CAPÍTULO 10 El Vuelo del Cuervo #2
—A las letrinas, lady Sofía —respondió con toda la naturalidad del mundo—. A las letrinas de los soldados. Justo detrás de esa puerta hay un agujero en el suelo sobre el que nos sentamos a hacer nuestras necesidades. Muy higiénico todo, la verdad.
—Ah —dijo Sofía, sintiendo que las mejillas le ardían—. Ah. Pues entonces... misión de exploración completada. Ya sé dónde están las letrinas. Ahora, si no te importa, podrías indicarme el camino a la sala del consejo. Para... informar de mis hallazgos.
—Claro —respondió Varn, claramente divertido—. Por aquí. Sígame.
La guio a través de un laberinto de pasillos que a Sofía le parecieron idénticos entre sí.
Gira a la derecha, luego a la izquierda, luego sube dos tramos de escaleras, luego baja uno, luego atraviesa un arco, luego...
para cuando llegaron a la sala del consejo, Sofía estaba más perdida que al principio y había perdido por completo la noción de dónde estaba el patio de armas, la torre del homenaje, su habitación y, probablemente, la salida del castillo.
—Ya está —dijo Varn, señalando una puerta de roble macizo—. ¿Necesita algo más?
—No —respondió Sofía, aún mareada—. Gracias. Eres un ángel. Un ángel de esos que aparecen en los momentos más oscuros y te guían hacia la luz. O hacia las letrinas, según el caso.
Varn sonrió y se alejó por el pasillo, visiblemente divertido por la situación.
Sofía entró en la sala del consejo sin llamar.
Empujó la pesada puerta de roble y se encontró en el espacio amplio y abovedado que tantas veces había visitado en los últimos días.
Las paredes estaban cubiertas de tapices descoloridos que representaban batallas antiguas, y en el centro se alzaba la enorme mesa de roble, cubierta de mapas y pergaminos.
Kaelen estaba allí, solo, inclinado sobre un mapa lleno de marcas rojas y negras que parecían un código secreto indescifrable.
Llevaba una túnica sencilla de lino gris, sin armadura, y el pelo aún húmedo, como si acabara de salir de un baño.
La luz de las velas danzaba sobre su rostro, iluminando las líneas de su mandíbula y el recorrido de la cicatriz que le cruzaba la mejilla.
Levantó la vista cuando ella entró, y su expresión cambió de concentración a preocupación en menos de un segundo. Dejó de lado la pluma de ave que sostenía y se enderezó, apoyando las manos en la mesa.
—¿Qué pasa? —preguntó, con la voz grave y tensa.
Sofía se acercó a la mesa y le tendió el pergamino. Sus manos aún temblaban ligeramente.
—Esto —dijo.
Kaelen cogió el pergamino, lo desenrolló con gesto rápido y leyó.
Su rostro, ya de por sí severo, se fue ensombreciendo por momentos mientras sus ojos recorrían las líneas de tinta negra.
El músculo de su mandíbula se tensó bajo la piel marcada por la cicatriz, y sus dedos se aferraron al pergamino con tanta fuerza que los nudillos se le blanquearon. El papel crujió entre sus manos.
—Hijo de puta —murmuró, sin levantar la vista.
—He pensado igual —dijo Sofía, sentándose en una silla porque sus piernas ya no la sostenían—.
Y he añadido unos cuantos insultos más por mi cuenta.
Bastante creativos, si te soy sincera. Hay uno que involucraba a su madre y a una cabra, pero no voy a repetirlo porque todavía no sé si vuestros dioses castigan la blasfemia.
Kaelen dejó el pergamino sobre la mesa, como si quemara.
—Caspian sabe que no puedo ir —dijo, pasándose una mano por el pelo—. Sabe que, si pongo un pie en la capital, me matará allí mismo. Sabe que, si no voy, seré un traidor a ojos de todos los nobles que aún dudan a quién apoyar. Es una jugada maestra, por desgracia.
—Y nosotros sabemos que él mató al rey —dijo Sofía.
—Saberlo y probarlo son dos cosas diferentes, Sofía —respondió Kaelen, empezando a caminar de un lado a otro de la sala—.
La corte está llena de nobles que le deben favores.
Caspian lleva años comprando lealtades con oro y promesas.
Si voy, muero. Si no voy, soy un traidor y puedo morir igualmente.
O me matan sus hombres o me matan los míos cuando pierdan la fe en mí.
—Así que no hay salida.
—No parece que la haya.
Kaelen se detuvo junto a la ventana y se quedó mirando el horizonte gris. Sus manos, apoyadas en el marco de piedra, apretaron la roca con fuerza.
—Es como si hubiera puesto un tablero de ajedrez y todas las fichas estuvieran en su sitio —dijo, más para sí que para ella—. Caspian sabe que soy un guerrero. Sabe que no puedo quedarme quieto. Sabe que me muevo por el honor. Ha usado eso en mi contra. Y yo... yo he caído como un idiota.
Sofía se levantó y se acercó a él.
—No eres un idiota —dijo—. Eres un hombre que defiende lo que es suyo. Eso no es una debilidad. Y Caspian no ha ganado todavía.
Kaelen la miró fijamente. Había algo en sus ojos grises, una mezcla de frustración y agradecimiento, que le hizo sentir un nudo en el estómago.
—En mi mundo —dijo Sofía, en un intento de aligerar el ambiente—, esto se llamaría "estar entre la espada y la pared".
Pero aquí, siendo la amenaza literal, supongo que se llamaría "estar entre la espada y la otra espada".
O entre la espada y el hacha. O entre la espada y la lanza.
La verdad es que tenéis muchas armas, cualquier combinación funciona.
Kaelen la miró fijamente.
—¿En tu mundo tenéis espadas y paredes? —preguntó, con un deje de curiosidad.
—A veces —respondió Sofía, apoyándose en el marco de la ventana junto a él—. Pero también tenemos abogados. Que son peores. Créeme, prefiero mil veces enfrentarme a un ejército de Caspian antes que a un abogado en un juicio.
—¿Qué son abogados? —preguntó Kaelen, frunciendo el ceño.
—Personas que estudian mucho durante muchos años para encontrar la manera de que la ley te dé la razón, aunque estés equivocado. Cobran un montón de dinero por ello. Y cuanto más equivocado estás, más cobran. Es un negocio redondo.
Kaelen frunció el ceño aún más, procesando la información.
—Eso no tiene ningún sentido —dijo.
—Bienvenido a mi mundo —respondió Sofía con una sonrisa irónica—. Donde la gente paga a otras personas para que les digan que tienen razón, aunque no la tengan. Y donde las palomas mensajeras son más educadas que los cuervos.
El silencio se instaló entre ellos, pero no era incómodo.
Era un silencio compartido, como dos personas que se enfrentan a un mismo problema y saben que están juntos en ello.
Sofía observó a Kaelen mientras él volvía a mirar el mapa extendido sobre la mesa, trazando líneas imaginarias con el dedo.
Sus movimientos eran lentos, calculados.
—¿Qué estás pensando? —preguntó ella, acercándose a la mesa.
Kaelen levantó la vista.
—Que Caspian quiere que reaccione —dijo, señalando el mapa con la punta del dedo—.
Quiere que haga algo. Cualquier cosa. Si voy a la capital, me mata.
Si declaro la guerra, la causa justa la tiene él y muchos nobles que aún dudan se pondrán de su lado.
Si me quedo quieto, gana por inacción porque yo mismo pareceré un cobarde ante los míos.
—¿Y si haces algo que no espera? —sugirió Sofía.
Kaelen enarcó una ceja.
—¿Cómo qué?
—No lo sé —admitió ella, encogiéndose de hombros—. Algo que no esté en el manual de "Cómo ser un señor de la guerra". Algo que un guerrero no haría. Algo de... arquitecta.
—Eres muy graciosa —dijo Kaelen, pero su voz sonó más suave de lo habitual.
—Lo sé —respondió Sofía con una sonrisa—. Es mi encanto. Además de hablar con las piedras y perderme por los pasillos, tengo un don para el humor absurdo en momentos de crisis. Es mi superpoder.
Kaelen negó con la cabeza, pero Sofía juró que sus labios se torcieron ligeramente hacia arriba.
*Casi una sonrisa*, pensó. *Prácticamente una carcajada. En Kaelen, eso es un derroche de alegría.*
—Tengo que reunir a los capitanes —dijo él, enderezándose—. Esto... esto cambia los planes. No podemos seguir como si nada.
—¿Y qué hago yo? —preguntó Sofía.
Kaelen la miró. Por un instante, sus ojos recorrieron su rostro como si buscara algo.
—Tú... —dudó—. Tú quédate aquí. En el castillo. Donde estés a salvo.
Sofía frunció el ceño.
—¿A salvo de qué?
—De lo que sea que Caspian quiera hacerte.
Sofía se incorporó, apoyando las manos en la mesa.
—¿Y qué quiere hacerme Caspian? —preguntó, con un nudo en la garganta.
—No lo sé —admitió Kaelen—. Pero si ha investigado lo suficiente, y estoy seguro de que lo ha hecho, sabrá que eres... diferente a la Elara original. La Elara que él conoció en la corte era una sombra, una muñeca sin voluntad. Tú no eres así. Tú eres...
Se detuvo, buscando las palabras.
—¿Soy? —le animó Sofía.
—Eres peligrosa —dijo él al fin—. De la buena manera.
—Ah, ¿hay maneras de ser peligrosa?
—Según tú, sí. Según yo, también.
Sofía sonrió, a pesar de la gravedad del momento.
—¿Y si sabe que soy una transmigrante de otro mundo con poderes de piedra? —preguntó.
Kaelen apoyó las manos en la mesa, inclinándose hacia ella.
—Entonces, querrá tenerte de su lado —dijo, con la voz grave—. O matarte. Una de las dos. Caspian no es hombre que comparta el poder.
—Bonita elección —murmuró Sofía.
—Nunca hay buenas elecciones en la guerra —respondió Kaelen—. Solo menos malas.
La reunión con los capitanes fue tensa.
Sofía se sentó en un rincón, en una silla que había arrastrado hasta la pared para pasar desapercibida.
Había cruzado las piernas y las manos sobre el regazo, intentando parecer pequeña e insignificante.
Pero los ojos de Dain la seguían como halcones acechando a una presa, y el pelirrojo la miraba a cada momento como si esperara que ella dijera alguna barbaridad.
Kaelen ocupaba la cabecera de la mesa, con el pergamino de Caspian abierto frente a él. A su alrededor, los capitanes —Dain, Jorund, Varn y el joven nervioso, cuyo nombre Sofía seguía sin saber— lo miraban en silencio, esperando.
—No podemos ir a la capital —dijo Dain, rompiendo el silencio—. Es una trampa. Caspian nos matará a todos.
—Lo sé —respondió Kaelen, con voz pausada.