Capítulo 11 La noche en que cambió todo #2
—Sofía… —murmuró contra su cabello, la voz ronca, quebrada—. Si empezamos esto, no sé si podré parar.
Ella levantó el rostro para mirarlo a los ojos. Los suyos brillaban a la luz del fuego, avellana con reflejos dorados, y no había miedo en ellos. Solo deseo. Solo certeza.
—No quiero que pares —respondió ella, con una sonrisa que era un desafío y una promesa a partes iguales—. Esta noche no.
Kaelen la besó.
No fue un beso suave. No fue el beso que un hombre da a una dama en los jardines de la corte.
Fue hambre pura, años de contención rompiéndose de golpe como un dique que cede ante la presión del agua.
Sus labios se encontraron con fuerza, dientes chocando ligeramente en la urgencia, y él supo que no había vuelta atrás.
La devoró.
Su lengua invadió su boca, explorando, reclamando cada rincón como un conquistador que planta su bandera en tierra firme. El sabor de Sofía era mejor de lo que había imaginado. A vino tinto, a la infusión de hierbas que tomaba en las cenas, a algo dulce y cálido que no sabía nombrar.
Sofía gimió contra él, un sonido ahogado que recorrió todo su cuerpo como una descarga eléctrica, y sus manos subieron por su pecho hasta enredarse en su cabello oscuro. Tiraba suavemente, apenas un roce, y Kaelen sintió que el suelo se abría bajo sus pies.
—Sofía —volvió a murmurar, esta vez contra sus labios, y ya no era una oración, era una súplica.
Él la levantó sin esfuerzo, las manos bajo sus muslos, sintiendo el calor de sus piernas al envolverlo.
Ella pesaba tan poco en sus brazos que parecía una pluma, pero al mismo tiempo era el peso más sólido que había sostenido nunca.
La llevó hasta la gran cama de madera tallada en la oscuridad, la misma que había pertenecido a su padre y a su abuelo, la misma en la que nunca había imaginado que alguien pudiera acompañarlo.
La depositó sobre las sábanas de lino áspero, con cuidado, con una ternura que no sabía que poseía. Sofía quedó tendida bajo él, el cabello extendido sobre la almohada, los ojos clavados en los suyos.
Kaelen se quedó de pie un momento, mirándola desde arriba, bebiéndose la imagen. Luego, sin prisa, se quitó la túnica por la cabeza, dejando que cayera al suelo.
Los ojos de Sofía se abrieron de par en par.
El torso de Kaelen era un mapa de cicatrices y músculos duros.
Sofía lo recorrió con la mirada, devorando cada centímetro de piel expuesta.
Cicatrices blancas que cruzaban su pecho en todas direcciones, algunas finas como cabellos, otras gruesas como la cuerda que habían usado en el pozo.
Marcas de quemaduras antiguas en el hombro izquierdo, la piel arrugada y oscura, su poder de fuego, inestable y peligroso, el mismo que lo aislaba del mundo.
Y una línea gruesa que bajaba por su abdomen, serpenteando entre los músculos marcados hasta desaparecer bajo el borde de los pantalones.
—Eres… impresionante —susurró ella, sin poder evitarlo.
Kaelen soltó una risa corta, casi amarga. El sonido le raspó la garganta como si no estuviera acostumbrado a reír.
—Soy un monstruo con cicatrices, Sofía —dijo, y por un instante vio en sus ojos la sombra de todas las personas que le habían tenido miedo, que se habían alejado al verlo desnudo.
Pero Sofía no era ellas.
—Eres mío —replicó ella, extendiendo la mano hacia él, los dedos temblorosos pero decididos—. Esta noche, al menos.
La certeza en su voz pareció romper algo dentro de Kaelen. Bajó la guardia, esa que siempre mantenía alta, y se arrodilló sobre la cama, cubriéndola con su cuerpo. El peso de él sobre ella era abrumador, pero no incómodo. Era como estar bajo un refugio, protegida del mundo exterior.
Sus manos fueron directas al corpiño del vestido. Los dedos grandes y torpes lucharon con las lazadas de tela, desatando con una impaciencia que contrastaba con su habitual control. Cada nudo que caía era una barrera menos entre ellos.
La tela se abrió, revelando la piel pálida de sus senos, los pezones ya duros por la excitación y el frío de la noche. Kaelen inclinó la cabeza y tomó uno en su boca, succionando con fuerza mientras su mano amasaba el otro, los dedos ásperos rozando el pezón erecto.
Sofía arqueó la espalda, un gemido escapando de sus labios.
—Kaelen… joder…
El placer era eléctrico. Su boca caliente, la aspereza de su lengua, la forma en que sus dientes rozaban justo lo suficiente para doler de la mejor manera.
Sentía su polla endureciéndose contra su muslo, gruesa y pesada incluso a través de la tela de los pantalones.
El calor de ella era insoportable y delicioso al mismo tiempo.
Instintivamente abrió las piernas, buscando más contacto, más presión, más de él.
Kaelen gruñó contra su piel cuando sintió como se abría para él.
Las piernas de Sofía se separaron, un gesto inconsciente, animal, que encendió algo primitivo en su interior.
Bajó más, besando su vientre, lamiendo el borde de su ombligo, dejando un rastro húmedo a su paso.
Sus manos grandes subieron su falda hasta la cintura, torciendo la tela, exponiendo sus piernas y el triángulo de tela que cubría su coño.
La tela estaba empapada. Mojada. Caliente.
Kaelen pasó un dedo por encima, sintiendo la humedad que la empapaba, y el contacto hizo que Sofía se estremeciera entera.
—Estás mojada —dijo él, la voz ronca de deseo, casi ininteligible—. Tan jodidamente mojada para mí.
Sofía se mordió el labio, las mejillas ardiendo, y en sus ojos se mezclaban la vergüenza y el deseo en partes iguales.
—Llevo días así —admitió en un susurro, apenas audible—. Pensando en ti. En esto.
El corazón de Kaelen dio un vuelco. Por un instante, todas sus dudas, todos sus miedos, todas las advertencias que se había repetido a sí mismo en las últimas horas se disiparon como humo al viento. Ella lo había deseado. Ella lo había pensado. Ella estaba allí, con él, porque quería estar.
Apartó la tela a un lado y deslizó dos dedos gruesos entre sus pliegues, sintiendo el calor y la humedad que lo envolvían.
Sus dedos se movieron con lentitud, explorándola, abriéndola, conociéndola de una forma que ningún otro hombre la había conocido.
Su pulgar encontró el clítoris hinchado, resbaladizo por sus propios jugos, y lo frotó en círculos lentos y firmes.
—Dioses… —gimió Sofía, sus caderas moviéndose contra su mano, buscando más presión, más ritmo—. Más… por favor…
Kaelen obedeció.
Bajó la cabeza y reemplazó los dedos con la boca.
Su lengua lamió su coño con avidez, con devoción, saboreándola, penetrándola.
El sabor era adictivo. Dulce, salado, completamente femenino.
Bebió de ella como un hombre sediento en el desierto, los dedos entrando y saliendo de su interior empapado, curvándose para encontrar ese punto que la hacía retorcerse y gemir.
Sofía gritó, sus manos enredándose en el cabello de Kaelen, tirando de él mientras su cuerpo se tensaba como una cuerda a punto de romperse.
—Kaelen… ¡joder, sí!
Su sabor era algo que Kaelen no podía describir. Solo sabía que lo necesitaba. Lo necesitaba como el agua, como el aire.
Sofía quería más. Quería todo.
Sintió como él se incorporaba solo lo suficiente para quitarse los pantalones.
La tela cayó al suelo, y su polla saltó libre, gruesa, larga, la cabeza ya brillante por el precum que escapaba de la punta.
Sofía la miró con los ojos oscurecidos de deseo, sintiendo como su coño se humedecía aún más solo de verla.
—Ven aquí —susurró ella, extendiendo los brazos hacia él.
Kaelen se colocó entre sus piernas abiertas, su cuerpo cubriendo el de ella por completo. Frotó la cabeza de su polla contra su coño mojado, deslizándose entre sus pliegues, cubriéndose de sus jugos. El contacto era casi insoportable, una promesa que necesitaba cumplirse.
—¿Estás segura? —preguntó una última vez, la voz tensa por el esfuerzo de controlarse, las manos temblorosas a ambos lados de su rostro.
Sofía lo miró a los ojos, rodeó su cuello con los brazos y levantó las caderas para encontrarlo.
—Fóllame, Kaelen —dijo—. Ahora.
Él empujó.
Entró en ella de un solo movimiento profundo, enterrándose hasta la base.
La sensación fue abrumadora: el coño de Sofía era apretado, caliente, perfecto.
Las paredes internas se cerraron a su alrededor, succionándolo, reclamándolo.
Ambos gimieron al unísono, un sonido que se fundió con el crepitar del fuego.
—Joder… —gruñó Kaelen, quedándose quieto un momento, los ojos cerrados, la respiración entrecortada—. Tan apretada… tan jodidamente perfecta.
Sofía clavó las uñas en su espalda, sintiendo como arañaba la piel marcada por las cicatrices. Sus piernas rodearon su cintura, atrapándolo dentro de ella, asegurándose de que no pudiera escapar.
—Muévete —suplicó, la voz quebrada—. Por favor… necesito sentirte.
Kaelen comenzó a moverse.
Al principio fueron embestidas lentas, casi tortuosas. Salía casi por completo, los labios de su coño aferrándose a la cabeza de su polla como si no quisieran dejarlo ir, y luego volvía a hundirse hasta el fondo, sintiendo cómo ella lo recibía, como se abría para él.
El sonido de sus pieles chocando llenaba la habitación, húmedo, rítmico, acompañado por los gemidos de Sofía, los jadeos de Kaelen, y el crepitar insistente de la chimenea.
Luego más rápido. Más duro. El control que tanto le había costado mantener durante años se desmoronó como un castillo de arena frente a la marea. Sus caderas golpeaban contra las de ella con una fuerza brutal, su polla entrando y saliendo de su coño empapado a un ritmo salvaje, primitivo.
Los senos de Sofía rebotaban con cada impacto, y Kaelen no podía apartar la vista de ellos. Eran perfectos. Pequeños, firmes, coronados por pezones oscuros que ella misma se tocaba mientras apretaba los labios para no gritar demasiado fuerte.
—Más fuerte —pidió ella, la voz entrecortada, los ojos vidriosos de placer—. Quiero sentirte mañana cuando camine.