Lords de los cielos CAPÍTULO 10 El Vuelo del Cuervo #4
19%

CAPÍTULO 10 El Vuelo del Cuervo #4

—Sí —respondió Sofía—. Movimiento. Caspian espera que hagas algo. Espera que actúes como el guerrero que eres. No lo hagas. Sé predecible de la manera que él no espera.

Kaelen la miró.

—¿Te parece que no movernos es una opción? —preguntó.

—No —admitió Sofía—. No del todo. Pero movernos poco, sí. Hacer lo que él no espera. Si espera que declares la guerra, no lo hagas. Si espera que te escondas en el castillo, sal de caza. Si espera que envíes a tus mejores soldados a la capital, quédate con ellos aquí.

—¿Y si espera que haga algo y no lo hago? —preguntó Kaelen.

—Entonces ganas —respondió Sofía—. Porque él tiene un plan, y los planes se basan en suposiciones. Si no haces lo que supone, su plan se derrumba. Y cuando el plan se derrumba, el que pierde es él.

Dain resopló.

—Habla como una estratega —dijo, con un tono que ya no era desdeñoso, sino casi respetuoso.

—No soy estratega —respondió Sofía, encogiéndose de hombros—. Soy arquitecta. Y en arquitectura, el peor enemigo no es el mal material o los malos cimientos. Es el plan. Cuando el plan falla, todo se derrumba. Y Caspian tiene un plan. Solo tenemos que romperlo.

El silencio que siguió fue de una naturaleza diferente. Los capitanes la miraban con respeto. Incluso Dain, a regañadientes, asintió.

—Lady Sofía tiene razón —dijo Jorund—. No podemos darle a Caspian lo que quiere. No podemos jugar a su juego.

—Entonces, ¿qué hacemos? —preguntó el joven nervioso.

Kaelen apoyó las manos en la mesa y recorrió con la mirada a sus capitanes.

—Nos quedamos aquí —dijo—. Reforzamos las defensas. Enviamos espías a la capital. Buscamos aliados de entre los nobles que aún no se han vendido a Caspian. Y esperamos.

—¿Esperar qué? —preguntó Dain.

—A que Caspian cometa el primer error —respondió Kaelen.

—¿Y si no lo comete?

—Entonces, lo forzamos.

La reunión terminó pasada la medianoche.

Los capitanes salieron en fila, algunos arrastrando los pies, otros bostezando sin disimulo. Dain fue el último, y antes de cruzar la puerta, se volvió para mirar a Sofía con una expresión que ella no supo interpretar.

—Lady Sofía —dijo, con un tono que intentaba ser neutral—. Ha estado... interesante. Hoy.

—Gracias, Dain —respondió ella—. Creo.

Dain asintió y salió, cerrando la puerta tras de sí.

Sofía se quedó sola con Kaelen en la sala vacía. Las velas se habían consumido casi por completo, y solo dos o tres parpadeaban débilmente en sus candelabros. La luz era tenue, íntima, como si las llamas supieran que merecía la pena ahorrar energía.

—Has estado brillante —dijo Kaelen sin mirarla. Estaba recogiendo los mapas de la mesa, enrollándolos con cuidado.

—He estado hablando —respondió Sofía, apoyándose en la pared—. No es lo mismo.

—Pues lo parece.

Kaelen sonrió. Era una sonrisa pequeña, cansada, pero estaba ahí. Una curva apenas perceptible en las comisuras de los labios que transformaba por completo su rostro severo.

—Gracias —dijo, colocando el último mapa en un estante.

—¿Por?

—Por estar aquí —respondió él, volviéndose hacia ella—. Por pensar. Por no tener miedo. Por no haberte ido cuando aún podías.

Sofía se encogió de hombros.

—Tengo miedo —admitió—. Mucho. Pero tener miedo no significa quedarse quieta. Significa moverse con cuidado. Y yo sé moverme con cuidado. Me he pasado la vida moviéndome entre andamios y grúas.

—No —dijo Kaelen—. No significa.

Se miraron. La distancia entre ellos era mínima, apenas unos pasos. Sofía podía sentir el calor del cuerpo de Kaelen, podía oler su perfume a madera y a humo. Podía ver el latido de su pulso en el cuello.

—Kaelen —dijo Sofía, rompiendo el silencio—. Pase lo que pase... no quiero que te pase nada.

Kaelen la miró fijamente. Sus ojos grises parecían atravesarla.

—¿Por qué? —preguntó, con voz ronca.

—Porque... —Sofía dudó, buscando las palabras—. No lo sé. Porque me importas. Porque eres insoportable y borde y no sabes expresar lo que sientes. Porque te pasas el día frunciendo el ceño y llamándome herramienta. Porque eres un desastre emocional. Pero me importas. Y no quiero que te pase nada.

Kaelen dio un paso hacia ella. Luego otro. Ahora estaban tan cerca que Sofía podía sentir su respiración en la frente.

—Sofía... —murmuró.

—No hace falta que digas nada —lo interrumpió ella, levantando una mano—. Solo quería que lo supieras. Por si... ya sabes. Por si la guerra. Por si todo esto se va al carajo.

Kaelen la miró un largo momento. Un momento que se alargó hasta hacerse eterno.

Luego, con un gesto que pareció costarle un esfuerzo enorme, le tendió la mano.

—¿Quieres quedarte? —preguntó—. Conmigo. Esta noche. Mientras esperamos.

Sofía miró su mano. Era una mano grande, callosa, marcada por las cicatrices de las batallas. Una mano que había empuñado espadas y hachas, que había matado hombres.

Una mano que ahora temblaba ligeramente.

*Es una mala idea*, pensó. *Una pésima idea. Va a complicarlo todo. Va a hacer que sea más difícil cuando tenga que irme.*

—Sí —dijo.

Kaelen sonrió. Era una sonrisa pequeña, casi imperceptible, pero estaba ahí.

Y Sofía pensó que, por primera vez en muchos días, quizás podría dormir tranquila.

O al menos, no del todo asustada.