas mientras su coño apretaba su polla como un puño. La ola la arrasó por completo, dejándola temblando, sin aire, sin pensamientos.
Kaelen aguantó solo unas pocas embestidas más.
Su ritmo se volvió errático, desordenado, y con un rugido ronco que resonó en las paredes de piedra, se enterró hasta el fondo.
Sofía sintió como su polla se hinchaba un instante antes de que su calor la llenara por dentro, chorros calientes que se derramaban en su interior mientras su cuerpo temblaba sobre el de ella.
Ambos cayeron sobre la cama, exhaustos, sudorosos, entrelazados. El aliento de Kaelen se mezcló con el de Sofía en la penumbra.
Se giró para no aplastarla, pero la mantuvo pegada a su cuerpo, su polla aún semi-dura dentro de ella, como si no quisiera separarse ni un instante.
Kaelen nunca había sentido algo así.
No solo placer físico, aunque ese había sido brutal, primario, devastador, sino una conexión profunda, casi dolorosa, que se extendía desde su pecho hasta cada rincón de su cuerpo.
Como si al follarla hubiera sellado algo que iba más allá de la carne.
Más allá de la guerra. Más allá de todo lo que conocía.
Acarició su espalda sudorosa con la palma de la mano, trazando la línea de su columna vértebra por vértebra, sintiendo como se estremecía bajo su tacto.
—Sofía —murmuró contra su cabello.
Ella giró la cabeza para mirarlo. Sus ojos seguían brillando, las mejillas sonrojadas, los labios hinchados por los besos.
—No digas nada que no sientas de verdad —susurró ella, aun jadeando.
Kaelen la besó lentamente. Un beso suave, casi perezoso, que contrastaba con la ferocidad de minutos antes. Sus labios se encontraron con una ternura que él mismo no sabía que poseía.
—No sé cómo decirlo con palabras bonitas —admitió, separándose apenas un centímetro—. Pero esto… tú… no es solo esta noche. Quiero que seas mía. De verdad. No por el matrimonio concertado. No por la alianza. Sino porque te elijo. Y quiero que me elijas a mí.
Sofía sonrió. Una sonrisa suave, cansada, llena de todo aquello que Kaelen nunca había sabido nombrar. Su mano subió a su rostro y acarició la cicatriz de su mejilla con una ternura que le rompió algo por dentro.
—Te elijo, Kaelen —respondió ella—. Al Carnicero, al Lord, al hombre que no sabe hablar de sentimientos pero que sujeta la cuerda cuando bajo al pozo. Te elijo a ti. A ti y a todas tus cicatrices.
Él la abrazó con más fuerza, enterrando el rostro en su cuello, sintiendo el latido de su corazón contra el suyo.
—Mañana la guerra —murmuró—. Pero esta noche… esta noche eres mía.
—Y tú eres mío —respondió ella, cerrando los ojos, sintiendo como su polla se movía ligeramente dentro de ella otra vez—. No lo olvides.
Gato, que había regresado en algún momento sin que nadie lo notara y se había instalado en el alféizar de la ventana con la dignidad de un rey exiliado, emitió un ronroneo bajo y satisfecho. Sus ojos amarillos brillaron en la oscuridad como dos faros.
Fuera, el viento del mar golpeaba contra los acantilados de Roca Negra. Dentro, entre sábanas revueltas, sábanas que aún guardaban el calor de sus cuerpos, y sombras danzantes, dos almas —una de fuego inestable y otra de piedra antigua— habían encontrado, al menos por esta noche, un refugio.
Kaelen besó su frente con una suavidad que no sabía que poseía.
—Descansa —susurró—. Mañana hablaremos de lo que viene. De la promesa que me hiciste en la sala del consejo.
Sofía sonrió contra su pecho, sintiendo como su cuerpo se relajaba, como el sueño la vencía.
—No pienso quedarme de adorno —murmuró, las palabras ya borrosas—. Si te vas a la guerra, este castillo será tu mejor retaguardia, no tu talón de Aquiles.
Kaelen soltó una risa baja, una risa que vibraba en su pecho y que Sofía sintió en todo su cuerpo.
—Mi esposa terca y peligrosa —murmuró, con un orgullo que apenas podía contener.
—Tu esposa —confirmó ella, ya medio dormida—. Y la que despierta.
Él la abrazó más fuerte, sintiendo como el fuego en su interior, ese fuego que siempre había temido no poder controlar, por primera vez en años parecía estable. No por la fuerza de su voluntad. No por el control sobre su maldición.
Sino por ella.
Solo por ella.
La noche los envolvió en su manto de silencio, y por unas horas, la guerra, la profecía y el mundo entero quedaron fuera de aquellas cuatro paredes de piedra.
Solo existían ellos dos.
Y la promesa de una tonta que había decidido no quedarse quieta.