Capítulo 11 La noche en que cambió todo
Kaelen
Kaelen observaba el fuego crepitando en la chimenea de sus aposentos.
Las llamas bailaban con furia contenida, lanzando chispas hacia arriba que se extinguían antes de llegar al techo de piedra.
Era un espectáculo hipnótico, el mismo que había contemplado miles de noches a lo largo de sus treinta y seis años, pero aquella noche algo era diferente.
El torbellino que sentía en el pecho desde que Sofía había entrado en la sala del consejo con aquel maldito pergamino no le dejaba pensar.
El mensaje de Caspian no era solo una amenaza; era el comienzo del fin.
La guerra ya no era un rumor lejano que se comentaba en voz baja en las tabernas.
Estaba aquí, golpeando las puertas de Roca Negra con la fuerza de un ariete.
Pero en ese momento, mientras el castillo dormía bajo un cielo plomizo y el viento del mar ululaba entre las almenas, lo único que ocupaba su mente era ella.
Sofía.
No lady Elara. No la esposa que le habían impuesto como parte de una alianza política entre dos casas nobles.
Sofía. La mujer que había aparecido en su vida como una piedra lanzada al agua, formando ondas que aún no había terminado de comprender.
La que hablaba con las piedras como si fueran viejas amigas.
La que bajaba a pozos oscuros sin pensarlo dos veces.
La que lo miraba sin miedo, sin esa mezcla de terror y sumisión que había visto en los ojos de todas las mujeres que habían pasado por su vida.
Y lo peor de todo era que aquella hembra testaruda le había robado el sueño con un simple beso en la mejilla.
—Mierda —murmuró para sí, pasándose una mano por el rostro.
Sintió el roce áspero de la barba incipiente bajo sus dedos.
Llevaba tres días sin afeitarse, demasiado ocupado con los preparativos de la guerra como para pensar en nimiedades.
La sombra oscura le daba un aire más rudo, más peligroso.
Dain le había dicho aquella mañana que parecía un asesino recién salido de un calabozo.
—Gracias —había respondido Kaelen, sin saber si era un cumplido o una advertencia.
Ahora, en la soledad de sus aposentos, se preguntaba qué pensaría ella de aquel aspecto. Si le gustaría. Si le daría igual. Si siquiera lo notaría.
Había intentado concentrarse en los mapas antes de que ella llegara.
En los informes de los capitanes. En las defensas que debían reforzar antes del amanecer.
Pero cada línea que trazaba en el pergamino se convertía en la curva de su cuello.
Cada sombra proyectada por la lumbre le recordaba el brillo de sus ojos avellana a la luz de las velas, esa forma que tenían de mirarlo como si pudiera ver a través de todas sus máscaras.
—Eres patético —se dijo, apoyando la frente contra la piedra fría de la chimenea—. Un guerrero de treinta y seis años, temido en todo el reino, y estás aquí, nervioso como un adolescente antes de su primer encuentro con una mujer.
La risa amarga se le atragantó en la garganta. Porque no era un encuentro cualquiera. Sabía lo que estaba a punto de pasar. Lo sabía desde que ella había cerrado la puerta de la sala del consejo y le había dicho que no quería pasar la noche sola.
Y justo entonces, como si sus pensamientos la hubieran conjurado, un golpe suave en la puerta lo sacó de sus cavilaciones.
Kaelen enderezó la espalda, alisó la túnica gris que llevaba puesta —la más sencilla que había encontrado, porque la azul le pareció demasiado pretenciosa— y se volvió hacia la entrada.
—Adelante —dijo, con voz más ronca de lo que pretendía.
La puerta se abrió.
Sofía entró con paso vacilante, como si cada pieza de madera del suelo fuera un territorio desconocido que debía conquistar.
Llevaba el mismo vestido azul claro de la cena anterior, ahora ligeramente arrugado por el día de trabajo.
El delantal de cuero que usaba para las obras había desaparecido, dejando ver la línea de su cintura.
Su cabello castaño caía suelto sobre los hombros, suelto como no lo llevaba nunca, y en su cuello brillaba débilmente el colgante que había encontrado en el pozo, la piedra oscura latiendo con una luz propia.
Gato la seguía como una sombra silenciosa, con ese aire de superioridad que parecía decir "yo ya sé lo que va a pasar aquí, no me hagáis esperar".
Pero en cuanto vio a Kaelen, el animal se detuvo en seco, emitió un maullido bajo y cargado de significado, y desapareció por el pasillo con su habitual arrogancia.
La puerta se cerró tras él con un suave clic.
Kaelen y Sofía se quedaron solos.
Ella se apoyó contra la madera, mirándolo. La luz del fuego la envolvía, tiñendo su piel de tonos anaranjados y creando sombras que se movían con las llamas. Parecía irreal, como una aparición, pero Kaelen podía oler su perfume a hierbas y a algo dulce desde donde estaba.
—Dijiste que querías que me quedara esta noche —dijo ella sin preámbulos, con esa forma directa que a él lo desarmaba por completo—. Aquí estoy.
Kaelen se levantó lentamente de la silla junto al fuego, sintiendo como la madera crujía bajo su peso.
La luz de las llamas lo envolvía a él también, resaltando las cicatrices de su rostro, la anchura de sus hombros, las manos grandes que no sabían muy bien dónde colocarse.
Sus ojos grises se clavaron en ella con una intensidad que hizo que Sofía desviara la mirada un instante, solo para volver a encontrarla.
—Pensé que cambiarías de opinión —murmuró él, dando un paso hacia ella.
El espacio entre ellos se redujo.
Sofía negó con la cabeza. Una sonrisa nerviosa asomó en sus labios, esos labios que Kaelen había imaginado tantas veces en la oscuridad de su cama. Los últimos coletazos de miedo antes de lanzarse al vacío.
—No soy de las que cambian de opinión cuando dicen que sí a algo importante —respondió ella.
El corazón de Sofía le latía tan fuerte que estaba segura de que Kaelen podía oírlo desde el otro lado de la habitación.
Cada latido era un martillazo en sus sienes, en su pecho, en el punto más hondo de su vientre.
Había pasado la última hora en sus aposentos, caminando de un lado a otro como una fiera enjaulada, debatiéndose entre la prudencia y el deseo que llevaba días acumulándose en su interior.
Gato la había seguido con la mirada durante todo ese tiempo, enroscado en el alféizar de la ventana, con esa expresión que decía "decídete de una vez, humana, que necesito dormir".
La guerra estaba a punto de estallar. Caspian quería su cabeza, o la de Kaelen, o ambas. Mañana todo podía cambiar. El mundo que habían empezado a construir podría derrumbarse antes de tener cimientos.
Pero esta noche… esta noche solo existían ellos dos.
Se había mirado al espejo antes de salir, el mismo espejo de metal bruñido que la había mirado el primer día en aquel mundo.
El rostro que le devolvía la imagen ya no le parecía tan ajeno.
Los pómulos marcados, la nariz respingona, las pecas que se habían oscurecido con el sol del patio de armas.
Era Sofía. Era ella. Y aquella mujer, la que miraba desde el espejo, había decidido que no quería morir sin saber como era sentirse viva de verdad.
Se acercó a él, sintiendo como el suelo de piedra fría contrastaba con el calor que subía por su cuerpo. Cada paso era un paso hacia el abismo. Pero ella ya había caído una vez. Ya sabía lo que se sentía morir.
Ahora quería saber lo que se sentía vivir.
Kaelen no se movió. Se limitó a mirarla, con esa expresión severa que tantas veces la había hecho dudar de sus intenciones. Pero ahora Sofía sabía leerlo mejor. Aquella severidad ocultaba un fuego mucho más peligroso que el de la chimenea.
—Kaelen —dijo ella, deteniéndose a un paso de distancia, tan cerca que podía sentir el calor de su cuerpo—. No sé qué va a pasar mañana. Ni dentro de una semana. Pero sé que no quiero pasar esta noche sola. Y creo… creo que tú tampoco.
Él no respondió con palabras. Extendió la mano y le rozó la mejilla con el dorso de los dedos, con una suavidad que contrastaba con todo lo que Kaelen representaba. El contacto fue apenas un roce, casi reverente, pero Sofía sintió que le quemaba la piel como una marca de fuego.
—No soy un hombre suave, Sofía —advirtió él, la voz baja y rasgada, como piedras frotándose—. He pasado más años matando que amando. No sé si puedo darte lo que mereces.
Sofía tomó su mano y la presionó contra su mejilla, inclinándose hacia el tacto de sus dedos ásperos. Cerró los ojos un instante, dejándose llevar por la sensación.
—No quiero suavidad —susurró—. Quiero verdad. Quiero lo que eres. El Carnicero, el Lord, el hombre que sujeta la cuerda cuando bajo a un pozo oscuro. Quiero todo eso esta noche.
Kaelen soltó un sonido grave, casi un gruñido, y la atrajo hacia él con un movimiento tan rápido que Sofía apenas tuvo tiempo de respirar.
Sus cuerpos chocaron con una violencia que le robó el aliento.
Sintió la dureza de su pecho contra sus senos, la presión de sus manos en su cintura, y el latido acelerado de su corazón bajo la túnica.
—Sofía —murmuró él contra su cabello, y su nombre sonó como una oración y como un conjuro al mismo tiempo.
Dioses, cómo olía. Kaelen no podía pensar en otra cosa.
A cal, a hierbas secas, a mujer. A algo vivo y real en medio de un mundo de piedra y muerte. Sus fosas nasales se llenaron de aquel aroma que llevaba días persiguiéndolo en sueños, y supo que nunca podría olvidarlo. Era el olor de ella. El olor de su perdición.
Sus manos se cerraron en la tela de su vestido, los dedos tensos, los nudillos blancos.
La apretó contra sí con una fuerza que rozaba la desesperación, como si temiera que pudiera desvanecerse como las llamas de la chimenea.
Podía sentir cada curva de su cuerpo contra el suyo: la cintura estrecha que sus manos podían rodear por completo, la suave redondez de sus caderas donde siempre quería posar las palmas, el calor que irradiaba entre sus piernas, donde él llevaba días imaginándose.