CAPÍTULO 10 El Vuelo del Cuervo #3
—Si no vamos, seremos traidores —añadió Jorund, cruzando los brazos sobre su enorme pecho.
—Lo sé.
—¿Y entonces qué hacemos? —preguntó el joven nervioso, con un hilo de voz.
Kaelen apoyó las manos en la mesa y recorrió con la mirada a sus capitanes. Uno por uno.
—Nos preparamos para la guerra —dijo.
El silencio que siguió fue tan denso que se oía el viento silbando entre las rendijas de las ventanas. Los capitanes intercambiaron miradas, algunos con el ceño fruncido, otros con los ojos abiertos de par en par.
—¿Guerra? —preguntó Jorund, con su voz grave—. ¿Guerra contra el rey?
—Caspian no es el rey —respondió Kaelen, con firmeza—. Es un usurpador. Y ha matado a su propio hermano para sentarse en el trono. Eso no es un rey. Eso es un asesino con una corona.
—¿Tienes pruebas? —preguntó Dain, cruzando los brazos.
Kaelen lo miró fijamente, sostuvo su mirada.
—No —admitió—. Pero las conseguiremos.
Dain frunció el ceño.
—¿Cómo?
—Aún no lo sé —respondió Kaelen, con una honestidad que sorprendió a todos—. Pero las conseguiremos. Eso os lo prometo.
El joven nervioso levantó la mano con timidez, como un escolar que teme la respuesta del profesor.
Sofía lo observó desde su rincón y pensó que alguien tendría que ponerle un nombre, porque llamarle "el joven nervioso" en sus pensamientos empezaba a ser agotador.
También porque cuando la guerra empezara, necesitaría saber cómo llamarlo cuando gritara en medio del campo de batalla.
—Yo, mi lord... —balbuceó—. Yo tengo un primo que trabaja en la cocina de la capital. Podría... podría preguntarle si ha oído algo. Sobre Caspian. Sobre cómo mató al rey. Sobre...
Kaelen lo miró.
—¿Tu primo trabaja en la cocina? —preguntó.
—Sí, mi lord —respondió el joven, asintiendo con entusiasmo—. Es pinche del cocinero mayor. Lleva allí tres años. Entra en todos los salones. Lleva las bandejas. Oye las conversaciones.
—¿Y tu primo es de confianza?
—Es mi primo, mi lord —dijo, con una sonrisa—. Compartíamos chupete. Le salvé la vida una vez cuando nos atacaron unos bandidos en el camino. Es leal. Lo juro por mi espada.
Kaelen enarcó una ceja, pero no preguntó qué demonios era un chupete. Simplemente asintió.
—Bien. Escríbele. Pero con cuidado. Nada que pueda delatarnos. Códigos. Palabras en clave. Nada de nombres. Nada de fechas. Y que queme las cartas después de leerlas.
—Sí, mi lord —dijo el joven, casi saltando de alegría.
Dain resopló, apoyándose en el respaldo de la silla.
—¿Vamos a fiarnos de un pinche de cocina? —preguntó, con tono desdeñoso.
—Dain —dijo Kaelen, y su voz fue tan cortante como una espada—. Vamos a fiarnos de todo lo que podamos. En la guerra, hasta las migajas de información pueden salvar vidas. Un pinche de cocina puede saber más que diez espías porque nadie le presta atención. No subestimes nunca a los sirvientes.
Dain cerró la boca, pero su ceño fruncido delataba que no estaba convencido.
Sofía observó la escena en silencio.
*Kaelen sabe mandar*, pensó. *Sabe cómo hablarles. Cómo mantenerlos en línea sin humillarlos del todo.*
Era un don que ella no tenía. Cuando ella mandaba en las obras, los obreros la obedecían porque sabían que tenía razón, no porque tuviera carisma. Quizás debería tomar notas.
—Lady Sofía —dijo Kaelen de repente, y ella se sobresaltó—. ¿Qué opina?
Todas las miradas se volvieron hacia ella. Siete pares de ojos clavados en su rincón.
—¿Yo? —preguntó, señalándose a sí misma.
—Sí. Usted —respondió Kaelen, con un deje de diversión en la voz—. Ha estado escuchando en silencio. Eso es raro en usted. ¿Qué opina?
Sofía tragó saliva.
*Opino que me quiero ir a mi casa*, pensó. *Opino que esto es una locura. Opino que no estoy preparada para una guerra. Opino que vuestras armas me dan miedo y que vuestras armaduras huelen a sudor rancio. Y opino que el joven nervioso necesita un nombre.* Pero eso no lo iba a decir.
Se levantó de la silla y se acercó a la mesa. Todos los ojos la seguían.
—Creo —comenzó, eligiendo las palabras con cuidado— que Caspian quiere que reaccionemos. Quiere que hagamos algo. Cualquier cosa. Le da igual si vamos o no. Le da igual si nos declaramos en guerra o nos escondemos en el castillo. Solo necesita que nos movamos.
Los capitanes intercambiaron miradas.
—¿Por qué? —preguntó Jorund, el gigante calvo.
—Porque si nos movemos —explicó Sofía, apoyando las manos en la mesa—, cometemos errores.
Y cuando cometes errores, te vuelves vulnerable.
Te vuelves predecible. Caspian no nos teme a nosotros.
Teme a lo que representamos. Roca Negra es la única fortaleza en todo el reino que puede resistir un asedio prolongado.
Mientras nosotros estemos aquí, él no podrá dormir tranquilo.
Porque sabe que desde aquí podemos atacar su capital en tres días de marcha.
—¿Y qué sugiere? —preguntó Dain, con un tono que no ocultaba su escepticismo.
Sofía lo miró fijamente.
—Que no nos movamos. Que nos quedemos quietos. Que reforcemos las defensas. Que nos preparemos. Pero que no le demos lo que quiere.
—¿Movimiento? —dijo Dain.